From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
17.1 (1997): 25-45.
Copyright © 1997, The Cervantes Society of America
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JEAN CANAVAGGIO |
ntre las fuentes de que
disponemos para tratar de reconstruir la vida de Cervantes, ocupa un lugar
aparte el proceso incoado por el juez Villarroel con motivo de la muerte
de un caballero de Santiago, Gaspar de Ezpeleta, consecutiva a un duelo ocurrido
en Valladolid el 27 de junio de 1605. Si se hace caso omiso de los papeles
relacionados con el cautiverio argelino, este documento es, probablemente,
el más detallado de los que nos han llegado. Ahora bien, no pocas
incógnitas nos ofrece la relación que se conserva de este caso,
al proceder de una investigación emprendida con segundas intenciones
por un alcalde de casa y corte, interesado, según parece, en que no
se diera plena luz sobre los motivos de dicha muerte. Entre los puntos oscuros
que presenta, cabe señalar las circunstancias en que don Gaspar
llegó a ser herido en duelo, la identidad del que lo hirió
y las razones que hicieron que la víctima se negara a confesar el
nombre de su agresor. Tampoco resulta del todo clara la vida que se llevaba
en la casa donde murió Ezpeleta a los dos días de ser allí
recogido; una casa situada en las afueras de la ciudad, próxima al
Rastro nuevo, y donde moraban, además de Cervantes y de los suyos,
no menos de veinte y tantas personas: todo un mundillo, pues, acerca del
cual varias de las deposiciones recogidas suscitan ciertos interrogantes.
Otra de las preguntas que se nos plantean atañe a la relación
que pudo existir entre don Gaspar de Ezpeleta y aquellos moradores: según
se infiere de ciertas declaraciones, no se limitó a que viniera a
ser herido hacia las once de la noche ante sus puertas,
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sino que anteriormente había entrado en ella en varias ocasiones.
Pero lo que más alimenta nuestro interés es el hecho de que
Cervantes, en este episodio, llega a desempeñar un papel importante,
hasta convertirse, contra toda espera, en una figura de primer plano.
Así se nos explica la atención
dedicada al proceso por los biógrafos del manco de Lepanto, especialmente
desde 1886, año en que fue publicado por primera vez. Hasta entonces
se conservaba inédito en el Archivo de la Real Academia Española
donde, hoy en día, puede todavía
consultarse.1 Así, también,
se entiende la línea interpretativa que ha prevalecido hasta Luis
Astrana Marín, una vez roto el silencio mantenido por aquellos que
pensaban proteger de esta manera la reputación de su héroe:
reconstruir la trama de los acontecimientos, con el fin de demostrar que
Cervantes, encarcelado por orden de Villarroel durante un par de días,
no sólo fue afectado por las insinuaciones de cierta declarante en
contra de sus hermanas y de su hija, sino que padeció los efectos
de la mala fe del juez, empeñado en que no se descubriera el nombre
del que mató a don Gaspar.2
Mi propósito es distinto. No pretendo
aquí volver a narrar con todo detalle lo sucedido; tampoco aportar
revelaciones sensacionales destinadas a establecer la inocencia de Cervantes
en un asunto protagonizado por un calavera, víctima probable de un
marido ofendido con quien Villarroel mantenía, sin duda, relaciones
profesionales y de amistad. Lo que me parece más significativo rebasa
no sólo el mero anecdotismo de los hechos referidos, sino también
los aspectos específicos de la investigación policíaca
a la que dieron lugar. Es sencillamente la luz que arroja este documento,
con sus cuarenta y tantas deposiciones, sobre la vida que se llevaba, a
principios del siglo XVII, en una ciudad que fue, por aquel entonces, sede
de la corte de Felipe III. Nuestro conocimiento de esta vida suele proceder
o bien de los pocos datos que nos proporcionan, con su inevitable laconismo,
los archivos parroquiales y notariales, o
1 Según
L. Astrana Marín, t. VI, p. 65, el manuscrito de este proceso se
encontró a fines del siglo XVIII en el Archivo de la antigua Cárcel
de Corte. Viene encabezado como sigue: Averiguaciones hechas por mandado
del señor Alcalde Xpual de Villarroel sobre heridas que se dieron
a D. Gaspar de Ezpeleta, Cauallero de Auito de Santiago, etc. Se han
hecho varias transcripciones del documento, siendo la más fidedigna
la de Cristóbal Pérez Pastor, t. I, p. 455-537. A Luciano
García Lorenzo agradezco la gentileza con que me ha facilitado copia
de esta transcripción, a la que remiten las referencias incluidas
en este trabajo.
2 Entre las
relaciones que se han hecho del episodio, pueden citarse las de James
Fitzmaurice-Kelly, Narciso Alonso Cortés (Cervantes en
Valladolid, p. 75-97) y Luis Astrana Marín (t. VI, p. 65-108).
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bien del testimonio, valioso por cierto, pero que debe manejarse con precaución, de visitantes y viajeros como Pinheiro da Veiga o Barthélémy Joly. Con respecto a estas dos categorías de fuentes, la novedad del proceso Ezpeleta estriba no sólo en el amplio abanico de declaraciones que comporta, sino en las perspectivas que nos abren sobre un mundo variopinto, integrado por individuos de diferentes edades y condiciones. Este mundo es el que importa reconstruir para situar a Cervantes en su debida circunstancia, antes de volver a acercarnos a él.
Las diligencias del alcalde Villarroel.
Si tratamos de ordenar los testimonios aquí
reunidos, es obvio que cualquier intento de clasificación ha de tener
en cuenta las sucesivas etapas de una acción que duró más
de una semana, del 27 de junio al 8 de julio de 1605. Una primera serie de
declaraciones (456-472) se refiere a la herida recibida por don Gaspar en
la noche del 27, a la respuesta que recibieron sus llamadas de los inquilinos
de la casa del Rastro, y a la manera como fue atendido y curado, en la cama
que se le hizo en el suelo de uno de los cuartos donde vivía con los
suyos Luisa de Montoya, viuda del cronista Esteban de Garibay. Las deposiciones
entonces consignadas por el escribano Vallejo proceden del propio don Gaspar;
de Sebastián Macías, el barbero cirujano que lo curó;
de Pablo Bravo de Sotomayor, el clérigo que lo confesó; de
tres moradores de la casa (Miguel de Cervantes, Luisa de Montoya y el hijo
de ésta, Esteban de Garibay); de los criados de Ezpeleta y del
marqués de Falces, su amigo, capitán de los Arqueros Reales,
con quien había cenado antes de salir de noche; por fin, de varios
vecinos del barrio, requeridos por Villarroel, los cuales dijeron todos no
haber visto ni oído nada.
Una segunda serie (480-485) coincide con la
muerte de don Gaspar, ocurrida a las primeras horas de la mañana del
29, tras haber sido oído otra vez por el juez, negándose a
añadir cualquier cosa a lo que dijera en su primera deposición.
Quienes declaran ahora son Luisa de Montoya y Sebastián Macías
(ambos por segunda vez), así como Magdalena de Cervantes (o Sotomayor),
hermana de Miguel, por haber atendido a la víctima en sus últimos
momentos, ayudándole a bien morir (481). Es entonces cuando
el juez decide embargar los bienes de Ezpeleta, cuyo inventario figura entre
las actas del proceso.
Una tercera serie de deposiciones (486-508)
procede exclusivamente de los habitantes de la casa del Rastro, hacia donde
se encaminan, a partir de este momento, las investigaciones del juez:
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Esteban de Garibay, María de Ceballos, Catalina de Rebenga, Isabel
de Islallana, criadas las tres, Magdalena de Cervantes (por segunda vez),
Luisa de Montoya (por tercera), Jerónima de Sotomayor e Isabel de
Ayala. Concluye con el arresto y traslado a la cárcel de corte, el
mismo 29 de junio, de once personas, entre los cuales varios de los deponentes
hasta ahora mencionados, empezando por Miguel de Cervantes y los suyos, menos
Magdalena, su hermana. Catalina de Salazar, mujer del escritor, estaba, al
parecer, ausente de Valladolid por el momento.
Una cuarta serie (508-513) se inicia con la
declaración de Juana Ruiz, en cuya posada, situada en la calle de
los Manteros, se hospedaba don Gaspar de Ezpeleta. Prosigue con la
declaración, recogida en esta misma casa, de una dama tapada venida
a recabar dos sortijas, cuya identidad queda sin declarar, pero que, no obstante,
dice ser esposa del escribano Melchor Galván. También incluye
las respectivas deposiciones de una de las dos criadas que la acompañaban,
así como de los dos alguaciles que presenciaron el acto.
Por fin, una quinta y última serie (513-530)
reúne las confesiones de varios de los moradores de la casa del Rastro
que habían sido encarcelados por el juez: Costanza de Ovando, sobrina
de Miguel, Andrea de Cervantes, su otra hermana, Isabel de Saavedra, su hija,
así como Catalina de Aguilera, Luisa de Ayala, María de Argomedo,
Juana Gaitán, viuda del poeta Pedro Laínez, Mariana Ramírez
y Diego de Miranda. A falta de presunción legal contra los encarcelados,
los cuatro Alcaldes de Valladolid, el 1 de julio, deciden en audiencia
excarcelarlos bajo fianza. Mientras tanto, en vísperas del entierro
de don Gaspar en San Francisco, se ordena la entrega de sus bienes al
marqués de Falces, de lo cual se infiere que la investigación
se dio por concluida, aunque no se nos dijera quién fue el que mató
al caballero.
Así pues, estas cinco series de
declaraciones marcan los hitos sucesivos de la investigación emprendida
por el juez. Sin embargo, al analizar los datos así acumulados, se
descubre poco a poco una lógica que trasciende su mera
concatenación. Las primeras deposiciones recogidas por Villarroel
abren una pista: la de la vida disipada de Ezpeleta, de sus calaveradas y
amoríos, y, más especialmente, de las relaciones ilegítimas
que mantenía con una mujer casada. Aunque don Gaspar no nos diga nada
sobre el particular, limitándose a contestar a lo que se le preguntó
acerca del duelo en que fue herido, cuatro testigos contribuyen a iluminar,
al menos parcialmente, este asunto: Francisco de Camporredondo, el propio
criado del caballero (465-467); Isabel de Islallana, criada de María
de Argomedo
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(495-498); Juana Ruiz, dueña de la casa de la calle de los Manteros
(508-510); y, por fin (511), la misteriosa dama tapada con quien tenía
amores Ezpeleta, cuyo nombre declara Camporredondo, aunque no quede consignado
en su deposición (466); se llamaba Inés Hernández, y
estaba casada con un escribano llamado Galván, que tenía su
oficio junto a San Salvador3. Una segunda
pista, que nos desvía cada vez más de la primera, se inicia
entonces, en cuanto el juez orienta sus investigaciones hacia la casa del
Rastro, en su deseo de establecer algún nexo entre la muerte de don
Gaspar y las ocupaciones de sus moradores. Es de notar que Villarroel tuerce
el rumbo poco después de haber hallado en las calzas del herido un
papel doblado hecho billete, escripto toda una cara, el cual, sin leerlo
ninguna persona, tomóle dicho señor alcalde en su poder
(461).
Además de los cuatro declarantes que
acabamos de mencionar, otros testigos merecen especial atención. En
un primer momento, se destacan Luisa de Montoya, Miguel de Cervantes y Magdalena
su hermana, así como Isabel de Ayala, una beata cuyas insinuaciones
dan nuevo rumbo al proceso. En un segundo momento, consecutivo al traslado
decidido por el juez, ofrecen interés las confesiones de tres de las
Cervantes: Costanza, sobrina de Miguel, Isabel, su hija y Andrea,
su otra hermana. Significativas, también, resultan ser las de Juana
Gaitán, María Ramírez y Diego de Miranda. Este último,
en efecto, vivía amancebado con María Ramírez, alimentando
así las acusaciones de Isabel de Ayala. Por su parte, Juana Gaitán
dice haber recibido en su casa a dos próceres, el duque de Pastrana
y el conde de Concentaina, interesados, al parecer, en que se publicaran
las obras póstumas de Pedro Laínez (529). Por fin, es de notar
que, en varias de las declaraciones susodichas, aparecen los nombres de tres
conocidos de Miguel y de su familia Agustín Raggio, Simón
Méndez y Fernando de Toledo, señor de Higares sobre quienes
hemos de volver más adelante.
A fin de cuentas, la primera pista, por la
cual podía haber proseguido la investigación, queda convertida
en un callejón sin salida, tras las deposiciones de Juana Ruiz y de
la dama tapada. Se concede en adelante exclusiva atención a la segunda
pista, a raíz del testimonio de Isabel de Ayala, corroborado parcialmente
por otras declaraciones. Esta bifurcación es la que imposibilita la
conclusión normal
3 Astrana
Marín (t. V, p. 90) es quien ha dado a conocer el nombre de esta mujer,
al parecer analfabeta, y que, lo mismo que cierta Ana Alvarez, había
tenido, un año antes, tratos ilícitos con embajadores
persianos (Vid., t. VI, p. 107, n. 2).
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del proceso, puesto que quedó sin declarar la identidad del que había herido a don Gaspar. Pero la orientación que prevalece desde entonces hace que, a pesar de lo reiterativo de algunas declaraciones, se incorporen cada vez más datos. Se opera de esta forma una progresiva contextualización del caso, imprescindible para asentar la lectura que pretendemos ofrecer.
Una muerte en su circunstancia.
Lo que nos importa examinar ante todo, en sus
diferentes aspectos, es la porción de vida que nos proporciona
a su modo el proceso. En primer lugar, el escenario del caso, indicado por
varios testigos, debe colocarse dentro de la topografía vallisoletana,
tal como se infiere de sus respectivas deposiciones: se trata, por consiguiente,
de una evocación fragmentaria de la ciudad, supeditada a los
acontecimientos referidos, en una acumulación de datos inconexos,
mencionados fugazmente, que no siempre resultan fáciles de aclarar.
Empezando por el duelo, se nos dice que tuvo
lugar cerca del Matadero o Rastro nuevo, también llamado Rastro de
los carneros, edificado pocos años antes en la orilla izquierda del
Esgueva para suplir las insuficiencias del Rastro viejo, situado en la otra
orilla (453, 459, 461, 469, etc.)4. Así
pues, ocurrió el suceso al sur de la ciudad, en una zona recién
urbanizada dentro del proceso de extensión consecutivo a la mudanza
de la corte. Allí se encontraban cinco pares de casas construidas
pocos meses antes por Juan de las Navas, donde Cervantes se estableció
con los suyos en una fecha desconocida, si bien, a todas luces, posterior
a agosto de 1604, momento en que aún no habían concluido las
obras de edificación5. Eran, probablemente,
mansiones más decentes de lo que se ha afirmado, pero levantadas a
toda prisa en unos años de fuerte crecimiento demográfico.
Además, estaban situadas a pocos pasos del maloliente Esgueva, que
se podía cruzar allí por un puentecillo o pontezuela
de madera, mencionado varias veces (469, 477, 496, 501, 516), en un barrio
periférico donde vivía, como veremos, gente de mediana o modesta
condición. Con todo, en una ciudad de contrastes como podía
serlo la capital del reino, estas casas no quedaban muy distantes de
4 Estas
obras se hicieron a finales del siglo XVI. Vid. Alonso Cortés,
Cervantes en Valladolid, p. 54.
5 N. Alonso
Cortés, Casos cervantinos tocantes a Valladolid, p. 136; Astrana
Marín, t. V, p. 533-540.
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la Puerta del Campo, a la que aluden diferentes testigos (469, 476, 487,
517), y que aparece al comienzo de la novela de El casamiento
engañoso, al salir el alférez Campuzano del Hospital de
la Resurrección6. Efectivamente, allí
se encontraba este edificio, mencionado por uno de los declarantes (495),
mientras aparece llamado alguna vez Hospital de la Puerta del Campo (469)
y también, sin duda por confusión, Hospital de la Pasión
(459, 520). En este hospital, cercano a la casa de Cervantes, se hallaban
Cipión y Berganza, los dos protagonistas de El coloquio de los
perros, la noche en que descubrieron que gozaban del don de la
palabra7.
Esta localización contribuye a ambientar
el suceso que iba a concluir con la muerte de Ezpeleta. Encaja perfectamente
en la aventura nocturna de un calavera que se había puesto, antes
de salir, la capa de su criado, llevando además broquel y espadín
de noche (465). Concuerda también con las circunstancias de aquel
duelo, consecutivo a un encuentro con un desconocido que se puso a reñir
con don Gaspar: pequeño de cuerpo, vestido de negro, iba
sin cuello, con una valona blanca, y llevaba la capa
caída del hombro (496). En este sentido, el Valladolid evocado
en el proceso es de otro tenor que la ciudad descrita y celebrada por
Barthélémy Joly o Pinheiro da Veiga. No hay en él referencia
alguna a la Plaza Mayor, a las nuevas casas que se habían edificado
en torno al Campo Grande, o a lugares de diversión y recreo como el
Espolón, situado a orillas del Esgueva, adonde Campuzano y Peralta,
una vez concluido el coloquio de Cipión y Berganza, deciden ir a
recrear los ojos del cuerpo, tras haber recreado los del
entendimiento.8
6
Salía del Hospital de la Resurrección, que está
en Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, un
soldado . . . (Novelas ejemplares, t. II, p.
281).
7 El título
completo de esta novela reza como sigue: Novela y coloquio que pasó
entre Cipión y Berganza, perros del hospital de la Resurrección,
que está en la ciudad de Valladolid, fuera de la Puerta del Campo,
a quien comúnmente llaman los perros de Mahudes (t. II, p. 299).
Según me comunica amablemente el prof. Juan José Martín
González, no se reseña ningún Hospital de la Pasión
en el estudio de Leopoldo Cortejoso Villanueva, Los hospitales de
Valladolid en tiempos de Felipe III, Boletín de la Sociedad
Española de Historia de la Medicina: 1958, p. 133. Es cierto,
añade mi informador, que todas las cofradías atendían
hospitales propios, por lo cual probablemente existió uno, modesto,
de la Cofradía de la Pasión, situado junto a la sede de la
Cofradía, en la actual calle de la Pasión. Pero la
localización, en el proceso, del hospital así llamado excluye
que pueda tratarse de este humilde e hipotético edificio, coincidiendo,
en cambio, con la ubicación del Hospital de la Resurrección.
8 Para un examen
crítico de los datos topográficos que nos proporcionan estos
testigos, importa consultar Federico Wattenberg, Desarrollo del núcleo
urbano de Valladolid desde su fundación hasta el fallecimiento de
Felipe II, Valladolid: 1956.
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Tan sólo en contadas ocasiones llega
a ampliarse este escenario hacia otros horizontes, al hilo de tal o cual
deposición. Así es como se nos descubre una puerta, la de
Santisteban, citada por uno de los testigos, la cual se encontraba más
al este de la del Campo, al final de la calle de los Herradores (470); se
menciona asimismo la fuente de Argales, recién edificada, adonde Isabel
de Islallana pensaba ir por agua pocos momentos antes del duelo (495): situada
en la huerta del convento de san Benito, al oeste de la ciudad, era celebrada,
a modo de chanza, como una de las siete maravillas de
Valladolid9; también se alude a las
obras emprendidas en el sitio donde se hace el pilón (476),
el cual, al parecer, se encontraba junto al Campillo, al principio de la
que es hoy calle del Rastro10.
De igual modo se perfilan algunas vías
y calles: la cuestecilla del Hospital de la Resurrección (459 y 520),
la calle del Perú, también así llamada hoy en día
(477), ambas cercanas al lugar donde se produjo el encuentro, no lejos de
un puente de piedra, distinto del puentecillo de madera, por donde se podía
pasar el Esgueva e ir del uno al otro Rastro (516); y en tercer lugar, al
este del Campillo, hacia la Puerta de Santisteban, la animada calle de los
Manteros hoy llamada calle de la Mantería donde don Gaspar
tenía posada (463, 482, 511). Por fin, aparecen mencionados varias
iglesias y conventos San Francisco, al sur de la Plaza Mayor (535);
San Salvador, más al este y junto a la calle del mismo nombre (510);
Nuestra Señora del Pozo (535); el monasterio del Carmen (528); y,
sobre todo, hacia la parte baja del Espolón, Nuestra Señora
de San Llorente (conocida hoy como San Lorenzo), parcialmente reedificada
en 1602 (486, 500, 501): allí, día y noche, acudía la
gente para sus devociones, estando la iglesia llena de bote en
9 Pinheiro
da Veiga, Fastigiana . . . , in García Mercadal,
t. II, p. 130b. Esta calificación encomiástica de la fuente
de Argales debe relacionarse con la traída y distribución por
la ciudad del agua procedente de los manantiales de Argales: un proyecto
fomentado por Felipe II y realizado por Juan de Herrera, según acuerdo
de 1587. El agua llegó a Valladolid en 1603, y seguidamente
hubo de procederse a la creación de fuentes, lavaderos y abrevaderos.
Las fuentes tuvieron su papel arquitectónico y, por tanto, ejercieron
su papel en el ornato (J.J. Martín González, en VV.AA.,
Historia de Valladolid. IV, Valladolid en el siglo XVII, Valladolid:
1982, p. 128). Para mayor información, vid. C. Carricajo Carbajo,
Las arcas reales vallisoletanas, Valladolid: 1984. Una de las dos
canalizaciones que llevaban el agua a San Benito pasaba por la Puerta del
Campo.
10 Este pilón,
al parecer, formaba parte de las obras aludidas en la nota anterior. A
Bartolomé Bennassar, Juan José Martín González
y Arcadio Pardo, finos conocedores del Valladolid antiguo, agradezco su
inestimable ayuda a la hora de identificar los edificios y lugares citados
en el proceso.
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bote;11 y así se nos explica que Luisa de Montoya, junto con Luisa y Esteban de Garibay, sus hijos, y Magdalena de Cervantes, acabara de volver de este santuario en el mismo momento en que fue herido Ezpeleta (496).
Condición y vida de los declarantes.
Una segunda aproximación al caso nos lleva a examinar la condición de los cuarenta y dos declarantes. Figuran dos clérigos entre ellos: Pablo Bravo de Sotomayor, que confesó a Ezpeleta después de su traslado al cuarto de Luisa de Montoya, y el hijo mayor de ésta, Luis de Garibay, de órdenes menores12. También dos caballeros, santiaguistas los dos: don Gaspar de Ezpeleta, por supuesto, y don Diego de Miranda. Entre los demás, probablemente algunos serían hidalgos, como Luisa de Montoya, viuda del vizcaíno Esteban de Garibay, o Jerónima de Sotomayor, mujer de un contino del duque de Lerma13, por no decir nada del propio Miguel de Cervantes, cuyo padre, como se sabe, hizo constar en la misma ciudad, medio siglo antes, su calidad de hidalgo notorio14. Pero es obvio que la mayor parte de los testigos eran pecheros. Entre estos, diez y ocho resultan ser varones, con oficios, cuando se mencionan, que nos permiten situarlos en la escala social: un cirujano (Sebastián Macías), cuatro criados (Martín Corroza, Juan Gallardo, Francisco Camporredondo y Andrés Ramón),
11 Pinheiro
da Veiga, p. 141 a-b. Nuestra Señora del Pozo, mencionada p. 535,
era una de las capillas de San Lorenzo. El mismo Pinheiro refiere un incidente
ocurrido en San Francisco entre un portugués amigo suyo y una tapada
a la que se puso a cortejar con dichos galantes y que resultó ser
la propia esposa del marqués de Falces, el caballero con quien había
cenado Ezpeleta la noche en que fue herido. Ella no los tomó
a mal y se rió, por decírselos un portugués (p.
141b). Por lo que se refiere a San Llorente, allí oyen misa, antes
de ir a comer juntos, el alférez Campuzano y su amigo Peralta (p.
283). Recuérdese también lo que hizo Campuzano, tras haber
sido abandonado por Doña Estefanía: Fuíme a San
Llorente, encomendéme a Nuestra Señora, sentéme en un
escaño, y con la pesadumbre me tomó un sueño tan pesado,
que no despertara tan presto si no me despertaran (p. 290).
12 Ordenado
de menores a los diez años, casó ulteriormente con doña
Mariana de Borja, de quien tuvo una hija. Murió en 1617. (Pérez
Pastor, t. I, p. 480, n, 2).
13 Astrana
Marín, t. V, p. 548.
14 Pleito
de Gregorio Romano y Pedro García, vecinos de Valladolid, con Rodrigo
de Cervantes, por obligación de pago que éste contrajo, y por
derecho a su excarcelación, en razón de ser hidalgo notorio,
Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Actas capitulares,
año 1552, in F. Rodríguez Marín, Nuevos documentos
cervantinos hasta ahora inéditos, Madrid: 1914, n°32.
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dos tratantes (Andrés Gasco y Dionisio Gutiérrez), un cochero
de los duques de Saboya, Francisco Nissartas, y dos alguaciles, Diego
García y Francisco Vicente. Varios testigos varones, sin embargo,
no dicen ejercer oficio, lo mismo que las veinte y tantas mujeres, con
excepción de Juana Ruiz, la huéspeda de don Gaspar, y de cuatro
criadas: María de Ceballos, Catalina de Revenga, Isabel de Islallana,
y la que está al servicio de la dama tapada, esposa del escribano
Galván. Dos mujeres además, Magdalena de Cervantes e Isabel
de Ayala, declaran ser beatas.
Otro criterio de interés resulta ser
el de las firmas. Diez y nueve declarantes firman, sin más señas,
su deposición. Seis la firman de su nombre, lo cual parece dar a entender
que tan sólo sabían firmar, mientras los anteriores sabían
firmar y escribir a la vez. Quince no firman por no saber, a los que cabe
añadir cuatro testigos que no firman por no poder. Llama nuestra
atención el caso de Isabel de Saavedra, la hija del escritor, la cual
firmó [el juicio] de su nombre y luego dixo que no sabía
firmar y no firmó (522). Dicho de otra forma, un entorno social
que no carece de homogeneidad el cual hace resaltar, por contraste,
la calidad de la víctima pero donde pueden deslindarse varios
estratos: el de los inquilinos de la casa del Rastro; el de los vecinos de
las casas colindantes, de condición más humilde; por fin, el
de los servidores y criadas. La suma de estos tres grupos representa la totalidad
de los deponentes, menos cuatro.
El contraste observado entre don Gaspar y los
demás declarantes se refleja en los comportamientos que uno y otros
ostentan. Casado y padre de dos hijos, a los que dejó en Pamplona
para servir al rey, Ezpeleta llevaba una vida ociosa y desarreglada: el día
en que ocurrió el duelo, almorzó con su amigo Falces; luego,
a hora de las cuatro o de las cinco de la tarde, según
cuenta su criado, fue a su posada, donde se echó encima de la
cama, desnudo, y reposó un rato (465); a hora de las seis,
salió de la ciudad con el marqués a dar un paseo a caballo;
por fin, tras haber cenado con su amigo, emprendió una salida nocturna
que iba a conocer un desenlace trágico. Francisco de Camporredondo,
su servidor, declara que
ha tratado y trata amores con una muger casada, que los nombres y casa ha declarado al dicho señor Alcalde, e que habiendo venido a noticia del dicho su marido, tiene entendido que han habido y tenido dares y tomares e pesadumbres, porque el dicho don Gaspar entraba y salía de ordinario en su casa, e muchas noches se quedaba allí, e que lo que harían no lo sabe, mas de que los amores de ambos eran muy conocidos y sabidos en todos los criados (466).
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Juana Ruiz, por su parte, corrobora estos datos,
al decirnos que, en más de tres meses que posó [don Gaspar]
en su casa, no durmió en ella quince días, porque se quedaba
a dormir fuera y no comía en su aposento en casa (510). Muy
otro parece haber sido el estilo de vida de los demás declarantes,
en vista del trastorno provocado entre ellos por el duelo. En aquella hora
tardía, poco propicia, por la mala calidad del alumbrado, a cualquier
forma de actividad, las ocupaciones a que se dedicaban se refieren con todo
pormenor. Algunos, como Catalina de Aquilera, estaban todavía cenando
(523). Otros iban a acostarse, como Isabel de Saavedra (520), o se habían
acostado ya, como por ejemplo su padre (462) o aquel vecino del barrio, tratante
del Rastro, que se acostó temprano, porque había de madrugar
para ir a Tordesillas (470). Isabel de Ayala, por su parte, estaba
en una casa, pared e medio, de otro vecino (505). Otro, por culpa del
calor reinante, había salido a tomar el fresco junto al puentecillo
del Esgueva (467). Por fin, como ya sabemos, una de las criadas declara haber
ido por agua a la fuente de Argales (495).
Los datos que resultan más bien escasos,
en estas deposiciones, son los relativos a la vida cotidiana en su materialidad:
disposición y arreglo interior de las casas, ajuar, indumentaria,
alimentación, usos y hábitos caseros. Unicamente don Gaspar
nos proporciona alguna información acerca de lo que vestía
y poseía, por medio de los dos inventarios que se conservan de sus
bienes (460-461 y 482-485): amén de varias prendas de vestir, armas
y papeles, un bolsillo en que había una yesca con pedernal y
eslabón (461), un libro dorado en latín que
no se especifica, y otro libro pequeño intitulado Doctor
Villalobos (484)15. Por lo que se refiere
a los demás declarantes, se nota ante todo lo nutrido del grupo formado
por los huéspedes de la casa del Rastro, en cuyo portal, a la izquierda,
había, por añadidura, una taberna frecuentada por los tratantes
y demás gente del barrio. En el piso primero, también a mano
izquierda, vivían Cervantes, su mujer y su hija, sus dos hermanas
y su sobrina, así como su criada, María de Ceballos. En el
mismo piso, a mano diestra, se aposentaba Luisa de Montoya con sus dos hijos,
su hija y su criada.
15 En
opinión de Augustin Redondo, que ha tenido la amabilidad de guiar
mis investigaciones sobre este punto, debe tratarse de una de las obras que
el Dr. López de Villalobos escribió en castellano y, probablemente,
de la que alcanzó mayor fama y difusión, el Libro intitulado
los problemas de Villalobos, que trata de cuerpos naturales y morales. Y
dos diálogos de medicina. Y el tratado de los tres grandes. Y una
canción. Y la comedia de Amphytrión. Se conocen en el siglo
XVI varias ediciones de esta obra, corroborada por el título que figura
en el inventario: Zamora, 1543; Zaragoza, 1544; Sevilla, 1544; Sevilla,
1574.
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En el piso segundo, encima del cuarto de Cervantes, moraba Mariana Ramírez,
con su madre y unas niñas pequeñas, a la cual visitaba a menudo
Diego de Miranda. En el cuarto de enfrente, a la derecha, habitaba Juana
Gaitán con su hermana, Luisa de Ayala, y su sobrina, Catalina de Aguilera,
así como dos huéspedas, María de Argomedo y Jerónima
de Sotomayor, junto con Isabel de Islallana, criada de la primera. Por fin,
en el cuarto alto o buhardilla posaba Isabel de Ayala, beata, viuda de un
doctor Espinosa16. De esta somera
enumeración se infiere un apiñamiento que, desde el traslado
de la corte, se había convertido en norma para la mayor parte de los
recién llegados a Valladolid.
En cuanto a detalles de la vida privada, merece
destacarse el episodio referido por Isabel de Islallana: no sólo la
necesidad en que estuvo, a las once de la noche, de ir por agua a la fuente
de Argales, sino el que diera entonces un cuarto a un pícaro
que halló en la calle para que se le truxese (495). Especial
énfasis, además, se pone en el recato que han de guardar las
mujeres. Significativo, al respecto, resulta lo que declara la misma María
de Ceballos, al puntualizar que nunca
ha ido con sus amas a misa ni a otra ninguna parte, e que quando salen fuera, van unas vezes todas juntas y otras van de dos en dos o tres, y nunca la han llevado, porque esta testigo se queda en la casa guardando, porque no tienen otra moza mas de esta testigo (493).
Por cierto, semejante insistencia se explica como respuesta a las insinuaciones de Isabel de Ayala, pronta en criticar las libertades supuestas o efectivas de Mariana Ramírez y de las Cervantas, así como en denunciar las visitas masculinas que solían recibir las moradoras de la casa del Rastro. Sin embargo, hay informaciones sobre el particular que no carecen de interés: por ejemplo, sobre si una muchacha de veinte años, al oír voces de ¡cuchilladas, cuchilladas! y ladrar los perros, debe o no debe asomarse a la ventana; cómo se las arregla para hacerlo a despecho de su prima, y cómo al oír una voz que dijo ¡Válgame Dios! contestó en el acto ¡Él te valga! (520-521); también sobre las formas del galanteo masculino, desde el pellizco que dio a Isabel de Islallana, poco antes del duelo, un embozado que se reveló ser Ezpeleta (495), hasta las serenatas y músicas nocturnas que se paró a oír el mismo don Gaspar (476), pasando por los vestidos que se solían dar a la mujer cortejada, como el faldellín que, al decir de Isabel de Ayala, Simón Méndez había regalado a
16 Vid.
Astrana Marín, t. V, p. 542-548.
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Isabel de Saavedra, el cual le había costado mas de ducientos
ducados (506).
Por fin, capítulo aparte se merece todo
lo relativo a las relaciones con el más allá. Ya vimos lo que
se nos dice de las devociones femeninas en San Lorenzo. Interesa también
observar la oposición entre las dos beatas: Magdalena de Cervantes
atiende a Ezpeleta hasta sus últimos momentos, recibiendo de éste
un vestido de seda como muestra de agradecimiento (498). Isabel de Ayala,
en cambio, acumula en su declaración unas insinuaciones que, tuvieran
o no fundamento, ayudaron al juez a confundir las pistas en perjuicio del
caso que le correspondía dilucidar, contraviniendo, por añadidura,
a la cristiana caridad. Así y todo, lo que mayor impresión
nos produce concierne la agonía y muerte de don Gaspar. No sorprende,
por cierto, que después de su traslado al cuarto de Luisa de Garibay,
un clérigo acudiera a recibir su confesión porque lo
pedía (464 y 467). Pero los datos de mayor trascendencia proceden
de las cláusulas del testamento hecho el 28 de junio por Ezpeleta.
Estas cláusulas corroboran plenamente lo que se sabe de las actitudes
ante la muerte en la España de los Austrias; especialmente al mandar
don Gaspar que se le dixesse por su ánima una misa de requiem
cantada,
y que luego como falleciese se le tomase una bula de difuntos por su ánima y que se le dixese en todos los altares privilegiados de indulgencia de ánima de esta ciudad y extramuros della, en cada parte, una misa rezada; y mandó que en los primeros días que ocurriesen después de su fallecimiento se le dixesen tres novenarios de misas rezadas, los dos en el altar de Nuestra Señora de San Llorente y el otro en el altar de Nuestra Señora del Pozo [. . .] hasta cumplimiento de mil e quinientos misas [. . .] y que en ellas entrasen quatro novenarios de misas por las ánimas del Purgatorio y se pagase la limosna (535-536).
Faltan en este documento las llamadas cláusulas declaratorias profesión de fe, encomendación del alma, invocación a intercesores en tanto que se conservan las cláusulas decisorias, tocantes a elección de sepultura, sufragios y albaceas. Podría explicarse esta particularidad por el cansancio y debilitamiento del herido, incapaz de firmar su segunda deposición (477), y al que Magdalena de Cervantes ayudó a bien morir (481). Pero cabe notar que tan sólo se trata de un cudicilo otorgado por el agonizante, enfermo de cuerpo y en su juyzio y entendimiento natural (536). En cualquier caso, las disposiciones que contiene este codicilo ilustran la tendencia barroca al incremento de las misas de difuntos, calificadas por Fernando Martínez Gil de auténtica moneda de cambio de la
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salvación (462)17. A fin de cuentas, se nos ofrecen dos rostros sucesivos de don Gaspar: por un lado, el que se perfila en su vida a través de los testimonios recogidos por el juez; por otro, el que, más allá de los formulismos testamentarios, llega a bosquejarse in articulo mortis, en el último trance.
Cervantes y sus amigos.
Así pues, el material aquí reunido
llega a ordenarse según una lógica que tanto trasciende el
esquematismo de cada declaración como el ritualismo que suele
caracterizarlas todas: es todo un trasfondo que se va así desdibujando,
sobre el cual el caso protagonizado por don Gaspar viene a recortarse. Por
cierto, no por eso deja de fascinarnos todo lo que se nos dice de Miguel
de Cervantes, de sus hermanas, sobrina e hija, así como de sus relaciones
con varios personajes que se mencionan en el documento. Pero, al examinar
estos datos en conjunto, no siempre resulta posible deslindar entre verdad
y mentira. Sin la menor duda, de todos era sabido el trato pecaminoso que
tenía Mariana Ramírez con Diego de Miranda; y en cuanto a Isabel
de Saavedra, es cierto que negó las imputaciones relativas a su conducta
con Méndez. Pero esta negativa no tuvo más apoyo testimonial
que el de sus tías y de su prima Constanza. Además, la
contradicción en que incurre acerca de saber o no firmar no deja de
alimentar nuestras sospechas. Por fin, no nos sorprende mucho que viniera
a ser blanco de ciertas acusaciones, si pensamos en las ulteriores peripecias
de su vida matrimonial, así como en sus enredos en Madrid con el
misterioso capitán Urbina18.
Mucho más atractiva nos resulta la figura
de su padre. No sólo por tratarse del autor del Quijote, sino
por lo que se nos dice aquí de él. A Andrea de Cervantes, una
de las deponentes, debemos, si no un retrato cabal de su hermano, al menos
un escorzo no por eso menos sugestivo: se le aparece Miguel como un hombre
que escribe e trata negocios, e que por su buena habilidad tiene amigos
(518). No cabe duda de que Andrea pretendía de esta forma rebatir
las acusaciones de Isabel de Ayala. Pero lo que mayor relevancia tiene, en
esta respuesta, es, ante todo, el que su hermano venga a ser un hombre
que escribe. Siendo este verbo un intransitivo en el sentido
de
17 Especial
interés presentan al respecto, en este estudio, los caps. IV, 8 (El
ceremonial de la muerte barroca. Misas y sufragios: las monedas de la
salvación, p. 462-480), V (Las confidencias de los
testamentos, p. 511-578).
18 Vid.
Fitzmaurice-Kelly, p. 165 y ss.; Astrana Marín, t. VI, p. 187 y ss.
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componer libros [. . .] y otras obras, y dexarlas escritas
o impressas (Aut.), aquel ente así definido se perfila
ante nuestros ojos como el escritor por antonomasia: el que acaba de publicar
la primera parte del Quijote, recién salida de la imprenta
de Juan de la Cuesta, y el que ha empezado, por aquellas fechas, a redactar
las Novelas ejemplares, entre las cuales dos tendrán al Hospital
de la Resurrección como escenario de la acción.
Ahora bien, si hemos de creer a Andrea, el
que Cervantes escribiera no le impidió tratar negocios.
Pero ¿cuáles? No sólo las llamadas comisiones andaluzas
que le valieron, entre otros sinsabores, ser encarcelado en Sevilla, sino
tratos con hombres de negocios con pleno y cabal derecho: aquellos que
solían entrar de visita en su casa y a los que mencionan, a lo largo
del proceso, varios de los testigos requeridos por el juez. Sobre estos
amigos, como los llama la declarante, arrojaron alguna luz, hace
ya años, las investigaciones emprendidas por Narciso Alonso Cortés.
Pero, para apreciar como se debe los datos reunidos por este benemérito
erudito, conviene valerse de las claves que nos proporcionan estudios más
recientes y de mayor amplitud además, como los de José Gentil
da Silva, Valentín Vázquez de Prada, Modesto Ulloa y Henri
Lapeyre19. De Agustín Raggio se sabe
que tenía por aquel entonces 32 años y era asentista en toda
la extensión de la palabra, en una época calificada, por Fernand
Braudel, de siglo de los genoveses para España (1:
454-458)20. Emparentado con un Tommaso Raggio,
residente en Amberes, y con un Andrea Raggio establecido en Génova,
estaba también relacionado con otra familia de asentistas genoveses,
la de los Balbi, llegando a ser de este modo correspondiente de Simón
Ruiz. Su actividad, igual que la de sus congéneres, alcanzaba a
empréstitos públicos, compra y venta de juros y censos, monopolio
o paramento de vitales, contrataciones con mercaderes y banqueros, así
como a cambios y hasta préstamos a príncipes y magnates.
Según nos informan varios documentos, aparece en el medio general
de 1597 y le vemos figurar como uno de los principales asentistas en las
ferias de Medina de 1598. Narciso Alonso Cortés nos da a conocer dos
pleitos que sostuvo en los años 1600-1603, de los cuales se
19 Agradezco
a Jean-Paul Le Flem el haberme comunicado estas referencias, facilitando
mi orientación bibliográfica.
20 En la nota
7, p. 454, de su gran libro, Braudel declara haber leído, en
vísperas de su publicación, un libro de Felipe Ruiz Martín
titulado El siglo de los Genoveses en Castilla (1528-1627): capitalismo
cosmopolita y capitalismos nacionales, considerándolo como el
mejor trabajo dedicado a la España del siglo XVI desde los estudios
de Ramón Carande. Según parece, permanece todavía
inédito.
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deducen noticias sobres sus negocios y sobre las relaciones, no siempre
cordiales, que mantuvo con los demás asentistas italianos (Tres
amigos, 164-174).
Por lo que se refiere a Simón Méndez,
era sobrino del mercader portugués Antonio Brandão, con el
cual negociaba en 1601. Residente en Valladolid a consecuencia del traslado
de la corte, había comprado, en 1602, unas casas a la viuda del escultor
Isaac de Juni. Llevaba, pues, un tren de vida a tono con su condición,
siendo, desde 1604, tesorero general y recaudador mayor de los diezmos de
la mar de Castilla y de Galicia (Pérez Pastor, 488, n. 4). Así
se llamaban los derechos de aduana que se cobraban en el nordeste del reino.
Cedidos en 1469 al Condestable de Castilla, habían pasado, en 1560,
a engrosar la Hacienda Real. Administrados directamente por la Corona, salvo
en contados años, hasta 1595, fueron arrendados luego, hasta 1601,
a Juan López de Vitoria, vecino de Medina del Campo. Se había
puesto grandes esperanzas en esta renta, ya que desde el primer momento se
situaron sobre ella muchos juros. Pero la disminución de los ingresos,
a partir de 1568, hizo que éstos no fueran suficientes para pagar
los juros. Se confirmó la tendencia en años posteriores, en
un momento en que periclitaba el comercio con el Norte y, más
especialmente, las exportaciones de lana y hierro: una crisis provocada por
la competencia extranjera y acrecentada luego por la guerra marítima
con Inglaterra y Holanda. Al final del siglo, pues, los diezmos de la mar
habían acumulado una gran deuda constituida por juros no pagados.
Mediante la emisión de nuevos juros, algunos destinados a los acreedores
originales, otros a los que hubieran adquirido los juros por traspaso de
alguna quiebra de la renta, se logró reducir el situado, mudándose
además otra parte de este situado a otras rentas (Ulloa, 307-323).
Es entonces cuando Simón Méndez, junto con Antonio Méndez
y Enrique Doria, se hizo cargo del recaudamiento de los diezmos, aprovechando
una coyuntura más favorable, ya que, el 24 de agosto de 1604, se firmaban
las paces con Inglaterra. ¿Podemos admitir las acusaciones de Isabel
de Ayala (506), según las cuales era público y notorio
que el dicho Méndez estaba amancebado con Isabel de Saavedra? A falta
de pruebas fehacientes, mayor trascendencia tiene, para nosotros, lo que
nos dicen sobre el particular los demás deponentes: a saber que
Simón Méndez venía a ver a Miguel de Cervantes por
tratar de sus negocios (515). Sólo que, evidentemente, nos deja
algo frustrados el laconismo de esta expresión. Andrea de Cervantes,
más explícita, es la única en decirnos que ha visitado
a su hermano sobre ciertas fianzas, añadiendo que le ha pedido
que vaya a hacer al Reyno de Toledo
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para las rentas que ha tomado, e que por otro título ninguno no ha
entrado (518).
En cuanto a don Fernando de Toledo, también
llamado en otras partes Hernando Alvarez de Toledo, estaba en Valladolid
cuando se sustanció el proceso, tras haber permanecido varios meses
en Flandes, al servicio del archiduque Alberto. Las fuentes utilizadas por
Alonso Cortés nos descubren, por cierto, la nobleza de sus orígenes,
así como los varios cargos militares y diplomáticos que
desempeñó en Venecia, Portugal y Francia; pero también
nos hacen entrever un temperamento inclinado a los divertimientos y a la
ostentación, el cual le llevó a gastar dispendiosamente sus
caudales, hasta llegar en sus últimos años a una lastimosa
situación: testigo el embrollo en que se había convertido,
después de su muerte, acaecida en 1638, el asunto de sus acreedores.
Otros documentos, cuyo tenor acaba de comunicarme mi amigo Jean Vilar, parecen
indicar que fue gentilhombre de cámara de Felipe II y Felipe III y
regidor de Toledo en 1611, antes de figurar entre los adictos del conde-duque
de Olivares y seguir su fortuna después de 1618. Lo que se desprende
de las deposiciones que lo mencionan, es que don Fernando de Toledo era amigo
de Cervantes desde Sevilla; que le había hecho una o dos visitas en
su casa del Rastro; que había entrado en ella una noche porque le
hacían una manga para un juego de cañas
(527)21; por fin, que el 28 de junio, o sea
al día siguiente del suceso que causó la muerte de Ezpeleta,
fue a dicha casa con objeto de ver a don Gaspar; pero, como había
mucha gente, según nos informa Isabel de Islallana, entró
en un aposento del piso de Cervantes y allí se le vio hablando con
todas y, más especialmente, con una señora de la casa,
[. . .] a la ventana que cae a la calle (498). ¿Existe
o no relación entre este trato y los negocios de Cervantes con los
dos asentistas? Pregunta es ésta a la que no podemos de momento contestar.
No debe excluirse esta posibilidad, si tenemos en cuenta el arbitrismo del
señor de Higares, comprobado en varias ocasiones por Vilar, así
como el hecho de que llegaría más tarde a fomentar un proyecto
económico-militar de compañía marítima. Sin embargo,
aboga en sentido contrario el apoyo que prestó al viejo capitalismo
no genovés de los Fúcares y Mañaras.
21 En
el brazo izquierdo llevan los Caballeros una adarga con la divisa y mote
que elige la quadrilla, y en el derecho una manga costosamente bordada, la
qual se llama Sarracena . . . (Aut., s.v.
cañas). La manga del señor de Higares sería
probablemente para la máscara celebrada el día 17 de abril,
en la cual figuró efectivamente (Vid. Alonso Cortés, Casos
cervantinos tocantes a Valladolid, p. 148, n. 1).
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Otro aspecto que llama nuestra atención
son las dificultades que tuvieron Raggio y Méndez con la justicia.
A consecuencia de una demanda presentada en Madrid, en 19 de agosto de 1600,
por un tal Juan Cibo, vecino de Granada, y que forma parte del primero de
los dos pleitos antes referidos, el licenciado Silva de Torres, teniente
de corregidor de la villa de Madrid, dio mandamiento para prender a Raggio,
dándole su casa por prisión. Se pregonaba además la
venta de sus bienes. Condenado a pagar las cantidades por que fue la
ejecución, Raggio apeló ante el tribunal de la Chancillería
de Valladolid, el cual revocó la sentencia el 9 de junio de 1601.
Por lo que toca a Simón Méndez, consta que resultó con
deudas de diferentes tratos mercantiles en Madrid y Valladolid y que, a
consecuencia de ellas, sufrió prisión, en 1607, en la cárcel
de Madrid (Alonso Cortés, Tres amigos, 171). Cuando, hace
más de diez años, me puse a examinar las actas del proceso,
ambos se me aparecieron, en vista de sus respectivas condenas, como dos
representantes de un mundo equívoco, frecuentado por Cervantes durante
sus andanzas andaluzas, y que no dejó de ejercer sobre él
extraña influencia (Canavaggio, 251). Afirmación del todo gratuita,
en opinión de Daniel Eisenberg22.
Apoyándose en unas interesantes observaciones de Carroll B. Johnson,
considera con él que hemos de ver en el manco de Lepanto an
active member of the business and financial community (Johnson, 413).
Eran, por consiguiente, hombres importantes
aquellos que visitaban su casa. Para limitarnos a Agustín Raggio,
se descubren por los documentos que se refieren a sus actividades la
categoría y riqueza de aquel asentista que, en el año de 1603,
tuvo por abogado a don Antonio de la Cueva y Silva, acaso el más ilustre
de los que por entonces ejercían en la Audiencia vallisoletana (Alonso
Cortés, Tres amigos, 173). Ahora bien ¿en qué
circunstancias llegaría Cervantes a conocer a estos negociantes?
¿Por recomendación, como supone Alonso Cortés (Casos
cervantinos, 151), de su protector Juan de Isunza, el cual, a la sazón,
estaba en Valladolid? Pero ¿qué asuntos pudo tratar con ellos
un ex-recaudador de impuestos, cuyas complicaciones con el Erario público
no habían terminado por aquellas fechas? No sorprende que estas relaciones
resultaran sospechosas al vecindario, poco dispuesto a justipreciar el papel
desempeñado por los asentistas: es que nos encontramos en un momento
marcado por el naufragio de los mercaderes castellanos, incapaces de competir
con los señores italianos, en tanto que muchos opulentos
ginoveses,
22 Daniel
Eisenberg, reseña de mi Cervantes, Cervantes
12 (1992), p. 121.
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tras haberse aprovechado del Medio general de 1597, iban a dar con sus huesos en la cárcel, para decirlo con frase de Alonso Cortés (Tres amigos, 162).23 Por lo tanto, la frontera que mediaba entre negocios lícitos e ilícitos no resultaba ni mucho menos clara. Por tratarse de un campo apenas explorado por los historiadores modernos, conserva, pues, su plena validez lo que escribía sobre el particular, hace cuarenta años, José Gentil da Silva, uno de los mejores conocedores de las empresas de estos negociantes,
Pour le moment, nous savons peu de choses des hommes eux-mêmes et de leur situation véritable. Nous connaissons des malheurs, des vanités. Nous suivons parfois la fortune changeante des financiers, grands, petits ou très petits, les manoeuvres de spéculateurs condamnés ou glorifiés par les circonstances. Comme auparavant, comme après, comme toujours, la conjoncture fait et défait les rôles sociaux, donne aux hommes le sort que leur vaut leur assise, leur puissance économique (125).
En este amplio e incierto contexto cabe, pues, situar la frase de Andrea de Cervantes: el que su hermano dedicara sus horas a tratar negocios y, por su buena habilidad tuviera muchos amigos puede dar pie a varias lecturas. Todo depende, en última instancia, del valor que se conceda a los términos aquí empleados, así como del concepto positivo o negativo que se pueda tener de aquellos asentistas. Para ir más allá de tal alternativa, convendría, algún día, dedicar un estudio a la otra cara del autor del Quijote. Por esta empresa del todo necesaria, quisiera aquí, a modo de conclusión, romper lanzas, advirtiendo sin embargo que, de no haber escrito Cervantes su inmortal novela, nunca se me hubiera ocurrido hacerlo.
| UNIVERSITÉ DE PARÍS X | |
| DIRECTOR, CASA DE VALÁZQUEZ |
23 Para
un balance más exacto del papel desempeñado por estos asentistas
en las finanzas españolas, vid. Christian Hermann y Jean-Paul Le Flem,
Les Finances, en Le premier âge de l'Etat en Espagne.
1450-1700. Burdeos: CNRS, 1991, p. 332-334. Por lo que se refiere al
naufragio del mercader castellano, entre 1594 y 1607, vid. Michel
Cavillac, Gueux et marchands dans le Guzmán de
Alfarache, Bordeaux: Institut d'Etudes ibériques et
ibéro-américaines, 1983, p. 149-172.
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| LISTA DE OBRAS CITADAS | ||
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Alonso, Cortés, Narciso. Casos cervantinos tocantes a Valladolid. Madrid: Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Centro de Estudios Históricos. 1916.
. Cervantes en Valladolid. Valladolid: Casa de Cervantes. 1918.
. Tres amigos de Cervantes, Boletín de la Real Academia Española 28 (1947-48): 142-175.
Astrana Marín, Luis. Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra. Madrid: Reus, 1948-58. 6 tomos.
Braudel, Fernand. La Méditerranée et le monde méditerranéen à l'époque de Philippe II. 2a ed. Paris: A. Colin, 1966. 2 tomos.
Canavaggio, Jean. Cervantes. En busca del perfil perdido. 2a ed. Madrid: Espasa, 1992.
Cervantes, Miguel de. Novelas ejemplares. Ed. Harry Sieber. Madrid: Cátedra, 1983. 2 tomos.
Fitzmaurice-Kelly, James. Miguel de Cervantes Saavedra. Reseña documentada de su vida. Oxford: Prensas de la Universidad. 1917.
Gentil da Silva, José. Stratégie des affaires à Lisbonne entre 1595 et 1607. Paris: SEVPEN, 1956.
Joly, Barthélémy. Viaje a España. Trad. García Mercadal, en García Mercadal, José ed. Viajas de extranjeros por España y Portugal. Madrid: Aguilar, 1959, II, 46-125.
Johnson, Carroll B. La Española inglesa and the Practice of Literary Production. Viator 19 (1988): 377-416.
Lapeyre, Henri. El comercio exterior de Castilla a través de las aduanas de Felipe II. Universidad de Valladolid: Estudios y documentos, XLI, 1981.
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| 17.1 (1997) | Aproximación al Proceso Ezpeleta | 45 |
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Martínez, Gil, Fernando. Muerte y sociedad en la España de los Austrias. Madrid: Siglo XXI. 1993.
Pérez Pastor, Cristóbal. Documentos cervantinos hasta ahora inéditos. Madrid: Imprenta de Fortanet. 1899-1902. 2 tomos.
Pinheiro da Veiga, Tomé. Fastigiana. Trad. García Mercadal, en García Mercadal, José ed. Viajes de extranjeros por España y Portugal, II, 129-156.
Ulloa, Modesto. La hacienda real de Castilla en el reinado de Felipe II. 2a ed. Madrid: FUE, 1986.
Vázquez de Prada, Valentín. Lettres marchandes d'Anvers. Paris; SEVPEN, 1960. 4 tomos.
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Prepared with the help of Sue Dirrim |
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