From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
18.2 (1998): 151-55.
Copyright © 1998, The Cervantes Society of America
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Montero Reguera, José. El Quijote y la crítica
contemporánea. Madrid: Centro de Estudios Cervantinos, 1997. 286
pp.
El libro de José Montero Reguera, que
ha sido galardonado con el Premio Fernández Abril de la Real Academia
Española, responde a la necesidad de organizar y sistematizar el
aluvión de aportaciones críticas del cervantismo en torno al
Quijote. En su ensayo, Montero Reguera lleva a cabo un arduo trabajo
de clasificación de los estudios publicados entre 1975 y 1990. Su
tratamiento de los textos críticos combina criterios metodológicos
y temáticos con el objetivo de trazar las líneas maestras del
cervantismo actual. El libro consta de nueve capítulos,
introducción, conclusión, bibliografía por secciones,
abreviaturas e índice alfabético.
La sección introductoria se hace eco
del renovado interés que muestra la crítica internacional en
el Quijote y en su autor interés que sin duda atestiguan
el creciente número de revistas especializadas, asociaciones, y coloquios
dedicados al estudio y la difusión de Cervantes y los estudios
cervantinos. Montero destaca por su especial alcance e influencia las siguientes
asociaciones y publicaciones: the Cervantes Society of America, la
Asociación de Cervantistas, la Sociedad Cervantina, el Centro de Estudios
Cervantinos, la revista Cervantes, y la serie de estudios
monográficos Juan de la Cuesta.
Tras un primer capítulo dedicado a problemas
editoriales tipos de edición del Quijote y sus criterios,
necesidad de una nueva edición crítica, etc. Montero
se centra en el capítulo 2 en los estudios históricos, gran
parte de los cuales enlazan con las reflexiones de Américo Castro
en El pensamiento de Cervantes. La obra de Castro no sólo
situaba al Quijote dentro de las coordenadas de la cultura europea,
sino que además trataba por primera vez temas tan importantes en el
cervantismo actual como la denuncia cervantina de la hipocresía del
honor y la cuestión del perspectivismo del Quijote. Entre las
orientaciones críticas que conectan de manera directa con la obra
de Américo Castro se encuentran los trabajos de Antonio Vilanova,
Aurora Egido y Alban Forcione, los cuales establecen una línea de
continuidad entre el Quijote y el pensamiento erasmista.
Por otro lado, el conocido ensayo de José
Antonio Maravall, Utopía y contrautopía en el
Quijote, abriría una nueva dirección en los
estudios históricos, originando una serie de aportaciones importantes
de, entre otros, Angelo Di Salvo, Francisco López Estrada y Mariarosa
Scaramuzza Vidoni. Entre los críticos que han estudiado el texto
cervantino desde la perspectiva del materialismo histórico, Montero
destaca a Ludovik Osterc, quien mantiene que Cervantes somete a crítica
las instituciones sociales, políticas y eclesiásticas desde
un humanismo renacentista radical (El pensamiento social y político
del Quijote). Por lo que respecta a las aportaciones de la
historia social, Montero señala, entre otros, los trabajos de Javier
Salazar Rincón, Alberto Sánchez, Jean Canavaggio, Anthony Close,
Martín de Riquer y Elias Rivers. El capítulo concluye con una
lista de varios autores que han estudiado determinados aspectos
autobiográficos y sociológicos de la obra: John Allen, Juan
Bautista Avalle-Arce, Bernard Loupias y Monique Joly.
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Algunos de estos críticos aparecen asimismo
en el tercer capítulo del ensayo de Montero, el cual comenta aquellos
trabajos que establecen conexiones entre el Quijote y el mundo de
la cultura popular. Monique Joly, por ejemplo, dedica varios ensayos a estudiar
la presencia en el Quijote de refranes, proverbios y trozos de sermones.
Entre los estudiosos que se han centrado en los refranes, sentencias y aforismos
empleados por los personajes de la novela, se destacan sobre todo, Michel
Moner, Fernando Lázaro Carreter, María Cecilia Colombí
y Pilar Vega Rodríguez. Otros por ejemplo Maxime Chevalier y
Vsevolod Bagnó se han fijado en las similitudes entre el
Quijote y los cuentos de origen popular.
Sin embargo, la lista de críticos que
se han detenido a estudiar las raíces folklóricas de la novela
cervantina había comenzado con Marcelino Menéndez Pelayo y
Américo Castro, quienes coincidían en considerar el
Quijote como un monumento folklórico. Esta
tradición hallaría continuadores en Peter Russell, para quien
la novela cervantina debe ser entendida como un relato folklórico
(a story of country folk), en Francisco Rodríguez Marín,
Federico Sánchez Escribano, Agustín González de
Amezúa, y especialmente en Mauricio Molho. Este último es el
autor del libro quizá más importante dentro de esta
tradición, Cervantes: raíces folklóricas, donde
a partir de conceptos gramcianos se pone de manifiesto el potencial subversivo
de ciertos motivos extraídos de la tradición popular, como
el del tonto-listo que formaría parte esencial de la caracterización
de Sancho. Por otro lado, Montero se hace eco del profundo impacto que han
tenido, dentro esta corriente crítica, los trabajos de Mijail Bajtín
sobre el carnaval, los cuales han inspirado importantes estudios sobre el
Quijote, entre ellos los de Manuel Durán y Agustín
Redondo.
Esto nos lleva al terreno de la teoría
literaria, donde el texto cervantino se ha erigido en pieza fundamental dentro
de las discusiones acerca del origen, forma y función del género
de la novela. Pocos son los estudiosos de Cervantes que en los últimos
tiempos no hayan abordado este tema desde un ángulo u otro. De ahí
la dificultad que entraña el intentar resumir en unas pocas páginas
el cúmulo de sus aportaciones. Con todo, se puede decir que Montero
hace un encomiable trabajo de síntesis en el capítulo cuarto
titulado el Quijote y su teoría literaria. En esta
sección Montero toma como punto de partida la conocida tesis de E.
C. Riley (1962) según la cual la novela contemporánea debe
más a Cervantes que a ningún otro autor. La posición
de Riley se ha visto recientemente reforzada por un número ingente
de estudios, entre ellos los de Helena Percas de Ponseti, Alban Forcione,
Anthony Cascardi, Mary Gaylord, Edwin Williamson, Eduardo Urbina, Anthony
Close, Pablo Jauralde Pou, Javier Blasco, Pedro Salinas, Luis Rosales y Javier
Marrero Enríquez. Todos ellos coinciden en subrayar la autorreflexividad
del texto cervantino que denota un cambio fundamental en el concepto de
mímesis la cual pasa a ser entendida no ya como imitación
sino como representación (Cascardi). Nos hallaríamos entonces
ante una estética consciente (Forcione) y esencialmente anticlásica
(Close), y ante un modelo perspectivista de verosimilitud (Percas de Ponseti)
que correspondería a una realidad textual poliédrica
(Blasco) mediatizada por el efecto de distanciamiento producido por la
ironía (Marrero Henríquez).
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En lo que hace al problema de la recepción
del Quijote a que Montero dedica el capítulo 5, habría
que destacar los estudios de Darío Fernández Morera, Alexander
Parker, Peter Russell y buena parte de los partidarios de la linea
dura que en su reacción contra la lectura romántica del
Quijote vendrían a ofrecer, según Montero, una perspectiva
igualmente reduccionista al entender la obra como funny book.
Entre estos últimos cabría destacar a Daniel Eisenberg, Alison
Weber, John Cull y, sobre todo, Anthony Close, cuyo ensayo The Romantic
Approach to Don Quixote (1978) constituye, en opinión
de Montero, la formulación más acabada de esta
corriente. Montero menciona asimismo a algunos investigadores que cuestionan
los hallazgos de esta línea dura, destacando las reacciones
críticas de John Jay Allen, Javier Herrero, y sobre todo, de John
Weiger y Albert Sicroff, quienes mantienen que los propósitos cómico
y serio no tienen porque aparecer como mutuamente excluyentes en el caso
del Quijote.
Otro de los asuntos que ha generado cierta
controversia entre los investigadores es la cuestión de la
génesis del Quijote y sus influencias literarias y
extraliterarias. Entre los investigadores discutidos por Montero en el
capítulo 6 en conexión con estos temas figuran Howard Mancing,
Edward Williamson, Marina Brownlee, Thomas Hart, Rodríguez Cacho,
Alberto Sánchez, Donald McGrady, Michael McGaha, Domingo Ynduraín
y Jill Syverson Stork. Esta última presenta un interesante puente
entre las investigaciones arqueológicas y los trabajos
sobre la recepción del Quijote al sostener que la novela cervantina
responde a la preocupación creciente por los efectos de la
representación teatral y específicamente de la Comedia
Nueva en el público.
Mientras que el problema de la génesis
y la recepción del Quijote sigue produciendo importantes debates
entre las diferentes orientaciones críticas, hay otros aspectos de
la obra cervantina que han generado un mayor grado de consenso; me refiero,
sobre todo, al tipo de cuestiones relacionadas con la función del
diálogo y la presencia de múltiples narradores en el
Quijote. Montero Reguera dedica el capítulo 7 de su ensayo
a resumir y comentar los juicios de la crítica acerca de estos dos
aspectos esenciales de la novela. Entre los autores tradicionalmente más
atentos al elemento diálogico del texto cervantino destacan
según Montero Ortega y Gasset, Pablo Jauralde Pou, Manuel
Criado de Val, Eleazar Huerta, Luis Andrés Murillo, Stephen Gilman
y Gonzalo Sobejano. Aunque cada uno de ellos ha sacado partido al diálogo
del Quijote desde un punto de vista distinto y con objetivos diferentes,
quizá sea Gonzalo Sobejano el que más se ha preocupado por
explicar el origen del elemento dialógico de la novela. La conocida
conclusión de Sobejano es que los diálogos del Quijote
tienen más en común con la estructura dramática de la
Tragicomedia de Calixto y Melibea y con los diálogos didácticos
de los humanistas que con los libros de caballería.
Por otra parte, al igual que sucediera con
la corriente folklorista, la entrada de nociones bajtinianas
como el dialogismo y la heteroglosia había
de producir una revitalización de esta tradición en los trabajos
de Fernando Lázaro Carreter, Elias Rivers, María Caterina Ruta,
Enrica Cancelliere, Mercedes Gracia Calvo y Carmen Rabell. Todos estos
investigadores insisten en subrayar la
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importancia de la multiplicidad de voces en el Quijote que habría
resultado en la creación del mundo heteroglósico
característico del género de la novela.
Existe sin duda una relación clara entre
el efecto polifónico del diálogo cervantino y la presencia
de una multiplicidad de narradores en el texto. Entre los críticos
que han explorado esta última avenida destacan Horst Weich, Juan Bautista
Avalle-Arce, George Haley, Michael Gerli y Ruth El Saffar, aunque esta
última es más conocida por sus aportaciones al estudio de la
mujer y del elemento erótico en la obra de Cervantes. El libro de
Montero discute la bibliografía en torno a estos temas en el
capítulo 8. Según el autor, las investigaciones de El Saffar
culminarían una tradición de los estudios del siglo de oro
que habría comenzado con la teoría del deseo de René
Girard y su empleo por parte de Cesáreo Bandera, para continuar con
los ensayos de, entre otros, Steven Hutchinson, John Weiger y Carroll
Johnson.
De acuerdo con la teoría de Girard,
que él mismo se encarga de aplicar al Quijote, se puede decir
que todo relato presenta tres elementos esenciales: un sujeto que desea,
un objeto deseado y una agencia de mediación de este deseo. Éste
es el asunto que Cesáreo Bandera se encarga de desarrollar en Mimesis
conflictiva, donde viene a sugerir que el deseo de los personajes es,
en última instancia, una búsqueda de un otro inasible
cuyo nivel más elemental radica como nota Montero en la
diferencia sexual. Por su parte, Ruth El Saffar combinaría estas ideas
con el aparato conceptual del psicoanálisis freudiano, jungiano y
lacaniano, y con nociones procedentes de la psicología americana del
ego y del feminismo de vanguardia, para construir un modelo de
interpretación del Quijote que a Montero Reguera le parece
serio, pero discutible por su excesivo alejamiento a veces del texto
(177).
Para Montero este distanciamiento del texto
es una debilidad compartida por las interpretaciones feministas y
psicoanalíticas. El caso paradigmático en este sentido sería
el de Carroll Johnson para quien lo que Cervantes parece estar comunicando
es simplemente lo frágil, lo problemático que son la identidad
sexual y la expresión de la sexualidad (citado por Montero,
176). La posición de Montero con respecto a las posibilidades abiertas
por este tipo de aproximaciones se resuelve en un rechazo frontal de los
modelos analíticos empleados tanto por Carroll Johnson como por Ruth
El Saffar y todos aquellos que se dedican a explorar temas relacionados con
motivaciones del subsconsciente. Al menos ésta es la
impresión que nos da en el siguiente pasaje: creo que para buscar
un nexo común a toda la labor literaria cervantina si es que
esto es posible habría que dirigirse a terrenos que a su autor
sí le preocupan realmente (¡y de qué manera!), como, por
ejemplo, el de la teoría literaria; pero no en motivaciones del
subconsciente cuya aplicación a las obras literarias, el
Quijote en particular, no siempre es provechosa (178).
Esta afirmación de Montero parece hoy
día bastante problemática, sobre todo si se tienen en cuenta
los trabajos más recientes no sólo de Ruth El Saffar, Carroll
Johnson y Mauricio Molho, sino de Anthony Cascardi, Diana de Armas Wilson,
Paul Julian Smith y Henry Sullivan, entre otros muchos. Lo cierto es que
las orientaciones feministas y psicoanalíticas de vanguardia,
junto con las corrientes nuevo historicistas y los estudios culturales han
permitido el establecimiento
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de fuertes redes de intercambios entre el cervantismo, el hispanismo en general
y las diferentes ramas de las humanidades y las ciencias sociales. De hecho
volúmenes como el editado por El Saffar y de Armas Wilson, Quixotic
Desire. Psychoanalytic Perspectives on Cervantes (1993), muestran claramente
las posibilidades de este nuevo cervantismo, sobre todo en lo
que respecta al establecimiento de conexiones entre la significación
histórica, social y literaria del Quixote y el conjunto de
la producción de Cervantes.
Por otra parte, sorprende un poco la insistencia
de Montero en ofrecer un panorama polarizado del cervantismo, si acaso atenuado
por la mención de una tercera vía conciliatoria.
Montero repite esta idea en la conclusión, donde afirma que los
cervantistas se hayan escindidos en dos grupos: los críticos
duros con la terminología de Mandel, esto
es, los partidarios de la interpretación cómica; y los
blandos, defensores de la postura opuesta (202). Hoy día,
parece claro que el cervantismo ha superado el impás a
que alude Montero entre las llamadas línea dura y
línea blanda para proponer modelos de interpretación
del Quijote que no sólo no intentan resolver las contradicciones
del texto en uno u otro sentido, sino que las toman como punto de partida.
Con todo, se puede decir que el libro de José
Montero Reguera, El Quijote y la crítica contemporánea,
constituye una herramienta muy útil como libro de consulta para el
especialista y en general para todo aquel investigador que esté interesado
en la recepción crítica del Quijote y, por ende, en
la historia de los estudios cervantinos, sus diferentes tradiciones y sus
principales modelos analíticos. Una buena muestra del interés
pedagógico del libro de Montero es el capítulo 9, donde se
hace un recorrido panorámico por los manuales de Guillermo Barriga
Casalini, Martín de Riquer, Jaime Fernández, Peter Russell,
Anthony Close, Luis Andrés Murillo, Carroll Johnson, Stephen Gilman
y E. C. Riley. En definitiva, se trata de un estudio bien concebido que se
mantiene fiel a su objetivo básico de sistematizar las aportaciones
del cervantismo durante el período que va de 1975 a 1990.
| David R. Castillo |
| University of Oregon |
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://www.h-net.org/~cervantes/csa/articf98/castillo.htm | ||