From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
11.1 (1991): 119-23.
Copyright © 1991, The Cervantes Society of America
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ALFRED RODRIGUEZ Y MARIE M. SMELOFF |
n el capítulo 18
de la Primera Parte del Quijote, dialogando don Quijote con Sancho,
éste último bastante mohíno aún por el recién
ocurrido manteamiento, el protagonista, quizás con la intención
inmediata de levantar el ánimo de su escudero, sugiere que el signo
de su vida aventurera mejorará sensiblemente cuando tope con una espada
de características especiales,
mágicas:1
. . . de aquí adelante yo procuraré haber a las manos alguna espada hecha por tal maestría, que al que la trujere consigo no le pueden hacer ningún género de encantamientos; y aun podría ser que me deparase la ventura aquella de Amadís, cuando se llamaba el Caballero de la Ardiente Espada, que fue una de las mejores espadas que tuvo caballero en el mundo, porque, fuera que tenía la virtud dicha, cortaba como una navaja, y no había armadura, por fuerte y encantada que fuese, que se le parase delante.
1 Acerca
de la espada de don Quijote, la que el personaje lleva consigo a través
de la obra, y no ésta mágica, véanse los estudios de
Murillo y Campoamor.
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El hecho es que este tipo de adelanto de acción, con algo
de trailer cinematográfico, no es un caso aislado. Viene
a ser, en efecto, el tercero de una serie que ocupa al lector durante los
primeros capítulos de la segunda salida quijotesca
(10-21).2 Ello consiste en la evocación
adelantada de la consecución, por parte de don Quijote, de un
elemento/artefacto/instrumento de especiales virtudes y vinculado, por
definición, a un personaje procedente de sus lecturas caballerescas.
El lector, para cuando el protagonista dice lo citado más arriba,
recordará el bálsamo de Fierabrás y el yelmo de Mambrino
(Riquer, pag. 99, nota 8, y pag. 100, nota 14).
En el capítulo 10, tras el encuentro
con el vizcaíno y en espacio de pocas líneas, don Quijote se
compromete a componer el indicado bálsamo y a no descansar hasta conseguir
de algún caballero una nueva celada, recordando concretamente el yelmo
de Mambrino. En el capítulo 17, en la venta, maltrecho tras el
encontronazo con el arriero, cliente de Maritornes, el protagonista compone,
de hecho, el bálsamo, cuyas grandes virtudes, adelantadas
en el capítulo 10, nos proveen de uno de los momentos más
cómicos de la Primera Parte. En el capítulo siguiente, como
se ha indicado, don Quijote vuelve, por tercera vez, a indicar su búsqueda
de un especial instrumento caballeresco, una espada, con suerte la propia
de Amadís de Grecia (Riquer, 161, nota
5).3 En el capítulo 21,
tras el descorazonante episodio de los batanes, don Quijote topa, efectivamente,
con el yelmo de Mambrino, del cual procede a posesionarse.
Pues bien, en lo que resta de la Primera Parte
nunca cristaliza en acción concreta el hallazgo de la espada especial,
no menos anunciada que el bálsamo y el yelmo. En cierta medida, el
lector, tras concretarse en acciones determinadas la consecución de
éstos la del último, del yelmo, muy pocos capítulos
después de anunciarse el nuevo proyecto anticipa una acción
para la cual, y valga el término, ha sido condicionado. Es más,
su anticipación respecto a este último proyecto anunciado,
tan estudiadamente paralelo a los anteriores, podría hasta considerarse
2 La
noción de serie se sustenta, lógicamente, en la definición
que sigue de sus elementos comunes, pero ha de tenerse en cuenta, junto a
ello, esta proyección compacta, en once capítulos, de sus elementos
conformantes. Para la percepción de esta serie de anticipos y acciones
como conjunto aislable, vease Murillo, 673.
3 Para la
confusión quijotesca (¿cervantina?) respecto a esta espada,
véase Murillo, 674.
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intensificada, adrede, por tratarse del elemento caballeresco de máximo
relieve.4
Ahora bien, siempre puede contestarse a la
pregunta que fija los parámetros de nuestra indagación con
conjeturar que a Cervantes se le olvidó, sencillamente, lo que había
anticipado al lector respecto a la espada. Resulta imposible, desde luego,
rebatir del todo semejante respuesta, porque lo conjetural sólo requiere,
para subsistir, la condición interrogativa; pero sí cabe recordar
que a Cervantes no le faltó memoria para concretar en acción
lo del bálsamo a los siete capítulos de haberlo anunciado y
de hacerlo, respecto al yelmo de Mambrino, justo a los once. En este caso,
además, arguyen contra el siempre-a-mano lapsus cervantino,
los indicios ya señalados de una estudiada elaboración: a)
que se trate de tres cosas fuertemente relacionadas entre sí,
tanto por su carácter caballeresco como por su vinculación
nominal; y b) que devengan en apropiadas acciones, y en el orden apropiado
a su mención en el texto, los primeros dos estudiados anticipos.
Si convencen los indicios de una estudiada
elaboración cervantina, elaboración que no puede menos que
conducir al lector a esperar un no muy lejano encuentro quijotesco con su
añorada espada, y si éstos consiguen debilitar lo suficiente
la noción de un Cervantes meramente olvidadizo, entonces se precisa
indagar, ya seriamente, la que pudiera haber sido la intención del
novelista. Al concluir que Cervantes deja adrede incompleto un pequeño
ciclo de acciones que ha montado como tal dentro de los primeros
capítulos de la segunda salida de su héroe, no cabe pensar
sino que ello va dirigido a desengañar al lector, usando este
término, por el momento, en su acepción, lata y vigente, de
lo que nos ocurre, en general, cuando se nos incumple lo anticipado, lo que
ya damos por hecho.5
4 Junto
con el caballo, y desde las raíces histórico-épicas
de lo caballeresco, la espada del héroe queda muy especialmente vinculada
a su persona. Véase Murillo, 667.
5 El profesor
Murillo, que percibe, como se ha indicado, el carácter de serie
homogénea que tienen los anticipos y las acciones que estudiamos,
ofrece otra explicación: ¿No es aparente que Cervantes
idea una estrategia más bien defensiva que agresiva para don Quijote?
Un bálsamo para aliviarse del dolor y curarse la herida, un yelmo
para protegerse la cabeza. Estos son los tópicos de la materia
poética sobre las armas de caballeros que acomoda don Quijote a su
situación. No existe la oportunidad de que haya otras. Ninguna aventura
de don Quijote está concebida a base de su espada, ni la de los leones;
en ninguna reclama su espada la importancia que [p.
122] van a tener en la venta y en el campo el bálsamo de
Fierabrás y el yelmo de Mambrino. De la rica tradición de las
armas de los héroes recuérdese el de las armas de
Aquiles sólo recuerda don Quijote estos tópicos y otros
detalles mínimos. En una ocasión sí recuerda la
tradición de la espada quitada al enemigo, pero lo que se trasluce
de su declaración es la insuficiencia de la espada que lleva, no la
posibilidad de que gane otra . . . A continuación
cita el gran cervantista lo citado más arriba del capítulo
18 de la Primera Parte. Lo que no hace es indicar el estrechísimo
vínculo textual que existe entre el anticipo de conseguir una espada
mágica y los anticipos y acciones referentes al bálsamo y el
yelmo; y lo que fuerza excesivamente en la interpretación, a nuestro
juicio, es ver tan sólo una declaración de la insuficiencia
de la espada que lleva, no la posibilidad de que gane otra en palabras
como . . . pero de aquí adelante yo procuraré
haber a las manos alguna espada hecha por tal maestría
. . ..
El profesor Dudley (363), sin percibir lo que
tienen de serie homogénea los tres anticipos de consecución
de una concreta materia caballeresca, opina que el hecho de conseguir el
héroe el yelmo en vez de la espada viene a simbolizar que en don Quijote
es su cabeza, y no su brazo, la fuente de su poder. El extraordinario valor
simbólico que el erudito cervantista otorga al yelmo no invalida,
a nuestro juicio, nuestra percepción de los tres anticipos que se
estudian en estas líneas. Para las fuentes y las interpretaciones
simbólicas del yelmo de Mambrino, véase el estudio del profesor
McGaha.
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En su artículo seminal, el profesor
Haley (160) nos aclara cómo Cervantes (con sólo ocultar, de
momento, la verdadera identidad de Maese Pedro), se queda con el lector,
aleccionándole, así, acerca de la ilusión que es todo
lo literario. Algo parecido lleva a cabo el genial novelista respecto a
éste mediante la jugada, tan adrede preparada, que acabamos de analizar.
A nivel estrictamente estético, la lección es casi insoslayable:
el creador, el que maneja los hilos (por seguir en algo el ejemplo de Maese
Pedro), nos engaña a voluntad, porque eso es, precisamente, la
creación literaria; y la verdad de ello, en la que no caemos porque
ésa, precisamente, es la capacidad hipnotizante de la palabra escrita,
de la literatura, nos lo revela aquél, cuando quiere, mediante el
desengaño.
El escritor barroco, filosóficamente
inclinado a la demostración de la deleznable inseguridad de la realidad
de este mundo, es, desde luego, el más predispuesto a este proceder.
Si las metáforas vida/sueño y vida/teatro son sus más
destacados medios literarios de asentar esa radical inseguridad, la propia
literatura, en cuanto engaño, pasa también a ser
una gran metáfora barroca mediante el desengaño;
es decir, cuando opta por reflejarse
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a sí misma en su artificioso proceso de creadora de engañosas
y manipuladas realidades, mostrando los hilachos de su envés,
por usar la imagen cervantina.
¿Dónde queda, pues, la espada
mágica de don Quijote? Pues queda ahí, en ese limbo de estudiado
desengaño con el que Cervantes le muestra barrocamente
al lector los desengañadores hilachos de su propio envés.
| THE UNIVERSITY OF NEW MEXICO |
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| OBRAS CONSULTADAS | ||
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Campoamor, J. M. La espada de don Quijote, Anales Cervantinos 35-36 (1987-88): 113-16.
Cervantes, M. de. Don Quijote de la Mancha. Edición de M. de Riquer. Barcelona: Editorial Juventud, S. A., 1971.
Dudley, E. Don Quijote as Magus: The Rhetoric of Interpolation, Bulletin of Hispanic Studies 49 (1972): 355-68.
Haley, G. The Narrator in Don Quijote: Maese Pedro's Puppet Show, Modern Language Notes 80 (1965): 145-65.
McGaha, M. D. Fuentes y sentido del episodio del yelmo de Mambrino en el Quijote de 1605, Cervantes, su obra y su mundo. Editado por M. Criado de Val. Madrid: EDI-6, S. A., 1981.
Murillo, L. A. La espada de don Quijote (Cervantes y la poesía heroica), Cervantes, su obra y su mundo. Editado por M. Criado de Val. Madrid: EDI-6, S. A., 1981.
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
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