From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
16.1 (1996): 3-11.
Copyright © 1996, The Cervantes Society of America
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CARLOS MIGUEL ANDRÉS GIL |
| Censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica. | |
| Borges |
n su libro Instrucciones
para olvidar el Quijote afirma Fernando Savater: Casi
inevitablemente, Don Quijote ha salido de la novela para subir a los altares
y recibir el culto que merece un santo desastroso, pero entusiasta. Tal
exaltación no se ha efectuado sin pérdida de ciertos matices
importantes del personaje ni sin la invención por hagiógrafos
tardíos de virtudes muy dudosas (14). Algo parecido podría
afirmarse de su creador, y una de las muchas consecuencias de su subida a
los altares (quizá Avellaneda ya lo previó al compararlo con
el castillo de San Cervantes) es la prácticamente unánime
defenestración de su enemigo Avellaneda y el cierre de
filas incondicional en torno al autor del Quijote verdadero.
Consiste la actitud predominante en la crítica cervantina en hacer
un recuento de los agravios que mutuamente se lanzaron ambos autores,
considerando generalmente los primeros como ofensas inauditas y los segundos
como ingeniosas réplicas dignas de su genial procedencia. A veces,
la descripción de Avellaneda llega a hacerse en términos
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atrabiliarios cuando no francamente
criminales1. Pero respecto a la tan comentada
inautenticidad del Quijote de Avellaneda ya dejó
acertadamente sentado García Soriano en su libro lo siguiente: es
asimismo absurdo, por lo impropio e inexacto, aplicar los calificativos de
falso y apócrifo al libro de Avellaneda.
Procuró éste ocultar su personalidad y guardar el incógnito;
pero no se propuso, ni jamás lo intentó, que su Don
Quijote pasase por obra de Cervantes, que es lo que hubiese constituido
una falsedad, falta de autenticidad, mixtificación o fraude
(210).
No vamos a emprender aquí una
reivindicación del Quijote de Avellaneda, aunque probablemente
merecería una consideración más objetiva que la que
ha recibido hasta el momento. Tampoco pretendemos negar los ataques personales
de Avellaneda a Cervantes ni la evidente voluntad de desquite (al menos aparente)
que este último deja translucir en su novela, tan manifiesta en el
prólogo a la segunda parte, por ejemplo.
En su introducción a la segunda parte
del Quijote cervantino, Luis Andrés Murillo reduce a tres las
cuestiones que el Quijote de Avellaneda plantea a la crítica,
siendo la primera el problema de la identidad del
autor2; la segunda, el concepto del
libro de Cervantes que tuvo el imitador; y la tercera, las
resonancias que adquiere la obra espuria en la segunda parte de 1614, a partir
del capítulo 59, donde Cervantes la cita, hasta el final (17).
Nos proponemos en este trabajo esbozar una cuarta cuestión, hasta
ahora, al parecer, ignorada por la crítica, que iría más
allá del simple estudio de las resonancias de la obra espuria
en la novela de Cervantes. Esta cuarta
1 Hablando
de Avellaneda, afirma Wilhelmsen en su por otra parte interesante artículo
Don Álvaro Tarfe: ¿ente fantasmal o hecho ficticio?:
habiendo robado la ingeniosa creación de Cervantes
[. . .] había acometido la empresa de componer una
continuación espuria, inauténtica, así como
ilegal (énfasis mío, 73).
2 Mucha tinta
se ha derramado tratando de dejar sentada la identidad del
tordesillesco Alonso Fernández de Avellaneda. Citaremos
a modo de muestra algunas de las más de cien identidades propuestas
hasta la fecha. Francisco Vindel, después de estudiar el problema
metódicamente y a fondo en toda su extensión (63)
llega a la conclusión de que Alonso de Ledesma fue el autor del
falso Quijote. Justo García Soriano deduce con toda
claridad y rigor lógico (263) que el autor no puede ser sino
don Alonso de Castillo Solórzano. Ramón Díaz-Solís,
por su parte, en su extenso libro titulado Avellaneda en su Quijote,
se dedica a acercar a Tirso de Molina y Avellaneda hasta el punto
de concluir positivamente que son la misma persona. Finalmente, Martín
de Riquer lanza la hipótesis que incluso me atrevería
a calificar de hipótesis plausible de que Avellaneda
no es otro que Gerónimo de Passamonte, compañero de armas de
Miguel de Cervantes, movido por el deseo de venganza al verse tan maltratado
en el personaje Ginés de Pasamonte de la primera parte del
Quijote.
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cuestión gira en torno a la función desempeñada por
la historia de Avellaneda en el argumento de la novela cervantina
y, sobre todo, en la evolución de su personaje principal. Pensamos
estar en condiciones de mostrar que la aparición del libro de Avellaneda
en la segunda parte del Quijote sobrepasa con mucho la simple animosidad
o deseo de venganza por parte de su autor y que, quizá independientemente
de los deseos del mismo, representa un papel de primer orden en el desarrollo
de la novela3.
En primer lugar, no nos parece de recibo la
idea de que Cervantes, sintiéndose indignado y ofendido, incluyera
unos improperios que, según la teoría vigente en la actualidad,
no dejan de resultar, cuando menos, elementos extraños, al acabar
otorgando la inmortalidad (no debemos olvidar que el escritor complutense
ya era plenamente consciente del enorme éxito de su novela) a una
obra y a un autor que merecieran todo su desprecio. Y, lo que es más
importante, creo que se pueden encontrar pruebas en la segunda parte de la
novela del papel catalizador que el libro firmado con el nombre de Avellaneda
tiene en la curación final de Don Quijote, con lo cual
vendría a desempeñar un papel de primer orden en la estructura
de la novela cervantina.
Diagnosis y tratamiento de la enfermedad quijotesca
René Girard describe el desengaño del deseo metafísico, que según él tiene lugar en todas las grandes novelas, en los siguientes términos: [el desengaño es] el acontecimiento trágico que traduce el advenimiento estético [. . .] Al renunciar a la divinidad engañosa del orgullo, el héroe se libera de la esclavitud y posee finalmente la verdad de su desdicha. Esta desdicha no se diferencia de la renuncia creadora. Es una victoria sobre el deseo metafísico que convierte a un escritor romántico en un auténtico novelista (276). Pero este desengaño, que en este caso equivale a la curación de la locura, no es algo que le venga dado a Don Quijote con la muerte, como sugiere Girard. La muerte de Don Quijote es la culminación y, en buena medida, la consecuencia de su curación, que constituye en la novela de
3 A este
respecto, me parecen inadmisibles las siguientes dos afirmaciones de Luis
Andrés Murillo: 1) que sean un elemento intruso en la
fábula (p.16 de su prólogo a la segunda parte) y 2) que
Cervantes se venga de él con el silencio y la displicencia
(p. 17). Salta a la vista que no hay tal silencio, puesto que las alusiones
son constantes, e incluso uno de los personajes principales del libro de
Avellaneda se incorpora a la obra de Cervantes. Respecto de la primera
afirmación, esperamos mostrar su falsedad a lo largo de este
artículo.
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Cervantes un lento proceso que se va desarrollando a lo largo de la segunda
parte de la novela, y que alcanza su punto de inflexión en el
capítulo LIX, precisamente cuando hace acto de presencia el llamado
falso Quijote de Avellaneda.
Para entender la naturaleza de la curación,
debemos primero hacer un diagnóstico de la enfermedad. Girard lo lleva
a cabo en términos de deseo triangular o metafísico, equiparando
de este modo a Don Quijote con otros héroes de novela
contemporáneos. Sin embargo, creemos que es Michel Foucault quien
mejor acierta, en términos generales, a describir el
extraño comportamiento de Don Quijote. Para Foucault,
Don Quijote es incapaz de distinguir escritura y realidad, y transforma
constantemente ésta en aquélla. Foucault describe a Don Quijote
como el peregrino meticuloso que se detiene en todas las marcas de
la similitud. Es el héroe de lo Mismo (53). Y más adelante
dice: La hazaña tiene que ser comprobada: no consiste en un
triunfo real y por ello la victoria carece, en el fondo, de
importancia sino en transformar la realidad en signo. En signo
de que los signos del lenguaje se conforman con las cosas mismas. Don Quijote
lee el mundo para demostrar los libros (énfasis mío,
54).
Ahora bien, lo que Foucault dice acerca de
Don Quijote describe fielmente el comportamiento del héroe manchego
durante la primera parte de la novela e incluso, en buena parte, de la segunda.
Pero a partir del capítulo LIX el curso de la novela se escapa de
lo que leemos en Las palabras y las
cosas4 y se acerca paulatinamente a la
descripción del desengaño como curación a la que se
refiere Girard en su Mentira romántica y verdad novelesca.
Pasemos a continuación a analizar los
síntomas del proceso de curación. Lejos de justificar su derrota,
como tan frecuentemente ha hecho Don Quijote en el pasado, recurriendo a
genios malignos y encantadores o a cualquier otro intento de
reescribir la historia hasta quedar en un buen lugar (recordemos
a este respecto las diferentes versiones que da de su actitud ante el manteo
de Sancho en la venta), por vez primera, dispuesto incluso a dejarse morir
de hambre, parece darse por vencido, faltándole ánimos para
reinventarse a sí mismo5 y reconoce
la dura realidad: al cabo al cabo, cuando
4
¿Cómo explicar, por ejemplo, si la derrota en una aventura carece
de importancia para Don Quijote según las palabras de Foucault que
acabamos de citar, el carácter determinante de su derrota en Barcelona
a manos del de la Blanca Luna?
5 La venta será
reconocida por Don Quijote como tal en otro capítulo posterior.
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esperaba palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas
hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido,
de los pies de animales inmundos y soeces (482). Esto sucede en el
capítulo LIX, justo antes de la entrada en escena del libro de Avellaneda,
como un aviso de que Don Quijote está en un momento propicio para
su curación6.
Pero lo que parece desencadenar la serie de
cambios que conducen a la curación de Don Quijote (a los que sin duda
ya estaba predispuesto según hemos visto) es precisamente la
aparición en escena del libro de Avellaneda. Como acertadamente apunta
Martínez Bonati en su libro, el Quijote tiene presente en todo
momento una idea del mundo como aquello que resiste a la literatura: The
Quixote evokes the world insistently as the opposite of literature,
as what resists the domination of illusions, of stylizations, of the
institutionalized and archetypal comforts (229). Lo que ocurre es que
Don Quijote mismo no toma conciencia de esta oposición (que para el
narrador, los lectores y el resto de los personajes está clara) hasta
entrar en contacto con una historia que narra sus propias aventuras.
Hasta entonces, siempre se las había arreglado para esquivar la
oposición y la resistencia del mundo de la que nos habla Martínez
Bonati, pero a partir de su conocimiento del libro de Avellaneda, asistimos
al penoso divorcio de literatura y realidad en la mente de Don Quijote.
Si hasta el descubrimiento por parte de Don
Quijote (y posiblemente de Cervantes también) de la existencia de
la versión espuria de Avellaneda, el héroe manchego
se limitaba a seguir los libros de caballería como una guía
de actuación, o para decirlo con Foucault, El libro es menos
su existencia que su deber, teniendo que consultarlo sin cesar
a fin de saber qué hacer y qué decir y qué signos darse
a sí mismo y a los otros para demostrar que tiene la misma
naturaleza (53), a partir del capítulo LIX, la acción
del héroe de lo mismo deja de estar guiada por tal motivo.
Se encamina ahora
6 Ya en
el capítulo LVIII Don Quijote da signos de desviarse de la similitud
como modo de conocimiento (común a la episteme preclásica y
a Don Quijote, según Las palabras y las cosas). Según
Foucault, la creencia en malos augurios, así como en la astrología,
es una consecuencia directa del modo de semejanza que es la aemulatio.
Pues bien, Don Quijote llega a rechazar explícitamente el fundamento
racional de la «aemulatio» cuando le dice a Sancho: Pero
has de advertir que no todos los tiempos son unos, ni corren de una misma
suerte, y esto que el vulgo suele llamar comúnmente agüeros,
que no se fundan sobre natural razón alguna, del que es discreto han
de ser tenidos y juzgar por buenos acontecimientos . . .
(474).
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en sentido contrario. Hasta ese momento es el deseo de hacer verdadero lo
escrito en los libros7 (las novelas de
caballerías) lo que constituye el motor de sus acciones. Pero a partir
del capítulo LIX, su motivación será
falsar* aquello que está escrito
en otro libro: el Quijote de Avellaneda.
Así, el Quijote de Avellaneda
tiene en la novela de Cervantes un papel simétrico y opuesto al de
las novelas de caballerías. Si por una parte Don Quijote se esfuerza
en dar realidad a la escritura de las novelas de caballerías y en
eso es en lo que consiste principalmente su locura, no deberíamos
extrañarnos de que, por una parte, la constatación de la
resistencia del mundo frente a sus sueños y, por otra, el intento
de sacar mentiroso otro libro (el Quijote de Avellaneda)
tengan un papel esencial en la curación de Don Quijote,
al invertir el proceso.
La primera acción que provoca
en Don Quijote el libro de Avellaneda es su decisión de cambiar de
planes e ir a Barcelona en lugar de a Zaragoza: Por el mismo caso
respondió don Quijote no pondré los pies en Zaragoza,
y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador
moderno, y echarán de ver las gentes cómo yo no soy el don
Quijote que él dice (490). Bastante pueril parece como desquite
por parte de Cervantes el cambio de itinerario. En cambio, el efecto en el
alma de Don Quijote no se deja esperar: se acentúa de forma determinante
la malenconía, que ya no lo abandonará hasta el
final de la novela, y que culmina con su muerte.
Por otra parte, el viaje a Barcelona provocado
por el libro de Avellaneda es la causa del alejamiento de la región
natal de Don Quijote, cuya incapacidad para abandonarla ya había sido
ligada por Foucault a su enfermedad: Así como de
su estrecha provincia, no logra alejarse de la planicie familiar que se extiende
en torno a lo Análogo. La recorre indefinidamente sin traspasar
jamás las claras fronteras de la diferencia, ni reunirse con el
corazón de la identidad (53). Y es precisamente su huida de
la ruta trazada por Avellaneda la que lleva a Don Quijote a alejarse de su
estrecha provincia y a ver por primera vez el mar, tan alejado
de sus lagunas de Ruidera manchegas, algo que no podemos entender plenamente
sin ligarlo a su proceso de curación: La visión
del mar pone fin a un itinerario cerrado sobre sí mismo, siempre por
provincias interiores, al mismo
7 No olvidemos
que Don Quijote no distinguía entre libros de historia o de ficción,
como queda demostrado en su conversación con el canónigo en
el capítulo XLVIII de la primera parte.
* En el sentido
que le da Karl Popper a este término en su Logic of Scientific
Investigation.
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tiempo que el héroe manchego descubre la posibilidad de salir del
mundo cerrado de lo escrito.
Pero hay otros dos momentos en la novela que
nos confirman la interpretación que venimos sosteniendo. El primero
se encuentra en el mismo capítulo LIX. Suelen celebrarse las
críticas8 de Don Quijote al libro
supuestamente apócrifo como una muestra más del ingenio cervantino
para vengarse de su enemigo de Tordesillas. Ahora bien, la objeción
más grande que Don Quijote hace del libro en este capítulo
es . . . ¡que yerra el nombre de la mujer de Sancho! Sólo
si interpretamos el juicio como propio de Don Quijote y no de Cervantes tiene
sentido este pasaje. Como objeción cervantina a un libro de ficción
resulta ridícula e incomprensible, cuando no
irónica9. Pero cobra todo su sentido
como constatación escandalosa por parte de Don Quijote de que lo escrito
en una historia no se corresponde con el mundo real.
Las mismas consideraciones deben guiarnos en
el episodio de Don Álvaro Tarfe. El interés de Don Quijote
en tomar juramento a esta persona tan real como él sobre la falsedad
del Don Quijote y Sancho de Avellaneda, no se puede confundir con una supuesta
intención de Cervantes por dejar sentado que los personajes de Avellaneda
son falsos (si esto fuera así, el mismo Tarfe carecería de
entidad). Aquí, de nuevo, estamos ante un Don Quijote que actúa
con autonomía respecto a su creador, y cuya intención es la
de demostrar que aquellos Don Quijote y Sancho que Tarfe conoció y
de los que Avellaneda nos cuenta la historia, son mentirosos
e impostores, al hacerse pasar por él y su escudero. Su intención,
y no la de Cervantes, es a partir de ahora corregir lo escrito
en un libro, al revés que en los tiempos en que se empeñaba
en corroborar los libros de caballerías a toda
costa10.
8 Las
palabras de Don Quijote son: . . . y la tercera, que más
le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en
lo más principal de la historia; porque aquí dice que la mujer
de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal,
sino Teresa Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá
temer que yerra en todas las demás de la historia (487).
9 Es sabido que
el mismo Cervantes comete este tipo de yerros en más de una
ocasión.
10 Tanto es
así, que su deseo de actuar contra lo escrito se manifiesta a partir
de ahora también de forma retrospectiva. Así, en el capítulo
LXXI respecto a la Ilíada: Estas dos señoras fueron
desdichadísimas, por no haber nacido en esta edad, y yo sobre todos
desdichado en no haber nacido en la suya: encontrara a aquestos señores,
ni fuera abrasada Troya, ni Cartago destruida, pues con sólo que yo
matara a Paris se escusaran tantas desgracias (574).
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Esperamos haber mostrado en este artículo
que, más allá de una intención de desquite por parte
de Cervantes, que no pretendemos descartar completamente, el libro de Avellaneda
suministra al autor complutense un eficacísimo remedio (probablemente
el único posible) para la curación de Don Quijote.
El libro firmado por Avellaneda es falso solamente
desde el punto de vista de Don Quijote, es decir, como historia
o crónica. Y es la constatación de esa falsedad
por parte del héroe manchego, y sobre todo su deseo de falsar el libro,
lo que constituye el purgante que cura su enfermedad. Una enfermedad causada
por los libros y que implica la creencia en la infalibilidad de lo escrito,
que sólo puede ser tratada eficazmente con la aparición de
otro libro que destruye dicha creencia.
Hasta tal punto, que sólo el temor de
aumentar la ya fatigosa lista de candidatos propuestos para la autoría
del falso Quijote nos previene de nominar al propio Cervantes
como verdadero autor del falso Quijote.
| IOWA STATE UNIVERSITY |
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| BIBLIOGRAFÍA | ||
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Calabrò, Giovanna. Cervantes, Avellaneda y Don Quijote. Anales Cervantinos 25-26 (1987-88): 87-100.
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Wilhelmsen, Elizabeth. Don Álvaro Tarfe: ¿ente fantasmal o hecho ficticio?. Anales Cervantinos 28 (1990): 73-85.
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