From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America 13.1 (1993): 77-87.
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Los prólogos del Quijote: la consagración de un género


FRANCISCO J. MARTÍN

SI CERVANTES, entendemos hoy, es el ‘inventor’ de lo que hemos dado en llamar la ‘novela moderna’, es también uno de los escritores con los que el prólogo alcanza sus más altas cimas en la historia de nuestras letras. De manera que las centurias XVI y XVII fueron en efecto, no solamente lo que se conoce como el Siglo de Oro de la literatura española, sino también la edad dorada de nuestros mejores prefacistas: Lope de Vega, Quevedo, y, desde luego, Cervantes, uno de los máximos prologuistas de todos los tiempos. En este trabajo pretendemos demostrar que el autor del Quijote, en su afán de presentarnos el glorioso nacimiento de un género —“me doy a entender, y es así, que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana”—, modela, de paso, otro a su medida: es el surgimiento del prólogo novelístico como entidad literaria en su propio derecho.
     No fueron muchos, en realidad, los preceptistas españoles que en el siglo XVI prestaron atención al prólogo como tal entidad literaria, autóctona e independiente. De hecho, sólo podemos contar entre ellos a Carvallo y, sobre todo, al Pinciano. De todas las formas, sabemos que sus teorías al respecto se quedaron en eso, en teorías, ya que, por lo que tenemos entendido, ninguna se llevó a la práctica. Así que, cuando se trataba de escribir

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un prólogo, el escritor no disponía de otras directrices que las que le marcaba su intuición literaria. Porque, eso sí, todos intuían que el prólogo era algo aparte, tipográfica y estilísticamente distinto del libro que precedía, no obstante la correlación que mediaba entre ambos, y a pesar de la íntima relación de dependencia a que la mayor parte de las veces se supeditaban las páginas introductorias. Que aquellos escritores del siglo XVI barruntaban este fenómeno, es decir, que tenían conciencia de estar frente a una modalidad literaria diferente y con entidad propia, nos lo confirma el hecho de que a la hora de escribir un prólogo consultaban específicamente a otros prologuistas y, sin embarazo alguno, se documentaban en la extensa serie de fórmulas y recursos con que contaba la rica tradición, tanto greco-latina como moderna, de esta realidad literaria.
     El prólogo, no solamente había aparecido con la tragedia griega; había sido parte de ella. Su humilde valor originario puramente expositivo y aclarativo, pronto pasó a ser en etapas sucesivas declarativo, apologético, doctrinal, preceptivo, y decorativo, para convertirse en los tiempos modernos casi exclusivamente en propagandístico, exponiendo con el mismo derecho tanto el propósito de la obra como las cualidades y circunstancias del autor, y solicitando, siempre, por cualquier medio, la simpatía del lector: la “captatio benevolentiae” a que aludía Quintiliano. Sin embargo, hemos de recordar, el desarrollo vertiginoso de esta modalidad literaria no sólo se vio interrumpido en la Edad Media, sino que incluso llegó a quedar atrofiado, perdiendo en el proceso su agilidad imaginativa y su belleza. En el siglo XIII los prólogos —los pocos que se escribían— habían vuelto a ser simplemente presentativos: el diálogo con el lector era inexistente. Lo mismo sucedía en el XIV. En el XV se volvía a utilizar con carácter y función de dedicatoria, a la vez que se exponía el afán docente y moralizador del autor. Y para el siglo XVI había experimentado, con el advenimiento del Humanismo, un resurgimiento sin precedentes: se hacían prólogos a las más diversas clases de novelas (la picaresca, sobre todo), al drama, a la poesía; prólogos en prosa, en verso —Agustín de Rojas, y Céspedes y Meneses, a comienzos del siglo XVII tan sólo, se referirán al “uso inmemorial” del prólogo como una “costumbre vieja” ya, una “costumbre recebida”, respectivamente (Porqueras Mayo, 95)—; de manera que a comienzos mismos de aquel siglo había llegado a imponerse como un convencionalismo obligado para el escritor. Esta práctica literaria se había convertido


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en una condición indispensable a la hora de sacar a la luz un libro. Y era una carga tan agobiante como ineludible: “Porque te sé decir que, aunque me costó algún trabajo componerla [la historia del Quijote], ninguno tuve por mayor que hacer esta prefación que vas leyendo” (Cervantes 1987, I, 51). Cervantes, vemos, comprende resignadamente que tiene que hacerlo, ha de redactar un prólogo digno y apropiado, en conformidad y consonancia con la obra que va a introducir. El problema surge para el gran novelista cuando, consciente del cariz original y novedoso de la historia de El Ingenioso hidalgo . . . , comprende que su prólogo habrá de reflejar de alguna manera el mismo carácter innovador que informa a aquélla.
     A través de sus páginas introductorias, Cervantes habrá de presentar algo nuevo, una historia sin igual, no solamente nunca oída hasta entonces, sino nunca escrita, concebida de aquella forma: nunca había aparecido en el campo de la narrativa un personaje que no representara un símbolo, o tuviera un papel determinado que seguir, o fuera la encarnación de algún concepto o ideal. Por el contrario, éste, el personaje de esta historia, era un personaje ‘apersonado’, con calidad de persona, de carne y hueso, ‘mondo y desnudo’ de toda ‘personajización’. Y esto es lo que habrá de reflejar su prólogo, intuye sabia y acertadamente su genio novelístico. Si en el Quijote, efectivamente, se nos hace sentir por primera vez —en esto consiste la esencia de la novela moderna— “la inevitable presencia (son palabras de Don Américo Castro) de la intimidad del personaje en cuanto habla o hace, dicho o hecho precisamente por él” (Castro 1956, 206); el prólogo que lo acompañe, como forma y medio al servicio —en principio— de la obra que introduce, habrá de estar configurado bajo el mismo patrón. Así es como, si Miguel de Cervantes Saavedra es el ‘padre’ de la novela moderna, lo es también del ‘prólogo novelístico’.
     Sin otra brújula que su imaginación creadora y su fina intuición literaria, Cervantes producirá la primera novela moderna, vertiendo en ella toda la gama de ingredientes que la narrativa de entonces ponía a su disposición: en el Quijote encontramos “‘erótica’ pastoril” (como Américo Castro prefiere denominarla), narración picaresca, morisca, caballeresca, bizantina, etc. Pues bien, a la hora de componer sus correspondientes prólogos, éste mismo será el procedimiento que utilice. Dispuesto a integrar, una vez más, y poner en juego todos los recursos que la larga tradición de esta entidad literaria le presenta, Cervantes


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confecciona un prólogo en el que se dan cita la faceta expositiva y la aclarativa, la dialogística y la decorativa, la preceptiva y la propagandística; la “captatio benevolentiae” y la ‘afectada modestia’, etc. Incluso el viejo personaje latino “Prologus”, podemos aventurar, se encuentra presente en la figura del “amigo” que visita el meditabundo y cabizbajo escritor del Prólogo I (como nos referiremos al correspondiente a la Primera Parte del Quijote).
     Cervantes, sin embargo, bien atormentado por la sombra de su eterno rival, Lope de Vega, con el que obsesivamente —“me han sonado tan bien, que me parecen de Lope, como lo son todas las cosas que son o parecen buenas” (Cervantes 1982, 137)— se mide a cada palabra, a cada concepto que deja estampado en el papel; bien iluminado por su genio creador, bien como consecuencia de ambos; en vez de ofrecernos en el prólogo, para presentar la obra, un boceto o unos personajes y situaciones directamente extraídos de la obra, o directamente relacionados con ella, irá un poco más lejos. En otro alarde de su genio novelístico, exhibirá un avance, nos adelantara una muestra, no tanto del argumento, del asunto que arma la obra, como del sentido que la informa, el estilo que la conforma, y la técnica sobre la que se erige. James Parr, refiriéndose al Prólogo I en concreto, apuntaba ya certeramente este fenómeno: “The 1605 prologue is a subordinate text that serves as a transition . . . , while at the same time mirroring both the structure and the ironic texture of the story of Don Quijote” (Parr, 23). Los prólogos del Quijote, lejos de constituir simplemente un par de advertencias o notas propagandísticas; en otras palabras, lejos de ser dos prólogos convencionales, se revelan, cada uno en su propósito, como dos auténticas mini-novelas introductorias, un ‘mini-género’ a su vez, en el que el autor se vale, como sucede en la obra principal, de los más diversos elementos que la tradición prologuística de todos los tiempos pone al alcance de su pluma, para consolidar esta entidad literaria y consagrarla como tal en su propio derecho.
     El Prólogo I, al igual que El casamiento engañoso — El coloquio de los perros, relata la historia de un escritor que, otro Alférez Campuzano, no pretende otra cosa que ver su creación literaria sometida a un juicio respetable, y aceptada —“. . . y la [vida] del compañero Cipión pienso escribir (que fue la que se contó la noche segunda) cuando viere, o que ésta [la de Berganza] se crea, o, a lo menos, no se desprecie” (Cervantes 1985, II, 294-295)— por un “lector” que aquí hace las veces del Licenciado Peralta


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(otro ‘lector’, en el sentido estricto de la palabra), a quien se presenta aquella historia de los perros:

     — . . . ¿no se holgará vuesa merced, señor Peralta, de ver escritas en un coloquio las cosas que estos perros, o sean quien fueren, hablaron?
     — . . . de muy buena gana oiré ese coloquio, que por ser escrito y notado del buen ingenio del señor Alférez, ya le juzgo por bueno (Cervantes 1985, II, 294).

     En este Prólogo I se sigue la misma pauta. El escritor primero inviste a su “lector carísimo” con la respetabilidad y la dignidad de otro Licenciado Peralta: “ . . . tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío . . . , y estás en tu casa, donde eres señor della, y sabes . . . “ (Cervantes 1987, I, 51). A continuación, tras entregarle la susodicha historia —“Sólo quisiera dártela . . .” (Cervantes 1987, I, 51)—, le pide emita su juicio sobre ella —“y así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere” (Cervantes 1987, I, 51)—, como, persiguiendo el mismo objetivo, hace el Alférez:

. . . Y el Licenciado dijo:
     — . . . paréceme que está tan bien compuesto [este coloquio] que puede el señor Alférez pasar adelante con el segundo.
     —Con ese parecer —respondió el Alférez— me animaré y disporné a escribirle . . . (Cervantes 1985, II, 359).

     Además, hay que recordar, siguiendo con esta que nos parece una analogía acertada (entre El casamiento - El coloquio y el Prólogo I), que la historia que Campuzano entrega a Peralta es, precisamente más que ninguna otra, una “novela”, como así la llama y porque así la denomina el autor: “. . . abrió el Licenciado el cartapacio, y en el principio vio que estaba puesto este título: Novela y Coloquio que pasó entre Cipión y Berganza, . . .” (Cervantes 1985, II, 295-299). De esta forma también, el autor de este “Prólogo”, una vez conseguida la atención de su lector, le encomienda esta su “novela y coloquio” que ‘pasa’ entre él mismo y un “amigo” suyo. Así pues, tras las reflexiones preliminares de un escritor preocupado por la acogida de que será objeto su original creación literaria por parte de un lector al que intenta ganarse, como dicta la tradición, por todos los medios —la “captatio benevolentiae” (tratamiento confidencial de ‘tú’, su imagen de víctima en la cárcel, la figura familiar del padre resignado,


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las concesiones y encomios más descaradamente aduladores del lector mismo), la ‘afectada modestia’ (“¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío . . . ?” [Cervantes 1987, I, 50]), etc.—; se presenta la estampa de un ‘pensieroso’, suspendido en el tiempo, en medio de cuyo ensimismamiento viene a visitarle su ‘alter ego’ en la figura de un “amigo”. En el curso de un pequeño ‘coloquio’, este “amigo —nótese que carece de nombre (identidad) propio— resolverá la situación problemática en que se encuentra nuestro escritor.
     Cabe señalar, además, que, al igual que el Alférez Campuzano —que estaba también “pensando en [sus] pasados sucesos y presentes desgracias” (Cervantes 1985, II, 293), y que en fin de cuentas no estaba seguro de si todo había sido un sueño o no (“Pero puesto caso que me haya engañado, y que mi verdad sea sueño, . . .” [Cervantes 1985, II, 294])—, el escritor de este prólogo se halla en las mismas circunstancias (en un momento dado se refiere a “el caos de mi confusión” [Cervantes 1987, I, 54]). Observemos a este respecto que, a pesar de que este escritor manifiesta al lector —su interlocutor— el deseo que tiene de presentarle aquella historia sin, entre otras cosas, “los acostumbrados sonetos, epigramas, y elogios que al principio de los libros suelen ponerse” (Cervantes 1987, I, 51), antes de que llegue, antes, en efecto, de que jamás se mencione la visita de su “amigo”; este misterioso “amigo” no duda en aconsejarle a nuestro autor, punto por punto y en el mismo orden, respecto a una, la primera de sus angustiosas disyuntivas, presentada al “lector” cuando él (el “amigo”) no había comparecido aún: “Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas o elogios que os faltan para el principio . . .” (Cervantes 1987, I, 54). ¿Cómo sabía este “amigo” que nuestro escritor había ‘reparado’, “lo primero”, en poner o no al principio aquellos sonetos, epigramas y elogios que ahora mencionaba? ¿Era el “amigo”, conjeturamos entonces, un ‘alter ego’ del escritor, como hemos propuesto, o un ‘alter ego’ del “lector”, interlocutor ya enterado por tanto de los problemas y preocupaciones que abrumaban a dicho escritor? Como quiera que sea, sabemos que, paralelamente, una vez más, a la “novela y coloquio” de los perros (“El acabar el Coloquio el Licenciado y despertar el Alférez fue todo a un tiempo” [Cervantes 1985, II, 359]), cuando el autor de nuestra historia sale de su ensimismamiento, tiene básicamente el prólogo escrito: “Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me decía —¡Y tanto! ¡Todo se realiza en su mente!—, y de tal manera se imprimieron


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en mí sus razones, que . . . las aprobé por buenas y de ellas mismas quise hacer este prólogo” (Cervantes 1987, I, 58). De esta manera, más que un prólogo convencional, como decíamos, lo que aquí deja realmente plasmado el autor es, al tiempo que como sucede en el Quijote se parodia un género —el del prólogo, en esta ocasión, a través del desdoblamiento del propio autor—, la génesis y proceso del acto creador de una obra literaria. Es en este sentido como el prólogo cervantino supone un avance de la obra que introduce (idea a la que Parr presta atención y someramente desarrolla en su artículo; p. 22). Al igual que sucede con el escritor pensativo del Prólogo I, la historia de El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha nos presenta el mundo en que se halla inmerso el protagonista; la cara vista desde la mente de don Quijote, y la observada por su ‘alter ego’ , Sancho. Es decir, Sancho Panza, hombre llano y práctico a la hora de encontrar soluciones, será a don Quijote, el ‘pensieroso’ por excelencia, lo que anticipadamente —he aquí el objetivo primordial tradicional de un prólogo— el “amigo” es al escritor pensativo del Prólogo I.
     El Prólogo II (como nos referiremos al correspondiente a la Segunda Parte del Quijote) es, creemos, a pesar de la opinión general de la crítica, la culminación de la capacidad novelizadora de Cervantes en este género. En un alarde más de su imaginación creadora, hará de un incidente real, de carácter molesta y fastidiosamente subjetivo, la materia prima de otra pequeña novela, que exhibe como prólogo a su Segunda Parte, al tiempo que elegantemente se desquita del ataque personal de que había sido objeto. Los recursos prologuísticos que en esta ocasión utiliza, son los mismos que en el Prólogo I: el tratamiento de ‘tú’, la ‘afectada modestia’ de nuevo —en el plano moral esta vez: “que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla” (Cervantes 1987, II, 33)—; la atmósfera de confianza con el lector, convertido ahora en auténtico confidente —casi podemos ver a Cervantes sentado majestuosamente a su escritorio, mientras el lector, a su flanco y en pie, se inclina levemente en actitud servil y le aconseja; el escritor comenta: “Pareceme que me dices que . . .” (Cervantes 1987, II, 34)—; etc. Pero esta vez nuestro autor será aún más original. Si Lope de Vega, por ejemplo, hacía escribir a un personaje el prólogo de su Pastores de Belén, Cervantes, después de haber transformado al “lector amigo” en un personaje adicional de la mini-novela que conforma este Prólogo II, lo convierte


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en un recadero a su servicio, un auténtico correveidile que, dotado de “buen donaire y gracia” —nos recuerda en este sentido al “gracioso y bien entendido” “amigo” del Prólogo I—, cuente a Avellaneda unos cuentos de locos y un par de cosas más. La relación de lo que este, al principio, “lector ilustre quier plebeyo” nótese la correspondencia de ironía entre estos apelativos y el ambiguo e inquietantemente multivalente “desocupado lector” con que comienza el Prólogo I— habrá de ‘contar’ al “autor del segundo Don Quijote”, compone la mayor parte de la mini-novela, “the substance of his prologue”, como acertadamente lo denomina Parr (p. 22). El final del Prólogo II es una ‘advertencia’ propagandística sobre la producción del autor, del mismo corte que la mención rápida y somera de los protagonistas, con que se remata el Prólogo I, aunque propiamente más en la línea del final del “Prólogo al lector” de las Novelas ejemplares (cuyo papel de puente y ligazón entre los dos del Quijote es materia de otro trabajo).
     Observamos, entonces, que la meta clásica y tradicional de un prólogo queda así difuminada (la mayor parte de estos dos prólogos la componen sendas historias o ‘fábulas’), a pesar de utilizarse en el proceso todos los recursos del género. Parece que Cervantes, incapaz de controlar el ímpetu de su ingenio, deja de lado el propósito primordial de las páginas prefatorias, y sucumbe una vez más a la adicción favorita de su imaginación creadora: novelizar. Otro Midas de la novela, el material que entra en contacto con su mente queda automáticamente novelizado. Y es precisamente en este sentido como estos prólogos del Quijote suponen un avance de lo que será la obra que introducen. Son dos auténticas mini-novelas, en las que efectivamente se nos adelanta la naturaleza y configuración de la gran novela que les sigue. En el caso del Prólogo II, en particular, se nos presenta no ya sólo un mundo (como lo era el del escritor, el lector y el “amigo” del Prólogo I) que emerge de la bruma de la profusa actividad creadora de la mente del autor; sino que además, siendo el protagonista un pobre demente al fin y al cabo, se introduce significativamente el tema de los locos y sus extraños tejemanejes. Es curioso observar, sin embargo, cómo, considerando los relatos intercalados, el Prólogo II se correspondería mejor con la Primera Parte del Quijote, donde, a la manera de los cuentos de los locos de Sevilla y Córdoba, aparecen otros relatos también independientes, como la historia de “El Curioso Impertinente”; y el Prólogo I, donde el caso del “amigo” está más en línea


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con la narración principal, con la Segunda Parte del Quijote, en que, a ‘grosso modo’, las digresiones han desaparecido.
     Baste señalar, pues, para recapitular, que Cervantes, en el proceso de introducir adecuadamente su máxima aportación a la novelística universal, su original historia de El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha; no solamente consolida el medio que utiliza para este propósito, sino que, al conferirle un perfil novelístico que él intuye apropiado para esta ocasión, consagra el ‘prólogo novelístico’ como el género introductorio por excelencia en el Siglo de Oro de nuestras letras.


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OBRAS CONSULTADAS

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