From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
19.1 (1999): 113-24.
Copyright © 1999, The Cervantes Society of America
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CARLOS M. GUTIÉRREZ |
ervantes y el
Quijote fueron, a la altura del fin de siglo español, una
encrucijada en la que confluyeron un cervantismo de carácter
intrínseco, de tendencias más academicistas e inmanentes, y
otro de carácter extrínseco, más dado a la
instrumentalización simbólico-interpretativa y a la
trascendentalización de los textos y ajeno, normalmente, a la
filología.
El punto de partida y de referencia de mi trabajo
es, como no cabría de otra manera, Anthony Close y su tan seminal
como magnífico libro The Romantic Approach to Don Quijote (1978).
Sin embargo, y aun reconociendo la certeza y clarividencia de la mayoría
de sus puntos de vista, al libro cabe hacerle dos peros que en nada empañan
su brillantez: el monolitismo en lo que respecta a presentar una
romantización indistinta de la recepción cervantina
y, segundo, el aislamiento endocéntrico y localizado del objeto de
estudio, que lo separara de procesos paralelos acaecidos en otros países
europeos (búsqueda nacionalista del poeta nacional, advenimiento
finisecular del gusto por lo simbólico y esotérico, etc.).
A medida que el siglo XIX se iba encaminando
hacia el XX el Quijote, y por ende todo lo cervantino, fueron
convirtiéndose, poco
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a poco, en una especie de objeto simbólico que fue concentrando las
miradas de gran parte de la intelectualidad española. Este proceso
cobró todo su significado en 1905 cuando, al calor de la celebración
multitudinaria e institucionalizada del tercer centenario de la publicación
de la primera parte del Quijote, lo cervantino devino en lo que
podríamos llamar, tomando el concepto de Pierre Bourdieu, capital
cultural simbólico por excelencia. En este contexto se produjeron
lecturas muy diferentes de los textos cervantinos. En las siguientes
páginas vamos a tratar de avanzar una hipótesis de trabajo
que explique algunas de las lecturas que la obra cervantina tuvo en la
España del Fin de Siglo. Para lo que respecta a este trabajo entenderemos
por fin de siglo el período comprendido entre las dos
últimas décadas del siglo XIX y el primer lustro del XX y por
proyecto de modernidad, una acepción un tanto libre y
focalizada del concepto desarrollado por el filósofo alemán
Jürgen Habermas para explicar su visión metafísica y optimista
de los fundamentos y objetivos de la epistemología desde el siglo
XVIII hasta nosotros. En lo que respecta al contenido, trataré de
delinear un cierto proyecto de modernidad en la recepción
filológico-positivista cervantina, sobre todo en oposición
a lo que he dado en llamar cervantismo extrínseco. Este
cervantismo extrínseco incluiría tanto las que Close llama
panegyric school (alabanza del dominio particular cervantino
de un saber o técnica: medicina, psiquiatría, economía
. . .), y esoteric school (Nicolás Díaz
Benjumea y sus seguidores, Benigno Pallol y Baldomero Villegas) [87-88],
como las obras que, desde la hermenéutica simbólica escriben
algunos intelectuales amparándose en el Quijote (Unamuno, Ortega,
etc.).
El proyecto de modernidad que propongo habría
consistido en intentar mantener lo cervantino dentro de los márgenes
académicos y, como consecuencia, en la esfera de lo artístico.
Y la manera de mantenerse en esa esfera artística va a ser la de intentar
situar el texto, desde la pretendida objetividad de la filología
positivista, en su contexto histórico. Frente a este proyecto, difuso
y tenue pero implícito en algunos cervantistas, se alzaron las lecturas,
tanto descriptivas como hermenéuticas, que de la obra cervantina se
hicieron, sobre todo pero no siempre, desde el cervantismo extrínseco,
ya fuera desde la intelectualidad (con actitudes como las que Porqueras Mayo
destacaba en algunos grandes nombres: religiosa en Unamuno, filosófica
en Ortega, psicológica en Madariaga y política en Maeztu [148],
y que en el presente trabajo no trataremos), ya desde sectores profesionales
tales como la abogacía, la ciencia, la
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política o los cuerpos militares. Todas estas lecturas extrínsecas
pretendían las más de las veces relacionar la obra cervantina
con la realidad o los problemas coetáneos, utilizando la obra en tanto
que razón instrumental con la que dilucidar el Volksgeist
español. Para muchos de estos cervantistas extrínsecos
la obra cervantina representaba tanto un símbolo como un enigma tras
el que se vislumbraban las causas del fracaso del progreso en España.
Paralelamente, otros, desde actitudes regeneracionistas, contemplaban lo
cervantino como una palanca con la que colocar a España en la vía
del progreso.
El cervantismo intrínseco estaba inscrito
en el campo académico-institucional, y emanaba de la filología
positivista, paradigma científico imperante en los estudios literarios
de la época, y dicha filología, a su vez, de lo que se ha
caracterizado como historicismo positivista (Portolés).
Este cervantismo tendió, sobre todo, a elucidar aspectos
histórico-literarios, relacionados con la obra o con la biografía
cervantinas. El cervantismo extrínseco, por contra, suele ser
extraacadémico y su bagaje es, o asumidamente simbólico (caso
de los esotéricos o de Unamuno y Ortega), o de un positivismo
extrafilológico e idealista (médicos, abogados etc.). Tal
acercamiento extrínseco al Quijote experimenta dos períodos
bien definidos. El primero de ellos, a mediados del XIX y de carácter
esotérico, está capitaneado por Benjumea, y, es secundado,
posteriormente, por sus acólitos y seguidores. La obra cervantina
era para estos esotéricos un repertorio de ideas y opiniones
hábilmente disimuladas u ocultas que necesitan ser explicitadas y
puestas en claro. Más tarde, auspiciado por las corrientes intelectuales
de la época, aparecerá otro tipo de acercamiento extrínseco,
representado por Unamuno, Ortega, Azorín, etc. Aquí no se trata
ya de hacer aflorar una sabiduría oculta cuanto de ejercitar una
hermenéutica de cariz simbólico que parte más del
subjetivismo del hermeneuta que de la propia obra. Así, clamará
Unamuno en Sobre la lectura e interpretación del
Quijote, de 1905: ¿Qué tiene que ver lo que
Cervantes quisiera decir en su obra, si es que quiso decir algo, con lo que
a los demás se nos ocurre ver en ella? Otro tanto hará
Ortega en las Meditaciones, conformando el lado filosófico
del rectángulo que Porqueras Mayo ve en la interpretación que
los intelectuales citados hicieron de lo quijotesco y de lo cervantino.
La oposición entre cervantismo
extrínseco e intrínseco suele discurrir del siguiente modo:
mientras este último aspira a leer la obra desde su propia lógica
o, en última instancia, desde la lógica de la filología
positivista académica, aquél se decanta por volver a
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mezclar desde el simbolismo y desde una cierta hermenéutica a priori
todos esos dominios (ciencia, moral, arte) que la modernidad pretendía
separar. Hay muchos puntos de contacto entre ambas tendencias, sobre todo
en lo tocante a la herencia del idealismo alemán, como destacó
Close, pero, asimismo, parece clara la existencia de tal dualidad receptora
de lo cervantino. Y en esa dualidad receptora, creo, cabe apuntar una brecha
en la uniformidad receptora que propone el insigne cervantista británico.
En mi opinión, en el Fin de Siglo cabe ver una pugna entre un cierto
proyecto cervantista de modernidad, encarnado grosso modo, por el
cervantismo intrínseco, y un cervantismo extrínseco, más
dado a lecturas instrumentales, ya fueran simbólicas o
esotéricas.
El proyecto de la modernidad que, según
Habermas, nació como constructo filosófico a finales del XVIII
con Hegel, consistió en un intento por desarrollar una ciencia, una
moral y un arte objetivos y cuya propia lógica constituyera el referente
y los alejara del esoterismo, idea, esta última, que Habermas toma
de Max Weber (Philosophical Discourse 51-2; Modernity 1004).
Y es precisamente ese intento por delimitar los ámbitos de acción
de la obra cervantina lo que, en nuestra opinión, marca las fronteras
de lectura entre ambos cervantismos, extrínseco e intrínseco.
Según Close, de 1905 a 1925 hubo un
antagonismo entre los cervantistas profesionales (R. Marín, Schevill,
Icaza . . .) y la Generación del 98 en cuanto a la
interpretación del Quijote (92). No creo, sin embargo, que
tal antagonismo descanse, propiamente, en la interpretación, por cuanto
ese afán interpretativo fue fundamentalmente unilateral. Esto es,
por parte de la llamada Generación del 98. Aquellos cervantistas
profesionales estaban más atentos a los aspectos
histórico-literarios de naturaleza, digamos, académica y
microtextual, que a los hermenéuticos y, antes que nada, les interesaba
más la fijación del personaje y de la obra que su propia
interpretación moderna. Y en ello, creo, difirieron bastante
de lo que puede ser considerada una lectura romántica
del Quijote.
La celebración sumamente institucionalizada
del tercer centenario de la publicación de la primera parte del
Quijote, en 1905, supuso una especie de vórtice en el que
convergieron diferentes lecturas de la obra cervantina.
Según Close, y a medida que se fue perdiendo
la original recepción burlesca del Quijote, la era romántica
terminó convirtiéndolo en un conglomerado de idealismo y
simbolismo. A esto habrían contribuido la decadencia española
y la distante percepción fuera de España de lo que había
sido el objeto de su sátira (245-47). También
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parecen concurrir en esta simbolización cervantina, sin embargo, elementos
exógenos en los que no repara Close, como el acendrado gusto por lo
simbólico y lo esotérico que acarrea el Fin de Siglo, común
a toda cultura europea coetánea, así como la extendida
asignación de significado a obras y personajes literarios.
En España, los más conspicuos
asignadores de significados ocultos a la obra cervantina fueron los cervantistas
esotéricos, capitaneados por Nicolás Díaz de Benjumea
y un puñado de seguidores: Baldomero Villegas, Benigno Pallol
(Polinous) y Ubaldo Romero Quiñones, principalmente. El influjo
de don Nicolás se hizo notar grandemente, como atestigua un testimonio
tan elogiosamente tardío como el de César Real de la Riva,
quien en 1948 todavía le consideraba precursor del quijotismo
contemporáneo español y figura más acusada
del cervantismo del siglo XX (140). Aunque los mistagogos fueron
legión, muy pocos de entre ellos fueron, sensu stricto,
cervantistas. Quizá sólo Díaz Benjumea, que llegó
a ser editor del Quijote, en 1880, pueda ser considerado tal. El resto,
con un tono ciertamente combativo, se dedicó a continuar o profundizar
las desbocadas lecturas de Benjumea. Así, Baldomero Villegas, con
obras como Estudio tropológico sobre Don Quijote o Ideas
nuevas para desagraviar a Cervantes y al centenario de las barrabasadas que
le han hecho los elementos morbosos de la sociedad, donde se defendía
sin desmayo la visión ocultista; Benigno Pallol con
Interpretación del Quijote: primera parte, según la
cual Cervantes habría creído que la raíz del mal descansa
en las Sagradas Escrituras, ya que a causa de sus extravagancias se dio pie
a los libros de caballerías. Y qué decir de Ubaldo Romero
Quiñones, coronel retirado, quien en Exteriorización de
la doctrina esotérica del Quijote, afirma, sin el más
mínimo recato, que el esplendor del imperio japonés se debía
a la difusión del Quijote. Reciente estaba el triunfo nipón
en la guerra ruso-japonesa, pero por mucho que don Ubaldo confiara en la
taumaturgia quijotesca, no parece que los motivos de la irrupción
japonesa como gran potencia, obedecieran a razones tan sutiles.
Dentro del cervantismo extrínseco se
albergaron dos corrientes más o menos consecutivas: la premoderna,
de cuño esotérico y correspondiente a los autores ya citados,
y la moderna que, con un carácter más o menos regeneracionista
se cernió sobre lo cervantino con miras simbólico-instrumentales,
y en la que cabría incluir a muchos de los prohombres de la época,
así como todas las lecturas cervantinas que se hacen desde lo que
podríamos llamar miscelánea profesional interpretativa (lo
que Close llama panegyric school), y que incluiría a abogados,
médicos, militares o políticos.
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De los grandes nombres de la intelectualidad
no nos ocuparemos, por cuanto su producción es asumidamente extratextual
y aun pretextadora, tanto en lo que se refiere a medios como a objetivos.
Unamuno, Azorín, Maeztu, Ortega y otros muchos nombres sonoros del
periodo acudieron a la obra cervantina con unas pretensiones
simbólico-instrumentales que, en general, cabe tildar de
regeneracionismo intelectual. De igual manera, sus realizaciones
concretas, las obras que generaron estos intelectuales (La ruta de Don
Quijote, la Vida de Don Quijote y Sancho o las
Meditaciones, por señalar algunos de los ejemplos más
significativos) son más obras de pretexto cervantino y base
filosófica germana que verdaderas lecturas del Quijote, como
se puede rastrear por el libro de Gonzalo Sobejano, Nietzsche en
España. De todos modos, y una vez sentadas las bases de la influencia
nietzscheana en estos intelectuales, no sería descabellado conectarlos
también con el acusado antimodernismo del filósofo alemán,
al que, curiosamente, Habermas señala como fuente de la crítica
posestructuralista de la modernidad (Philosophical 97).
En el Derecho advertimos dos tendencias
fundamentales, ligadas casi siempre a la glosa del episodio de los galeotes
(I, 22) o a la de los consejos de Don Quijote a Sancho ante el gobierno de
la ínsula Barataria (II, 42-43). Se pretende, por un lado, calibrar
el supuesto conocimiento cervantino de las leyes de su época, a la
vez que afrontar desde una perspectiva descriptiva, tales leyes o el ámbito
de su aplicación. Es el caso de Rafael Salillas (La criminalidad
y la penalidad en el Quijote), Enrique de Benito
(Criminología del Quijote), Tomás Carreras y Artau (La
filosofía del derecho en el Quijote) o Augusto Martínez
Olmedilla (Referencias legales y jurídicas en el
Quijote). Por otro lado se intenta proyectar todo lo quijotesco
o cervantino que implique aplicación de justicia y lo que de tal
aplicación se entrevé de alguna manera como valioso o inmutable,
sobre la sociedad española finisecular, como hacen Augusto de Arantave
en El anarquismo de Don Quijote; Alfredo Calderón en
Don Quijote anarquista; Adolfo Bonilla y San Martín con
Don Quijote y el pensamiento español (Sobejano 472) o
José María Llorente en Algunas ideas del Quijote aplicadas
a la doctrina fundamental de la administración.
La contribución más significativa
desde el mundo de la medicina, cuyas aportaciones se hacen notar sobre todo
en 1905, es la de Ramón y Cajal, quien identificaba al Quijote
con una reacción poderosa y esencialmente conservadora del realismo
nacional castizo contra los extraviados y forasteros idealismos
(Obras 1295). En sus escritos cervantinos (sobre todo en
Psicología de Don Quijote y el quijotismo además
de señalar la condición
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eminentemente humana y realista del arte español (Tzitsikas 21), apela
Cajal a un voluntarismo colectivo, encarnado simbólicamente en la
figura de Don Quijote (Obras 1271-89).
El diletantismo médico-cervantista suele
abordar la obra cervantina desde dos perspectivas: la sincrónica,
en la que se hace mención de los presumibles conocimientos
científico-médicos de Cervantes, glosando pasajes de sus obras
(Martínez González, Olmedilla) o conectándolo con el
Examen de ingenios de Huarte (Salillas) o la proyectiva, que intenta
convertirlo en precursor de técnicas, disciplinas, patologías
o tratamientos científicos posteriores (Buylla, Antich o Lassala:
Don Quijote es el tipo perfecto de paranoico
megalómano).
En general se podría decir que desde
el diletantismo cervantista médico-científico, se ve (y se
lee) el Quijote tanto como inventario de comportamientos o tipos humanos,
lo que le equipararía con la psicología, cuanto exponente de
perturbaciones de tales comportamientos, esto es, psiquiatría, tomando
como base en el primero de los casos a la pareja compuesta por caballero
y escudero, mientras que la carga de comportamiento alterado recae,
exclusivamente, en Don Quijote.
El último sector profesional que se
significa por un acercamiento cervantino extrínseco es el militar,
que se caracteriza, sobre todo, por hacer una relación comentada de
la relación del escritor con su pasado militar (Alcalá-Galiano,
Ballester) o por armar volúmenes corporativos de homenaje, con motivo
del centenario de 1905, tales como Cervantes y los ingenieros del
ejército de Enrique Torner de la Fuente. En general, se prescinde
de la obra literaria en beneficio de la loa al heroísmo cervantino,
tanto en Lepanto como en Argel.
Frente a toda la instrumentalización
mistagógica y de hermenéutica simbólica del cervantismo
extrínseco se alzó, en muchas ocasiones, la reivindicación
de un cierto proyecto de modernidad aplicado al cervantismo que despojara
a éste de sus interpretaciones esotéricas y simbólicas,
en el que sobresalieron, en un primer momento, Valera, el Doctor Thebussem,
de la Revilla o, mutatis mutandis, Menéndez Pelayo. Precisamente
este último, desconfiando tanto de los panegiristas como de los
esotéricos (Close 91), confiaba, con cierta candidez, en que este
tipo de lecturas fueran un simple estadio hacia la modernidad filológica:
Quién sabe si el cervantismo simbólico será una especie de alquimia que prepare y anuncie el advenimiento de la verdadera química; es decir, de la era científica y positiva en el conocimiento e interpretación de la obra de Cervantes (Obras completas 312).
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Posteriormente, a este rechazo del esoterismo
y del simbolismo cervantinos se unió gran parte del cervantismo
intrínseco de matriz filológica, representado por Cejador,
Cortejón y Rodríguez Marín, que continuaron, por otros
medios, el rechazo primero de aquellas lecturas, encabezado por Valera. Ya
en 1864, Valera había criticado en un discurso Sobre el
Quijote y sobre las diferentes maneras de entenderlo e
interpretarlo los presupuestos esotéricos del Benjumea
de La estafeta de Urganda (1861) a la vez que defendía el
carácter de crítica caballeresca del Quijote, remitiendo
la obra a la esfera de lo literario y, por tanto, al dominio
estético.
Antonio Opisso, en un breve artículo
de 1880, Una reacción exagerada, criticaba las reacciones
de quienes, como Juan Valera o Manuel de Revilla, habían puesto peros
a una interpretación ocultista del Quijote. Pero la polémica
se compensó con otro artículo del Doctor Thebussem,
Mariano Pardo Figueroa Pallida mors: estudio sobre el
Quijote, publicado también en El Averiguador
Universal , el 31 de marzo del mismo año 1880 en el que
afirma que no hay que buscar simbolismo o significados recónditos
u ocultos en la obra cervantina. El único mensaje a considerar, dice
Pardo Figueroa, se encuentra en los valores del propio texto, proponiendo,
pues, una lectura moderna del Quijote.
Lo cierto es que, de Valera en adelante, siempre
se levantaron voces aquí y allá reclamando mesura en las lecturas
del Quijote, ya fuera explícita o implícitamente. La
mayoría de estas voces, salvo los referidos casos de Menéndez
Pelayo o Valera, provenían del mundo de la filología positivista,
es decir, del proyecto de modernidad que la época construyó
para la lectura de textos literarios clásicos mediante el acopio de
datos expletivos del contexto histórico o autorial. Es el caso de
cervantistas como Clemente Cortejón, Julio Cejador o Francisco
Rodríguez Marín quienes, imbuidos del espíritu positivista
de la época centraron sus esfuerzos en la elucidación cervantina
por medios sociológicos, lexicográficos y biográficos,
algo que, por otros medios, perseguirá la filología idealista
de Castro, años más tarde. Y aquí hay que reseñar
también las polémicas de Rodríguez Marín con
las lecturas noventayochistas, de anchas miras trascendentalistas (Close
92), y que van más allá de la cronología que nos hemos
marcado. En general, esta divergencia de lecturas es bien patente. Cejador
lo dejaba bien claro en 1905, cuando escribía sobre la necesidad de
aplicar métodos filológico-positivistas a los estudios cervantinos:
Pero con razón ha notado Menéndez Pelayo que, a pesar
de haberse escrito tanto del Quijote, no se han hecho trabajos serios
filológicos y lingüísticos (493). Todas estas
investigaciones de cariz positivista
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implicaron, según Close, un cierto desdén por la vertiente
artístico-intelectual de la escritura cervantina, lo que,
irónicamente, habría ayudado a la proliferación del
cervantismo esotérico y alegórico (98). Y quizás sea
cierto, pero ello no resta modernidad al proyecto
filológico-positivista del cervantismo intrínseco finisecular,
tan ávido de datos y exhumaciones documentales (Pérez Pastor,
sobremanera) como cualquier otro empeño positivista de la época.
Después de todo, lo único que hicieron aquellos cervantistas
fue seguir su propio Zeitgeist; aquel que los insertaba en el positivismo,
paradigma científico entonces dominante. Y como señaló
Thomas Kuhn, una vez que un paradigma científico se instala sólo
puede invalidarse cuando otro paradigma ocupa su puesto (77). En los estudios
literarios, y a diferencia de los estudios científicos, ni la
aparición de nuevos paradigmas ni la prevalencia de alguno de ellos
invalidan, necesariamente, los logros de paradigmas anteriores.
Es más o menos asumible, como arguye
Close, que haya una cierta continuidad romántica que va
desde la propia interpretación cervantina de los intelectuales alemanes
de finales del XVIII y comienzos del XIX a la de Américo Castro, pasando
por las Unamuno y Ortega y, desde estas últimas, a la mayor parte
del cervantismo hispano del XX. Lo que parece más discutible es que
se coloquen bajo el marbete de lecturas románticas del
Quijote todas aquellas que no convengan en su naturaleza
exclusivamente satírica. Sería necesario distinguir entre los
diferentes puntos de partida o actitudes (por no hablar de resultados) que
los acercamientos al Quijote han tenido en el lapso temporal
reseñado por Close. Y ahí, claramente, aparecen al menos tres
maneras de encarar la obra cervantina: la esotérica (Benjumea y sus
epígonos); la hermenéutica (Unamuno, Ortega, Castro etc.);
y la histórico-literaria de génesis academicista o
protoacademicista y matriz filológica (Rodríguez Marín,
León Máinez etc.). Esta última representó, en
el maremágnum intelectual que fue el Fin de Siglo, un intento por
mantener, desde la esfera de la filología, los estudios cervantinos
en la esfera de la modernidad.
| UNIVERSITY OF CINCINNATI |
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| OBRAS CITADAS: | ||
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Arantave, Augusto de. El anarquismo de Don Quijote. El procurador español, Madrid, 15 de mayo de 1905.
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Bonilla y San Martín, Adolfo. Don Quijote y el pensamiento español. Madrid: Impr. B. Rodríguez, 1905.
Buylla, Arturo. Enfermedad cerebral de Don Quijote. Nuestro Tiempo 55 (1905): 28.
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| 124 | CARLOS M. GUTIÉRREZ | Cervantes |
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Villegas, Baldomero. Estudio tropológico sobre Don Quijote. Burgos, Impr. de El Correo de Burgos, 1897-99.
. Ideas nuevas para desagraviar a Cervantes y al centenario de las barrabasadas que le han hecho los elementos morbosos de la sociedad. Crónica de los Cervantistas 1. II (1906).
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