From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America 19.1 (1999): 142-45.
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REVIEW

Baker, Edward. La biblioteca de don Quijote. Madrid: Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, 1997. 195 pp.

     Todo lector que haya sentido alguna vez curiosidad por ampliar sus conocimientos sobre el fascinante mundo que rodea a los libros que se mencionan en el capítulo sexto —el célebre “donoso escrutinio”— de la obra cumbre de Cervantes, encontrará en La biblioteca de don Quijote muchas respuestas a numerosas cuestiones relacionadas con el tema. La investigación que se lleva a cabo en esta obra crítica utiliza la disciplina de la biblioteconomía, principalmente, para llegar a reveladoras conclusiones sobre la colección de obras del protagonista de la novela cervantina. De los temas relacionados con el mundo de los libros a partir del siglo XVI que se discuten en La biblioteca de don Quijote, destacan las descripciones sobre la composición de las colecciones de la época, la taxonomía de estas y otros temas curiosos como el valor de un libro dependiendo de su tamaño o del tipo de material que tradicionalmente se utilizaba para su encuadernación.
     Diversos críticos, entre ellos Martín de Riquer, E. C. Riley y Daniel Eisenberg, se han sentido atraídos por la idea de estudiar la clasificación de las obras que se describen en la biblioteca del personaje principal del Quijote, la posibilidad o imposibilidad de su existencia y su taxonomía. La aportación de Edward Baker reside, en este sentido, en una profunda exploración sobre las posibilidades que abren las paradojas de la colección de don Quijote. La existencia de los libros de la biblioteca del hidalgo es innegable, pero es difícil poder pensar que un personaje de las características del protagonista de la novela cervantina tuviera la capacidad económica de reunir una colección de obras como la descrita en el libro (91). Esta idea, sumada al hecho de que la taxonomía de la biblioteca de don Quijote es también de difícil concepción cuando se contrasta con la de otras bibliotecas similares de la época (14), es básica en la estructura argumental del libro. En último término, el tema de la clasificación de la colección de Alonso Quijano se acaba convirtiendo en el centro alrededor del cual gira todo el ensayo, en el que el propio autor reconoce pretender “‘reconstruir la ratio’ a que respondía la biblioteca de don Quijote” (12).
     El libro se divide en dos capítulos de amena lectura y un epílogo final. En este último se presentan distintas taxonomías de las bibliotecas a las que se aluden durante la obra, ahondando en la cantidad de libros de determinados temas —religiosos, históricos, jurídicos, de entretenimiento, etc.— que predominaban en las diferentes colecciones señaladas. En este sentido, los horizontes de comprensión de la “locura” y posterior salida del protagonista para llevar a cabo las aventuras asimiladas a través de horas de lectura —episodio a partir del cual se origina la trama de la novela de Cervantes— se ampliarán notablemente con el profundo análisis del entorno bibliográfico que se lleva a cabo en La biblioteca de don Quijote.
     De los dos capítulos que conforman el libro, el primero se titula “Don Quijote y la invención de la literatura” y el segundo “Las bibliotecas del Quijote.” La reflexión inicial de la primera parte es sobre el concepto de literatura. En esta sección se concluye que el modo de leer del protagonista del Quijote no nos llama

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la atención porque, en lo fundamental, don Quijote leía como un lector contemporáneo (14). El análisis del papel del mecenas en la obra de Cervantes también se discute posteriormente, defendiendo la idea de que existe una intención paródica por parte de Cervantes en las dedicatorias a sus obras (55). El crítico encuentra la justificación a la ironía del prólogo de sus libros en la necesaria y dificultosa relación de Cervantes con su mecenas, de la cual dependía la publicación o no de su literatura.
     Otro de los temas fundamentales de este capítulo es la idea de que el recinto de la biblioteca es un refugio cerrado que el lector pretende romper en el Quijote “transformando el espacio de la cotidianidad que ocupan los demás personajes en espacio de lectura” (67). De este modo, se hace también una reflexión sobre la salida de don Quijote de un espacio cerrado al exterior como una propuesta de puesta en práctica de lo aprendido en los libros, con una voluntad de ampliar un mundo bibliográfico que se había tornado en claustrofóbico. El primer capítulo se cierra con una introducción al tema del modo de clasificación de la colección de obras de don Quijote. Ésta se lleva a cabo a partir de la exposición de numerosos datos sobre la manera de agruparse de otras bibliotecas del estilo de la del protagonista de la novela, tales como la Biblioteca hispana de Nicolás Antonio (1672). En este apartado se estudian numerosos detalles sobre la cantidad de los ejemplares que las componían, además de su calidad y modo de clasificarlas.
     El segundo capítulo comienza abordando también la cuestión de la taxonomía de la biblioteca de Alonso Quijano. En la primera sección se plantean diversos argumentos para sustentar las anunciadas paradojas de la biblioteca de don Quijote. Para ello se exponen diferentes razones como el apunte de la idea de una ruptura, que en este caso se reduce al paso de una vida tranquila a otra más activa (91). En este sentido, se plantea cómo la huida del hidalgo se lleva a cabo a partir del aburrimiento del protagonista que toma la decisión de imitar la vida de los libros que ha leído para salir de su tedio (93). Sin embargo, la doble explicación de la paradoja de la biblioteca se justifica, principalmente, mediante un argumento económico —“posee una cantidad de libros absolutamente desmesurada para una persona de su tiempo, lugar y condición, y a ellos dedica un aposento de su casa, cosa también fuera de lugar para tan modesto personaje” (91)— y otro taxonómico. Este último razonamiento parte del hecho de que la biblioteca de don Quijote es una colección de libros que pertenecen a una categoría, la cual, sólo desde hace escasos siglos, denominamos “literatura” (105). A partir de esta revelación, se presenta la idea de que la biblioteca del hidalgo produce en el lector contemporáneo un sentimiento de “familiaridad” (105). Para lograr la “desfamiliarización” —término acuñado por Victor Chklovsky— de la colección de libros de la novela se proponen dos operaciones. En primer lugar, se compara la biblioteca de don Quijote con la de otros personajes de la novela como la del ventero y la de don Diego de Miranda, Caballero del Verde Gabán, además de “otras bibliotecas privadas, reales e históricas, de la época” (106). En segundo lugar, se propone el planteamiento de la lectura de las obras de la colección de Alonso Quijano “no como una serie de libros empíricamente existentes, que lo son, sino como un texto con unos significados peculiares que


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difícilmente se revelan si los libros se abordan únicamente por individual” (106). Esta atención unitaria a las obras de la biblioteca del hidalgo servirá para profundizar en la esencia de éstas, aislándolas precisamente del lugar que ocupan en la colección. Posteriormente, dentro de la contradicción entre los recursos económicos de que disponía don Quijote y la calidad de su biblioteca, se propone una taxación de 4000 reales que revisa al alza una anterior de Daniel Eisenberg, que había fijando la colección de don Quijote en 2700 reales (129).
     Una de las discusiones más reveladoras de este segundo capítulo es la que se centra en las razones de la salida de don Quijote. El autor defiende que el hidalgo “vive de espaldas al deseo, a las apetencias de alteridad que le transmiten sus libros” (131), lo que produce una doble enajenación, de su patrimonio y de su identidad (134). Esta última se lleva a cabo por su confusión entre leer y ver en sus diferentes salidas (156). La enajenación de su patrimonio se genera a partir de un afán de lectura que se acaba convirtiendo en un vicio que desvincula al protagonista de la realidad. En último término, el contraste con la colección del Caballero del Verde Gabán, modelo de equilibrio temático de una biblioteca de principios del seiscientos (159), sirve para poner en evidencia el desequilibrio de la de don Quijote o la del ventero, en donde predominan las obras de entretenimiento o literarias (147). Por último, en el epílogo de la obra se plantea cómo la locura de don Quijote se lleva a cabo a partir de la ausencia histórica de todo el entramado que existe en nuestros días alrededor de la Literatura: obras, autores, lectores, etc. (170). Esta reflexión sitúa al caballero de la novela cervantina como un personaje desplazado de su propio tiempo, mucho más cerca de nuestra época que de la del momento histórico de la novela. En último término, don Quijote se presenta como un lector de obras de entretenimiento, cuyo aislamiento y carencia de refuerzo positivo por parte de la sociedad en que vive le convierte en un personaje asocial en busca de una identidad que pretende materializar reviviendo las aventuras que ha leído.
     La biblioteca de don Quijote termina con el anunciado apéndice documental donde se presentan las tres taxonomías discursivas que se han utilizado como modelos de contraste en la obra. Su lectura aporta datos y detalles de sumo interés para la contextualización de la biblioteca de la novela cervantina. Las tres clasificaciones son modelos de diferentes colecciones “una, la de Araoz, ideal, otra, la de Ramírez del Prado, real, y, por último, una ‘biblioteca’ metafórica, la de Nicolás Antonio” (173).
     El elemento más innovador de La biblioteca de don Quijote reside en el estudio de la literatura del Quijote a partir de un enriquecedor análisis biblioteconómico. El tema del libro sirve como punto de partida para debatir diversos temas de gran interés en el campo de la crítica literaria, como, por ejemplo el concepto moderno de literatura y el error de querer aplicarlo a la época en que se escribió el Quijote. La reflexión que se lleva a cabo sobre los libros que lee don Quijote antes de su salida demuestra, una vez más, la anticipación de la obra de Cervantes, al concluir que parte de la locura del hidalgo se debe a la carencia del apoyo de una sociedad que compartiera los placeres que el protagonista de la


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obra cervantina encontraba en la lectura de sus obras de ficción. Se puede afirmar, en este sentido, que estamos ante un juego literario sin igual: en una novela se presenta una colección de libros que pueden existir individualmente pero no como colección. Este argumento, defendido como una de las causas —si no la principal— de la locura de don Quijote, es, cuanto menos, original en su planteamiento. La falta de medios del protagonista de la novela contrasta notablemente con el dinero que gasta en sus libros; este hecho acaba siendo parte fundamental de su locura. Así, en este sentido, se podría plantear la siguiente cuestión: ¿es el desequilibrio de su biblioteca consecuencia del desequilibrio general en su vida, o es este último el que provoca que su colección de libros se concentre en un tipo determinado de obras de una temática común? La respuesta a esta pregunta queda abierta a diferentes posibilidades en las que el “desocupado lector” ha de reflexionar. Al igual que ocurre en El licenciado Vidriera, estamos ante una novela cuya trama se genera alrededor de una desarmonía generada por un aislamiento del mundo exterior. El contraste equilibrio / desequilibrio —epitomizado en las colecciones de don Diego de Miranda / don Quijote— se podría muy bien haber complementado con un análisis del concepto de equilibrio de los siglos XVI y XVII, lo que habría enriquecido aún más la discusión.
     La pretensión de llevar a cabo lo asimilado en las obras leídas, o dicho de otro modo, la ansiedad de don Quijote de ser protagonista de su propia ficción, es quizás el rasgo más familiarmente contemporáneo de la obra cervantina. Y esta modernidad parte precisamente del afán de un tipo de lectura que rompe una armonía que en nuestra sociedad no parece llamar la atención en demasía porque, de hecho, existe un lector contemporáneo cuyas lecturas se centran, paradójicamente, en ficciones similares a las que originan la locura de don Quijote. El camino emprendido por esta obra abre múltiples posibilidades a futuros estudios que quieran aprovechar, sobre todo, el esfuerzo del análisis contrastivo de las taxonomías de las bibliotecas propuestas y la curiosa reacción que produce en el lector el comprobar que somos más parecidos al hidalgo loco de lo que, al parecer, nos creemos.

Vicente Pérez de León
Elon College


Fred Jehle jehle@ipfw.edu Publications of the CSA HCervantes
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