From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
19.2 (1999): 37-??.
Copyright © 1999, The Cervantes Society of America
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JOSÉ MANUEL MARTÍN MORÁN |
l Quijote instaura una nueva relación entre
la literatura y la vida, entre el texto y la realidad, entre la palabra y
la cosa. La intención declarada de acabar con el asiento que en el
vulgo tienen los libros de caballerías se transforma en una implacable
acción de desmantelamiento de los códigos de representación
al uso. La palabra ha dejado de referirse a algo exterior al texto, para
volverse sobre sí misma como única realidad significante. El
mundo de las semejanzas y las analogías ha muerto. El Quijote
inaugura la nueva era del pensamiento que concede la misma autonomía
a las palabras y a las cosas. Pero no se alarmen; no voy a sostener tamaña
idea, digna de más ilustres valedores, pues, como bien saben los
aquí presentes, para todo un M. Foucault estaba
guardada1. Me limitaré a rastrear en
el texto los signos de esa autonomía significante, y más
concretamente de lo que he dado en llamar la reificación de la
palabra.
El cuento de nunca acabar
El prototipo de relato sin más referente que sí mismo podría ser el cuento tradicional de nunca acabar, del que tenemos un buen
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ejemplo en el cuento de la pastora Torralba, narrado por Sancho a don Quijote
en la aventura de los batanes [I,20]2. Como
se recordará, la narración se interrumpe porque don Quijote
no sabe responder a la pregunta de cuántas de las cabras de la pastora
han atravesado el río hasta aquel
momento3. La falta de colaboración
del interlocutor hace que el cuento se suspenda, porque lo importante para
su narrador, como para cualquier narrador oral, no es la historia contada,
sino el sentido de comunidad que su enunciación desarrolla entre los
asistentes4. También Cardenio interrumpe
su relato por falta de colaboración de don Quijote, el cual, en esta
circunstancia, no puede por menos de recordar el cuento de su escudero
[I,24,246]. Sancho cuenta un cuento tradicional que prevé la
participación activa del oidor para constituir la unidad de sentido
del cuento de nunca acabar; Cardenio, en cambio, prepara el resorte de la
interrupción de una historia demasiado larga. Sancho pide la actividad
del interlocutor y Cardenio su pasividad; para los dos el contrato con el
espectador forma parte del cuento, la situación se entremezcla con
lo narrado.
Cada una de las cabras de la Torralba lleva
en sí la inscripción de la historia anterior a ella y su
continuación en la siguiente
cabra5, en cuanto componente de una serie
cohesionada por la solidaridad estructural de sus elementos. La lista, en
efecto, es un factor de generación del relato, como muy bien saben
los narradores orales6, que construyen la
arquitectura de sus narraciones apoyándose en series preordenadas
(los dedos de la mano, los días del calendario, etc.) y relacionando
cada uno de los episodios de su relato con los diferentes elementos de la
serie, con tan fuerte cohesión que, si alteráramos el orden
de éstos, el narrador
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sería incapaz de proseguir su
discurso7. En el cuento de nunca acabar,
además de la solidaridad estructural entre los elementos de una serie
y los episodios potenciales encerrados en ella, se exige la cooperación
del oyente en el reconocimiento de esa solidaridad, en la constatación
de la arbitrariedad de la relación, es decir de la rotura del pacto
de representación que postula la adherencia perfecta entre la palabra
y la cosa, entre el discurso y el mundo; narrador y narratario se convierten
en cómplices de la creación del nuevo orden verbal donde la
palabra remite a otras palabras, con un vínculo necesario,
objetualizándose, reificándose, en un universo hecho de
códigos compartidos por sus dos creadores.
Para Sancho las palabras son actos y no la
figuración simbólica del mundo, y en cuanto tales exigen la
colaboración del auditorio8; por eso,
cuando se percata de la falta de colaboración de don Quijote, cuando
constata su descreimiento en el universo verbal que él le propone,
hecho de palabras que son movimiento, que son acción compartida, detiene
inexorablemente el acto creador de la narración. Para Cardenio, en
cambio, la palabra es la cosa9; la
continuación de su relato está en la lógica del mismo;
la palabra sucesiva se apoya en la anterior; por eso no se le puede interrumpir.
Cardenio se sirve del orden de su discurso para poner orden en su mente
descabalada; de ahí que exija la colaboración del oyente en
términos de abstención, para que el flujo ordenado de la historia
pueda seguir lubrificando los resortes de la máquina de la razón.
La interrupción de su relato equivale a una nueva reclusión
en las mazmorras del dolor y la enajenación; devolver a las palabras
su dimensión pragmática supone interrumpir el orden de cosas
instituido por las palabras y por consiguiente el descabalamiento del sistema:
-Esta prevención que hago es porque querría pasar brevemente por el cuento de mis desgracias; que el traerlas a la memoria no me sirve de otra cosa que añadir otras de nuevo, y mientras menos me preguntáredes, más presto acabaré yo de decillas, puesto que no dejaré por contar cosa alguna que sea de importancia para no satisfacer del todo a vuestro deseo. [I,24,246]
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Participar en un relato equivale a salirse
del mundo, evadirse, tomar parte en la creación de un mundo nuevo.
De esa experiencia se sale necesariamente transformados; y bien lo sabe Cardenio,
que recurre a la narración de su historia como método de
autoanálisis. El relato impone una lógica que no tiene nada
que ver con la de la realidad; al espectador que quiera tomar parte en ese
mundo no le quedará más remedio que aceptar la autoridad
omnímoda del narrador y la lógica de su relato. En el caso
del cuento de nunca acabar esa lógica prevé la relación
necesaria y no arbitraria entre la palabra y la cosa, entre el relato y la
historia10; y lo hace del único modo
posible: negándole a la palabra el referente externo y
convirtiéndola en autorreferencial, cosificándola; el acto
de enunciación se transforma en acto de pura performatividad. La
participación del oyente es la única prueba de todo ello; cuando
deja de participar, el cuento se termina, porque la magia del vínculo
necesario se ha roto.
El relato de 1605 de la historia de don Quijote
es, a su modo, un cuento de nunca acabar. La sustracción de crédito
final a manos de su propio narrador le priva del anhelado contacto con el
referente externo y lo encierra en los límites del mamotreto de Cide
Hamete:
El cual autor no pide a los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquerir y buscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den el mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, que tan validos andan en el mundo; que con esto se tendrá por bien pagado y satisfecho. [I,52,558]
La lógica del relato se ha cosificado
en el manuscrito que la contiene, de tal modo que cuando se acaba el manuscrito,
se acaba la historia. Tanto en el cuento de la pastora Torralba, como en
el relato de Cardenio, como en la historia global de don Quijote se ha de
cumplir un requisito específico para que la narración pueda
continuar; en el momento en que deja de verificarse, el relato se interrumpe,
aun a costa de decepcionar las expectativas del espectador, revelando en
el acto su condición material, en la que la palabra se identifica
con el acto.
En el caso de la historia de don Quijote la
materialización de la palabra se hace patente en las referencias al
manuscrito de Cide Hamete, los comentarios al margen del puño de su
autor, las expurgaciones del traductor y las intervenciones del narrador
que aducen
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el libro como testimonio de lo que va narrando (dice la
historia . . ., en el propio original desta historia
se lee . . .). De este modo el narrador va apoyando
su discurso en una base documental, que es la que le ofrece el cartapacio
arábigo; lo que dice ha de ser verdad, puesto que está escrito,
salvo en el final negar fiabilidad a la obra de Cide Hamete, con lo que el
único apoyo documental que le queda es precisamente el hecho de que
esas palabras estén contenidas en un libro, aunque éste no
cuente hechos reales.
Para el lector, la decepción de sus
expectativas no constituye una novedad, pues el narrador ya se había
divertido en quitarle la miel de la boca en la batalla contra el
vizcaíno, cuando con las espadas altas y desnudas, en
guisa de descargar dos furibundos fendientes [I,9,98], había
interrumpido su relato, porque ahí se interrumpía el manuscrito
que estaba consultando. En ese momento el discurso se congela en un estatismo
absoluto, mientras otro autor intenta restaurar el pacto con las fuentes,
el cual, antes de reanudar el cortado hilo, deja constancia de su
congelación con una imagen fija, la del frontispicio del primer cartapacio
de Cide Hamete, que retrata a don Quijote y su contrincante en su éxtasis
batallero
Estaba en el primero cartapacio pintada muy al natural la batalla de don Quijote con el vizcaíno, puestos en la mesma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta. Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título que decía: Don Sancho de Azpeitia, que, sin duda, debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que decía: Don Quijote. Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propriedad se le había puesto el nombre de Rocinante. Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía: Sancho Zancas, y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de Panza y de Zancas; que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia. [I,9,102].
El discurso ha generado el icono de sí mismo, su propio referente que explica y contiene todas sus características. Y en efecto, en esa misma imagen aparecen Sancho y su burro y Rocinante, con sus correspondientes rótulos explicativos, en los que se contienen, necesariamente, los atributos de los que ha de nacer toda la historia. A
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partir de entonces, simplemente habrá que hojear el manuscrito, que condensa la portada del cartapacio, para desplegar ordenadamente toda la historia de don Quijote. El manuscrito de Cide Hamete obtiene así un doble estatuto, por un lado es el documento fehaciente de la historia de don Quijote y por el otro el locus de la memoria del segundo autor; efecto y causa del relato; conmemoración y semilla de la palabra escrita. Y como conmemoración de sus hazañas debía entender Sancho los frescos tabernarios que evoca hacia el final de la II parte:
-Yo apostaré -dijo Sancho- que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta ni mesón, o tienda de barbero, donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas. [II,71,1120]
Celebración y efecto de sus aventuras
contenidos en el locus de la memoria pública, prestas a ser
descifradas por quien conozca su relato. Una función análoga
es la que recubre en el Persiles el lienzo con las aventuras de Periandro,
exhibido de vez en cuando a modo de recordatorio de las acciones principales,
y como catalizador del relato de las
mismas11.
En el Ad Herennium su anónimo
autor explica el procedimiento mnemotécnico de los loci,
por el que nos servimos de un espacio imaginario para almacenar los conceptos
que queremos recordar, sirviéndose de la metáfora de la escritura
y la lectura:
Los lugares son símiles a tablas de cera o papiro, las imágenes a letras, la colocación y la disposición de las imágenes a la escritura, y el pronunciar un discurso a la lectura12.
El lienzo de Persiles y el frontispicio del mamotreto de Cide Hamete albergan la escritura, simbólica o alfabética, de la historia de los protagonistas. El narrador de ambos se convierte así en un lector, un intérprete del código de localización de los significados; en el caso del Quijote los descodificadores tienen que ser dos, porque, a diferencia del Persiles, no interviene su primer codificador, Cide Hamete. La narración de la historia de don Quijote no es más que la lectura,
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previa traducción y comento del segundo autor, de los signos inscritos en el cartapacio arábigo.
Las historias tatuadas.
Los personajes errantes del Quijote llevan inscrita en su persona
su propia historia. El atuendo estrafalario que por lo general les caracteriza
es el locus que alberga la memoria de sus desventuras. Los vestidos
con los que se presentan tatúan en su figura sus vicisitudes: los
harapos de Cardenio le conquistan el sobrenombre de El Roto,
porque rota lleva la razón; el exotismo de los trajes del cautivo
y Zoraida y de Ana Félix escriben sobre sus cuerpos historias
exóticas y lejanas; los pastores literarios de la historia de
Grisóstomo y Marcela y los de la de Leandra proclaman su condición
de enamorados en el bucolismo de sus pellizas; la infinidad de personajes
que encubren su rostro han asimilado en su persona una historia en la que
el capricho o la violencia ajenos les han negado la identidad, y es el caso
de Dorotea, Luscinda, Ricote, Maese Pedro, y otros; la escritura de su historia
en el propio rostro ha cancelado los rasgos que los hacían reconocibles
en cuanto individuos.
La curiosidad de los personajes que encuentran
en su camino obliga a los disfrazados a hacer una lectura pública
de la escritura que llevan sobre sí, es decir, a relatar los sucesos
que les han obligado a vestir tan extravagante indumentaria. Afortunadamente
para ellos, el tatuaje de su historia en su figura no es indeleble; pueden,
por su parte, cancelar los signos ominosos con el relato de su adquisición.
Curiosamente, casi todos, antes de comenzar a narrar, se quitan la prenda
que borra su identidad: Dorotea se destoca y muestra una abundantísima
cabellera; a Luscinda y don Fernando se les cae el antifaz de viaje; el narrador
echa una mirada bajo el parche del ojo de Maese Pedro antes de contar la
transformación de Ginés de Pasamonte, etc. El desvelamiento
de la propia identidad bajo la apariencia engañosa del disfraz va
acompañado del desnudamiento, y éste precede brevemente a la
narración de su esencia. El striptease de los personajes conlleva
la lectura de los signos de la máscara que se quitan. No siempre necesitan
desnudarse para revelar su esencia; pero siempre han de tomar distancia del
disfraz que les cubre para que se produzca la agnición; es decir,
han de alejar de sí el soporte material de la escritura de su historia
-el elemento que esconde su identidad-, para poder leerlo y contar sus
vicisitudes hasta aquel momento y así ser reconocidos en su esencia.
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La llegada de un personaje vestido de modo extraño produce un hiato en el relato principal y la interpolación de su historia; la imagen estrambótica con que se da a conocer a los presentes es el producto de un corte temporal en el decurso de sus vicisitudes, que presenta in medias res el objeto visual generado por los hechos aún no narrados -lo mismo sucedía, lo hemos visto, con la portada del mamotreto de Cide Hamete-, y posibilita el relato analéptico que satisface la curiosidad de los presentes. El desvelamiento del proceso de producción de la imagen provoca un avance, una transformación de la historia. Lo intuye el harapiento Cardenio que usa a todos los que encuentra como improvisados psicoanalistas; y se lo revela crípticamente Dorotea a don Quijote:
-Quienquiera que os dijo, valeroso Caballero de la Triste Figura, que yo me había mudado y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, porque la misma que ayer fui me soy hoy. Verdad es que alguna mudanza han hecho en mí ciertos acaecimientos de buena ventura, que me la han dado, la mejor que yo pudiera desearme; pero no por eso he dejado de ser la que antes. [I,37,413]
Lo sabe Luscinda, cuando soluciona sus problemas
con la narración pública de los sucesos que la han llevado
a viajar enmascarada, y Ana Félix, que no sólo se salva de
la horca contando su historia, sino que además mueve al auditorio
a rescatar a su amado Gregorio, cautivo en Berbería. El de la primera
parte, Ruy Pérez de Viedma, había dado con su hermano, tras
mucho vagar, gracias a la glosa narativa de su atuendo moro y al desvelamiento
de su identidad. El relato se confunde con su resultado; el narrador secundario
recupera su pasado, hecho no más que de palabras en el momento en
que lo cuenta, bajo forma de bien material del presente.
La imagen fija, los vestidos inusuales, el
objeto visual obtenido por la narración, congela momentáneamente
el relato, para dar tiempo a que se produzca la agnición, y con ella
la epifanía de la energía diegética, encerrada hasta
entonces en la seductora ocultación de sí misma tras la
máscara; en seguida la misma imagen provoca el desenlace de la trama,
merced a su transcodificación verbal en el discurso -el paralelo con
el manuscrito de Cide Hamete sigue siendo válido-, de la mano de unos
circunstantes excepcionalmente colaborativos. En cierto sentido, se podría
decir que la imagen fija que irrumpe prepotentemente en la narración
genera el relato; o mejor, condensa y ordena los hechos de la historia
transcurridos hasta entonces y origina y estructura el desenlace de la misma.
La cooperación de los oyentes resulta fundamental en la creación
de las
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nuevas circunstancias de la historia; sin la aportación del cura y don Quijote no resolverían Cardenio y Dorotea sus casos de amor, ni Ana Félix el suyo sin la del virrey de Barcelona, ni el cautivo Ruy Pérez de Viedma habría encontrado a su hermano sin la ayuda del cura. El espectador del relato ha de dejarse involucrar plenamente en su lógica, olvidarse de su propio mundo, para que el del relato tenga plena validez; el paralelo con el mecanismo pragmático del cuento de nunca acabar resulta evidente.
Cosificación de la palabra.
Casi todas las narraciones secundarias del Quijote -es decir, los relatos en los que el narrador es uno de los personajes de la novela- parecen tener siempre una finalidad concreta; van encaminadas a conseguir un bien material, o cuando menos, aunque no sea ésta su intención declarada, terminan igualmente por conseguirlo. El propio don Quijote, también él aprendiz de narrador intradiegético, aspiraba probablemente a la obtención de la gloria material, cuando daba inicio a la narración de sus hechos, con estas palabras:
-¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?: Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos [. . .], cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel. [I,2,41]
Palabras prontamente avaladas por el sabio que las escribió, cuando, a renglón seguido, corrobora el dato referente al campo de Montiel con un lacónico y era la verdad que por él caminaba, dando así materialidad textual al relato oral del personaje, con lo que, en cuanto oidor que participa de su narración, coopera para realizar el objetivo del caballero, que es el de alcanzar tal fama como caballero andante que sus famosos fechos merezcan la gloria de la imprenta. Es más, al igual que sucede con los personajes narradores de las historias secundarias, también don Quijote puede gozar del objeto material obtenido con su narración desde dentro del relato, cuando en la II parte se entera de que la I ha sido publicada. También en este caso podemos decir que es la condensación en una imagen fija, la del libro impreso, la que genera la prosecución del relato, si interpretamos la II parte de las aventuras de don Quijote como el
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resultado de la difusión de la I en el mundo. El mundo quijotizado de la II parte es otro de los efectos de la reificación del relato. La narración no sólo produce objetos, sino que además los hace propios, los engloba, casi como si quisiera completar el mundo que nos va presentando con los resultados de sí misma.
Conclusión.
Cervantes parece tener una concepción gráfica, visual,
podríamos decir, de la narración, en la que va introduciendo
iconografías del relato, para luego irlas vivificando, después
de haber presentado su lado estático, hasta llegar a su
transformación, a su negación. Usando términos de nuestra
impenitente postmodernidad, podríamos definir la técnica narrativa
de Cervantes como interactiva, o hipertextual, e imaginar,
inspirándonos en el método ucrónico propuesto por M.
Molho13, una explicación de la estrategia
cervantina de integración de nuevos relatos en la trama principal
por medio de la condensación iconográfica en una imagen más
o menos fija, que posteriormente se expande en una narración completa
a petición de los personajes presentes; podemos, decía, atribuir
esta estrategia al conocimiento de Cervantes de las modernas técnicas
informáticas de distribución de los significados en un texto.
Pero no es necesario forzar la mano en la transliteración actual del
arte cervantino; basta con extender nuestro punto de vista a los géneros
contemporáneos de Cervantes, para percatarnos de que hay en esta forma
de organización textual evidentes ecos de las técnicas de la
narración oral, con su uso de los loci de la tradición
retórica y de su estrategia de archivación y
reactualización de los significados, y de las técnicas teatrales
de generación de nuevas escenas a partir de la llegada de un personaje,
con su personal bagaje diegético. El golpe de efecto, la creación
del suspense en el espectador mediante la interrupción momentánea
de la acción o el aparato de la entrada en escena de un personaje,
son todos efectos buscados tanto por el narrador oral, como por el autor
teatral, y, según acabamos de ver, también por Cervantes en
su obra maestra.
Tanto la interrupción abrupta del relato,
como la interpolación de una narración secundaria, pasan por
la fase de éxtasis narrativo, de exaltación de la
situación que se viene a crear mediante su congelación en una
imagen fija. El relato, en los dos casos, genera un
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objeto textual transitorio -como la ilustración que presenta a don
Quijote y el vizcaíno en plena batalla, o el manuscrito de Cide Hamete,
o los vestidos aparatosos de los personajes vagabundos-; ese nuevo referente
textual14 está destinado a sobrevivir
como icono de un estado diegético anterior solamente el tiempo que
dure el contencioso entre el emisor del relato, así sea secundario,
y el receptor del mismo, o el propio texto, por el establecimiento de una
nueva forma de cooperación que los involucre a ambos en la lógica
del relato que ha de transformar el desequilibrio actual en el equilibrio
futuro.
La narración va generando sus propios
referentes, pero sólo con la finalidad de ir negándolos
inmediatamente. La realidad cambiante, sometida al perspectivismo, puede
ser alterada en el relato, pero no las palabras para contarla. No es importante
que los referentes textuales cambien; ésa es la base, por otro lado,
sobre la que se asienta la parodia de la pretensión de veracidad de
los libros de caballerías. Lo que no puede variar son las palabras.
Los descuidos demuestran que, pudiendo hacerlo, Cervantes no vuelve atrás
para alterar el texto. El texto es fiel a sus propias palabras y las toma
como motor de nuevos episodios y, en definitiva, de nuevos referentes textuales.
El discurso vuelve continuamente sobre sus propias palabras, las reactualiza
bajo forma de diálogos entre don Quijote y Sancho, en los que ordenan
en nuevas cadenas de significados los episodios vividos, o bien el narrador
recoge una alusión a un suceso y la amplía en todo un
episodio15. La autorreferencialidad del
Quijote se percibe también en este continuo pliegue del tejido
textual siguiendo la línea del presente, para hacer coincidir los
varios momentos del pasado con el presente de su recuerdo en la
conversación de los dos caminantes.
El lector del Quijote no se puede llamar
a engaño acerca de la autorreferencialidad de lo narrado: ya
desde la presentación de la historia de Cide Hamete Benengeli, el
segundo autor le había desvelado el trampantojo de la historia del
moro:
Si a ésta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos. [I,9,102]
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Y en el final de la primera parte repite el concepto, por si alguien no se hubiera dado por enterado:
El cual autor no pide a los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquerir y buscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den el mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, que tan validos andan en el mundo. [I, 52,558]
Y ya sabemos cuál es el crédito
que dan los discretos a los libros de caballerías, por más
que en ellos se le incite a dárselo por entero en cuanto narración
verídica de hechos acaecidos. El pacto narrativo entre el lector y
el autor de las fábulas caballerescas, independientemente de que el
primero fuera o no fuera discreto, estipulaba una consideración para
el relato como si de un acto constativo se tratara, aun cuando a todos les
resultara evidente su cualidad
performativa16, de acto que se cumple en
sí mismo, sin más referente que la propia enunciación.
Cervantes denuncia ese tipo de pacto narrativo y desvela la cualidad performativa
de su discurso; lo lanza hacia el lector como un arma arrojadiza, para
deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen
los libros de caballerías, sirviéndose de la fuerza
perlocutiva de la parodia. La diferencia entre Cervantes y los autores
caballerescos estriba en que éstos fingen no ser conscientes de que
cumplen un acto de habla, mientras Cervantes lo declara a los cuatro vientos;
ellos simulan no ser más que cronistas, enunciadores de un acto ilocutivo
que constata la realidad tal y como sucedió; nuestro autor niega el
acto constativo y reivindica el poder perlocutivo de seducir a su lector
-quiere que deje de leer libros inútiles-, para empezar a cumplir
con su cometido.
La única realidad tangible del
Quijote a la que referir las palabras del narrador es la del texto
escrito; el lector no está legitimado a buscar en el Quijote
más lógica consecuencial, ni más imitación,
que la que le consienta la tiranía de la palabra ficticia; infringir
el mandamiento equivale a situarse fuera de la zona de significados del texto,
invadir campos semiológicos que no figuran en su interior; el
intrépido lector que quiera afrontar la travesía de tan proceloso
mar hermenéutico deberá hacerlo en solitario, sin la guía
del narrador.
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Quien esto escribe, temeroso de haber decepcionado con su cuento de nunca acabar a la ilustre tripulación de esta sala, da el siguiente aviso tardío a los mareantes: con barcos de tan escaso calado como el mío no se puede surcar más que el apacible, pero inconmensurable, lago de la superficie textual. Y ahora sin más avisos ni más preámbulos, pliego las velas de tan ligera embarcación.
Universidad de Turín
1 Michel FOUCAULT,
Las palabras y las cosas, Madrid, Siglo XXI, 1981, [12 ed.], [Les
mots e les choses, Paris, Gallimard, 1966], p. 54-55 y passim.
2 He consultado
la edición de Martín DE RIQUER, Barcelona, Planeta, 1972, a
la que me referiré, a partir de ahora, con la indicación entre
paréntesis de la parte, el capítulo y la página
oportunos.
3 Para un
análisis de los varios cuentos de nunca acabar en el Quijote
ysu relación con la tradición oral, vid. Michel MONER,
Cervantès conteur. Ecrits et paroles, Madrid, Casa de
Velázquez, 1989, pp. 176-180.
4 Cfr. Walter
J. ONG, Oralità e scrittura. Le tecnologie della parola, Bologna,
Il Mulino, 1986, [Orality and Literacy. The Technologizing of the Word,
London and New York, Methuen, 1982], p. 102.
5 El ritmo del
referente, el movimiento invade el discurso de Sancho, pero no los oídos
de don Quijote, según señala Steven HUTCHINSON, Cervantine
Journeys, Madison, The University of Wisconsin Press, 1992, pp. 45 y
ss.
6 El esquema
rítmico de una serie preordenada puede ser un elemento desencadenante
de un relato, en opinión de Marcel JOUSSE, Le style oral rythmique
chez les verbo-moteurs, Paris, Gabriel Beauchesne, 1925, p. 205.
7 Cfr. Ong, op.
cit., p. 62-3.
8 Cfr. Jousse,
op. cit., p. 192. Esta concepción de la palabra es la que induce
a los iletrados de cultura oral, según ha visto Ong (op. cit.,
p. 73), a responder a una pregunta con otra pregunta. Asegura Paul ZUMTHOR
(La presenza della voce. Introduzione alla poesia orale, Bologna,
Il Mulino, 1984, p. 62) que en su función primaria, la voz no describe,
actúa.
9 Una mente
alfabetizada, como la de Cardenio, no considera a las palabras como actos,
sino como cosas. Cfr. Ong, op. cit., p. 61.
10 Este es el
motivo de la absorción total del narrador del cuento de nunca acabar
en su narración y su desorientación cuando se le interrumpe,
señaladas por Cesáreo BANDERA, Mímesis conflictiva.
Ficción literaria y violencia en Cervantes y Calderón,
Madrid, Gredos, 1975, p. 113.
11 Los
loci y las imágenes de la retórica tradicional fueron
usados por Cervantes, al lado de la conversión de la novela en pintura,
para dar una visión perspectivista de su obra; es lo que sostiene,
con referencia al Persiles, Aurora EGIDO, La memoria y el arte
narrativo del Persiles, Nueva revista de filología
hispánica, XXXVIII (1990), nº 2, pp. 621-641.
12 [CICERO]
Rhetorica ad Herennium, Cambridge, The Loeb Classical Library, 1954,
p. 208. (La traducción es mía). Sobre el tema vid. Frances
A. YATES, L'arte della memoria, Torino, Einaudi, 1993, [The Art
of Memory, 1966], p. 3-26.
13 Cfr. Mauricio
MOLHO, Utopie et uchronie: sur la première phrase du Don
Quichotte, Actes du Colloque sur le temps du
récit, Madrid, Publications de la Casa de Velázquez,
1988.
14 Cfr. L.
KARTTUNEN, Referenti testuali, en M. E. CONTE, (ed.), La
linguistica testuale, Milano, Feltrinelli, 1989, pp. 121-147.
15 El texto
guarda memoria de sí mismo y recurre a ella para dar origen a nuevos
episodios a partir de lo ya dicho. Es esta una técnica de los narradores
orales que ha rastreado en textos medievales E. Janes BURNS, La repetition
et la mémoire du texte, en B. ROY, y P. ZUMTHOR, Jeux de
memoire: aspects de la mnémotechnie médievale, Montréal,
1985, pp. 65-71.
16 Uso aquí
conceptos bien conocidos de la teoría de los actos de habla. Cfr.
J. L. AUSTIN, Cómo hacer cosas con palabras, Barcelona,
Paidós, 1981, pp. 44-47 [ed. inglesa, 1962]. J. SEARLE, Actos de
habla, Madrid, Cátedra, 1980 [ed. inglesa, 1969].
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| 19 (1999) | La reificación de la palabra | 25 |
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| 26 | JOSÉ MANUEL MARTÍN MORÁN | Cervantes |
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://www.h-net.msu.edu/~cervantes/csa/articf99/moran.htm [change] | ||