From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
19.1 (1999): 96-112.
Copyright © 1999, The Cervantes Society of America
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JAIME FERNÁNDEZ S.J. |
l sintagma narrativo del
paje, el mancebito a quien don Quijote encuentra casualmente
tras su aventura onírica en la cueva de Montesinos, apenas ha sido
tratado por la crítica cervantina. Falta de atención que
quizás obedezca, en parte a su brevedad, y en parte a su ubicación
estructural. Porque, sin lugar a dudas, los episodios que le preceden
caballero del Verde Gabán, bodas de Camacho, cueva de
Montesinos y los que le siguen retablo de maese Pedro, alcaldes
rebuznadores y barco encantado, son, en el discurso narrativo de la
novela, elevaciones de gran densidad semántica que acaban por
empequeñecerlo y casi ocultarlo. Y esto hasta el punto de haberse
llegado a afirmar que todo el capítulo 24, donde se halla inserto
el fugaz encuentro, no pasa de ser un cajón de sastre
(catchall) que sirve al autor para exponer una serie de ideas de varia
naturaleza.1
Ciertamente el capítulo da la
impresión de ser una especie de puente estructural en el fluir central
de la novela. Y así, resulta lógico que en él se recojan
las indicaciones de Cide Hamete sobre el carácter
apócrifo de la aventura de la cueva, los comentarios
disparatados del primo acerca de los datos conseguidos para su Ovidio
español
1 Margaret
Church. Don Quixote: the Knight of La Mancha, (New York: New York
University Press), 1991, p. 105-106.
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gracias a la narración de don Quijote, y que, igualmente, se ofrezcan
como en esbozo el paso fugaz del hombre de las lanzas, la consideración
crítica sobre el ermitaño ausente, y la aparición del
paje.
Prescindiendo del comentario de Cide Hamete
y de las observaciones del primo, la presencia precipitada y fugaz de los
tres nuevos personajes que aquí aparecen el ermitaño,
el hombre de las lanzas y el paje, ha sido notada ya en estudios de
varia naturaleza. Y en ellos, se les califica de personajes muy secundarios,
cuya función se limita a ser una muestra de la humanidad de su
tiempo,2 o, todo lo más, a servir de
objetos de comparación con don Quijote para así arrojar una
luz favorable sobre la personalidad y misión del Caballero.
Sin embargo, no creo que pueda concedérsele
la misma importancia a estos tres personajes. Porque el ermitaño
está ausente, y el hombre de las lanzas queda reducido a sólo
su voz, siendo su única función la de narrar la ridícula
prehistoria del conflicto entre los dos pueblos del rebuzno,
cuyas consecuencias van a sufrir más tarde don Quijote y Sancho. Y
esta doble lejanía ausencia física, por un lado, y presencia
de sólo la voz, por otro impide a los personajes entrar en un
contacto real y concreto con don Quijote. El paje, sin embargo, habla con
el caballero, y éste le da una serie de consejos, le invita a montar
a la grupa de Rocinante, invitación privilegiada y única en
todas sus aventuras, le invita igualmente a cenar en la venta y, antes de
despedirse de él para siempre, le da una docena de reales para ayudarle
en su camino hasta la guarnición de Cartagena.
Pero no es sólo esta relativa importancia
del personaje lo que me movió a estudiar el sentido de la unidad narrativa
en que aparece. Porque hay un dato más, un dato que hace de este joven
personaje un ser ajeno al mundo de don Quijote, hasta el punto de pensarse
que no pertenece al discurso narrativo. La actitud del paje es desconcertante
y, por más que se haya dicho que es una figura fugaz entre otras con
quien don Quijote acierta a encontrarse en sus
aventuras,3 constituye, en mi opinión,
un caso singular y un enigma. Y lo es por la sencilla razón de que
no muestra la menor reacción ante la figura de don Quijote, es decir,
ni se admira de él ni tampoco lo toma a broma.
2 Así,
Evelio Echevarría (La comparación de personajes en Don
Quijote (II Parte). ACer, 16 (1977), 178, 183-184), quien
a su vez cita la opinión de J. Casalduero (Sentido y forma del
Quijote, [Madrid: Ínsula, 1949], p. 274) de que estos
personajes no pasan de ser un desfile de figuras de la sociedad
de aquellos tiempos.
3 Giannina Braschi.
Cinco personajes fugaces en el camino de don Quijote, CHA,
n. 328 (Oct., 1977), 108-111.
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Para captar el verdadero sentido de esa actitud
singular, de esa intrigante neutralidad o indiferencia del joven personaje
ante el caballero andante, me ha parecido necesario realizar un breve y sencillo
estudio del tema de la admiración en la novela.
La admiración en el Quijote
constituye un mundo de extraordinaria amplitud y riqueza. Un recuento de
las instancias en que aparece el concepto lexicalizado, en su triple forma
sustantiva, verbal y adjetivada (admiración, admirar,
admirable), arroja un número ligeramente superior al de doscientos.
Cifra considerable a la que debe sumarse la de los otros términos,
igualmente lexicalizados, de su extenso campo semántico
(espanto y espantar, estraño,
estrañeza, peregrino, fuera del uso,
suspender, quedar en suspenso, pasmo, raro,
rareza, maravilla, maravillar, assombrar,
assombro, absorto, absortar, atónito,
confusión, quedar confuso). Así el número
total sobrepasa con mucho el de
seiscientos.4
Toda actividad literaria implica una forma
múltiple de comunicación entre el autor que crea un universo
ficticio y el lector que accede a ese universo y lo
interpreta.5 Decir que Cervantes escribe su
gran novela para el lector es una verdad de perogrullo, pero de gran
importancia si se piensa en el tema que tratamos. Cervantes escribe, como
indica en el primer sintagma de su obra, para el lector desocupado,
es decir, libre y desembarazado, con el ocio o margen psicológico
necesario para poder penetrar en el mundo inédito y fascinante del
cual le quiere hacer partícipe. El fin que con su obra persigue no
es tan sólo derribar la popularidad y acogida de los libros de
caballerías, sino más bien, como magistralmente ha demostrado
Avalle-Arce en su estudio del prólogo, presentar la figura y vida
de ese hijo de su mente, quien, no obstante ser avellanado
y seco, se ha constituido en figura ejemplar, en luz y espejo
de la caballería andante por ser el más casto enamorado y el
más valiente
caballero.6
Ya desde ese mismo prólogo, Cervantes
no puede ocultar el orgullo y la satisfacción que siente ante esa
admirable criatura de
4 Cifras
que hemos verificado gracias a MonoConc, útil programa de
concordancias. Ya anteriormente Eduardo Urbina (El concepto de
admiratio y lo grotesco en el Quijote, Cervantes,
9 (Spring, 1989), 17-33) había anotado
el número de doscientos sólo para admiración
y sus variantes.
5 Alfonso López
Quintás. La obra literaria como campo de juego, en
Análisis estético de obras literarias, (Madrid: Narcea,
S. A. De Ediciones, 1982), p. 21-27.
6 Juan B.
Avalle-Arce.Directrices del prólogo de 1605, en Don
Quijote como forma de vida, (Madrid: Fundación Juan March/Editorial
Castalia, 1976), p. 32-33.
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pensamientos varios, fruto de su ingenio. Su novela no es así
la mera narración de unos acontecimientos, sino de una figura humana
concreta. Y es precisamente esa figura, ese ser humano viviendo y
haciéndose, lo que quiere presentar a los ojos del
lector.7 Puede que el lector de su historia,
como dice al final del prólogo, sea melancólico, risueño,
simple, discreto, grave o prudente, pero en cualquier caso nuestro autor
espera poder despertar en él una actitud positiva de risa o alegría,
estima, admiración o
alabanza.8
Apelando a la admiración, Cervantes
no hace más que seguir las retóricas y poéticas de la
época, concretamente la Philosophia antigua poetica de Alonso
López Pinciano, quien pone como tercera condición de la
fábula la admiración y la
verosimilitud.9 Pero va más allá.
Porque ya no se trata de que con su obra intente admirar al lector, personaje
exterior al universo narrado, sino que hace de la admiración uno de
los dinamismos internos de dicho universo y principio que agiliza el fluir
del hilo narrativo. Así se han considerado justamente las palabras
del canónigo (I, 47) como el principio de estética narrativa
del mismo Cervantes: Hanse de casar las fábulas mentirosas con
el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte que,
facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo los
ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden
a un mismo tiempo la admiración y la alegría juntas.
Nótese: admiración y alegría juntas. Don
Quijote va a ser precisamente objeto de admiración y motivo de placer
estético, no sólo para el lector, sino también para
los otros personajes de ficción que pueblan los caminos de sus aventuras.
Don Quijote es una figura fuera del uso de las demás,
y todo personaje que entre en contacto con él, sea lector o personaje
de ficción, habrá de sentir una profunda admiración
y sorpresa ante su extraño género de locura; o, en su lugar,
podrá pasar un rato agradable, sintiéndose aliviado de la acedia
del vivir.
La admiración va a llenar así
el discurrir novelesco. El mismo don Quijote se admira de sí mismo,
del género de vida que ha emprendido, en los tres discursos
retóricos de su primera salida,
7 Véase
a este respecto: Una especial «novela de personaje»,
en Félix Martínez Bonati: El Quijote y la
poética de la novela, (Alcalá de Henares: Centro de Estudios
Cervantinos, 1995), p. 132-135.
8 Procurad
también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva
a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto
se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente
deje de alabarla (I, Prólogo).
9
Epístola quinta. De la fábula. Edición de
Alfredo Carballo Picazo, (Madrid: CSIC, 1973), Tomo II, p. 56-61.
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narrándose a sí mismo, siendo a la vez lo narrado y el acto
de narrar.10 El autor, admirado de su hallazgo,
busca ansiosamente, confuso y deseoso, la continuación de las
aventuras de su personaje, hasta el feliz encuentro con el cartapacio de
Cide Hamete en el Alcaná de Toledo que encierra la continuación
de la gallarda historia del igualmente gallardo
caballero.
El autor hace patente su admiración
a lo largo del texto. Con frecuencia se le escapa la frase admirativa
¡Válame, Dios! . . ., fascinado
por la actitud o el ingenio de su personaje, como cuando su enfrentamiento
con el vizcaíno o cuando procede a la enumeración de provincias
y caballeros en la aventura de los rebaños. En otra ocasión
no puede remediar la enumeración de los exquisitos y contradictorios
rasgos de su historia, gravísima, altisonante, mínima, dulce
e imaginada. Podrían citarse muchos textos más, pero el
que mejor resume esa admiración, y a la vez entrañable estima
del autor por su personaje, se encuentra en el breve sintagma con que le
denomina en el mismo final de la novela. Porque, si en el primer capítulo,
al comienzo de la narración, el personaje era tan sólo un
hidalgo de los de . . . , no mereciendo más que
una denominación seca e indeterminada, al final de sus aventuras,
en las últimas líneas de la narración, le llama mi
verdadero don Quijote, expresión de intenso significado que no
se agota ni mucho menos por la referencia al falso personaje de Avellaneda.
A lo largo de sus aventuras multitud de personajes
quedan admirados o suspensos ante la figura, las palabras y las acciones
del caballero andante: el ventero y los huéspedes de la primera venta
cuando la vela de armas (I, 3), el bueno de su vecino Pedro Alonso (I, 5),
sus amigos y familiares (I, 7), los frailes benitos (I, 8), el caballero
Vivaldo y sus compañeros (I, 13), la ventera y Maritornes (I, 16),
su escudero Sancho en incontables ocasiones, los guardas de los galeotes
(I, 22), Cardenio (I, 23), el canónigo y sus criados (I, 46, 49),
el cabrero (I, 52), el caballero del Verde Gabán junto con su esposa
doña Cristina y su hijo don Lorenzo (II, 16-18), los estudiantes y
clérigos en el camino hacia las bodas de Camacho (II, 19), los aldeanos
de la aventura del rebuzno (II, 27), los molineros (II, 29), los duques (II,
44), etc, etc. Y se admiran de su raro género de locura, de sus razones
elegantes, cuerdas o disparatadas, por parecerles otro hombre de los que
comúnmente se usan, por su sorprendente
10 José
Ángel Valente. Las mil y una noches o la narración
como superviviencia. Diario ABC, 6 de febrero de 1988, 3ª
página.
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ardimiento, por su figura, talle y armas, por su mezcla de verdades y mentiras,
por su innegable ingenio.
Tal admiración no es un concepto
unívoco o simple, sino que adopta incontables matices sémicos,
según los personajes que la experimentan. En algún caso es
intensa, como sucede en el episodio del caballero del Verde Gabán,
quien muestra un innegable respeto por el anacrónico andante y un
verdadero deseo de saber sobre él, admirándose hasta el mismo
momento de la despedida, aunque no acabe de comprenderle. En otras ocasiones,
como es el caso de los duques o de Sansón Carrasco, el sentimiento
admirativo es ambiguo, carece de respeto e implica la seguridad gratuita
de un conocimiento o información total sobre el personaje. La lectura
que dichos personajes han hecho de la Primera Parte de las aventuras de don
Quijote les ha proporcionado una imagen fija de la que ya no serán
capaces de zafarse. Sansón Carrasco, dice el texto, creyó
todo lo que dél [de Sancho Panza] había leído, y
confirmólo por uno de los más solenes mentecatos de nuestros
siglos; y dijo entre sí que tales dos locos como amo y mozo no se
habrían visto en el mundo (II, 7). En cuanto a los duques, momentos
antes de encontrarse por primera vez con don Quijote, los dos, por haber
leído la primera parte de esta historia y haber entendido por ella
el disparatado humor de don Quijote, con grandísimo gusto de conocerle
le atendían [esperaban], con prosupuesto de seguirle el humor
(II, 30). Pero tal deseo de conocerle sólo implica un querer verle
directamente. Cierto que se admiran del caballero, y no una sola vez. Poco
antes de salir Sancho para la ínsula cae en manos de los nobles personajes
el pliego de los consejos que el caballero le ha dado para su gobierno. Y
escribe el autor: Los duques se admiraron de nuevo de la locura y del
ingenio de don Quijote, para añadir seguidamente, y así
llevando adelante sus burlas . . . (II, 44). La admiración
de los duques es superficial, de tan poca consistencia que desaparece como
un hilo de agua en el inmenso desierto de su actitud burlesca, y para entenderla
correctamente es preciso contemplarla a la luz del breve episodio de la fingida
Arcadia (II, 58), cuyas pastoras y pastores acogen al caballero con
admiración verdadera y entrañable. Hay por otra parte personajes
como el cura y el barbero quienes, al parecer, son los que más le
conocen y, por lo mismo, manifiestan una renovada admiración por su
amigo: y, aunque ya sabían la locura de don Quijote y el género
de ella, siempre que la oían se admiraban de nuevo (I, 26). Pero
también son ellos los que muestran una absoluta falta de respeto e
incluso de piedad en algún momento de la narración, como cuando
al final de la Primera Parte el cura y el canónigo revientan de risa
y azuzan al cabrero y a don Quijote enzarzados en una bochornosa pelea, como
si de dos perros se tratase.
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Así Cervantes no descarta, junto a la
admiración, la postura de la risa, aunque ésta constituye
igualmente un concepto de semas muy complejos. Porque puede haber una risa
sana, nacida del humor y fuente de alegría, que tiene que ver mucho
con la admiración; y puede haber una risa que significa sólo
desprecio. Ésta sería, en el fondo, la actitud de los duques
o la de Sansón Carrasco. La risa que se traduce en desprecio indica,
sin lugar a dudas, el juicio precipitado y superficial sobre el personaje,
o bien la falta absoluta de entendimiento o comprensión del mismo.
Sea como fuere, todas estas posturas son posibles
y Cervantes las prevé también en el lector de su novela.
Precisamente fue él quien subrayó en el prólogo de la
Primera Parte la libertad de todo lector en el juicio sobre su historia,
es decir, en el juicio sobre su personaje. Postura subrayada más adelante
en la Segunda Parte, cuando Sancho ha partido hacia la ínsula y el
narrador se dispone a narrar lo que le sucedió a don Quijote aquella
primera noche de la larga secuencia que componen los burlescos asedios de
la desenvuelta doncella Altisidora: Deja, lector amable, ir en paz y en
hora buena al buen Sancho, (. . .) y en tanto atiende a saber lo
que le pasó a su amo aquella noche; que si con ello no rieres, por
lo menos desplegarás los labios con risa de jimia, porque los sucesos
de don Quijote, o se han de celebrar con admiración, o con risa
(II, 44).
Con admiración o con risa
no es un disyunción absoluta, por la que un término excluya
al otro. No quiere decir que si un lector se ríe ya no tiene derecho
a la admiración o viceversa. Tanto la admiración como la risa,
insisto, tienen en el Quijote una extraordinaria polisemia, compleja
hasta la irritación para el crítico lector, por entrañar
ambos conceptos semas muy diversos y compartir entre sí más
de un sema en común. La risa, para Cervantes, puede ser un concepto
plenamente positivo, un indicio de la alegría interior del sujeto,
motivada por el placer, el gusto y la sintonía ante determinadas
realidades. Yo he dado en Don Quijote pasatiempo / al pecho melancólico
y mohíno (Viaje al Parnaso). Por ello, tiene buen cuidado
de señalar, con innegable ironía, una forma inferior y degradada
de la risa, la risa de jimia, que no he visto explicada en
ningún estudio de nuestra gran novela. Se trata, en mi opinión,
de la risa que no es genuina, de la risa falta de naturalidad o espontaneidad,
risa propia del que no ha comprendido el sentido de lo leído o
contemplado. La risa de jimia viene a ser una mueca estereotipada,
que se reduce tan sólo a imitar o reflejar mimética y
mecánicamente, como en un espejo, el aspecto más superficial
e inmediato del texto, el nivel del significante, que en la secuencia de
episodios de Altisidora vendría a ser lo puramente esperpéntico,
por
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otra parte, tan abundante en toda la
novela.11 Tal tipo de risa tiene lugar cuando
el ser humano deja, en cierto sentido de serlo, y se abandona a su parte
puramente animal, es decir, cuando de su alegría desaparecen el
entendimiento y la
discreción.12
En resumen, puede concluirse en primer lugar
que, para Cervantes, tanto la admiración como la risa son actitudes
positivas y deseables, por constituir una forma de participación del
lector en el universo de la novela; segundo, que los grados y tipos de
admiración y risa pueden revestir múltiples matices, quizás
tantos como lectores o personajes de ficción; tercero, que existe
cierta diferencia entre ambos términos, ya que la admiración
requiere del lector, o del personaje de ficción, una actitud más
reflexiva y de mayor discernimiento que la
risa;13 y, finalmente, cuarto, que nuestro
autor
11 Ver
Helena Percas de Ponseti. Cervantes y su concepto del arte, (Madrid:
Gredos, 1975), II, p. 398-399. Percas considera que para Cervantes el mono
ocupa el grado ínfimo en la escala animal, y cita unas palabras de
E. Curtius (El mono como metáfora, en Literatura europea
y Edad Media latina, [México: Fondo de Cultura Económica,
1955], II, p.750-752) muy significativas para el texto que comentamos:
Simia puede aplicarse a personas, o bien a cosas abstractas
o a artefactos que simulan algo. El mismo mono (simius) se convierte
en simia cuando imita al hombre . . . Cualquiera
que imitara algo sin comprenderlo podía, pues, llamarse de ese
modo. (Subrayados nuestros).
Aparte del excelente tratamiento de la
admiración en la novela que hace Edward S. Riley (Teoría
de la novela en Cervantes, [Madrid: Taurus, 1971], p. 146-154), un fino
estudio sobre la admiración y la risa en la
novela, como reacciones de gran complejidad, disyuntivas o contrapuestas,
etc, es el ya citado de Eduardo Urbina: El concepto de admiratio
y lo grotesco en el Quijote. En otro estudio suyo: Tres
aspectos de lo grotesco en el Quijote (en Actas del IX Congreso
de la Asociación Internacional de Hispanistas, Sebastián
Neumeister, ed., [Frankfurt am Main: Vervuert Verlag, 1989], I, p. 676),
Urbina piensa que en el presente texto la reacción disyuntiva no es
ambivalente sino antitética. En mi opinión, Cervantes sólo
se limita a indicar posibles reacciones sin dar juicio alguno sobre las mismas,
de acuerdo con la libertad que concediera al lector en el Prólogo
de la Primera Parte. No obstante, indirectamente se burla del lector no entendido
con esa expresión de risa de jimia, que tanto desconcertó
a Clemencín.
12 Según
se desprende de dos conocidos textos. Uno del Persiles: por la
mucha risa se descubre el poco entendimiento (Persiles, II, 5),
que tanto revela la actitud de los duques de la Segunda Parte. Y otro del
Quijote, cuando el caballero advierte a Sancho después de la
aventura de los batanes: No niego yo que lo que nos ha sucedido sea cosa
digna de risa; pero no es digna de contarse, pues no son todas las personas
tan discretas que sepan poner en su punto las cosas (I, 20).
13 Although
admiratio is not at odds with laughter, it calls for a more reflective
and discriminating attitude from the reader. For admiratio is a kind
of pleasure which comes when a work of art exposes one's imagination to
unfamiliar emotions or to strange mental experiences (Edwin Williamson.
Intención and invención in the
Quixote, Cervantes, 8 (Spring,
1988), 9).
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espera del lector, o de los personajes de su novela, cierta reacción ante don Quijote.
Volvamos ahora al encuentro de don Quijote
con el paje soldado. Varios capítulos antes, cuando don Quijote se
encuentra con el Caballero del Verde Gabán (II, 16), el texto deja,
en forma lexicalizada y abundantemente, constancia de la admiración
que en Don Diego de Miranda despierta el caballero andante. Y expresamente
se señala como Don Diego se admira de la apostura y rostro de don
Quijote, de la longura de su caballo, la grandeza de su cuerpo, la
flaqueza y amarillez de su rostro, sus armas, su ademán y su
compostura. El mismo don Quijote advierte al punto el suspenso en que
ha quedado el otro caballero y le dice: Esta figura que vuesa merced en
mí ha visto, por ser tan nueva y fuera de las que comúnmente
se usan no me maravillaría yo de que le hubiese maravillado. Pero
no se trata sólo de Don Diego. Cuando poco después, en
compañía de don Quijote y Sancho, llega a su casa, la esposa,
Doña Cristina, y el hijo, don Lorenzo quedarán también
suspensos repetidas veces. Admiración que volverá a subrayarse,
una vez más, poco antes de la despedida de don Quijote y Sancho (II,
18): De nuevo se admiraron padre e hijo de la entremetidas razones de
don Quijote, ya discretas y ya
disparatadas.14
Sin embargo, con esto no está todo dicho.
El autor parece estar interesado en que el lector se fije en la impresión
que su personaje causa en los otros seres humanos con quienes se encuentra.
Por ello, sólo muy pocas líneas después, cuando don
Quijote y Sancho se encuentran con los labradores y los estudiantes que iban
de camino, Cervantes anota expresamente con indudable intención: Y
así estudiantes como labradores cayeron en la misma admiración
en que caían todos aquellos que la vez primera veían a don
Quijote, y morían por saber qué hombre fuese aquél tan
fuera del uso de los otros hombres (II, 19).
Ante tal acumulación de instancias en
que se anota y se subraya este dato de la admiración, el crítico
lector queda intrigado ante la actitud del paje. Porque, como ya indicamos,
el paje no muestra en absoluto admiración por Don
Quijote15, ni el menor deseo de saber quién
fuese, ni, por el contrario, se le opone, o le critica, o se ríe de
14 Este
episodio del Caballero del Verde Gabán, es junto con el de la novela
de El curioso impertinente, el que registra una mayor abundancia de
términos del campo semántico de la admiración. Así,
en este punto tengo que disentir de la opinión de Eduardo Urbina en
el estudio indicado en la nota 4, ya que Urbina no advierte
una mayor densidad del uso de la admiración en ningún episodio
determinado.
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su extraña figura, ni siquiera con risa de jimia. Actitud
de indiferencia a la que también parece adherirse el autor, puesto
que ahora no adopta, a diferencia de otros momentos de la narración,
una postura omnisciente revelando datos de la conciencia de este
personaje. Es interesante observar que don Quijote no se presenta como caballero
andante, ni le habla en momento alguno de sus caballerías. Por su
parte, el joven se limita a contestar a las preguntas del caballero, explicando
su problema en un tono neutro y desinteresado, sin que en sus palabras se
adivine la más mínima extrañeza por lo desusado de don
Quijote, hasta el punto de poder afirmarse que lo ignora, a no ser por una
única palabra de respeto, señor, con que inicia
una de sus dos respuestas. Y nada más. La ausencia de reacción
en el paje implica una excepción tan singular y escandalosa a lo que
podría denominarse regla de la admiración, que
el mismo Cervantes para paliarla, se ve obligado al final de este encuentro
a echar mano de la técnica de narrador omnisciente y del estilo indirecto
para dejar constancia de la interna admiración de Sancho: y a esta
sazón dicen que dijo Sancho entre sí: ¡Válate Dios
por señor! ¿Y es posible que hombre que sabe decir tales, tantas
y tan buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha visto los disparates
imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos?
Desde el mismo momento en que aparece el personaje
en el campo de visión de don Quijote, el autor es plenamente consciente
de esta anomalía, anomalía que mantendrá implacable
durante todo el largo tiempo que el paje va a permanecer en las páginas
de la novela. Porque el paje, no ha de olvidarse, asiste al relato del hombre
de las lanzas y, en primera fila, a toda la representación del retablo
de maese Pedro contemplando el final desastrado que le imprime don Quijote.
Y esa presencia está señalada conscientemente por el autor.
Pero es una presencia casi muda, pues apenas dice ni comenta nada. Y, aunque
en una ocasión, el narrador registra su sorpresa ante las facultades
adivinatorias del mono del titiritero, tal rasgo carece de relevancia, ya
que el sintagma que la expresa, atónito el paje, no es más
que un elemento en una de esas enumeraciones de que tanto gusta Cervantes.
Si algún sentido tiene, es el de recordar al lector que el paje está
presente.
La descripción del paje, considerada
en su conjunto, no ofrece especiales problemas. Es un joven que ha decidido
abandonar el servicio a gente advenediza en la Corte, y ha optado por enlistarse
como soldado para servir al Rey en la guerra. No obstante, una lectura más
detenida revela toda una serie de rasgos extraños, que hacen del personaje
un pequeño enigma.
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El autor comienza por describir minuciosamente
la indumentaria del paje. Pero tal descripción está hecha a
través de los ojos de don Quijote, como se desprende de las preguntas
que luego le formula, concretada en esas sus dudas respecto a lo que ve,
que quedan expresadas por el sintagma al parecer, repetido tres
veces. Tal repetición, como se ha notado, lejos de ser descuido o
torpeza del autor, es enteramente deliberada y responde al juego expresivo
de la obra.15 Juego expresivo que en este
primer momento del encuentro con el personaje puede que tenga más
de un rasgo semántico de humor.16
Sea como fuere, el lector advierte que la figura del paje ha atraído
poderosamente la atención del caballero. Tanto que se cambian las
tornas, apareciendo así don Quijote como el que desease saber quién
fuese ese joven tan distinto a los demás personajes de sus
aventuras.
El joven, así lo ven el autor y don
Quijote, es alegre de rostro, y al parecer, ágil de su persona.
Dos rasgos físicos positivos y, a primera vista, llenos de vida, aunque
separados por ese al parecer, totalmente intencionado, que proyecta
una sombra anómala en la luminosidad del incipiente retrato. Si a
ello se añade la primera observación de que el paje iba
caminando no con mucha priesa, la contraposición entre ambos rasgos
y la anomalía del joven personaje se hace aún más intensa.
Lo cual puede apreciarse por comparación con el paso de otros personajes
con los que don Quijote se ha encontrado anteriormente. Porque, si el paje
camina con cierta lentitud, el hombre de las lanzas no, y otro tanto se puede
decir del caballero del Verde Gabán y de los estudiantes y labradores,
a quienes Don Quijote hubo de rogar detuviesen el paso, porque caminaban
más sus pollinas que su caballo (II, 19). El paje va a pie. Y,
aunque es lógico que don Quijote, Sancho y el primo, todos ellos
caballeros, le den alcance, el autor ha querido dejar constancia de esta
diferencia, de esta ausencia de prisa en el paso del joven.
Así pues, si es cierto que el caminar
tan a la ligera, es decir, con tan poca ropa, y la alusión
al envoltorio, pueden resultar datos teñidos
15
Ángel Rosenblat. La lengua del Quijote, [Madrid:
Gredos, 1971], p. 146.
16 Para Edward
C. Riley en su estudio Looking into Bundles and Bags: a Detail of Narrative
Technique in Cervantes, en Busquemos otros montes y otros ríos.
Estudios de literatura española del Siglo de Oro dedicados a Elias
L. Rivers, B. Dutton and V. Roncero, ed., (Madrid: Castalia, 1992), p.
203-204, la expresión al parecer entraña una
precaución más o menos humorista con relación al contenido
del envoltorio.
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de humor, el caminar no con mucha priesa, apunta a una realidad
muy diferente y grave. Una realidad cuya clave está en la letra de
una de las seguidillas que va cantando y que, curiosamente, es la única
que registra el texto: A la guerra me lleva / mi necesidad. / Si tuviera
dineros, / no fuera, en verdad. Aquí no existe nada cómico,
ni nada de lo que algún autor ha pensado como esencia del episodio,
calificándolo de canto al valor de la juventud, despreocupada y ardorosa,
y al valor de la autonomía y libertad
humanas.17 La alegría o, mejor, la
luminosidad de esas facciones jóvenes y el ritmo rezumante de vida
de toda seguidilla18 aparecen ensombrecidas
por el descarnado realismo de la letra.
Al paje le lleva, le arrastra la
necesidad.19 Una necesidad que, en el conjunto
de la novela, supone una inquietante anomalía, al revestir
características que la distinguen de otras instancias en que aparece.
Porque es distinta de la necesidad a la que Sancho apela como
razón para salir de nuevo con don Quijote, ya que no es sólo
la pobreza lo que le mueve a servir de
escudero;20 e, igualmente, es diferente a
la necesidad lúdica de Dulcinea, sentida e imaginada por don Quijote
en su visión onírica de la cueva de Montesinos; y, con mayor
razón, nada tiene que ver con la necesidad que dice experimentar la
menesterosa princesa Micomicona. Aquí no hay elementos novelescos
o de ficción. La necesidad del paje es expresión de una
17 J.
Bickermann. Don Quijote y Fausto, (Barcelona: Araluce, 1932), p.
114-115.
18 Miguel Querol
Gavaldá. La música en las obra de Cervantes, (Barcelona:
Ediciones Comtalia, 1948), p. 122-124. El autor ilustra el significado de
este género de baile citando los efectos anotados en el mismo
Quijote (II, 38): Allí era el brincar de las almas, el retozar
de la risa, el desasosiego de los cuerpos y, finalmente, el azogue de todos
los sentidos.
19 Ciertamente
el dinero, o su carencia, es tema importante en el episodio, como también
lo es a lo largo de toda esta Segunda Parte. A este respecto, véase
Gethin Hughes. The Cave of Montesinos: Don Quixote's Interpretation
and Dulcinea's Disenchantment. BHS, 54 (1977), 111. Igualmente
véase el excelente artículo de Randolph D. Pope, El Caballero
del Verde Gabán y su encuentro con don Quijote. HR, 47
(1979), 215, aunque tengamos que disentir de su afirmación de que
la única función que cumple el paje sea la de insistir en el
importante papel que juega el dinero.
20 Sancho sigue
a don Quijote por diversos motivos: por la bondad de su señor, como
dirá al escudero del caballero del Bosque, por una especie de atractivo
que le inspira su persona, por gozar de cierto tipo de libertad, sin descontar,
por supuesto, su ambición de poseer la ínsula o cualquier otro
beneficio. Véase a este respecto V. Gaos, en su edición de
la novela, Tomo II, p. 86, nota 22. Y muy especialmente, Raymond S. Willis.
Sancho Panza: prototipo para la novela moderna, en El
Quijote, George Haley, ed., (Madrid: Taurus, 1980), p. 320-338 (esp.
p. 329).
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realidad despiadada, que le arrastra a un destino que, indudablemente, ni
quiere ahora ni quiso nunca: la guerra.
Las respuestas del paje son secas. Se limita
a contestar a lo que le preguntan don Quijote y el primo. No le importa decir
qué lleva en el envoltorio, ni tampoco revelar su situación
desventurada. Pero no va más allá, no proporciona datos afectivos,
que indiquen rabia o frustración. La rabia del paje ante el trato
abusivo de los pelones y catarriberas de la Corte sólo se manifiesta
en el nombre que da a los que fueran sus señores. Y el autor, repetimos,
no adopta una postura omnisciente para proporcionar al lector
indicios del interior del joven
personaje.21
Que el paje no haya reconocido a don Quijote
resulta extraño. Podría pensarse que no hay razón alguna
para que tuviera que reconocerlo, pues otros personajes de la Segunda Parte
no tienen noticia de su existencia. Sin embargo, cuando Sansón Carrasco
visita por primera vez a don Quijote y comenta la extraordinaria popularidad
y acogida de la Primera Parte de sus aventuras, dice expresamente. Y los
que más se han dado a su letura son los pajes. No hay antecámara
de señor donde no se halle un Don Quijote: unos le toman
si otros le dejan; éstos le embisten y aquéllos le piden
(II, 3). Así, este paje es diferente a los demás pajes. Y si
alguna vez la novela cayó en sus manos, no llegó a abrirla,
y menos a leerla. Nuestro paje constituye una innegable excepción.
Aspecto éste que queda subrayado por la comparación con otro
paje que aparecerá poco después, el de los duques, enviado
con cartas y ropa a la aldea de Sancho. Sus rasgos de alegría, humor,
familiaridad y optimismo ensombrecen por comparación, aun más,
la figura del paje soldado. Puede observarse que si el joven paje es
alegre de rostro ni una sola vez se sonríe.
Por su parte, don Quijote sí se interesa
por el joven. Comienza por un deseo de satisfacer la curiosidad acerca de
su escasa indumentaria y del destino que lleva. La curiosidad poco a poco,
y en forma sutil, va transformándose en cierta admiración y
verdadero afecto, como puede apreciarse en el tratamiento con que a él
se dirige: vuesa merced, señor galán,
amigo, hijo.22 Sobre
todo, esta última palabra, hijo, tiene un valor
semántico intrigante,
21 Sólo
un verbo, de alcance inocuo, acobardóse, aparece aplicado al
paje para indicar su reacción ante la inusitada irrupción de
don Quijote en el retablo y la consiguiente destrucción de los
títeres (II, 26).
22 Sabia
observación de V. Gaos en su edición de la novela, II, p. 371,
nota 172a.
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porque, con excepción de Sancho, es el único personaje de toda
la Segunda Parte que recibe del caballero tan afectuoso
trato.23 Puede que don Quijote (¿o
Cervantes?) previese o sintiese como suyo el incierto futuro del joven.
Así, hijo indica cierta sintonía, cierto afecto,
incluso ternura; en una palabra, profunda admiración, por cuanto el
caballero ha podido alejarse del mundo fantástico de su yo caballeresco,
y fijar su mirada (ad-mirare, mirar a) buscando su yo
en ese joven paje. Lejos de ser un apelativo transitorio, es invocativo verdadero
y lleno de sentido cuando se piensa que el caballero le ofrece poco después
las ancas de su caballo. Don Quijote consideró al paje digno de cabalgar
con él, como en un deseo de hacerle participar de su ideal o, si se
prefiere, de su género de vida, puesto que ya lo consideraba
partícipe de sus desgracias.
Pero el paje, aun siendo objeto de ese excepcional
tratamiento, no sintoniza con el caballero, ni revela nada de lo que pasa
en su interior. El paje ha dejado atrás un pasado lleno de dureza,
en que ha sido víctima de gente miserable, y tiene por delante un
futuro transido de incertidumbre. Y en esto precisamente se halla la clave
para explicar la progresiva sintonía de don Quijote con el joven.
Porque si el pasado ha estado para nuestro caballero cuajado de desventuras,
el futuro, tras el encantamiento de Dulcinea y su desoladora visión
de la cueva de Montesinos, se le ofrece lleno de sombríos interrogantes,
aunque ello sea sólo en un nivel
subconsciente,24 que le desazonan hasta el
punto de buscar una respuesta imposible en el simio adivino de maese Pedro
y en la inerte cabeza encantada de don Antonio Moreno.
El mismo don Quijote se da cuenta de que el
personaje no es igual a los otros. Y no sólo por comprender que ha
sido verdadera y realmente golpeado por la vida, sino por haber entrevisto
que pertenece a otro universo, a otro mundo ajeno al de sus caballerías,
donde nada tienen que ver encantadores, princesas menesterosas o ínsulas
imposibles. Por ello, si comienza a animarle con esas palabras de tenga
a felice ventura haber salido de la Corte, y muy pronto se lanza, movido
por la inercia de sus ideas fijas al tema de las armas y las
letras,25 en el que se hubiera explayado
tan a sus anchas de haber
23 En
la Primera Parte se da también otra excepción, la del joven
Andrés azotado por su amo Juan Haldudo. Hijo Andrés,
le dice don Quijote (II, 4).
24 Juan B.
Avalle-Arce. Don Quijote como forma de vida, (Madrid: Fundación
Juan March/Editorial Castalia), 1976, p. 212-213.
25 Michel Moner
en su obra Cervantes: Deux thèmes majeurs (L'amour - Les armes
et les lettres), (Université de Toulouse-Le Mirail: France-Iberie
Recherche, [p. 111] 1986), p. 110, advierte
cuán fuera de lugar está el que don Quijote traiga a colación
aquí las letras.
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estado presentes las figuras novelescas de la venta de la Primera Parte,
o su atrevida sobrina, igualmente novelesca por tomarse tan a pecho lo de
las caballerías, también muy pronto abandona el tema y cambia
totalmente de tono.
Don Quijote le presenta un futuro muy negro
con trazos de una ironía descarnada. En primer lugar le aconseja que
aparte la imaginación de sucesos adversos, porque ha captado
la fundamental preocupación del paje, la incertidumbre ante su futuro.
Es precisamente esta obsesión por el porvenir lo que no le ha dejado
tiempo para pasar los ojos por las páginas de la gran novela,
marcándole como personaje totalmente ajeno al mundo de la ficción.
Desde su desventura presente piensa que toda ventura le está vedada.
En su breve alocución don Quijote le anima y le dice que lo peor que
le puede pasar es morir: todo es morir , y acabóse la obra.
Y añade que si no muere, y si es valiente y obedece a sus superiores,
tendrá mucha honra, aunque también pueda quedarse estropeado
o cojo, y esclavo de la hambre. Con lo cual le está diciendo,
que es muy posible que acabe en una situación miserable, necesitada
e indefensa, peor incluso que en la que ahora se encuentra.
Don Quijote adopta aquí una postura
de un realismo abrumador, una postura totalmente ajena a la que ha mantenido
y seguirá manteniendo en el discurrir de la novela. Da la impresión
de que el subconsciente deja de serlo y le aflora a los labios. Don Quijote
ya no es más don Quijote, sino su autor que habla a través
de él. Su estilo y su tono no son los acostumbrados. Su estilo, siente
el lector, es el del Prólogo de esta Segunda Parte, es decir, un estilo
que no es exactamente el de la novela; y su tono no es el del personaje,
inserto en un mundo de ficción.
En este episodio don Quijote no tiene que
transformar ninguna realidad. O, más exactamente, no puede. Porque
la abrumadora realidad del paje y de su problema no es ni puede ser objeto
de fantasías, ni es novelesca en sentido alguno. En el paje no existen
los falsos oropeles de Vicente de la Rosa, ni el heroísmo del cautivo,
vuelto a España con la bella Zoraida y capaz de contar una historia
de luchas por su fe y por la libertad en medio de penalidades innumerables.
Ni tampoco existe la posibilidad futura de una vida regalada e hipócrita
como la que ahora lleva el ermitaño, antes soldado. El paje sólo
tiene el horizonte de la oscura posibilidad y la
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incertidumbre, un horizonte al que le empuja una opción que pudiera
parecer libre, pero que deja de serlo en gran medida, al estar lastrada por
su necesidad extrema. Pobreza y preocupación, incertidumbre ante el
futuro que expresa natural e inevitablemente ante el simio de maese Pedro:
Si yo tuviera dineros, preguntara al señor mono qué me ha
de suceder en la peregrinación que llevo. El autor lo sabe, porque
lo ha vivido, y hace que don Quijote lo entienda. El autor no permitirá
que don Quijote le dé esos reales para aliviar su ansiedad,
ahorrándole, por otro lado, la burla de que va a ser objeto el caballero
cuando le responda ambigua y burlonamente el simio. Pero, sobre todo, no
permitirá al paje tomar parte en ese teatro burdo de la
adivinanza, de la ficción, porque el paje pertenece al mundo de la
realidad ineludible. Y cuando don Quijote le habla, en esa breve arenga,
nada de discursos. Don Quijote habla por la boca de su herida, de la
desilusión que le ha venido deshaciendo el alma lentamente desde el
comienzo de su Tercera Salida, al caer en la cuenta de que Dulcinea está
encantada. El autor fundido con su
personaje26 aconseja, o más bien avisa
al joven de lo que sin duda le va a suceder, y que es lo que a él
mismo ya le ha sucedido. El ideal ha de descender de sus alturas, despojarse
de sus ropajes y ponerse al nivel de la realidad más cruel y mostrenca.
El episodio del paje aparece así como un paréntesis en la novela.
Es un desahogo del autor ante su propia imagen joven a la que habla desde
la imagen del ideal y del fracaso, del heroísmo y de la burla, la
imagen de su estrafalario don Quijote por él entrañablemente
creado y sentido. Que sea el autor quien habla, que Cervantes esté
aquí recordando a través de este joven personaje su imagen
de paje primero en Italia y soldado más tarde, se puede notar en el
ambiente semántico de todo el pasaje, y de forma muy notable en ese
comentario que hace don Quijote a la mezquindad de los amos del paje:
¡Notable espilorcheria!, añadiendo como dice
el italiano, caso único en toda la novela e índice
claro del recuerdo de sus años jóvenes.
Por todo ello, el paje no habla sino para dar
explicaciones secas, desnudas de cualquier emoción, porque es sólo
una imagen fugaz del pasado, un recuerdo del autor, una imagen que aún
no puede
26 Cervantes,
desde don Quijote, se contempla a sí mismo joven. The smuggling
in into a work of art the selfportrait of the artist was a favorite trick
of Cervantes, anota Helmut Hatzfeld. Artistic Parallels in Cervantes
and Velázquez, en Estudios dedicados a Menéndez
Pidal, (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas,
1950-1962), p. 283. También Vicente Gaos en su edición del
Quijote (Madrid: Gredos), II, p. 367, nota 111a.
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entender la cantidad de experiencias y de vida que encierra la persona del
caballero manchego. Su silencio es tal que ni siquiera tiene
una palabra o un gesto de gratitud para ese hombre que le ofreció
lo que a nadie había ofrecido: las ancas de su caballo.
Y todo esto no es sólo aplicable a la
primera etapa del encuentro en el camino hacia la venta, sino al último
momento del mismo, después de finalizada la representación
del retablo de maese Pedro. Pasada la momentánea alucinación
de don Quijote y el asalto a los títeres del retablo, todo vuelve
a la normalidad. Don Quijote paga los desperfectos ocasionados a maese Pedro
e invita a cenar a todos los de la venta. Incluso hace gala de un excelente
sentido del humor, cuando ante las quejas de maese Pedro que pide dos reales
por el trabajo de rescatar a su mono huido, le dice a Sancho: Dáselos,
Sancho, no para tomar el mono, sino la mona (II, 26). Sentido del humor
y sentido de la realidad que le rodea, porque don Quijote se ha dado cuenta
de que el titerero es un pícaro. Ese dinero está de alguna
manera justificado, ya que tiene la función de cubrir la realidad
dolorosa y la vergüenza de aquel momento de alucinación. Y en
este punto debiera haberse acabado todo. Pero el autor no ha podido olvidar
a un personaje que en silencio, sin el menor comentario, con la breve
indicación de sólo un movimiento instintivo ante el destrozo
del retablo acobardóse el paje, ha contemplado
la escena. Por eso, hace que a la mañana siguiente vaya hasta don
Quijote para despedirse de él. Don Quijote no le dará más
consejos ni le dirá que vaya en pos de él en busca de aventuras,
que se haga también caballero andante, como le sugirió al joven
don Lorenzo. Don Quijote se limitará a darle una docena de reales
para ayuda de su camino. Porque el paje soldado no es novelesco, porque su
vida está por hacerse, y ni el autor ni don Quijote tienen derecho
a detener su curso, ya que su figura es real, tan real como el autor, que
fue paje y después soldado.
El autor, fiel a su postura, nada más
dice. Quizás pensó que no tenía relevancia, o quizás
sentido, registrar en el universo de su novela las palabras o la gratitud
del joven personaje, que aún pertenecía a otro mundo tan distinto.
Pero sí quiso dejar constancia de la comprensión y el respeto
que su caminar no sin mucha priesa, su necesidad y la cierta
y angustiosa incertidumbre de su futuro le habían merecido.
| SOPHIA UNIVERSITY, TOKYO |
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
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