From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America 11.1 (1991): 87-98.
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Para una lectura psicológica de los cuentecillos de locos del segundo Don Quijote1


MAURICIO MOLHO

Las lecturas psicológicas deberían proscribirse, pues implican al autor, que es cosa inconocible.
     Con todo, si hoy se hace caso omiso de la proscripción, es porque la lectura psicológica que aquí se esboza no es ninguna hipótesis capaz de explicar los textos en última instancia, sino solamente un bosquejo de las condiciones generales que en primera instancia permitirían fundamentar la angustia que las engendra.
     La angustia no es el texto, sino más bien el disparador que lo produce y que deberá sobrepasarse para acceder a la literatura. Sobre todo si se trata de una obra como el Don Quijote que con toda evidencia no es un libro liberador sino un tratado de la escritura mimética. Para que así sea, es preciso que en alguna parte se objetive un delirio, substituyéndosele un discurso indiferente a toda clase de contingencia personal.

     1 El presente ensayo no existiría sin el generoso asesoramiento de los Doctores Jean Oury y Danièle Roulot que me han iniciado al universo riguroso de la esquizofrenia. A ellos, pues, el agradecimiento de quien les debe la luz.

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     Freud solía decir que el hombre sano (el que escribe —sólo porque escribe— es sano) ha de ser lo bastante neurótico para soportar lo real, y lo bastante psicótico para querer transformarlo. Tal es sin duda el caso del que en 1615 firma el Prólogo al lector del Ingenioso Caballero, así como el primer capítulo de la obra inédita continuadora de un precedente proyecto que un malévolo anónimo ha procurado echar abajo.
     No se salva de la psicosis quien quiera. Precísase para ello una salud moral a prueba del fuego y capaz de abrir al loco que mora en cada uno de nosotros la perspectiva de su transcendente libertad.

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     Según el naturalista francés Quentin, las más fuertes especies son las que soportan sin daño las modificaciones que alteran los medios ambientes que les son asignados. La resistencia es el criterio de fuerza o robustez. A la inversa, el criterio de la fragilidad es precisamente la casi imposibilidad de soportar la alteración del medio ambiente.
     De todas las especies, la más frágil sin duda ninguna es el esquizofrénico.
     Si se ve constreñido a cambiar su área o territorio, el trauma puede ser tal que al instante precisa construir una identidad nueva en lugar de la que ha perdido y que se ajustaba tan estrechamente al territorio antecedentemente ocupado. Diríase que el esquizofrénico es incapaz de concebir un espacio independientemente de su persona, pues forma cuerpo y bloque con él.
     La causa de ello es que el problema del esquizofrénico es su casi imposibilidad de asociar representación de palabra y representación de cosa (Freud, Metapsicología). Forma cuerpo con las cosas que le circundan hasta el extremo que le confieren su identidad, es decir el personaje que por fuerza ha de ser en función de ella.
     Un enfermo E —me dice un psiquiatra— tiene que desplazarse hacia la cocina. No dirá: “Voy a la cocina”, sino: “Soy el cocinero”.
     Con eso, ocupa el espacio dominándolo, invirtiéndose en un personaje que es el dueño soberano de dicho espacio. De modo que no sólo E ha sentado su adecuación al lugar, sino que ha ganado en poder y grandeza.


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     Si tiene que cambiar de territorio para dirigirse, por ejemplo, hacia la enfermería, le será necesaria una adaptación que tal vez tomará la forma de una especie de entorpecimiento o letargo, del que emerge otro yo, para decir: “Yo soy el enfermero”. Aparecerá entonces como el personaje mayor de la enfermería, formando bloque con ella.
     Obsérvese que en todos los casos el esquizofrénico identifica al personaje en que se invierte, con una función que es la que asume correlativamente a su circunstancia: circunstancia, personaje y función son, por así decirlo, indisociables.

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     Mi propósito es leer a la luz de las consideraciones que preceden los tres cuentecillos de locos que abren el segundo Don Quijote.
      Los dos primeros se hallan en el Prólogo al lector (cuento del “loco hinchaperros” y del “loco aplastaperros”), y el tercero, que es a la vez el más desarrollado y el más sencillo, se lee en el primer capítulo del libro: es el cuento del loco del loquero de Sevilla que a punto de salir libre, proclama que no es sino Neptuno, dios de las aguas.
     Esos tres cuentos tienen en común de suscitar casos que, de una manera o de otra, se emparentan con la esquizofrenia.

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     Cuento III — La casa de locos de Sevilla (II, 1). Texto:

     —En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes habían puesto allí por falto de juicio. Era graduado en cánones por Osuna; pero aunque lo fuera por Salamanca, según opinión de muchos, no dejara de ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos años de recogimiento, se dio a entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta imaginación escribió al arzobispo suplicándole encarecidamente y con muy concertadas razones le mandase sacar de aquella miseria en que vivía, pues por la misericordia de Dios había ya cobrado el juicio perdido; pero que sus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le tenían allí, y a pesar de la verdad, querían que fuese loco hasta la muerte. El arzobispo, persuadido de muchos


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billetes concertados y discretos, mandó a un capellán suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo que aquel licenciado le escribía, y que asimesmo hablase con el loco, y que si le pareciese que tenía juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo así el capellán, y el retor le dijo que aquel hombre aún se estaba loco; que puesto que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al cabo disparaba con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a sus primeras discreciones, como se podía hacer la esperiencia hablándole. Quiso hacerla el capellán, y, poniéndole con el loco, habló con él una hora, y más, y en todo aquel tiempo jamás el loco dijo razón torcida ni disparatada: antes habló tan atentadamente, que el capellán fue forzado a creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijo fue que el retor le tenía ojeriza, por no perder los regalos que sus parientes le hacían porque dijese que aún estaba loco, y con lúcidos intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia tenía era su mucha hacienda, pues por gozar della sus enemigos, ponían dolo y dudaban de la merced que Nuestro Señor le había hecho en volverle de bestia en hombre. Finalmente, él habló de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos y desalmados a sus parientes, y a él tan discreto, que el capellán se determinó a llevársele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la mano la verdad de aquel negocio. Con esta buena fee, el buen capellán pidió al retor mandase dar los vestidos con que allí había entrado el licenciado; volvió a decir el retor que mirase lo que hacía, porque, sin duda alguna, el licenciado aún se estaba loco. No sirvieron de nada para con el capellán las prevenciones y advertimientos del retor para que dejase de llevarle; obedeció el retor viendo ser orden del arzobispo, pusieron al licenciado sus vestidos, que eran nuevos y decentes, y como él se vio vestido de cuerdo y desnudo de loco, suplicó al capellán que por caridad le diese licencia para ir a despedirse de sus compañeros los locos. El capellán dijo que él le quería acompañar y ver los locos que en la casa había. Subieron, en efeto, y con ellos algunos que se hallaron presentes; y llegado el licenciado a una jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, le dijo: “Hermano mío, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que ya Dios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yo merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca del poder de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianza


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en Él, que pues a mí me ha vuelto a mi primero estado, también la volverá a él, si en Él confía. Yo tendré cuidado de enviarle algunos regalos que coma, y cómalos en todo caso; que le hago saber que imagino, como quien ha pasado por ello, que todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos vacíos y los celebros llenos de aire. Esfuércese, esfuércese; que el descaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte.” Todas estas razones del licenciado escuchó otro loco que estaba en otra jaula, frontero de la del furioso, y levantándose de una estera vieja donde estaba echado y desnudo en cueros, preguntó a grandes voces quién era el que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondió: —“Yo soy, hermano, el que me voy; que ya no tengo necesidad de estar más aquí, por lo que doy infinitas gracias a los cielos, que tan grande merced me han hecho.” —“Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe el diablo”, replicó el loco; “sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa, y ahorraréis la vuelta”. —“Yo sé que estoy bueno”, replicó el licenciado, “y no habrá para qué tornar a andar estaciones.” —“Vos bueno”, dijo el loco. —“Agora bien, ello dirá; andad con Dios; pero yo os voto a Júpiter, cuya majestad yo represento en la tierra, que por solo este pecado que hoy comete Sevilla en sacaros desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un tal castigo en ella, que quede memoria dél por todos los siglos de los siglos, amén. ¿No sabes tú, licenciadillo menguado, que lo podré hacer, pues, como digo, soy Júpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo y suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero castigar a este ignorante pueblo; y es con no llover en él ni en todo su distrito y contorno por tres enteros años, que se han de contar desde el día y punto en que ha sido hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú sano, tú cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado . . .? Así pienso llover como pensar ahorcarme.” A las voces y a las razones del loco estuvieron los circunstantes atentos; pero nuestro licenciado, volviéndose a nuestro capellán y asiéndole de las manos, le dijo: —“No tenga vuestra merced pena, señor mío, ni haga caso de lo que este loco ha dicho; que si él es Júpiter y no quisiere llover, yo, que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las veces que se me antojare y fuere menester.” A lo que respondió el capellán: —“Con todo eso, señor Neptuno, no será bien enojar al señor Júpiter: vuestra merced se quede en su casa; que otro día, cuando haya más comodidad y


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más espacio, volveremos por vuestra merced.” Rióse el retor y los presentes, por cuya risa se medio corrió el capellán; desnudaron al licenciado, quedóse en casa, y acabóse el cuento.

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     El que narra el cuentecillo es el barbero. Están en casa de don Quijote, al que ha ido a visitar en compañía del cura. La finalidad del cuento es sentar que la locura es incurable y que ningún enfermo podrá librarse de ella. Ni qué decir tiene que el barbero no entra en ninguna consideración relativa al tratamiento de la enfermedad o a sus causas, a diferencia del protagonista, el licenciado de Osuna, que defiende la tesis que la locura procede de tener los locos “los estómagos vacíos y los celebros llenos de aire”. El loco promete a sus camaradas hacerles llegar regalos que coman y que les aconseja comer “en todo caso”, pues el ayuno debía formar parte del tratamiento ordinario de la locura. Por donde se sigue —asegura el loco— que “el descaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte”.
     ¿De qué descaecimiento y de qué infortunios se trata si no del “recogimiento” en los asilos y hospicios en los que la demencia no conoce más cura que la humillación y malos tratos? La reflexión crítica del licenciado loco bien podría ser una réplica al despiadado barbero.
     Según se desprende del cuento, el discurso del loco es tan sensato que el capellán mandado por el obispo para examinarlo, da orden contra el parecer del rector, de ponerle en libertad. No le queda más al loco que salir del loquero y volverse a su casa. Es precisamente lo que no hace: Movido del deseo de despedirse de sus camaradas, el loco demora el abandono de un territorio que ha sido suyo y que compartía con sus congéneres, a saber: un loco furioso, por ahora sosegado en su jaula, a quien el licenciado procura animar prometiéndole regalos alimenticios, y otro loco en otra jaula frontera de la del furioso. Este último, desnudo en su estera vieja, interviene entonces como hablando al foro, para preguntar quién es el que se va sano y cuerdo.
     O sea: un territorio de tres locos, de los que el uno —el licenciado (loco I)— habla a un loco sin habla —el furioso (loco II)— y cuya función se limita a ser espejo sonoro o receptor de otro loco auténticamente furioso (loco III), y que entra a hablar dirigiéndose


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al universo en un discurso en que el loco I no existe más que como comparsa en el espacio que constituye la casa de locos y sus aledaños, es decir Sevilla.
     Entre las criaturas que pueblan este espacio, el loco I se ve negar todo derecho a la salud, hasta el punto que el loco III, que se dice detentor de los poderes de Júpiter amenaza no con exterminar al loco I sino a la misma Sevilla, o sea el entorno del territorio jupiterino, por el pecado que constituye la liberación del licenciado, al cual se dirige hablándole primero de vos y después de . El crimen de lesamajestad será castigado por Júpiter por la sequía, que provocará gracias al fuego celeste del que es dueño y señor. A lo que el loco I contesta que no hay nada que temer, pues él es Neptuno, dios de las aguas, que lloverá todas las veces que fuere menester.
     Habráse reconocido un esquema análogo al que se ha descrito, en que el esquizofrénico forma cuerpo con su territorio, del que es dueño y soberano por la función que se atribuye.
     Aquí el territorio es un Olimpo identificable con la casa de locos y la misma Sevilla, territorio sobre el que los dos locos (I y III) pretenden ejercer su soberanía funcional por medio del fuego y de las aguas.
     La fuerza del cuento reside en el que media toda la distancia del mundo entre la miseria del loco que yace desnudo en su jaula y el universo que pretende regentar por su estatuto y función. Lo mismo pasaba con el enfermo que se decía ser cocinero en la cocina o enfermero en la enfermería.
     A lo que hay que añadir que aquí el espacio es doble, pues coexisten en un mismo espacio geográfico el espacio del loco I y el del loco III: dos espacios distintos aunque coincidentes.
     Para el loco III, el loco I no existe en su espacio sino como súbdito loco sin estatuto diferencial propio. Y asimismo el loco I no concede al loco III ninguna existencia propia si no es la de una impotente contingencia: ¿qué puede la sequía contra el dios de las aguas?
     La incomunicabilidad de esos dos territorios que no son sino uno sólo en la realidad cadastral, se marca por el hecho que los dos locos en cuestión no tienen más contacto que por mediación del loco II, que recibe el discurso del loco I al que responde como hablando al foro el loco III, pues la altercación alocutiva no es sino episodio o peripecia de un discurso dirigido al universo, —del que, con todo, el loco I no deja de ser causa ocasional.


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     La lentitud de la narración, la morosidad de los desarrollos internos, conduce a un desenlace fundado en la voluntad oculta o inconciente del loco I, que es el protagonista, de no desprenderse de un territorio con el que se identifica mediante su personaje y su función.
     La complejidad del cuento se debe al desdoblamiento del loco en dos personajes:

protagonista (loco I) vs antagonista (loco III)

—cosa que no perjudica en nada la sencillez del esquema psicológico, que no es el mismo para los dos locos.

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     Cuentos del Prólogo al lector (cuentos I y II).

     Los dos cuentos del Prólogo tienen en común el poner a los locos en contacto con perros que son los disparadores y víctimas de su locura.
     El primer cuento es el del loco hinchaperros, y el segundo el del loco aplastaperros.
     Luego diremos por qué son perros los que intervienen en los dos cuentos; y por lo que se refiere a la inserción de los dos cuentos en el Prólogo, el tema será tratado en su tiempo.
     Cuentos I y II. Texto:

I — Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el fin, y en cogiendo algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte, con el un pie cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota, y en teniéndolo desta suerte, le daba dos palmaditas en la barriga, y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que siempre eran muchos:
     —¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?— ¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?

II — Había en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer encima de la cabeza un pedazo de losa de mármol, o un canto no muy liviano, y en topando algún perro descuidado, se le ponía junto, y a plomo dejaba caer sobre él el peso.


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Amohinábase el perro, y, dando ladridos y aullidos, no paraba en tres calles. Sucedió, pues, que entre los perros que descargó la carga fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y sintiólo su amo, asió de una vara de medir, y salió al loco, y no le dejó hueso sano; y cada palo que le daba decía:
     —Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?
     Y repitiéndole el nombre de podenco muchas veces, envió al loco hecho una alheña. Escarmentó el loco y retiróse, y en más de un mes no salió a la plaza; al cabo del cual tiempo volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde estaba el perro, y mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a descargar a piedra, decía:
     —Este es podenco: ¡guarda! En efeto; todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, decía que eran podencos; y así, no soltó más el canto.

     A diferencia del cuento III, los cuentos I y II se fundan en un esquema más sutil y abstracto de la locura.
     El loco del cuento I es de Sevilla y su locura se califica de “gracioso disparate”. Después de hinchar el perro y despedirlo con un par de palmaditas en la barriga, se vuelve a los que le miraban, diciéndoles: “¿Pensarán vuestras mercedes que es poco trabajo hinchar un perro?”, —o sea: —“¿Pensarán vuestras mercedes que mi función de hinchaperros es poca cosa?”
     El cuento II es de muy otra índole, por ser el loco de otro origen: es de Córdoba.
     Los dos cuentos tienen por actores y víctimas dos perros. La razón de ello es que ambos se fundan en expresiones que implican al perro nominativamente o una especie de perros: los podencos.
     La primera de esas expresiones es hinchar el perro, que significa: “Fig. y fam. Dar a lo que se dice y hace proporciones exageradas” (DRAE).
     La segunda que consta en Correas: “No, que es podenco. Que no se mate ni haga mal, porque es perro de provecho”, y que figuradamente significa que hay que tener cuidado en no meterse uno en lo que no le toca, y se guarde de intervenir a destiempo.
     Esos dos dichos son los que se escenifican en el teatro de la locura. Los dos locos, sin duda ambos esquizofrénicos, se hallan inducidos en su demencia a entender los dichos al pie de la


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letra, en la medida en que no saben ni pueden indisociar la representación de cosa y la palabra, —que según Freud es síntoma específico de la esquizofrenia.
     Hinchar el perro nunca ha significado hinchar un perro soplándole aire por el culo: ese valor del dicho es de cosa, no de palabra. Lo mismo, No, que es podenco o Guarda, que es podenco, que el loco cordobés ha hecho suyo, no significa que uno debe guardarse de malherir a los podencos, sino más generalmente y por valor de palabra, mirar por lo que uno hace.
     Por otra parte, podenco, por valor de palabra, designa a un podenco (Covarrubias: “El perro de caza que busca y para las perdices”), y no a cualquier perro, que es lo que la palabra connota de ahora en adelante para el esquizofrénico de Córdoba. La representación verbal de podenco permite diferenciar en valor de cosa, podencos, alanes y gozques. Ahora todos se indiferencian bajo la denominación podenco que ha sido objeto de una generalización excesiva y por lo mismo patológica.
     Ahora bien: ¿cómo definir la esquizofrenia del loco de Sevilla y del de Córdoba?
     La diferencia con los de la Casa de Sevilla (cuento III) es que los territorios del hinchaperro y del aplastaperros, son más lineales y abstractos que los de Júpiter y Neptuno. El territorio del loco en los cuentos I y II no cabe en espacio geográfico o cadastral, sino que se define por la relación del loco con el perro: territorio relacional, que no deja de circunscribirse en el espacio que ocupan los mirones.
     En el segundo cuento, más complejo que el primero, el territorio es asimismo relacional, es decir marcado por la relación del loco con el perro. Ese territorio es el que se le ofrece al loco para que en él cumpla puntualmente su función, que es aplastar perros. Pero esta vez el territorio se circunscribe en un espacio ocupado por el amo del perro que el loco acaba de aplastar, y que es un bonetero.
     Obsérvese en primer lugar que el castigador del loco es un oficial artesano, que asalta al loco con una vara de medir, o sea con un símbolo de la mesura, de la que el loco carece en absoluto.
     Un rasgo esencial del caso —y será mi segunda observación— es que se presenta como un mecanismo de proyección, como una identificación perspectiva del loco con el perro al que destina la losa de mármol que lleva en la cabeza, y que no es


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sino la materialización, en forma y con valor de cosa, de la propia angustia. De esa angustia el loco se descarga en el perro que es otra imagen de él mismo: “yo llevo la carga de angustia, y a ti la destino, que eres imagen de mí mismo”. Es lo que comprende el bonetero, que apalea al loco llamándole “perro”: “Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era podenco mí perro?”. O sea: “Tú eres perro, y por perro atacas a los perros. Pero no eres podenco, cosa que es mi perro al que no tienes ningún derecho de agredir”. En efecto, la diferencia de palabra: podenco =/ perro, se resuelve en diferencia de cosa, de modo que un podenco es podenco y no propiamente perro.
     El castigo debió resultar, ya que el loco llevó un mes sin salir de casa. Pero al cabo de este tiempo, volvió a su invención “con más carga”, es decir: más loco por la represión, cosa que se marca en el incremento de la carga, o sea: de la angustia.
     El castigo del bonetero debió consistir sin duda en invertir, mediante el apaleamiento, el mecanismo proyectivo.
     Si antes el perro no era sino imagen del yo, ahora el loco percibe todo podenco, —es decir todo “perro” indiscriminable bajo la representación verbal de podenco— como un yo, de modo que, manteniéndose vigente la identificación perro = yo, él es ya el único perro posible, habiendo accedido todos los demás perros a la inmunizante condición de “podencos”. Así es como “no soltó más el canto”.

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     Los dos cuentos se insertan en un Prólogo esencialmente polémico contra Avellaneda y el grupo o “clan”, tal vez encabezado por el mismo Lope de Vega, del que el falsario debió hacerse portavoz.
     Los dos locos son muy contrastados: el loco de Sevilla es alegre, el de Córdoba tétrico. El sevillano es un loco blanco, el cordobés un loco negro.
     El loco negro se identifica fácilmente con Avellaneda:

     “. . . y así no soltó más el canto. Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador, que no se atreverá a soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos, son más duros que las peñas”.

     ¿De quién serán esos libros que, por malos son “más duros que las peñas”, sino del mismo Avellaneda? Nótese que se le


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califica de “historiador”, que sólo en boca del cura es meliorativo, pues más gusta de la historia que de los disparates de la delirante poesía, que es como decir que el Don Quijote apócrifo sólo podría gustar a los censores eclesiásticos de los libros de caballería.
     Si Avellaneda es el loco de Córdoba, ¿quién será el de Sevilla?
     No hay más solución, por hipotética que sea, que la de identificar al loco blanco con el propio Cervantes, autor del libro que le están aplastando bajo la carga de otro libro “más duro que las peñas”: “¿Pensará vuestra merced (este “vuestra merced” se dirige a Avellaneda) que es poco trabajo hacer un libro?”
     Merece observarse que de nuestros tres cuentecillos sólo uno figura en colecciones impresas: el de los locos que se dan por Júpiter y Neptuno, está en el Libro de chistes de Luis de Pinedo (BAE, XXXVI, pág. 105 y también pág. 111 con una variante en que se enfrentan el Angel Gabriel y Dios Padre), y en los Cuentos de Arguijo (BAE, XXXVI, pág. 258).
     De los dos cuentos del Prólogo, el del loco aplastaperros aparece versificado en una Floresta cómica tardía (Floresta cómica o colección de cuentos, fábulas, sentencias y descripciones de graciosos de nuestras comedias. Madrid, 1796) como procedente de una comedia de Francisco de Leiva, que probablemente lo tomaría del mismo Cervantes.
     En cuanto al cuento del hinchaperros, parece que no hay rastro de él en ninguna colección coetánea o posterior. Diríase, pues, que el mismo Cervantes ha elaborado para su enemigo íntimo y para él mismo dos cuentecillos de locos hechos a medida.
     Si la hipótesis es plausible, tendríamos a Cervantes identificándose con uno de sus locos: un loco alegre y benevolente, que despide al perro con dos palmaditas en la barriga para que se vaya acariciado y contento. De donde se induce que hacer un libro no es sino hinchar un perro, es decir modular de cierta manera y con no poco trabajo, el soplo de la palabra, multiplicando el verbo por mil hasta montar un edificio de aire como el que llena el cerebro de los locos y del que se libran hinchando perros.*


UNIVERSITÉ DE PARIS-SORBONNE

     * The last three paragraphs of this article are taken from “Errata,” Cervantes 11.2 (1991), 111. -F.J.


Fred Jehle jehle@ipfw.edu Publications of the CSA HCervantes
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