From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
17.1 (1997): 165-74.
Copyright © 1997, The Cervantes Society of America
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FRANCES LUTTIKHUIZEN |
ensura oficial no, pero
censura extra-oficial sí. La rapidez con que llegaron las primeras
Aprobaciones oficiales es indicativo de la actitud más bien tolerante
de la censura de aquella época hacia obras de
«entretenimiento». La aprobación eclesiástica tardó
tan solo siete días; se solicitó el día 2 de julio y
se concedió el día 9. La aprobación del Consejo Real
tardó un mes, y por aquello de que las cosas de palacio van despacio.
Si nos atenemos a estos documentos, no hubo retoque alguno del texto de las
Novelas por parte de las autoridades competentes antes de su
publicación en 1613. Posteriormente sí que hubo casos claros
de censura. Hubo censura por parte de traductores, por parte de editores
y por parte de lectores.
Un caso de censura bien conocido es el del
primer traductor inglés de las Novelas, James Mabbe. Este traductor
isabelino celoso educador del pueblo en los valores nacionales
suprime todo aquello que pudiera ofender la susceptibilidad de sus compatriotas.
El relato de La española inglesa, donde hay católicos
secretos infiltrados en los ejércitos de la reina y los ingleses son
los piratas que saquean ciudades y raptan niñas inocentes, queda casi
irreconocible.
Tenemos también el caso de una traductora
del siglo pasado que interpretó muy en serio lo de ejemplar,
eliminando todo aquello que chocaba con su mentalidad puritana. En su
versión de la Fuerza de la sangre, la violación de Leocadia
queda tan envuelta
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en la ambigüedad que cuando introduce su larga lista de razones por
las cuales Rodolfo debía arrepentirse, el lector no acaba de saber
de qué pecado se trata. Otro pasaje que tergiversa esta traductora
es la escena donde Carrizales abre la puerta del aposento en busca de Leonora,
su esposa, pero no la encuentra en brazos de Loaysa en la cama, sino en el
suelo ella durmiendo en un extremo de la habitación y él
en el otro.
En la Biblioteca Bonsoms de Barcelona tenemos
un curioso ejemplar de las Novelas, donde un lector dejó constancia
de un peculiar celo censurador: el ejemplar está lleno de grandes
tachaduras en tinta china. Hasta los grabados son objeto de su censura. El
grabado que encabeza la novela de la Gitanilla representa la escena
donde la niña, como prueba fehaciente de su identidad, le muestra
a la mujer del corregidor el lunar blanco que tiene en el pecho. La joven,
con el vestido desabrochado hasta la cintura, le muestra el lunar. Pues bien,
aquí el escrupuloso censor pasa de la pluma al bisturí,
desfigurando por completo el pecho desnudo de la pobre gitanilla.
Un caso de serias adulteraciones, con indicios
de intencionada censura, lo encontramos en el proceder del editor-impresor
sevillano, Francisco de Lyra. Por razones personales, o políticas,
Lyra se autoproclama censor de las Novelas ejemplares, y corrige todo
aquello que va en contra de su concepto de «ejemplaridad», tanto
en la esfera religiosa y de las buenas costumbres, como en el del lenguaje.
Los historiadores de la imprenta han hecho de él grandes elogios.
No queremos discutir sus méritos como impresor, sino como editor.
De los talleres de Lyra salieron nada menos
que tres ediciones de las Novelas (1624, 1627 y 1641), sin embargo,
la primera mención bibliográfica que tenemos de ellas viene
de Inglaterra donde, en 1881, figura un ejemplar entre los libros de la
Sunderland Library.1 Con motivo de la
preparación de un catálogo para la venta de dicha biblioteca,
se observaron ciertas variantes en el texto de Lyra. La persona encargada
de la preparación del catálogo hace una breve descripción
de estas diferencias y llega a la conclusión de que las variantes
proceden probablemente de «alguna de las copias que de las Novelas
ejemplares corrían manuscritas.»
1 Resulta
curioso que en los trabajos de prestigiosos historiadores de la tipografía
hispalense, como son los de Joaquín Hazañas y la Rúa,
(La imprenta en Sevilla (1475-1800), Sevilla, 1892) y Francisco Escudero
y Perosso, (Tipografía hispalense. Anales bibliográficos
de la ciudad de Sevilla, Madrid, 1894) no se menciona la existencia de
ninguna de estas ediciones.
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En su Bibliografía crítica
(1905), Rius se limita a copiar la información del catálogo,
pero añade que es una edición
rarísima,2 que no consta ni en el
catálogo de la Biblioteca Bonsoms, ni en la Nacional de Madrid. Hacia
1940 ya consta un ejemplar en el catálogo de la Colección Bonsoms,
pero el comentario de Givanel es escueto. Se limita a afirmar lo que dice
Rius, ilustrando las diferencias con algunos ejemplos, pero despacha el asunto
rápidamente diciendo que las diferencias son de «bien poca
importancia».
No estamos de acuerdo en eso de que las variantes
sean de poca importancia. Al contrario, estamos convencidos de que bajo una
apariencia de caprichosas «correcciones» se esconde una lista de
intencionadas censuras. Si se tratara de una edición aislada, no
pasaría de ser una curiosidad, pero no es éste el caso. Se
trata, nada menos que de una edición que sentó la base textual
para una decena de ediciones posteriores a lo largo de casi 250
años.3 De ahí su importancia
dentro de los estudios cervantinos.
Un cuidadoso cotejo de las variantes revela
que el texto base que utilizó Lyra para su trabajo fue el de la
edición de Pamplona de 1622. Los preliminares incluyen una licencia,
muy escueta por cierto, despachada ante un tal Pedro de Contreras y una fe
de erratas firmada por Murcia de la Llana. Ni la licencia ni la fe de erratas
llevan fecha ni lugar. Por otro lado, como el ejemplar en cuestión
pertenece a la reimpresión de 1627, es posible que aprovechara los
documentos de la primera edición. Pedro de Contreras podría
haber sido un notario de Sevilla, pero nos extraña ver el nombre del
Muria de la Llana, más vinculado con Alcalá y Madrid, donde
firmó la fe de erratas de las dos partes del Quijote, del
Persiles y de las Novelas ejemplares. ¿Creía Lyra
que una fe de erratas con el nombre de Muria de la Llana daba más
credibilidad al texto?
2 Lyra
hizo tres ediciones: 1624, 1627, 1641. Hoy día existe un ejemplar
de la primera y uno de la tercera en la British Library y un ejemplar de
la segunda edición en la biblioteca Bonsoms de Barcelona.
3 Novelas
ejemplares, Madrid, 1655
Novelas ejemplares, Madrid, 1664
Novelas ejemplares, Sevilla, 1664
Novelas ejemplares, Zaragoza, 1665
Novelas ejemplares, Zaragoza, 1703
Novelas ejemplares, Barcelona, 1722
Novelas ejemplares, Madrid, 1722
Novelas ejemplares, Madrid, 1732
Novelas ejemplares, Valencia, 1769
Novelas ejemplares, Valencia, 1783.
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Encontramos la primera variante en el Prólogo
al Lector. Donde Cervantes dice: «Perdió en la batalla naval
de Lepanto la mano izquierda . . .», Lyra suprime el nombre
de la batalla, dejándolo simplemente en: «Perdió en la
batalla Naval la mano izquierda.» No es un simple descuido del editor
porque cambia la palabra «naval» a mayúscula. ¿Le
parecería una redundancia «la batalla naval de Lepanto»?
A medida que vamos estudiando su proceder, vemos que uno de los criterios
para suprimir palabras o frases es el de evitar la repetición, aunque
sea en frases tan logradas como «hecho pues su agosto y su vendimia»,
donde suprime «y su vindimia».
A diferencia de las variantes de la edición
pirata de 1614, que consisten mayoritariamente en ampliaciones textuales
de tono positivo, las variantes de esta edición sevillana se caracterizan,
por lo general, por su tono negativo.4 A menudo
suprime «sin cesar», «grande», «tan»,
«muy» y otras frases adverbiales. En su conjunto, las
«correcciones» de Lyra parecen querer dar a las Novelas
un cierto «tono menor».
Hemos agrupado las variantes de Lyra bajo cuatro
temas: añadidos, omisiones, cambios léxicos y ejemplos de clara
censura. Los cambios léxicos consisten generalmente en sinónimos.
Sabemos que Lyra imprimió varios glosarios y es muy posible que en
algunos casos no pudo resistir la tentación de modernizar vocablos:
«luces en las ventanas» en lugar de «lumbres en las
ventanas»; «deprisa» por «luego»; «convite»
por «envite»; «intención» por «intento»;
«murcido» por «murciado»; etc. Lamentablemente, no
respetó tampoco los malapropismos que tan acertadamente utiliza
Cervantes.
Por lo general, los añadidos sirven
para acentuar o aumentar lo que consideraba actuaciones o actitudes ejemplares.
Así, en la Fuerza de la sangre, donde el texto dice: «el
valeroso, ilustre y cristiano abuelo de Luisico», Lyra convierte
«cristiano» en «cristianísimo».
Otro ejemplo es el pasaje donde el narrador enumera las muchas precauciones
que había tenido el celoso extremeño en guardar a su esposa.
«Sus recelos, sus advertimientos, sus persuasiones, los altos muros
de su casa . . . el torno estrecho, las gruesas paredes, las ventanas
sin luz, el encerramiento notable.» Aquí Lyra acentúa
la nota entusiasta: «sus recelos tan grandes, sus advertimientos,
sus persuasiones,
4 Un ejemplo
típico de las variantes de la edición de 1614 sería:
«(Carriazo) salió tan bien con el asunto de pícaro que
pudiera leer cátedra y dar maravillosas lecciones en la facultad
al famoso de Alfarache»; o ésta otra: «mostraba Carriazo
ser un gran príncipe en sus cosas». Pocas veces encontramos
en las variantes sevillanas este deseo de intensificar. Más bien,
todo lo contrario.
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los altísimos muros de su casa . . . el torno
tan estrecho, las paredes tan gruesas, las ventanas sin luz
alguna, el encerramiento tan notable». Cuando el licenciado
Vidriera habla del río que pasa por Roma, que beatifica sus orillas
con «las infinitas reliquias de cuerpos de mártires», Lyra
interpola «cuerpos de santos gloriosos mártires».
Las omisiones superan las ampliaciones tanto
en número como en importancia. A veces, suprime una palabra o una
frase para quitar dramatismo, como, por ejemplo, en la escena del desmayo
de Leocadia en la Fuerza de la sangre. Cervantes dice que «cuando
más las lágrimas de todos por lástima crecían,
y por dolor las voces se aumentaban, y los cabellos y barbas de la
madre y padre de Leocadia arrancados venían a menos, y los gritos
de su hijo penetraban los cielos, volvió en sí
Leocadia». En la versión de Lyra el lector se ahorra la imagen
de la madre arrancándose los cabellos y el padre la barba y el niño
gritando a viva voz. En la Gitanilla, encontramos otro ejemplo allí
donde Cervantes dice que «cuando Preciosa vio a don Juan ceñido
y aherrojado con tan gran cadena . . . se le cubrió
el corazón», Lyra dice simplemente: «cuando Preciosa vio
a don Juan ceñido con una cadena . . . se le cubrió
el corazón.» ¿No le gustó la imagen cervantina, o
no le gustó la palabra?
Lyra recurre también a las omisiones
para corregir lo que le parece poco realista o contradictorio. En el Amante
liberal, cuando, para ganar tiempo, Ricardo sugiere que Halina deje pasar
«dos lunes» antes de «concederle sus deseos», en lugar
de «dos lunes» (o sea dos semanas), Lyra le concede «dos
lunas» (dos meses). Tampoco tiene inconveniente en cambiar cifras monetarias
cuando le parecen exageradas. Por ejemplo, reduce la renta de 6.000 ducados
que espera Tomás (Ilustre fregona) de su mayorazgo a 2.000,
y el valor del menaje de la supuesta casa de Estefanía
(El casamiento engañoso) de 2.500 escudos a 1.500 ducados.
También rebaja los 10.000 escudos que la reina de Inglaterra hace
enviar a Isabela vía un mercader francés a 10.000 ducados.
En cambio, deja intacto el riquísimo dote de Leonora. La diferencia
está en el contexto. Tanto Tomás como Estefanía mencionan
estas cantidades para presumir, y en consecuencia, bien podían ser
cantidades exageradas. En cambio, pudiera ser que entre los ricos indianos
que volvían de las Américas dotes de 20.000 ducados fueran
corrientes.
En otros casos, Lyra rectifica lo que le parece
demasiado idílico. En la Fuerza de la sangre, por ejemplo,
se lee: «Con la seguridad que promete la mucha justicia y bien inclinada
gente de aquella ciudad, venía el buen hidalgo con su honrada
familia.» En la versión de
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Lyra, ni «bien inclinada» gente ni «honrada» familia.
Cuando Rinconete dice: «y muchos de nosotros no hurtamos el día
del viernes», Lyra cambia «muchos» a «algunos».
Tan riguroso es en sus apreciaciones que ni siquiera le permite a una mesonera
estar enamorada de un gitano. Así que, la frase final del narrador:
«Olvidábaseme de decir, cómo la
enamorada mesonera descubrió a la justicia no ser verdad
lo del hurto de Andrés el gitano, y confesó su amor y
su culpa, a quien no respondió pena alguna
. . . », queda, simplemente, en: «Olvidábaseme
de decir, cómo la mesonera descubrió a la justicia no ser verdad
lo del hurto de Andrés, a quien no respondió pena alguna
. . . »
Muchas de las omisiones carecen de una
explicación razonable. En el discurso del gitano viejo sobre sus
costumbres ¿por qué excluir «la garrucha» en la lista
de torturas que no espantan? Y ¿por qué, cuando dice «somos
señores de los campos, de los sembrados, de los montes, de las fuentes
y de los ríos» Lyra excluye «las selvas»? o cuando
enumera sus proveedores: «los montes nos ofrecen leña de balde,
los árboles frutas, las viñas uvas, las huertas hortaliza,
los ríos peces y los vedados caza», ¿por qué excluye
Lyra «las fuentes agua»?
Insertas en estas «correcciones»
aparentemente inofensivas, encontramos algunas que reflejan propósitos
de carácter político, religioso y social. Los lectores de las
Novelas ejemplares publicadas por Lyra y por todos aquellos editores
que, sin saberlo, perpetuaron sus adulteraciones, no supieron nunca que la
burla que la gitana hizo a aquel gorrero tuvo lugar «en Sevilla»;
ni que Carriazo ganó los 700 reales en un solo verano «jugando
a los naipes»; ni que la Guiomar también «era doncella»;
ni que en untándose las brujas se quedaban tendidas «y
desnudas», ni que era la terrible «estrecheza e incomodidades de
las ventas y mesones» españolas que hacían que los soldados
recordasen las comidas suculentas de las ventas italianas; ni que, además
de cualificado, Monipodio era «generoso y hábil en el oficio»;
ni nada de lo que dice el eclesiástico de los malos médicos,
ni nada de cómo han de ser los escribanos, ni siquiera si Valladolid
era mejor que Madrid.
Lyra fue especialmente meticuloso en temas
de religión. Le parecería una irreverencia decir que la vieja
Pepota podría irse al cielo «calzada y vestida» y le
ofendería la práctica de utilizar la oscuridad y el anonimato
de una iglesia para verse y tratar de negocios, como hacen don Juan y don
Lorenzo en la Señora Cornelia. Así mismo, le parecería
poco riguroso la expresión «griegos cristianos» para describir
los que entraron en la tienda del cadí a pedir justicia. Lyra soluciona
el problema diciendo: «griegos y cristianos», después
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todo los griegos eran ortodoxos, no católicos. La eliminación
de la frase «como era uso» en la Española inglesa,
cuando las monjas salen del monasterio a recibir a Isabel, tiene cierta
lógica, pues las monjas de clausura no solían salir del monasterio.
En cambio, la única justificación que encontramos para suprimir
una frase referente a las normas introducidas por el Concilio de Trento
concernientes a la publicación de amonestaciones antes de poder contraer
matrimonio («las diligencias, y prevenciones justas y santas, que ahora
se usan») se halla en la primera parte de la frase: «que por haber
sucedido este caso en tiempo, cuando con sola la voluntad de los contrayentes
. . . quedaba hecho el matrimonio». En otras palabras, al
incluir una alusión directa a los decretos del Concilio de Trento
de 1564, a los ojos de Lyra da al relato una mayor autenticidad histórica.
Como sea que esto es casi imposible, al eliminar esta referencia se elimina
también la responsabilidad del editor.
Estas apreciaciones pueden parecer un tanto
rebuscadas, pero se ven corroboradas por el episodio donde Lyra pone de
manifiesto su obsesión por la verdad histórica. Tiene que ver
con los retoques que hizo a uno de los personajes en la Señora
Cornelia. Según el relato, si el duque d'Este rehusó celebrar
su boda con Cornelia fue porque aguardaba la inminente muerte de su madre,
ya que la voluntad de la duquesa madre era de que se casara con la hija del
duque de Mantua. Como sea que el duque de Ferrara era un personaje
histórico, Lyra no podía permitir medias verdades. Es cierto
que la fecha de la muerte de la madre de Alfonso d'Este coincide
históricamente con el relato; lo que no coincide es el lugar ni el
amor y respeto que su hijo le profesa. Renata murió en Francia donde,
desde hacía muchos años, vivía exiliada o, mejor dicho,
expulsada de Ferrara por su hijo y su marido a causa de sus ideas calvinistas.
El viejo duque había muerto hacía bastante más tiempo,
pero antes de rehabilitar a una «hereje», Lyra optó por
trocar los personajes y sustituir la figura de la madre por la del padre,
sin dejar lugar para la verdad poética.
Hemos de hacer constar, también, que
su ojo crítico detectó algunos errores en el texto de Cuesta.
Una corrección interesante se encuentra en el Coloquio de los
perros, cuando la vieja hechicera describe la Camacha de Montilla, a
quien no igualaron ni siquiera las Éritos, las Circes, ni las Medeas.
Circe era la hechicera que encantó a Ulises; Medea era su hija. El
nombre que parece estar equivocado en esta lista es el de Érito, pues
Érito era uno de los Argonautas. Ante la duda, Lyra introduce una
«n» y escribe las Erintos, basado probablemente en
las Erinias, unas divinidades griegas moradoras del infierno.
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En consonancia con esta meticulosidad, la
eliminación del adjetivo «codicioso», para
calificar al judío que vende la hermosa cristiana vestida de mora
al cadí, no puede obedecer a una simple simpatía hacia los
judíos, sino a su estricto sentido de la exactitud. La estrategia
que utiliza el judío de subastar primero la mujer y luego los vestidos,
a los ojos de Lyra no le convierte en un personaje codicioso, sino en un
buen hombre de negocios.
Lyra tampoco era un hombre de negocios cualquiera.
Según Aurora Domínguez, en su reciente publicación sobre
la imprenta sevillana,5 Lyra era uno de los
más productivos y respetados impresores de la época. El volumen
de su producción unos 300 títulos supera en mucho
el de sus contemporáneos. Entre las obras salidas de sus talleres
encontramos títulos que van desde el Indice de libros prohibidos
a pliegos sueltos sobre los autos de fe. Imprimió obras científicas,
obras literarias,6 y numerosas obras escritas
por jesuitas. Lyra gozó de prestigio ciudadano: ser impresor del Santo
Oficio era una distinción poco común. ¿Cómo un
impresor de tanto prestigio e indiscutible talento se atrevió a someter
a tantas alteraciones el texto cervantino?
Entre las motivaciones que podían haber
condicionado su proceder quizá se habrían encontrado las
siguientes: 1.) hacer méritos para granjearse el favor
de las autoridades eclesiásticas; 2.) cubrirse de toda sospecha ante
el Santo Oficio, que cada vez era más severo y estricto, y de este
modo evitar costosas confiscaciones y riesgos de excomunión; 3.) o
simplemente, como buen editor católico, querer mostrar su celo por
la pureza de la fe y las buenas costumbres. Para Lyra, la ética editorial
bien podía haber sido una obligación ineludible.
El editor valenciano Salvador Faulí
detectó las adulteraciones de Lyra cuando, a punto de imprimir su
tercera edición de las Novelas, tuvo el acierto de cotejar
sus textos con el que acababa de salir de la prestigiosa imprenta madrileña
de Antonio de Sancha. Las diferencias eran considerables. El prólogo,
donde Sancha informa al lector sobre el cuidado que había tenido en
buscar y reproducir el texto más antiguo
conocido,7 suscitaría dudas, pues hasta
entonces
5 Aurora
Domínguez Guzmán, La Imprenta en Sevilla en el Siglo XVII
1601-1650, Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1992.
6 Tratado
de anginas del médico Ildefonso Núñez, el famoso
tratado de cosmografía de Rodrigo Zamora, las Rimas de Juan
de Jáuregui, una segunda edición de los Juguetes de la
niñez y travesuras del ingenio de Francisco de Quevedo, etc.
7 Sancha
utilizó como texto modelo el de Liberós (Barcelona, 1631).
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poquísimos editores habían tenido esta precaución. Pero Faulí, conocedor también de la esmerada edición de Pineda, impresa en La Haya en 1739, de donde había copiado los grabados muy mal copiados por cierto, albergaría ya ciertas sospechas sobre la validez del texto que había utilizado hasta entonces. Así pues, para su tercera impresión Faulí optó por un híbrido entre tres textos: el de La Haya, el de Sancha, y el texto adulterado de Lyra que había «heredado».8
| UNIVERSIDAD DE BARCELONA, SPAIN |
8 Esta
edición valenciana es la del famoso trueque donde aparece en la
dedicatoria la frase trece novelas. Admirador del trabajo cuidadoso
de Pineda, el bien intencionado Faulí no sólo copió
sus grabados, sino también repitió el error de incrementar
a trece el número de las novelas.
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Prepared with the help of Sue Dirrim |
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
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