From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
15.1 (1995): 111-41.
Copyright © 1995, The Cervantes Society of America
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JESÚS G. MAESTRO |
I. INTRODUCCIÓN
l discurso del
Quijote revela una obra literaria que se presenta in fieri
al pensamiento del lector, no sólo por el tratamiento tensivo y procesual
de los diferentes elementos sintácticos (tiempo, espacio, personajes
y funciones), sino muy principalmente por la naturaleza discontinua y
polifónica de su disposición compositiva, y por el estatuto
retórico y funcional que en ella adquiere el personaje Narrador,
heterodiegético (no participa en la historia que cuenta, aunque con
frecuencia habla desde la primera persona) y extradiegético (se
sitúa en la estratificación discursiva más elevada y
englobante), creado por Miguel de Cervantes en la ficción literaria,
sobre la que actúa de forma directa e inmediata, como agente locutivo
situado en el nivel de la enunciación.
Con frecuencia se ha hablado del Quijote
como de una novela mucho más afín al mundo del barroco y del
manierismo que a la estética del Renacimiento, cuyos modelos de
regularidad y simetría formales remitían incesantemente a un
concepto estable y delimitado del cosmos artístico. Tales concepciones
serán, sin embargo, profundamente discutidas en algunas de las obras
literarias más
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representativas del siglo XVII, cuya forma abierta y polifónica desplaza
la exigencia de los rigores constructivos, y transmite sentimientos de intensa
inestabilidad y fuerte complejidad psicológica, en medio de acciones
sensacionales tras las que permanecen inquietudes humanas desde las cuales
el hombre pretende explicarse el enfrentamiento, indudablemente dramático,
entre la fragmentación del mundo exterior y la lógica del
pensamiento y la imaginación artísticos e individuales.
El mundo artístico en el que fue escrito
el Quijote sugiere, como algo más tarde exigirán las
posiciones epistemológicas de corte racionalista, que nada de lo que
es visible y palpable representa la realidad verdadera y esencial, de modo
que el mundo exterior, perceptible por los sentidos, es un universo de
imágenes fragmentadas y discontinuas, cuya unidad no se resuelve en
sí misma, como hasta entonces se había pensado (Aristóteles),
ni en la conciencia del sujeto, como se admitirá a partir de Descartes,
y especialmente desde el Idealismo alemán (Fichte), sino que permanece,
como tal, sin resolver: el hombre del Barroco percibe la realidad y la
constitución de su mundo exterior de forma completamente fragmentada,
discontinua, inestable, discreta, fallada . . . , en
un momento en el que todavía no ha tomado conciencia de las posibilidades
de su pensamiento subjetivo, ni de sus facultades creativas frente a los
cánones de la poética mimética.
El ser humano no encuentra entonces, ni en
el objeto exterior ni en su propio pensamiento, la unidad que, antes hallada
en la naturaleza, le permitía obrar y discurrir con seguridad. Es
indudable que las obras del barroco han de reflejar en su disposición
y su inventiva esta expresión fragmentada y discreta que registra
la mirada del hombre en su proyección hacia el mundo
exterior.1 A continuación, trataremos
de demostrar que es precisamente este concepto de disgregación, y
esta imagen de manifestación discrecional o discontinua de la realidad,
lo que permite y exige a Miguel de Cervantes la articulación, asimismo
discreta y segmentada, del sistema narrativo en el que se sustantiva el
Quijote como discurso literario.
1 Félix
Martínez Bonati (La unidad del Quijote,
Dispositio, 2 [1977], 118-39; incluido en El Quijote. El
escritor y la crítica, ed. George Haley [Madrid: Taurus, 1984),
pp. 349-72) ha estudiado algunos de los diferentes elementos, categorías
y recursos que confieren unidad y disgregación a la estructura del
Quijote (disposición y tratamiento de personajes, espacios, tiempos,
sistema de narradores, temas, estilos lingüísticos,
etc. . . .). El autor concluye en que, dada la variedad de
contrastes y efectos disgregadores en la disposición de esta obra,
la unidad del Quijote procede principalmente de la articulación de
paradigmas (aventuras y conversaciones), y no tanto de la sucesión
sintagmática de los elementos narrativos.
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Un análisis de los procesos elocutivos
del Quijote revela la conveniencia de distinguir al menos tres entidades
enunciativas básicas: 1) la que representa Miguel de Cervantes,
como autor real y exterior al relato; 2) la que constituye el Narrador
del Quijote, de cuya identidad y estatuto como personaje hablaremos
inmediatamente; y 3) el Sistema retórico de autores ficticios,
formado por a) el autor anónimo de los ocho primeros capítulos
de la Primera Parte, b) Cide Hamete Benengeli, c) el morisco aljamiado,
igualmente anónimo, que traduce al castellano los manuscritos árabes
hallados por el Narrador, y d) los académicos de Argamasilla,
autores de los poemas donados al Narrador por un antiguo
médico que tenía en su poder una caja de plomo, que, según
él dijo, se había hallado en los cimientos derribados de una
antigua ermita que se renovaba (I, 52). Cada una de estas entidades
locutivas se sitúa en una estratificación discursiva del
Quijote, en cuya órbita transita, constituyendo una galaxia
de enunciaciones en que dispone formal y recursivamente la fábula
del relato.
En el Quijote hallamos una serie de
autores ficticios (Cide Hamete, el traductor morisco, el autor primero,
etc.), los cuales forman parte de un sistema autorial meramente retórico
y estilístico gobernado por el Narrador, voz anónima que organiza,
prologa, edita el texto completo, y rige el sistema discursivo que engloba
recursivamente el enunciado de los autores ficticios. La crítica moderna
más autorizada2 estima que dichos autores
obedecen a una parodia de los cronistas o
2 George
Haley (The Narrator in Don Quijote: Maese Pedro's Puppet
Show, Modern Language Notes, 80 [1965], 145-65, versión
española en El Quijote. El escritor y la crítica,
pp. 269-87; The Narrator in Don Quixote: A Discarded Voice,
Estudios en honor a Ricardo Gullón [Santiago: Universidad de
Santiago de Compostela, 1984], pp. 173-83) y Ruth El Saffar (The Function
of the Fictional Narrator in Don Quijote, Modern Language
Notes, 83 [1968], 164-77, pero uso la versión española,
La función del narrador ficticio en Don Quijote,
en El Quijote. El escritor y la crítica, pp. 288-99;
Distance and Control in Don Quijote. A Study in Narrative
Technique [Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1975]) hablan
de cinco autores ficticios a los que llaman narradores, e identifican como
instancias responsables de la narración, cuando algunas de tales
instancias sólo son procedimientos estilísticos. Colbert I.
Nepaulsingh (La aventura de los narradores del Quijote, Actas
del Sexto Congreso Internacional de Hispanistas [Toronto: Department
of Spanish and Portuguese, University of Toronto, 1980], pp. 515-18) identifica
cuatro personajes encargados de la narración, a los que considera
autores ficticios y narradores. Robert M. Flores (The Rôle of
Cide Hamete in Don Quixote, Bulletin of Hispanic Studies, 59
[1982], 3-13, Fernando Lázaro Carreter (La prosa del
Quijote, Lecciones cervantinas, ed. Aurora Egido [Zaragoza:
Caja de Ahorros y Monde de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1981],
pp. 113-30), Santiago Fernández Mosquera (Los autores ficticios
del Quijote, Anales cervantinos, 24 [1986], 47-65) y Robert
M. Ford (Narración y discurso en el Quijote, Cuadernos
hispanoamericanos, 430 [p. 114] [1986], 5-16)
figuran entre los críticos que han identificado en el Quijote
autores ficticios y narradores. José María Paz Gago (El
Quijote: Narratología, Anthropos, 100 [1989],
43-48, en la p. 43) ha insistido, frente a la que considera crítica
cervantina tradicional, en distinguir en el Quijote el sistema
autorial del sistema narrativo: El problema surge
de la confusión persistente que mantienen estos estudios entre el
esquema autorial, un recurso puramente estilístico y temático,
y el sistema narrativo de la novela, de naturaleza diferente.
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historiadores fabulosos que solían citarse en las novelas de
caballerías.3 Su estatuto no es el
de narradores propiamente dichos, pues no narran nada: son citados,
entrecomillados, o mencionados en un discurso indirecto o sumario
diegético.
Cide Hamete, el morisco aljamiado, los poetas
de Argamasilla . . . , constituyen versiones ficticias
o textuales del autor real y su voz en el mundo empírico, pues él
es responsable último del acto de escribir, pero no del acto enunciativo
de narrar desde dentro de la inmanencia discursiva, lo que acontece a cada
uno de los protagonistas, actividad que hace corresponder a los personajes,
bien con nombre propio (Dulcinea, Cide Hamete, Sansón
Carrasco . . .), bien con un nombre común que funcione
como propio (el cura, el barbero, la duquesa . . .), bien
anónimo, entre los cuales ha de figurar el primero el Narrador
del Quijote. Quien existe, que es quien escribe la novela
empíricamente (Cervantes), no se presenta nunca como responsable inmanente
de la organización del discurso (Narrador-editor anónimo),
y menos aún como narrador directo lo que en él se contiene
(Don Quijote en la cueva de Montesinos, por ejemplo).
Las múltiples instancias que sustantivan
y articulan el sistema retórico de los autores ficticios no
son sino entidades virtuales, es decir, personajes, que, si bien carentes
de la funcionalidad o dimensión actancial propia de los demás
personajes, lo que con frecuencia les ha valido la denominación de
personajes fantasma, son ante todo
3 Según
Edward C. Riley, Cide Hamete debe entenderse por relación a los
pseudoautores de las novelas de caballerías, personajes
nigrománticos que constituían un artificio muy usado en la
prosa narrativa anterior a Cervantes. El antiguo artificio [los autores
ficticios de la literatura caballeresca], al ser parodiado por Cervantes,
es mucho más que un artificio. Le permite satisfacer una necesidad
de su temperamento: la de criticar su propia invención y al mismo
tiempo desviar las posibles críticas haciendo recaer la responsabilidad,
humorísticamente, en ese galgo de su autor, el único
que debe ser censurado si la historia carece de algo que debiera tener (I,
9) (El recurso a los autores ficticios, Teoría
de la novela en Cervantes [Madrid: Taurus, 1971], pp. 316-27, la cita
en la pág. 327 [original en inglés: Cervantes's Theory of
the Novel [Oxford: Clarendon Press, 1962]). En la misma línea,
Haley advierte que el autor ficticio Cide Hamete es uno de los
tópicos favoritos del género caballeresco (The
Narrator in Don Quijote, p. 269).
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expresión de la manifestación discreta que el autor empírico comunica y proyecta en su propio discurso. Se trata, en suma, de una visión calidoscópica del Yo autorial en el discurso de su propia novela, de una expansión polifónica y discrecional del autor real y su voz en una disposición discursiva de múltiples estratificaciones locutivas, desde las que se refleja icónicamente la visión fragmentada que del mundo exterior recogen la mirada y la palabra cervantinas.
II. PRAGMÁTICA DEL QUIJOTE. EL NARRADOR Y EL SISTEMA RETÓRICO DE AUTORES FICTICIOS.
El prólogo de la Primera Parte del
Quijote constituye un discurso de naturaleza completamente ficticia,
por su disposición formal (está escrito en forma dialógica,
lo que permite al lector un enfoque próximo de los hechos y una
relación más eficaz con la realidad literaria, al mismo tiempo
que lo distancia del autor real), por el contenido no verificable de la historia
que comunica (una anécdota en la que el prologuista aparece en
compañía de un amigo que le auxilia en su labor de encabezar
la obra, al darle algunos consejos sobre la redacción del exordio,
que son ejecutados inmediatamente), y por la presentación de su
responsabilidad autorial, que es la del Narrador del Quijote,
ya que este prólogo no está firmado por Miguel de Cervantes
(quien sólo suscribe la dedicatoria al Duque de Béjar, tras
la cual comienza el discurso de ficción propiamente dicho, a diferencia
de lo que sucede en la Segunda Parte, en la que Cervantes interviene en el
prólogo al lector que precede la dedicatoria al
Duque de Lemos como persona real que niega la autoridad de Avellaneda
sobre Don Quijote).
El prólogo del Quijote de 1605
forma parte de la ficción literaria del conjunto de obra, y presenta
al lector real la figura del personaje Narrador, del que se sabrá,
a lo largo de la lectura (I, 8-9), que desempeña, naturalmente dentro
del mundo de ficción ideado por Cervantes, además de prologuista,
las funciones de lector, compilador y editor del Quijote, amén
de la supervisión que hace de su traducción del
árabe al castellano. Paralelamente, el Narrador presenta, desde el
prólogo de la Primera Parte, tres de las características esenciales
que definen su estatuto narrativo en el discurso de la novela: el uso ocasional
de la primera persona (Yo), su condición heterodiegética (al
no intervenir en la historia que cuenta) y su posición
extradiegética (se sitúa en la más alta
estratificación enunciativa del discurso literario al que pertenece
como personaje).4
4 La frase
aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote (I,
Prólogo), es, a nuestro modo de ver, perfectamente coherente y
lógica, pues no pertenece [p. 115] propiamente
a Cervantes, autor real, sino al Narrador, editor, prologuista y
autor segundo del Quijote; y es en efecto padrastro y
no padre, porque actúa como compilador y editor de las diferentes
versiones, crónicas, textos y manuscritos que ha podido encontrar
sobre la historia de Don Quijote; él es pues el mayor y más
decisivo de los intermediarios, pues su versión es la única
que conocemos, la única con la que contamos y disponemos, y la única
que engloba y da marco a las precedentes, amén de presentarlas y
manipularlas como cree conveniente.
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Sin embargo, sucede con frecuencia que Cervantes se introduce convencionalmente en su propio discurso, y se presenta en él como cree conveniente, cual si se tratara de un personaje más del mismo, lo que confiere al relato una irónica expresión de verosimilitud. Miguel de Cervantes se distancia, mediante el artificio de los autores ficticios, de la instancia narrativa y su responsabilidad en el discurso, merced a la disgregación y fragmentación de la concepción unitaria del autor, y paralelamente se aproxima e identifica con el conjunto de personajes y ficciones del relato que él mismo propone. Así, durante el escrutinio, acaece el siguiente diálogo:
La Galatea, de Miguel de Cervantes dijo el barbero. Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo, y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre (I, 6).5
Cervantes lleva el concepto de ironía hasta regiones completamente inéditas para su época, al introducirlo como forma de lectura
5 En la
narración autodiegética de la historia del cautivo existe una
alusión al autor del Quijote, en la que el propio Cervantes
proporciona notas intensivas sobre sí mismo. Persiste aquí
el recurso por parte del autor real de aproximarse a los personajes y
distanciarse de la instancia narrativa, disgregándola y
fragmentándola en predicados y unidades discretas: Sólo
libró bien con él un soldado español llamado tal de
Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria
de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar la libertad,
jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dio mala
palabra (I, 40). Igualmente, cuando el ventero entrega al cura unos
papeles hallados en el aforro de la maleta en que se encontraba la Novela
del curioso impertinente, y que llevaban por título Novela
de Rinconete y Cortadillo, Cervantes escribe: El cura se lo
agradeció, y abriéndolos luego, vio que al principio del escrito
decía: Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde
entendió ser alguna novela, y coligió que, pues la del
Curioso impertinente había sido buena, que también
lo sería aquélla, pues podría ser fuesen todas de un
mesmo autor; y así, la guardó, con prosupuesto de leerla cuando
tuviese comodidad (I, 47).
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de los procedimientos narrativos del Quijote, e interpretarlo como
exigencia de romper la ilusión de objetividad de la obra literaria,
mediante la intervención del autor real en la novela, o la aparición
del espectador como un personaje más en el escenario del
drama.6 La ironía cervantina expresa
en este sentido la superación dialéctica de los límites
físicos que se oponen al espíritu humano, brota de la conciencia
del carácter antinómico del mundo exterior, y constituye una
actitud de superación por parte del Yo de las incesantes
contradicciones de la realidad, del perpetuo conflicto entre lo absoluto
y lo relativo.
Hasta la lectura de los capítulos 8
y 9 de la Primera Parte del Quijote el lector no conoce con claridad
los procedimientos narrativos que dispone Cervantes acerca de las fuentes
escritas de la historia y los procesos elocutivos del discurso. Se habla
en estos capítulos de dos autores. La mayor parte de los editores
del Quijote advierten que al segundo autor se le suele
identificar con Cervantes, puesto que introduce, en el capítulo que
sigue, a Cide Hamete Benengeli como
primero.7 Desde nuestro punto de vista,
identificamos a la primera de estas entidades locutivas con un Autor
Primero, anónimo, que no es Cide Hamete Benengeli (porque el texto
no los identifica), y cuyo relato no ha sido ni escrito en árabe ni
traducido por nadie (la novela no dice nada al respecto), y no presenta
continuidad autorial con el capítulo 9 y siguientes. Al Autor
Segundo lo identificamos con ese lector curioso del Quijote, al
cual hemos venido refiriéndonos bajo la expresión de
Narrador, puesto que además de cumplir funciones de compilador
e investigador de la historia del hidalgo manchego, organiza los dos manuscritos:
A) Autor Primero: caps. 1-8, y B) La crónica en árabe de Cide
Hamete, que encarga traducir a un morisco: caps. 9 y ss.; dispone el texto
tal como lo conocemos y leemos, y narra con sus propias palabras el
contenido de los textos precedentes (traducciones y manuscritos recogidos),
de modo que constituye un nuevo discurso bajo sus propias modalidades
lingüísticas y desde su propia competencia verbal, lógica
y cognoscitiva, que edita y prologa como texto y versión
definitivos.
Pero está el daño de todo esto que en este punto y término deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose que
6 El
retablo de Maese Pedro es, pues, una analogía de la novela vista en
su totalidad . . . , porque reproduce en miniatura las
relaciones fundamentales que se dan entre narrador, historia y público,
según se aprecian en el esquema general de la obra (Haley,
The Narrator in Don Quijote, p. 285).
7 El ingenioso
hidalgo Don Quijote de la Mancha, ed. John Jay Allen (Madrid: Cátedra,
1981), p. 141.
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no halló más escrito destas hazañas de don Quijote de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor desta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha, que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que deste famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin desta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en la segunda parte (I, 8).
Estas palabras son las últimas que
corresponden a los contenidos de la historia de Don Quijote relatados por
el Autor Primero, los capítulos 1-8, a propósito de los cuales
el texto no señala intervención alguna de Cide Hamete, quien
aparece a partir del capítulo 9, y en quien se identifica la fuente
histórica de los contenidos relatados desde este capítulo
hasta el final, traducidos del árabe al español, citados
ocasionalmente de forma literal, o introducidos en estilo sumario diegético
en el discurso del Narrador, responsable inmanente de la
organización global del texto de Don Quijote tal como lo
leemos.
Al lector le es necesario concluir la Primera
Parte del Quijote para delimitar con precisión la estructura
pragmática de su discurso, y disponer de modo sincrónico sus
diferentes instancias y procesos locutivos.
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Desde nuestro punto de vista, el autor
implícito del Quijote (concepto propuesto en 1961 por
Wayne C. Booth con objeto de identificar en la inmanencia textual de las
obras de ficción un responsable distinto del autor real al que atribuir
el contenido de los enunciados verbales),8
se sustantiva en una pluralidad de entidades elocutivas, de naturaleza textual
y ficticia, que se constituyen de forma discreta o discontinua a lo largo
del discurso del Quijote, como expresión de un proceso de
expansión polifónica sobre el que se construye retóricamente
el sistema narrativo de la novela, y desde el que se refleja icónicamente
la visión fragmentada que del mundo exterior posee el hombre del siglo
XVII. La realidad es demasiado compleja y fugitiva como para que una sola
persona, o un solo narrador, pueda comprenderla y darnos definitiva cuenta
de ella.
Cada una de estas entidades locutivas, que
constituye una manifestación textual, polifónica y discreta
del autor implícito, o mejor, autor textualizado,
del Quijote, pueden estudiarse semióticamente como unidades
de sentido, en tanto que personajes que forman parte de la sintaxis del relato,
y que son susceptibles del siguiente
análisis:9
II.1. El autor primero del Quijote
Una lectura atenta del Quijote parece revelar que la autoría de los ocho primeros capítulos de la Primera Parte no corresponde al
8
The Rhetoric of Fiction, (Chicago and London: The University
of Chicago Press, 1961). Sobre la noción de autor implícito
volveremos más adelante, al referirnos al principio de
discrecionalidad y al conjunto polifónico que adquiere en el
Quijote la disposición discursiva de cada una de sus
manifestaciones discretas (Narrador, cronista, traductor, autor primero,
poetas de Argamasilla . . .), y la conveniencia de sustituir
esta denominación abstracta y virtual, al igual que el concepto genettiano
de autor implicado, por la de autor textualizado, como
categoría del relato verificable formal y empíricamente (nombre
propio, etiqueta semántica, notas y predicados intensivos, etc.
. . .).
9 María
del Carmen Bobes Naves, Teoría general de la novela (Madrid:
Gredos, 1985).
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mismo personaje que se presenta a partir del capítulo 9 como
responsable de la escritura del manuscrito original arábigo (Cide
Hamete), que comprendería los capítulos 9-52 de la Primera
Parte y la Segunda Parte completa.
El personaje que actúa como Narrador
y editor de las diferentes fuentes y manuscritos que constituyen la historia
de Don Quijote advierte al final del capítulo 8, a propósito
de la brusca interrupción del encuentro entre los hidalgos castellano
y vasco, que está el daño de todo esto que en este punto
y término deja pendiente el autor desta historia esta batalla,
disculpándose que no halló más escrito destas hazañas
de don Quijote de las que deja referidas, y añade,
refiriéndose a sí mismo: Bien es verdad que el segundo
autor desta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada
a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios
de la Mancha, que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos
papeles que deste famoso caballero tratasen (I, 8). Al comienzo del
capítulo siguiente, insiste de nuevo en que en aquel punto tan
dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia, sin que
nos diese noticia su autor dónde se podría hallar lo que della
faltaba (I, 9). Difícilmente el lector hallará en el
Quijote notas intensivas más precisas acerca de este recurso
estilístico, denominado convencionalmente autor primero
por la crítica cervantina tradicional, que los aquí ofrecidos
por el Narrador-editor de la historia.
Este personaje, en quien se identifica la fuente
que no el discurso, el cual corresponde al Narrador, del contenido
relatado en los ocho primeros capítulos, es una de las presencias
textuales más fantasmagóricas del Quijote, dado que,
si bien existe como personaje que forma parte de la historia (recibe notas
intensivas y predicados semánticos por parte del Narrador-editor,
quien recoge y compila sus fuentes y manuscritos; funcionalmente desempeña
la labor de ser el primero de los autores o sabios
en recopilar las aventuras de Don Quijote . . .), no es menos
cierto que carece de nombre propio en la novela, lo que ha dificultado
enormemente su identidad por parte de la crítica cervantina, de quien
ha recibido la común denominación de autor primero;
apenas experimenta transformaciones en el relato, ya que no vuelve a mencionarse
desde el capítulo 9 de la Primera Parte; no se sitúa, fuera
del Quijote, en ningún otro intertexto literario o contexto
social, y no ha sido objeto de transducciones literarias por parte de la
interpretación crítica, que apenas le ha prestado atención,
al contrario que Cide Hamete, al que se ha identificado con frecuencia con
el narrador del Quijote, y del que se ha incluso discutido y negado
su estatuto como personaje.
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Desde nuestro punto de vista, el autor primero de la historia de Don Quijote es responsable del relato contenido en las fuentes manuscritas manejadas por el Narrador-editor en la narración de los ocho primeros capítulos de la Primera Parte, y constituye, desde el ámbito de los procesos elocutivos del discurso, la primera instancia o expresión discreta del autor implícito (Booth, 1961), o autor textualizado, del sistema retórico de autores ficticios en que se sustantiva la pragmática del Quijote.
II.2. Cide Hamete Benengeli
Cide Hamete Benengeli es presentado por el Narrador-editor del Quijote, en el capítulo 9 de la Primera Parte, como el autor de un manuscrito arábigo que es traducido al castellano por un morisco aljamiado, y que comprende la historia de Don Quijote desde la aventura del vizcaíno en adelante. El resultado de la traducción del texto de Hamete es editado por el Narrador del Quijote, quien se comporta como segundo autor y editor de la obra. Cide Hamete es, como el resto de los autores ficticios, sólo un recurso estilístico, un personaje que sirve al diseño retórico del sistema narrativo; situado en una estratificación discursiva distinta a la de los personajes funcionales de la historia, actancialmente no significa nada, y, responsable con frecuencia de un discurso citado y entrecomillado por el Narrador, en estilo referido o sumario diegético, no posee un estatuto narrativo en el discurso del Quijote, sino una función retórica de profundas consecuencias en el conjunto del relato.
II.2.1. El personaje y la voz. Cide Hamete Benengeli es ante
todo un personaje y una voz citados en el discurso del Quijote por
su Narrador-editor (también por los personajes actantes), quien
entrecomilla e introduce sus palabras en la disposición e inventiva
de su propio relato, y las manipula y modaliza como cree conveniente ante
la competencia del lector.
En unos casos Cide Hamete es citado de forma
textual, literal, entrecomillada, desempeñando sólo formalmente
el papel de contar o narrar, con un valor metadiscursivo, de naturaleza
protética y redundante, añadida al curso de la historia que
protagonizan los personajes actantes y que ha sido previamente descrita por
el Narrador; en otros casos, sin embargo, su palabra es presentada en
discurso sumario diegético, especialmente en la Segunda Parte,
donde una vez definida su función retórica este personaje
evoluciona hasta convertirse en un motivo estilístico recurrente:
Cuenta el sabio Cide
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Hamete Benengeli que, así como don Quijote se despidió de sus
huéspedes y de todos los que se hallaron al entierro del pastor
Grisóstomo, él y su escudero se entraron por el mesmo bosque
donde vieron que se había entrado la pastora
Marcela . . . (I,
15).10
El estilo de Cide Hamete está en la
línea de los autores ficticios de las novelas de caballerías,
es hiperbólico, enfático e inverosímil, como lo es el
personaje mismo, mientras que la voz del Narrador-editor representa el
contrapunto de discreción, sensatez y verosimilitud. Cervantes delega
la verosimilitud del universo discursivo en la figura del Narrador,
expresión polifónica sobre la que se construye y progresa el
sistema narrativo de su novela, salvaguardándose así de los
posibles excesos del relato, al situar sus fuentes en autores anónimos
y dispersos, de los cuales Cide Hamete representa la entidad más estable
e inverosímil. El Narrador-editor se burla de Don Quijote, transcribe
los títulos de los capítulos, y su estilo es intensamente
irónico con los personajes; Hamete, sin embargo, los presenta, eleva
y enfatiza como héroes, como lo demuestran los escasos fragmentos
que transcribe literalmente el Narrador: Y es de saber que, llegando
a este paso, el autor de esta verdadera historia exclama y dice: ¡Oh
fuerte y sobre todo encarecimiento animoso de don Quijote de la Mancha, espejo
donde se pueden mirar todos los valientes del mundo, segundo y nuevo don
Manuel de León, que fue gloria y honra de los españoles caballeros!
¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña,
o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros,
o qué alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque
sean hipérboles sobre todos los hipérboles? (II,
17).
A propósito de Cide Hamete como personaje
literario, Ruth El Saffar ha escrito que el supuesto autor del
Quijote es un personaje importante de su propia novela; él
habla, y los demás hablan de él, como acontece con los otros
personajes . . . . Cide Hamete se constituye no
en copista impersonal de la historia de otro, sino en personaje interesante
por sí mismo. El lector lo ve como personaje y no sólo a
través de sus comentarios.
11
10 El
Narrador-editor reproduce con frecuencia el contenido de las fuentes de Cide
Hamete en discurso sumario diegético, utilizando habitualmente la
fórmula siguiente: Cuenta, pues, la historia, que antes que
a la casa de placer o castillo llegasen, se adelantó el duque y dio
orden a todos sus criados del modo que habían de tratar a don
Quijote . . . (II, 30). Cuenta, pues, la historia,
que Sancho no durmió aquella siesta, sino que, por cumplir su palabra,
vino en comiendo a ver a la duquesa . . . (II, 33).
11 La
función del narrador ficticio, pp. 289 y 297.
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Conviene advertir que el lector real no accede nunca al texto original (arábigo) atribuido a Cide Hamete, ya que su discurso es siempre citado, mencionado, entrecomillado o resumido, de modo que, en la obra de ficción, es resultado de dos revisiones o transducciones, la del morisco aljamiado y la del Narrador-editor. Ante todo, Cide Hamete complica, fragmenta, multiplica, disgrega . . . , la unidad autorial que representa Cervantes, quien resulta progresivamente desplazado en su propia obra, a través de estratificaciones discursivas discretas y concéntricas. Cide Hamete ocupa en el sistema retórico de autores ficticios del Quijote una estratificación discursiva jerárquicamente idéntica a la del anónimo autor primero, si bien desde el punto de vista de su estatuto como personaje literario presenta una complejidad mucho más amplia, dada la naturaleza y variedad de notas intensivas que recibe, la funcionalidad que adquiere en el conjunto del relato (delegado textual de intenciones autoriales, ironía, distanciamiento . . .), las evoluciones que experimenta en el transcurso de la historia, la recurrencia del intertexto literario y las transducciones interpretativas a las que la crítica cervantina le ha sometido.
II.2.2. La etiqueta semántica. Como personaje literario
del Quijote, Cide Hamete Benengeli posee un nombre propio, que asegura
la unidad de las referencias lingüísticas que se dicen sobre
él, y una etiqueta semántica, constituida por el conjunto de
notas intensivas y predicados semánticos que, manifestados de forma
discreta a lo largo del discurso, proceden del Narrador y de los personajes
actanciales del Quijote, pero nunca del propio Cide Hamete, que
jamás habla por sí mismo.
Las notas intensivas más recurrentes
sobre Cide Hamete proceden inicialmente del Narrador-editor, e insisten en
presentarlo como autor arábigo y manchego (I, 22) y como
cronista o historiador muy curioso y muy puntual en todas las cosas,
y échase bien de ver, pues las que quedan referidas, con ser tan
mínimas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio (I, 16),
de modo que resulta situado en el intertexto literario de los autores
ficticios, sabios y encantadores, habituales en las novelas de
caballerías. Las notas intensivas que sobre Cide Hamete proceden de
los personajes de la historia son posteriores a los predicados semánticos
del Narrador, y no se manifiestan propiamente hasta el capítulo 2
de la Segunda Parte, pues hasta entonces Don Quijote no toma conciencia de
la identidad del sabio historiador a quien está encomendada la
crónica de su historia.
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. . . , con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió.
Yo te aseguro, Sancho dijo don Quijote, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.
Y ¡cómo dijo Sancho si era sabio y encantador, pues (según dice el bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!
Ese nombre es de moro respondió don Quijote (II, 2).
El capítulo 3 de la Segunda Parte es
uno de los más completos respecto a la configuración de la
etiqueta semántica de Cide Hamete Benengeli. Este capítulo
puede leerse como un irónico metadiscurso de Cervantes sobre el
Quijote de 1605; los personajes sirven de portavoces del autor, quien
actúa sobre las opiniones e impresiones que en el público ha
causado la Primera Parte de la novela. Los datos más sobresalientes
que se desprenden del diálogo entre Don Quijote, Sancho y el bachiller
Sansón, revelan que el hidalgo atiende ante todo a la veracidad de
la narración, porque desconsolóle pensar que su autor
era moro, según aquel nombre de Cide, y de los moros no se podía
esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y
quimeristas. Cervantes parece sugerir con intervenciones de este tipo
la naturaleza fantasmagórica y fugitiva, meramente virtual y a todas
luces inverosímil, de este recurso literario: La existencia
de Cide Hamete escribe Riley (p. 323) es una especie de burla,
y tan afortunada que se perdona casi siempre su evidente despropósito.
Es el único ejemplo de total inverosimilitud en el libro. La
fortuna del artificio procede de las amplísimas posibilidades
polifónicas y pragmáticas que adquiere en el discurso del
Quijote. Por su parte, Sansón Carrasco parece actuar como portavoz
de Cervantes, informando del número y lugar de las ediciones de la
Primera Parte, de su historiador y traductor, del tratamiento que en ella
han recibido los personajes, y de algunos de los comentarios habituales que
el público del momento solía hacerse tras su lectura.
Los comentarios de Cervantes sobre el juicio
de algunos de sus contemporáneos sobre las historias intercaladas
en la Primera Parte suelen entenderse como una ironía hacia los mismos,
y parece que no puede ser de otro modo. Cervantes opina, por boca de
Sansón, sobre la edición de 1605, y sitúa la acción
de la Segunda Parte por referencia al mundo ficcional y universo discursivo
de la Segunda. Este capítulo, junto el 8 y el 9 de la Primera Parte,
debe estimarse
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como un discurso metanarrativo, pues desde ellos se define la posición del narrador, y su establecimiento en la estratificación discursiva más amplia y externa del relato, en la que opera como narrador heterodiegético y extradiegético.
II.2.3. Funcionalidad, transformaciones en el discurso y relaciones con
los restantes personajes. Hemos indicado que Cide Hamete Benengeli
constituye como personaje literario uno de los segmentos discretos del sistema
retórico de autores ficticios, y que se sitúa en una
estratificación discursiva diferente de la que ocupan los personajes
actanciales, de modo que desde el punto de vista funcional se caracteriza
por el cumplimiento de una motivación estilística y retórica,
nunca secuencial, en la que pueden advertirse fines concretos. El personaje
Cide Hamete Benengeli actúa como recurso literario desde los límites
que le impone el nivel discursivo en que se encuentra, y se caracteriza,
desde este punto de vista, por las relaciones verticales y centrípetas
que mantiene formalmente con el estrato discursivo en el que se encuentran
los personajes actantes, y por las relaciones igualmente verticales, pero
centrífugas esta vez, que establece con el Narrador-editor del
Quijote, quien se sitúa en un nivel discursivo exterior y
englobante al de Cide Hamete.
Una de las funciones más recurrentes
de Cide Hamete a lo largo del Quijote, en sus relaciones con el Narrador,
consiste en ser presentado o citado como depositario y responsable de la
narración de aquellos episodios más discutiblemente
verosímiles, como sucede, por ejemplo, en las aventuras de la cueva
de Montesinos, el mono adivino de maese Pedro, la cabeza encantada de don
Antonio Moreno,12 o el diálogo tan
decoroso que mantiene al comienzo de la Segunda Parte Sancho
Panza con su mujer, donde el Narrador transcribe las citas literales más
amplias de Cide Hamete, y Cervantes intensifica su distancia respecto al
relato de acontecimientos supuestamente inverosímiles.
Llegando el autor desta grande historia a contar lo que en este capítulo se cuenta, dice que quisiera pasarle en silencio, temeroso de que no había de ser creído; porque las locuras de don Quijote
12 El
cual quiso Cide Hamete Benengeli declarar luego, por no tener suspenso al
mundo, creyendo que algún hechicero o extraordinario misterio en la
tal cabeza se encerraba, y así, dice que don Antonio Moreno, a
imitación de otra cabeza que vio en Madrid, fabricada por un estampero,
hizo ésta en su casa . . . (II, 62).
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llegaron aquí al término y raya de las mayores que pueden imaginarse, y aún pasaron dos tiros de ballesta más allá de las mayores. Finalmente, aunque con este miedo y recelo, las escribió de la misma manera que él las hizo, sin añadir ni quitar a la historia un átomo de la verdad, sin dársele nada por las objeciones que podían ponerle de mentiroso; y tuvo razón, porque la verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como el aceite sobre el agua (II, 10).
Otro de los rasgos que matizan la relación
de Cide Hamete con el Narrador-editor del Quijote, en cuyo discurso
se envuelve y comunica el del autor arábigo, es el de la ironía.
Con frecuencia, Cide Hamete y su discurso son citados en momentos esencialmente
cómicos de la acción narrativa a propósito de nimiedades
singulares, lo que confiere una indudable expresión irónica
a este personaje arábigo cuyo nombre no puede estar más en
consonancia con este tipo de situaciones. Basta recordar, entre otras, la
escena en que doña Rodríguez acude al aposento de Don Quijote
para pedirle ayuda contra el villano del duque que había mancillado
a su hija, y ambos se besan mutuamente las manos: el Narrador advierte que
aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice que por Mahoma
que diera, por ver ir a los dos así asidos y trabados desde la puerta
al lecho, la mejor almalafa de dos que tenía (II,
48).13
Cide Hamete Benengeli aparece con frecuencia
asociado por el Narrador a los momentos más cómicos y risibles
de la historia de Don Quijote, lo que convierte al cronista arábigo
en uno de los personajes más burlados de la novela, y más
sobresalientemente pasivos de ella, ya que Hamete no actúa
en ningún momento como agente de nada: jamás habla
directamente, ya que sus palabras son citadas y manipuladas por el Narrador
de la forma, irónica con frecuencia, que él estima más
conveniente; por otro lado, en su relación con los personajes actanciales,
se configura como una personalidad distante
13 Don
Quijote, arrimado a un tronco de una haya o de un alcornoque (que Cide Hamete
Benengeli no distingue el árbol que era), al son de sus mesmos suspiros,
cantó de esta suerte (II, 68). Esto dice Cide Hamete,
filósofo mahomético; porque esto de entender la ligereza e
instabilidad de la vida presente, y de la duración de la eterna que
se espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han entendido;
pero aquí nuestro autor lo dice por la presteza con que se acabó,
se consumió, se deshizo, se fue como en sombra y humo el gobierno
de Sancho (II, 53). Sucedió, pues, que en más de
seis días no le sucedió cosa digna de ponerse en escritura,
al cabo de los cuales, yendo fuera de camino, le tomó la noche entre
unas espesas encinas o alcornoques; que en esto no guarda la puntualidad
Cide Hamete que en otras cosas suele (II, 60).
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y misteriosa, indudablemente fantasmagórica y legendaria, de cuya
autoridad y trabajo se discute y desconfía, pues su autor era
moro, según aquel nombre de Cide, y de los moros no se podía
esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y
quimeristas (II, 3). Cide Hamete es un personaje construido por los
restantes personajes del Quijote para aderezo y uso del
Narrador-editor, quien potencia imaginariamente su posición en la
obra, y cuyo mérito principal procede de haber permitido a Cervantes
la construcción de una falla decisiva en el conjunto de
las estratificaciones discursivas del relato, al conferir cierta unidad a
la expansión polifónica que genera su mera presencia virtual
e ilusoria en el sistema narrativo.
Otra de las funciones que Cervantes hace recaer
sobre Cide Hamete es la de deslegitimizar la autoridad de Avellaneda sobre
Don Quijote, lo que constituye una transformación de las relaciones
de Hamete respecto al Narrador, ya que como es lógico este cometido
del cronista árabe no estaba previsto inicialmente. De nuevo, son
los personajes principales cervantinos los que convierten a Cide Hamete
en el auténtico cronista de la verdadera historia de Don Quijote:
Créanme vuesas mercedes dijo Sancho que el Sancho y el don Quijote desa historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros; mi amo, valiente, discreto y enamorado, y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho.
Yo así lo creo dijo don Juan, y si fuera posible, se había de mandar que ninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don Quijote, si no fuese Cide Hamete su primer autor, bien así como mandó Alejandro que ninguno fuese osado a retratarle sino Apeles (II, 59).
El mismo comportamiento de agente, frente a la pasividad del moro, que es esgrimido como una especie de símbolo totémico, ante el Quijote de Avellaneda, caracteriza al Narrador-editor respecto a la presentación de Hamete como el único cronista verdadero de las hazañas de Don Quijote, si bien con los habituales ribetes de ironía que matizan sus relaciones (Narrador / cronista arábigo), bien diferentes de las que le profesan los personajes actanciales (Don Quijote, Sancho, etc. . . . / Cide Hamete): Bien sea venido, digo, el valeroso don Quijote de la Mancha, no el falso, no el ficticio, no el apócrifo que en las falsas historias estos días nos han mostrado, sino el verdadero, el legal y el fiel que nos describió Cide Hamete Benengeli,
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flor de los historiadores (II,
61).14 Cervantes, a través del
Narrador-editor, pone en boca de Cide Hamete Benengeli sus propios pensamientos
a propósito del falso Quijote, y cierra la narración
del suyo en la forma que conocemos.
Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:
Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor modo que pudieres:
¡Tate, tate, folloncicos! De ninguno sea tocada; porque esta empresa, buen rey, para mí estaba guardada. Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio (II, 74).
II.2.4. El intertexto literario. Riley, al tratar de explicar
la complejidad del sistema narrativo del Quijote desde el punto de
vista de la teoría literaria conocida por Cervantes, describe el recurso
de los autores ficticios. Advierte que con Cide Hamete Benengeli Cervantes
no se limita a parodiar un gastado artificio de la literatura caballeresca,
como en efecto sí ocurre con el sabio Alisolán, que aparece
en el Quijote de Avellaneda, sino que el efecto que consigue
es aumentar la ya notable profundidad del libro, al hacer del moro
un personaje deliberadamente absurdo, que, como autor ficticio,
consigue, en relación a los presentes en la literatura caballeresca,
una dimensión inesperada (p. 319) y unas posibilidades
extraordinariamente enriquecedoras desde el punto de vista pragmático
y polifónico de la novela.15
14
Esta es la segunda parte de don Quijote de la Mancha, no compuesta
por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él
dice ser natural de Tordesillas. Quítadmele de ahí,
respondió el otro diablo, y metedle en los abismos del infierno:
no le vean más mis ojos. ¿Tan malo es?, respondió
el otro. Tan malo, replicó el primero, que si de
propósito yo mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara (II,
70).
15 También
se puede relacionar a Cide Hamete con los numerosos intermediarios, simples
narradores de cuentos, que abundan en las novelas de Cervantes, y a los que
él recurre a menudo.
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Es, pues, indudable que la construcción del personaje Cide Hamete, al margen de las condiciones esenciales que adquiere en el Quijote cervantino, se inscribe en una tradición e intertexto literario propios de la literatura de caballerías; como advierte el mismo Riley (p. 318), pese a que las ventajas que supone el relatar los acontecimientos a través de otra persona habían sido señaladas por los tratadistas,16 algunos de los cuales sí habían sido leídos por Cervantes, es sumamente improbable que el recurso al autor ficticio pueda ser en Cervantes resultado de sus lecturas sobre teoría literaria.
II.2.5. Las transducciones de Cide Hamete. Hemos insistido con
anterioridad en que la mayor parte de los estudios tradicionales sobre el
papel del narrador en el Quijote atribuyen con frecuencia a los autores
ficticios una función narrativa, e identifican finalmente a Cide Hamete
con el narrador del Quijote, lo que constituye una auténtica
transducción, es decir, una interpretación que transforma
esencialmente el sentido comunicado por el texto. Algunas de estas transducciones
han sido formuladas por autores de singular prestigio, y en muchos casos
han sido motivadas por la excesiva complejidad narrativa que manifiesta la
novela cervantina, con sus frecuentes y alternantes denominaciones nulas
en otros casos de los autores ficticios, creados por el Narrador
y los propios personajes de la
historia.17 Riley, a propósito de
los autores ficticios, afirmaba en 1962 que Cide Hamete es, con mucho,
el más importante de todos ellos, y añadía que
es narrador, intermediario y, por derecho propio y a
16
Castelvetro, en 1576, distinguía entre un narrador interesado (passionato)
o imparcial, como debe ser el historiador; López Pinciano, en 1596,
estimaba que un autor podía expresar mejor sus opiniones por boca
de un tercero que desde la primera persona gramatical. Para Piccolomini,
en 1575, la presencia de una tercera persona o autor ficticio intermediario
permite delegar en él la responsabilidad de la objetividad y verosimilitud
de la historia. Cervantes se sirve una y otra vez de los intermediarios
con un agudo conocimiento de las ventajas que reporta al autor esa objetividad,
esté o no conseguida obedeciendo conscientemente a un principio
literario (Riley, p. 318).
17 Así,
por ejemplo, el Narrador-editor del Quijote, quien califica a Cide
Hamete de autor primero, en el capítulo 40 de la Segunda
Parte, lo que puede provocar una inmediata confusión entre la identidad
de los autores de los capítulos 1-8 (autor primero
anónimo) y 9 y siguiente (Cide Hamete): Real y verdaderamente,
todos los que gustan de semejantes historias como ésta deben de mostrarse
agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la curiosidad que tuvo en
contarnos las semínimas della, sin dejar cosa, por menuda que fuese,
que no la sacase a luz distintamente . . . (II, 40).
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su manera, uno de los personajes, para concluir en que no debemos
ocuparnos de él como narrador (p.
320).18
Como han señalado diferentes
estudiosos,19 el Quijote es un libro
muy nutrido de contradicciones lógicas que, antes de hacer de él
una obra imperfecta, le confieren un estatuto de especial complejidad
estética. Desde este punto de vista, el comienzo del capítulo
44 de la Segunda Parte, calificado de galimatías por la
mayor parte de los editores (Clemencín comenta que es una
algarabía que no se entiende ) no pone ninguna claridad en el
problema de la pragmática del Quijote y sus procesos elocutivos:
Dicen que en el propio original desta historia se lee que llegando
Cide Hamete a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete
como él le había escrito, que fue un modo de queja que tuvo
el moro de sí mismo, por haber tomado entre manos una historia tan
seca y tan limitada, como esta de don Quijote, por parecerle que siempre
había de hablar dél y de Sancho, sin osar estenderse a otras
digresiones y episodios más graves y más entretenidos
(II, 44).
II.3. El traductor del Quijote
Otro de los personajes del Quijote que
forma parte del sistema retórico de autores ficticios es el morisco
aljamiado, al que el Narrador-editor de la novela encarga la
traducción de los manuscritos arábigos que contienen los
capítulos 9 y siguientes de la Primera Parte y los de la Segunda Parte
completa, redactados anteriormente por Cide Hamete.
Es cierto, como ha escrito Martín de
Riquer, que su intervención no constituye más que un
aspecto muy accidental del recurso paródico a los pseudoautores,
traductores e intérpretes de lenguas
clásicas.20 Sin embargo, su
presencia en el Quijote no es la de un mero personaje-fantasma, como
Cide Hamete, sino la de servir de intermediario, de traductor, entre al
manuscrito árabe y su
18 La
ambigüedad de estas palabras no nos revela hoy día la claridad
que proporciona la moderna narratología sobre la naturaleza
pragmática de la novela cervantina; es un hecho que el problema de
los narradores del Quijote constituye uno de los aspectos más
exigentes de la interpretación novelesca, lo que explica acaso que
con demasiada frecuencia se hayan propuesto lecturas que el propio texto
rechaza: Además de estos dos autores ficticios [Cide Hamete
y el morisco aljamiado] cuya personalidad es más o menos conocida,
se cita un primer, un segundo y hasta un tercer autor, aunque sólo
los dos primeros aparecen citados en el texto de Cervantes (Paz
Gago, p. 44; cursiva nuestra).
19 Véase
Martínez Bonati, La unidad del Quijote, ya
citado.
20 Cervantes
y la caballeresca, en E.C. Riley y J. B. Avalle-Arce, eds., Suma
cervantina (London: Tamesis, 1973), pp. 273-92, en la p. 280.
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redacción española, tal como la conoce el lector. Desde el
punto de vista de la expansión polifónica y la
estratificación discursiva en que se desglosa el autor
textualizado del Quijote, el traductor morisco se sitúa
en un nivel discursivo que envuelve al establecido por Cide Hamete, sobre
cuya redacción y manuscritos actúa formal y empíricamente
en los términos que declara el Narrador-editor.
El traductor morisco, del que desconocemos
su nombre, y sobre el cual el texto apenas proporciona notas intensivas que
esclarezcan su identidad, no se limita meramente a traducir el manuscrito
de Hamete, sino que incorpora esporádicamente anotaciones y juicios
que el Narrador menciona y cita cuidadosamente, de todo lo cual se
desprende que lo escrito por un autor resulta discutido o enmendado por el
que ha proseguido su labor.
Llegando a escribir el traductor de esta historia este quinto capítulo, dice que le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía prometer a su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no tiene por posible que él las supiese; pero que no quiso dejar de traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio debía, y así, prosiguió diciendo . . . (II, 5).
Múltiples autores, múltiples versiones, múltiples anotaciones, parecen disgregar la concepción unitaria del autor, así como postular la imposibilidad de identificar en los objetos de la realidad la unidad del mundo exterior, que resulta cada vez más complejo, mejor dinamizado y menos solidario.21 La siguiente intervención del Narrador permite distinguir con precisión las diferentes manifestaciones discretas del autor textualizado (mejor que implícito ) en el discurso del Quijote (Narrador-editor > traductor morisco > Cide Hamete), así como revela que el morisco aljamiado no se limitó a traducir, sino a suprimir incluso, algunos de los fragmentos del manuscrito arábigo que estimaba prolijos, aburridos o, como éste, menudencias: Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego, pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y rico; pero al traductor desta historia le pareció
21 Es
decir, menos sólido, menos sistemático. En los últimos
años, en España al menos, la palabra solidario
está siendo objeto de una peculiar transformación semántica,
motivada por el uso reiterado que de ella hacen determinados sociólogos
y periodistas, quienes la utilizan como sinónimo de
hermandad, generosidad, piedad o
misericordia, confundiendo de este modo lo que son relaciones
constelativas o autónomas, las de dos términos que se necesitan
mutuamente para existir (solidaridad), con las relaciones determinativas
o dependientes, las que se establecen entre dos objetos cuando sólo
uno de ellos necesita del otro y no a la inversa
(determinación).
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pasar estas y otras semejantes menudencias en silencio, porque no venían
bien con el propósito principal de la historia, la cual tiene su fuerza
en la verdad que en las frías digresiones (II, 18).
El Narrador-editor del Quijote se
desentiende incluso de algunas de las citas de Cide Hamete, atribuyéndolas
directamente al morisco aljamiado que traduce la historia. En efecto, en
el relato de Don Quijote sobre la aventura de la cueva de Montesinos, Cervantes
no responsabiliza a ninguna de las instancias narrativas en que se dispone
discrecionalmente el autor (implícito) textualizado, de modo que Don
Quijote es el único responsable de su discurso, como así lo
subraya el traductor:22 Dice el que
tradujo esa grande historia del original, de la que escribió su primer
autor Cide Hamete Benengeli, que llegando al capítulo de la aventura
de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas de mano
del mesmo Hamete estas mismas razones: No me puedo dar a entender,
ni me puedo persuadir, que al valeroso don Quijote le pasase puntualmente
todo lo que en el antecedente capítulo queda escrito (II, 24).
II.4. Los poetas y académicos de Argamasilla
El texto de Cide Hamete, traducido, transcrito y citado por el Narrador, no constituye el único testimonio ni la única contribución manuscrita al relato de Don Quijote aunque sí la más extensa y reiterada, pues, además de la redacción de los capítulos 1-8 de la Primera Parte, correspondiente al anónimo autor primero, los últimos párrafos del Quijote de 1605 advierten que en el interior de una caja de plomo,23 hallada en los cimientos de una antigua ermita, que
22 En
el siguiente fragmento se aprecian tres de las instancias ficcionalmente
narrativas: El Narrador-editor, que comunica el párrafo al narratario;
la palabra de Cide Hamete, que es citado por el Narrador; y la intervención
del morisco aljamiado, que amén de traducir, incorpora una digresión
acerca del modo empleado por Hamete al formular su juramento en pro de la
veracidad del discurso que transmite: Entra Cide Hamete, coronista
desta grande historia, con estas palabras en este capítulo: Juro
como católico cristiano . . . a lo que su traductor
dice que el jurar Cide Hamete como católico cristiano siendo él
moro, como sin duda lo era, no quiso decir otra cosa que así como
el católico cristiano cuando jura, jura, o debe jurar, verdad, y decirla
en lo que dijere, así la decía, como si jurara como cristiano
católico, en lo que quería escribir de don Quijote, especialmente
en decir quién era maese Pedro, y quién el mono adivino que
traía admirados todos aquellos pueblos con sus adivinanzas (II,
27).
23 En su
edición del Quijote de 1971 (Madrid: Magisterio Español,
1971), Américo Castro, desde una perspectiva exclusivamente
historiográfica, asocia la caja de plomo y los pergaminos con unos
documentos apócrifos descubiertos a fines del siglo XVI en el Sacro
Monte de Granada.
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un médico pone en manos del Narrador-editor, se encuentran los epitafios y poemas con que este último cierra la Primera Parte del libro. La autoría de estos versos finales corresponde a los Académicos de Argamasilla, una más de las ficciones cervantinas constructoras del Quijote, y que podría considerarse como una más de las manifestaciones discretas del autor (implícito) textualizado.
Pero el autor de esta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas; sólo la fama ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote la tercera vez que salió de su casa fue a Zaragoza . . . . Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna, ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo médico que tenía en su poder una caja de plomo, que, según él dijo, se había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se renovaba. En la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos castellanos, que contenían muchas de sus hazañas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y costumbres (I, 52).
El discurso que constituyen para la historia de Don Quijote los denominados Académicos de Argamasilla se sitúa horizontalmente en la misma estratificación discursiva que ocupan las intervenciones de Cide Hamete Benengeli y el traductor morisco, y representa, en coexistencia con ellas, una expansión polifónica nueva en el conjunto discursivo, y una manifestación discreta distinta en el sistema retórico de los autores ficticios; del mismo modo, los manuscritos de estos académicos se definen verticalmente por la relación de integración que adquieren en el discurso del Narrador, quien los introduce en su propio mensaje y los modaliza como cree conveniente.
II.5. El Narrador del Quijote
El estatuto que caracteriza al Narrador del Quijote es doble, ya que no sólo pertenece como personaje al sistema retórico de autores ficticios, a los que construye intencionalmente (Cide Hamete), y con los que está en relación directa (morisco aljamiado), al introducir en su propio discurso las aportaciones manuscritas que aquéllos le proporcionan, sino que es además el único de todos los autores ficticios que real y verdaderamente narra lo que acontece en el Quijote,
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como discurso que transcurre in fieri, y cuya escritura es
simultánea al acto mismo de enunciación que registra la voz
del Narrador.
Forma parte del Quijote, pero no interviene
en la historia que comunican los manuscritos que manda traducir, y cuya
redacción dispone bajo sus propias modalidades y competencias. Organiza
y compila debidamente las diferentes versiones y crónicas (autor primero,
Cide Hamete, indicaciones del traductor, poemas de los académicos
de Argamasilla . . .), y las edita como texto destinado
a un narratario, o lector
implícito24, que en el mundo
empírico es firmado (y elaborado) por Miguel de Cervantes, como autor
real del mismo, destinado como es natural al conjunto de lectores reales
en que nos situamos cada uno de nosotros.
Habitualmente, narra desde la tercera persona
y no forma parte de la historia que cuenta (narrador heterodiegético),
aunque a veces utilice la primera persona, especialmente para describir su
implicación en el proceso de búsqueda y edición de los
manuscritos (narrador autodiegético): Estando yo un día
en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios
y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer, aunque sean
los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación,
tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con
caracteres que conocí ser arábigos (II, 8); se sitúa
en el nivel más externo de las diferentes estratificaciones discursivas
que constituyen las diversas instancias locutivas del Quijote (narrador
extradiegético), ya que representa la instancia narrativa más
elevada del sistema de las diferentes estratificaciones discursivas que dispone
la novela: Cervantes > [Narrador-Editor > Autor
Primero (caps. 1-8) / Cide Hamete (9 y ss.) (traductor morisco) >
Personajes del Quijote que narran historias intercaladas >
Lectores implícitos de cada uno de los niveles narrativos anteriores]
> Lector Real; y dentro de la ficción discursiva es el
responsable último del discurso literario, de su universo referencial
y de su sistema actancial y ficcional, así como de cada una de las
metalepsis del texto, o incursiones del narrador en el texto principal o
diégesis (discurso metadiegético [Narrador] > discurso
diegético [Autor Primero y Cide Hamete > discurso
hipodiegético [Personajes actantes que narran historia intercaladas
en la trama del Quijote]).
No es sólo un recurso estilístico
y retórico, como Cide Hamete y el traductor morisco, sino que, como
todo narrador, es una creación
24 Wolfgang
Iser, The Implied Reader. Patterns of Communication in Prose Fiction from
Bunyan to Beckett (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1974).
La versión original alemana es de 1972.
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específicamente autorial, cervantina: en su constitución no
interviene ni uno solo de los restantes personajes del Quijote, a
los que él matiza, dispone, agrupa; carece de nombre propio y de
dimensión actancial, apenas presenta notas intensivas salvo las que
él mismo proporciona sobre sí, no presenta alteraciones
sustanciales en sus relaciones con los demás personajes a lo largo
del discurso, y se mantiene al margen de todo intertexto literario y contexto
social; es él, y no Cide Hamete, quien enuncia el título de
cada uno de los capítulos, porque con frecuencia Cide Hamete es citado
en ellos De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien
le leyere, si las lee con atención, (II, 28) y porque
el estilo del Narrador, irónico hacia Don Quijote y el cronista
arábigo, es el dominante en los títulos, mientras que el discurso
de Hamete es enfático, épico, heroico; es un personaje más
del Quijote, el único personaje que narra in fieri,
porque su rol actancial consiste en organizar el relato desde el interior,
hasta el punto de ser responsable de la edición del propio relato
que comunica, al declarar abiertamente todos sus compromisos e intereses
en el acto de narrar la historia del ingenioso hidalgo. Es, en suma, el sujeto
fundamental de la narración, cuyo discurso envuelve y dispone todo
lo existente en el Quijote.
Al Narrador-Editor del Quijote
corresponden en el texto de ficción las siguientes disposiciones:
Los tres últimos párrafos del Quijote de 1605 deben leerse detenidamente. Allí se habla con frecuencia del autor desta historia, y en ningún momento del cronista o historiador de la misma, lo que
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hace pensar que la voz del que habla entonces como sucede a lo largo de toda la narración es la del Narrador-editor del Quijote, y no la de Cide Hamete, siempre citado o entrecomillado. De ser cierta esta hipótesis, los fragmentos finales del Quijote proporcionan importantes notas intensivas acerca de la identidad del Narrador-editor del discurso de ficción: se trata ante todo de un investigador, de un buscador de notas y fragmentos en archivos, bibliotecas y ferias manchegas, sobre la historia de Don Quijote.
Pero el autor de esta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas; sólo la fama ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote la tercera vez que salió de su casa fue a Zaragoza . . . . Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna, ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo médico que tenía en su poder una caja de plomo, que, según él dijo, se había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se renovaba . . . .
Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí pone el fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. El cual autor no pide a los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquirir y buscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den el mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, que tan validos andan en el mundo (I, 52).
II.6. Los lectores del Quijote
El discurso del Quijote postula dos
tipos fundamentales de lector, según nos situemos en el plano de la
realidad o de la ficción. Como fenómeno cultural perteneciente
al mundo físico,25 el Quijote
constituye un objeto de conocimiento que exige la existencia de un autor
real, Miguel de Cervantes, y la presencia posible de un lector real, cualquiera
de nosotros, en simetría hermenéutica con el estatuto
poiético de aquél.
En toda obra narrativa de arte verbal es posible
postular, al lado del lector real, la existencia textualmente demostrable
del lector ficticio, que Booth mencionó por vez primera en 1961 bajo
la denominación de lector implícito, en simétrica referencia
a la noción de autor implícito, y que Iser y los estudiosos
de la escuela de
25 K.
R. Popper, Objective Knowledge (Oxford: Clarendon Press, 1972).
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Constanza han considerado en toda la amplitud ofrecida por la estética
de la recepción.
Desde nuestro punto de vista, las nociones
de autor y lector implícitos son conceptos abstractos, virtuales,
ficticios, que, postulados en todo discurso narrativo, ofrecen manifestaciones
diversas según los modos y formas en que se lleve a cabo su
textualización o sustantivación en el relato. Preferimos,
por esta razón, hablar de lector textualizado, mejor que de lector
implícito, ya que desde el momento en que se habla de lector
amable o curioso lector, etc. . . . , esta
categoría alocutiva se encuentra explícita o
textualizada en el discurso. En el Quijote, como sabemos, este
artificio estilístico y retórico es muy frecuente como proceso
apelativo, hasta tal punto que es posible registrar textualmente una
simétrica correspondencia, en el ámbito del receptor interno
del relato, con cada una de las manifestaciones discretas y expresiones
polifónicas del autor textualizado (o implícito,
según Booth).
Es indudable que la crónica de Cide
Hamete habría tenido sus lectores específicos, que según
el texto son al menos el Narrador del Quijote y el morisco
aljamiado; y lo mismo sucedería con la traducción de este
último y el texto definitivo que elabora el primero; también
los manuscritos en que se recogen los poemas de los Académicos de
Argamasilla han tenido sus propios lectores, antes de formar parte del
Quijote, uno de los cuales hubo de ser el médico que los
halló, antes de hacérselos llegar al Narrador-editor, etc.
. . . Por esta razón, al lado de la existencia
empírica del lector real, consideramos coherente postular la existencia
virtual o ficticia de un lector (implícito) textualizado en el
Quijote de forma discreta y sincrética: discreta o discontinua
como a) Lector del texto del autor primero, b) Lector de la crónica
de Cide Hamete,26 c) Lector de la
traducción del morisco aljamiado, d) Lector de los poemas de los
Académicos de Argamasilla, y e) como
Narratario,27 o lector del texto redactado
por el Narrador-editor del relato; y de forma
26 Cide
Hamete, citado por el Narrador-editor dice a propósito del relato
de Don Quijote en el interior de la cueva de Montesinos: Tú,
lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni
puedo más; puesto que se tiene por cierto que al tiempo de su fin
y muerte dicen que se retrató della que él la había
inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con las aventuras
que había leído en sus historias (II, 24).
27 Y eran
(si no lo has, ¡oh lector!, por pesadumbre y enojo) seis mazos de
batán . . . (I, 20);
. . . donde les sucedió todo lo que el prudente
[lector] ha leído (II, 15), etc. . .
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sincrética, como conjunto de instancias que se resuelven virtualmente en la existencia lógica del Narratario, o lector implícito textualizado, propiamente dicho, del que las demás instancias no son sino expansiones discretas y locutivas en diferentes e integradoras estratificaciones discursivas.28
III. DISCRECIONALIDAD Y EXPANSIÓN POLIFÓNICA EN LA
ENUNCIACIÓN DEL QUIJOTE
Es indudable que el pensamiento humano se
manifiesta de forma discontinua, y que sus posibilidades de conocimiento,
comprensión y comunicación actúan de forma igualmente
discreta. Ningún ser humano dice en un solo discurso todo lo que sabe
y pretende, del mismo modo que ninguna obra literaria u objeto artístico
se agota en una sola lectura, aunque formalmente se objetive en una sola
emisión, pues las formas adquieren siempre cierta estabilidad frente
a la multiplicidad e indeterminación de los sentidos que comunican.
Todos los autores ficticios del Quijote
son personajes, pero no narradores; y casi todos los personajes del relato
son narradores de historias intercaladas, pero no envolventes (Cardenio,
Luscinda, el cautivo . . .), aunque con frecuencia sí
autobiográficas. Sin embargo, Cide Hamete, el personaje más
pasivo y si cabe más ficticio de todo el Quijote,
representa la disgregación de la perspectiva autorial única
o monológica, al constituir, sólo formal o virtualmente, una
de las manifestaciones discretas y polifónicas más dilatadas
del autor textualizado en la novela.
La historia de Don Quijote se presenta como
producto de varios autores (Hamete, el morisco
aljamiado, . . .) y de uno sólo (Cervantes)
[identidad y diferencia] cuyas versiones no convergen, lo que constituye
en el relato un signo de discrecionalidad y disgregación, de diferencia
en la identidad. La certidumbre de un texto unitario, pretendida por el
Narrador-editor, es una mera ilusión.
28 El
exordio de la Segunda Parte del Quijote lleva por título
Prólogo al lector, y puede afirmarse que está escrito
por el autor real (Miguel de Cervantes) para el lector real, a diferencia
del prólogo de la Primera Parte, que por su disposición ficticia
es atribuible al Narrador-editor. El lector real al que aquí se alude
(lector ilustre o quier plebeyo . . . ) es una
de las manifestaciones discretas del Lector Implícito del
Quijote, quien se despliega verticalmente a través de diferentes
estratificaciones discursivas, y horizontalmente en los diferentes personajes
y actantes que se convierten en sujetos oyentes de las historias intercaladas
en el Quijote, de tal forma que el conjunto de tales instancias constituye
de forma sincrética y discreta la figura del lector
implícito textualizado.
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Como ha señalado El Saffar, el cronista de la historia es un moro,
el traductor un morisco, los papeles aparecen rasgados y
marginados . . . , las primeras palabras, destinadas
a Dulcinea, la describen de forma zafia y grotesca; la circunstancia
genética del manuscrito es social, racial y lingüísticamente
de lo más heterogénea, y su unidad se discute desde todos los
puntos de vista.29
A medida que transcurre la narración
se intensifica la marginalidad del supuesto autor, en especial desde el
capítulo 9 de la Primera Parte. Hay un desplazamiento del centro
(autorial) hacia sus márgenes que adquiere una formulación
discreta, y que se consigue mediante una
transducción30 del autor real, operada
y dirigida por él mismo a lo largo de su propio discurso.
El personaje literario se revela en su existencia
ficcional y se comprende en su estatuto ontológico a través
de una presentación calidoscópica disociada en varias facetas,
que se manifiestan de forma discontinua o discreta a lo largo del discurso
narrativo. La formulación tautológica del principio de identidad
(A = A) permite el desglosamiento de una de sus entidades en sucesivas e
ilimitadas unidades discretas (A = a1, a2,
a3, . . . an), que encuentran su correspondencia
en cada una de las manifestaciones textuales del personaje, cuya suma equivale
a su constitución ontológica global, definitiva, asequible
así al conocimiento del lector, y sólo comprensible a través
de declaraciones discursivas y funcionales proporcionadas por el texto.
Principio de identidad A = A
Principio de discrecionalidad A = a1, a2, a3, . . . an
Desde nuestro punto de vista, la narración del Quijote se construye sobre la disposición textual, expansionalmente discreta y
29
Voces marginales y la visión del ser cervantino,
Anthropos, 98-99 (1989), 59-63.
30 En relación
al autor de obras literarias, H. G. Gadamer ([Wahrheit und Methode],
Verdad y método [Salamanca: Sigueme, 1984] : 155-56) ha escrito
a este respecto que el que se disfraza no quiere que se le reconozca
sino que pretende parecer otro o pasar por otro. A los ojos de los demás
quisiera no seguir siendo él mismo, sino que se lo tome por algún
otro, pero sólo en el sentido en el que uno juega a algo en su vida
práctica, esto es, en el sentido de aparentar algo, colocarse en una
posición distinta y suscitar una determinada apariencia. Aparentemente
el que juega de este modo está negando su continuidad consigo y para
sí, y que sólo se la está sustrayendo a aquéllos
ante los que está representando . . . .
Lo único que puede preguntarse es a qué hace referencia lo
que está ocurriendo. Los actores (o poetas) ya no son, sino que sólo
es lo que ellos representan.
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polifónica, del autor implícito textualizado, en entidades de ficción que se sustantivan formal y ontológicamente en personajes concretos, los cuales, con nombre propio o no, y dotados en mayor o menor grado de predicados semánticos y notas intensivas, son los que constituyen el sistema retórico de autores ficticios (autor primero, Cide Hamete, traductor morisco, poetas de Argamasilla y Narrador-editor), cuya fragmentación debe entenderse como reflejo icónico de la dificultad que encuentra el hombre barroco en conferir unidad a los objetos de la experiencia, que sitúa todavía en el mundo exterior. Se admite que el personaje se multiplica y se complica en el discurso literario como una imagen en una galería de espejos, pues el concepto de persona como unidad compacta y racional por relación a la cual se construye el ente de ficción ha sido discutida con frecuencia, y presenta diferencias según las épocas y períodos.
(A) Miguel de Cervantes = Autor real del Quijote (A)
Autor textualizado del Quijote (A) = Autor primero + Cide Hamete + Traductor morisco + Académicos de Argamasilla + Narrador-editor = a1 + a2 + a3 + a4 + a5
Martínez Bonati pone en relación la presencia en el discurso de múltiples narradores, así como la inconsistente coherencia de su disposición,31 con la tendencia general de toda la obra a discutir una y otra vez la unidad que ella misma propone desde otros puntos de vista, y advierte que todo esto tiende a romper el marco formal de la obra, que naturalmente es soporte de unidad . . . . El narrador determina, dentro del marco de la obra, un gesto de trascendencia, hacia lo real del presente histórico (p. 359).32
31 No
estoy hablando de errores, cuando hablo de las fuerzas desintegradoras en
el Quijote, sino de un diseño, de una intención creadora
que incluye impulsos de disolución como parte de la orma
artística . . . . ¿Cómo conciliar,
por otra parte, el original arábigo con los juegos estilísticos
en el habla de los personajes, los arcaísmos de Don Quijote, la ineptitud
del vizcaíno en el castellano, las inflexiones pastoriles del
epíteto en ciertos pasajes, etc.? Es obvio que el juego cervantino
de las escrituras es ligero e inconsistente (La unidad del
Quijote, pp. 354 y 358).
32 Este autor
habla con frecuencia de desintegración y
fragmentación para referirse a la experiencia del proceso
de lectura (p. 362) lo mismo sucede en el proceso narrativo,
y cita las siguientes palabras del clásico ensayo de Leo Spitzer,
Perspectivismo lingüístico en el Quijote
(Lingüística e historia literaria [Madrid: Gredos, 1955],
pp. 135-87), que resulta interesante reproducir aquí: el
ángulo de visión desde el cual se presentan las cosas del mundo
en el Quijote, sería cambiante, inestable, huiría
constantemente de un punto de vista fijo . . . .
El diseño cervantino rehuye una consolidación monolítica
de la imagen (p. 354). Deben recordarse a este propósito las
célebres palabras de Ortega, [p. 141]
recogidas en El espectador (Madrid: Espasa-Calpe, 1966), en su
artículo Verdad y perspectiva. Allí escribe:
Donde está mi pupila no está otra, lo que de la realidad
ve mi pupila no lo ve otra . . . . La realidad
se ofrece pues en perspectivas individuales (I, 24; cursiva nuestra).
Más adelante, en esta misma obra, Ortega advierte que el
psicólogo impresionista niega lo que suele llamarse el carácter,
que suele ser el perfil escultórico de la persona y ve en esta
mutación perdurable, una sucesión de estados
difusos, una articulación siempre distinta de emociones,
de ideas, colores, esperanzas (VIII, 180; cursiva nuestra).
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Helmut Hatzfeld, en sus Estudios sobre el
barroco, ha hablado del fusionismo como de aquella tendencia a
unificar en un todo múltiples pormenores, y a asociar y mezclar en
una unidad orgánica elementos
contradictorios;33 del mismo modo, Alexandre
Cioranescu ha insistido en este aspecto al advertir que los objetos de la
literatura barroca (personajes, narradores, paisajes, acciones,
escenarios . . .) no se describen propiamente, sino que se
sugieren, de modo que sus contornos se atenúan y confunden, de forma
semejante a lo que sucede en la pintura con la técnica del
claroscuro.34 Las figuras humanas y sus acciones
se reflejan en la visión de los personajes, como si se tratara de
un espejo en que se reflejase la realidad. Parece indudable, pues, que la
disposición discreta y polifónica del sistema narrativo del
Quijote obedece a esta exigencia prototípicamente barroca,
de conferir solidez a conjuntos orgánicos claramente contradictorios
e inestables, pese a que la visión de unidad que trata de proyectar
el hombre sobre su realidad exterior resulta una y otra vez defraudada y
discutida. Habrá que aguardar a la llegada de la Ilustración
y del Romanticismo para que los presupuestos epistemológicos de estos
períodos justifiquen el estatuto unitario del objeto de conocimiento
en el pensamiento y la conciencia subjetivas del hombre, que ya no en el
mundo exterior.
| UNIVERSIDAD DE VIGO |
33
Estudios sobre el barroco (Madrid: Gredos, 1964).
34 El barroco
o el descubrimiento del drama (La Laguna: Universidad de La Laguna,
1957).
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://users.ipfw.edu/jehle/cervante/csa/artics95/maestro.htm | ||