From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America 17.2 (1997): 166-77.
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Algunas palabras más sobre la conversación en el Quijote


ALBERTO RODRÍGUEZ

Con un lenguaje claro y con ideas interesantes, Eric Kartchner reseñó en un número reciente de Cervantes mi libro La conversación en el Quijote: subdiálogo, memoria y asimetría.1 Aprovecho la oportunidad que amablemente me ofreció Michael McGaha, editor de Cervantes, para examinar algunas de las aseveraciones que hizo el profesor Kartchner.
     Quisiera empezar con los comentarios que presenta Kartchner sobre el concepto de “subdiálogo”:

Rodríguez states, “we can denominate the lucubrations of a person in full dialogue ‘subdialogue’”. It is not clear, however, that Rodríguez maintains this definition of “subdialogue” throughout the book. In fact, Rodríguez continues the introduction by explaining that Cervantes demonstrates simultaneity of thought and speech in three major ways; first, through the literal meaning of words; second, through a hidden or double meaning of the words, a meaning which often reveals to the reader but not the listener the underlying motives of the speaker; and third,

     1 La reseña de Kartchner apareció en Cervantes 16.2 (1996): 114-18. Mi libro se titula La conversación en el Quijote: subdiálogo, memoria y asimetría. York, S. C.: Spanish Literature Publications Company, 1995. Cuando cite de estos escritos, pondré en paréntesis el número de la página.

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manipulation of one character by another through the use of words. Of these, he states, the second element is the subdialogic . . .  After reading the entire book, one may come to the conclusion that for Rodríguez, “subdialogue” represents the thoughts, motivations, emotions —even the personality— within a character that determine the character's speech (114-15).

A mi ver, Kartchner separa o aísla la elucubración que realiza un personaje en privado del momento en que se perfila simultáneamente el pensar y el hablar en la conversación. Me parece que a la elucubración y a la simultaneidad no se les puede distanciar, porque ambas formas integran el subdiálogo. Por ejemplo, en el coloquio que Don Quijote tiene con don Lorenzo, el hijo del Caballero del Verde Gabán, en II, 18, el joven ausculta lo que dice el hidalgo para comprobar si el extraordinario invitado está cuerdo o loco. Observamos que don Lorenzo está en plena elucubración, y que evalúa todo lo que dice el caballero andante. A veces, un pensamiento que palpita con fuerza en el interior de don Lorenzo cristaliza en la conversación: “Escapado se nos ha nuestro huésped . . . ; pero, con todo eso, él es loco bizarro, y yo sería mentecato flojo si así no me lo creyese”.2 Y, un poco después, aparece otro comentario: “. . . deseo coger a usted en un mal latín continuado, y no puedo, porque se me desliza de entre las manos como anguila” (II, 173). En ambos ejemplos hay simultaneidad entre el pensar y el hablar, porque percibimos en las palabras la inquietud que late en la conciencia del joven: quiere percatarse de la salud mental de Don Quijote. Tal como explico en mi libro, en la simultaneidad “. . . se reflejan los pensamientos o las tácticas que ha concebido el hablante. Las palabras tienen múltiples connotaciones y sentidos . . .  En el enunciado que emite el hablante, vislumbramos tenuemente sus motivos y propósitos íntimos” (3). Por medio de algún resorte interno, la meditación de don Lorenzo sale al exterior. La elucubración y la simultaneidad forman parte del proceso subdialógico de esta escena.
     Una conversación parecida a la anterior se encuentra en II, 3, cuando Sansón Carrasco le informa a Don Quijote y a Sancho que sus aventuras ya han sido publicadas en un libro que muchos leen con placer. Ante esta sorprendente información, la pareja andantesca, en pleno coloquio, se sume en cavilaciones, porque tanto el caballero

     2 Miguel de Cervantes Saavedra, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, vol. I y II, ed. por Luis Andrés Murillo, (Madrid: Clásicos Castalia, 1978), vol. II, pág. 172. En adelante citaré por esta edición, y pondré en el texto del ensayo en paréntesis el volumen y el número de la página.


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como el escudero quieren evaluar todas las noticias que Sansón ha recopilado en Salamanca. Podemos palpar en los personajes una intensa reflexión. A veces, surge en la conciencia una preocupación o desasosiego ante la posibilidad de que la historia de sus aventuras tenga algunos errores u omisiones importantes. En estos momentos de impaciencia, la incertidumbre que vibra en el interior del personaje adquiere una forma clara y precisa en un enunciado. Por ejemplo, a Sancho le preocupa que Sansón no posea un buen conocimiento de las aventuras, y somete al informante a un examen: “. . . ¿entra ahí la aventura de los yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antojó pedir cotufas en el golfo?” (II, 61). Aquí podemos ver la simultaneidad del pensar y el hablar, porque la desconfianza que latía en la conciencia emerge en el diálogo, adquiriendo forma verbal por medio de la intervención del personaje. En la pregunta que Sancho le hace a Sansón Carrasco encontramos los elementos de la simultaneidad que expliqué en mi libro: “. . . se reflejan los pensamientos o las tácticas que ha concebido el hablante . . . vislumbramos tenuemente sus motivos y propósitos íntimos”.
     Un caso muy distinto de los que hemos visto se encuentra en I, 30, cuando Dorotea hace el papel de la princesa Micomicona. Podemos decir que, en este coloquio, se disminuye el tamaño de la elucubración para que sobresalga la simultaneidad. Antes de comenzar su relato, Dorotea tan sólo tiene unos breves segundos para cavilar. En este corto intervalo, Dorotea reflexiona intensamente sobre las convenciones y los lugares comunes de las novelas de caballerías. Después ocurre la simultaneidad en dos niveles distintos: 1) sobre la marcha, improvisa la azarosa vida de la princesa Micomicona; 2) en medio de esta narración, confecciona un ardid, en el cual, para salvarse de las garras de su gigantesco enemigo, esta princesa desvalida necesita de un caballero llamado “don Azote o don Gigote”. De esta manera, el hidalgo se ve obligado a ser su sostén y amparo, y, por medio de este engaño, el cura y el barbero podrán conducir al caballero andante a su aldea. En la simultaneidad del pensar y el hablar, contemplamos la táctica conversacional y el propósito íntimo de la joven.
     En forma concisa, he presentado estos ejemplos que aparecen en mi libro. Pienso que he sido coherente y consistente de principio a fin, y que no me he desviado de las ideas centrales que expresé en las partes preliminares de mi estudio.
     Al comentar mis ideas sobre el género simposiástico en el Quijote, Kartchner señala que he cometido un error al explicar uno de mis ejemplos:


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One of his examples, however, seems flawed. Rodríguez suggests that when Sancho relates the story about the laborer and the noble who argued over who should sit at the head of the table, Sancho “highlights the equality of the interlocutors” (44). However, as one may recall, the point of Sancho's story seems to be that it made no difference if the laborer sat the head of the table; the real head was the noble, regardless of where either of them sat. Don Quixote seems to understand Sancho's intentions: he blushes and angers. It appears doubtful that Don Quixote could have imagined that Sancho intended to strengthen his master's position of equality with the Duke. Subdialogue does indeed seem to play an important role in this exchange, but perhaps Sancho's intention is to force Don Quixote to face reality or to embarrass him (116).

Ante todo, debo declarar que en ninguna parte de mi libro dije que Don Quijote tuviera el mismo rango de los duques. También debo manifestar que no era mi intención —ni tampoco me pareció necesario— definir con exactitud el grado o índice de igualdad que alcanza cada comensal, porque, a mi ver, lo más importante es resaltar la comunión humana, que es una característica fundamental del simposio. Además, hay que añadir otro aspecto a lo que he dicho: dentro de la perspectiva del simposio, la anécdota de Sancho posee una tendencia igualitaria. Tal como manifesté en mi libro, el cuentecillo burlesco de Sancho sirve para crear igualdad. En su reseña, Kartchner tan sólo considera la relación que se plantea entre los duques y Don Quijote (“It appears doubtful that Don Quixote could have imagined that Sancho intended to strengthen his master's position of equality with the Duke”); pero no considera para nada la relación de Don Quijote con otros personajes que estaban presentes en el comedor. Kartchner tampoco le presta atención a las peculiaridades del simposio, el cual reúne en un ámbito cerrado a personas provenientes de muy diversos niveles sociales, otorgándoles, mientras dure la ceremonia, un alto grado de igualdad. A continuación, podemos ahondar en los rasgos niveladores del diálogo simposiástico, especialmente en las bromas que uno o varios personajes dirigen a un comensal importante.
     En su libro Courtly Performances: Masking and Festivity in Castiglione's Book of the Courtier, Wayne Rebhorn perfila la distancia que separa el ámbito cerrado del simposio del tráfago diario:

Because the symposium basically depicts a special, festive occasion, it is distinguished by having its own special time and space, which are different from the time and space of ordinary, everyday activities. Effectively, it creates a separate realm dominated by its


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serious, yet festive mood, a realm established temporarily within the confines of the workaday world, but separated from it by means of its special setting3.

Cuando llega el momento de cenar, los comensales se sientan a la mesa, dándole la espalda al mundo externo; el lugar donde se celebra el simposio —bien sea el comedor de una casa, o un paraje campestre— siempre tiene paredes o barreras naturales que aíslan y resguardan a los convidados de cualquier influjo de la realidad cotidiana. Tan distanciado está el simposio de las faenas y los negocios, que, según Rebhorn, “. . . the symposium simply turns its back on society's values and concerns” (164). Se disminuyen o se eliminan las desavenencias y pasiones negativas que, por lo general, abundan en la interacción humana; en el simposio, predomina la igualdad entre los participantes. Señala Rebhorn que “. . . the symposium is markedly egalitarian . . .”, y añade que “. . . its participants effectively abandon the status and privileges conferred on them by society” (166).
     Estas ideas sugieren que el mundo del simposio es muy distinto del mundo de la realidad cotidiana. Con frecuencia, el simposio altera la jerarquía habitual de la sociedad, porque coloca a un individuo que pertenece a una clase inferior en un puesto distinguido. El simposio es una ceremonia singular que perfila una jerarquía nueva, en la cual adquiere un rango especial el individuo que en la vida diaria tiene menos poder, dinero, o influencia; veamos lo que dice Rebhorn:

These hierarchies, however, are really a tribute to the distance separating the symposium world from the one outside it, since they inevitably parody, invert, contradict, or somehow set aside the normal hierarchies of that world. Plato's and Xenophon's symposia, for example, celebrate the intellectually superior, but socially inferior, Socrates, while in Plutarch's Banquet of the Seven Sages a political ruler holds his feast as a tribute to the seven wise men, none of whom comes from the upper classes. Note that Castiglione gives the last and best speech in his work not to a nobleman like Ludovico, but to the writer and intellectual Bembo (167).

Todo esto indica que el invitado de honor del simposio es, por lo general, un hombre notable que se distingue por su talento en

     3 Wayne Rebhorn, Courtly Performances: Masking and Festivity in Castiglione's Book of the Courtier. (Detroit: Wayne State University Press, 1978), 162. En adelante, citaré por esta edición y pondré el número de la página en paréntesis.


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alguna actividad humana, y que exhibe probidad y fortaleza en su conducta. Don Quijote posee estas características, pues le conocemos como un caballero andante que, en sus aventuras, ha mostrado virtudes intelectuales y morales, además de expresar en sus acciones un potente acometimiento y vigor. También debo mencionar que, con la publicación del Quijote de 1605, el hidalgo ha alcanzado un merecido renombre. Todo lo dicho muestra que Don Quijote tiene las cualidades necesarias para tener un papel principal en el simposio del palacio ducal.
     Al contemplar la elegante cortesía y las delicadas atenciones que el duque y la duquesa tuvieron con Don Quijote, Sancho queda “. . . embobado y atónito de ver la honra que a su señor aquellos príncipes le hacían . . .” (II, 278). Para mayor asombro del escudero, Don Quijote se sienta a la cabecera de la mesa; o sea, el hidalgo ocupa el asiento reservado para el huésped principal. Don Quijote es el invitado de honor, el que recibe el puesto más excelso. Aunque los duques en la vida diaria tienen una posición mucho más encumbrada que la de Don Quijote, en el mundo simposiástico las diferencias sociales que separan a los individuos se disminuyen o se desvanecen por completo. A mi ver, a pesar de que tratan a Don Quijote con cortesía y comedimiento, los duques mantienen una cierta elevación que les coloca un tanto por encima del hidalgo y del resto de los comensales. Pero esta superioridad no les exime de la tendencia fraternal e igualitaria que rige el simposio. En otras palabras, dentro del simposio, pueden existir ciertas diferencias entre algunos comensales; pero éstas no son tan notables, intensas, o significativas que amenacen con destruir o desequilibrar el espíritu fraternal de la ceremonia simposiástica.
     Pues bien, la anécdota de Sancho forma parte de la tradición literaria del simposio. La broma de Sancho es un topos del género simposiástico, que se perfila al principio de la cena, por medio de la intervención de algún personaje que le hace ciertos comentarios jocosos al anfitrión. Veamos estas palabras de Rebhorn:

Since all its participants are equals, the symposium traditionally had its characters direct their witty barbs at the host, an attempt to compensate for the slight preponderance his special position conferred upon him. Similarly, if Castiglione's duchess is too sacred a figure for his courtiers to tease, her surrogate, Emilia Pia, certainly has to put up with teasing and mockery . . . (116).

Tal como ocurre con la duquesa de Castiglione, los duques de Cervantes son personajes demasiado respetables, a quienes no se les


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puede lanzar puyas o hacer bromas. Para el huésped de honor, Don Quijote, están reservadas la bromas. La anécdota de Sancho sirve para aminorar la importancia que los duques han otorgado a Don Quijote. Por medio de la anécdota, se plantea cierta igualdad entre el invitado de honor y el canónigo malhumorado que estaba sentado a la mesa. Creo que hasta el mismo Sancho, en algunas partes de su cuento, parece acortar la distancia que le separa de su amo, pues, graciosamente, el escudero relaciona a Don Quijote con el ambiente popular al que pertenece Sancho:

. . . por quien hubo aquella pendencia años ha en nuestro lugar, que, a lo que entiendo, mi señor don Quijote se halló en ella, de donde salió herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el herrero . . . ¿No es verdad todo esto, señor nuestro amo? Dígalo, por su vida, porque estos señores no me tengan por algún hablador mentiroso (II, 279).

Pienso que el cuentecillo de Sancho es un topos del género simposiástico. Su propósito es bajar a Don Quijote un tanto de su elevado puesto, colocándolo en un plano más igualitario.
     Por supuesto, Sancho no sabe nada de las tradiciones literarias del simposio; pero Cervantes debía conocer bien los elementos típicos del simposio. En esta escena del palacio ducal, Cervantes, con gran maestría, coloca en las palabras de un rústico un topos que pertenece a una culta tradición literaria.
     Para que el lector pueda contemplar con más claridad este topos, veamos un ejemplo que he sacado del paradigma de todos los simposios —el de Platón—; Sócrates, al sentarse a la mesa, le dirige este discurso burlesco a Agatón:

—¡Ojalá, Agatón, que la sabiduría fuese una cosa que pudiese pasar de un espíritu a otro, cuando dos hombres están en contacto, como corre el agua, por medio de una mecha de lana, de una copa llena a una copa vacía! Si el pensamiento fuese de esta naturaleza, sería yo el que me consideraría dichoso estando cerca de ti, y me vería, a mi parecer, henchido de esa buena y abundante sabiduría que tú posees; porque la mía es una cosa mediana y equívoca, o, por mejor decir, es un sueño. La tuya, por el contrario es una sabiduría magnífica y rica en bellas esperanzas como lo atestigua el vivo resplandor que arroja ya en tu juventud, y los aplausos que más de treinta mil griegos acaban de prodigarte.

—Eres muy burlón— replicó Agatón . . .4

     4 Platón, “El banquete o el amor” en Diálogos, La República o el Estado, trad. por Patricio Azcárate, (Madrid: E.D.A.F., 1965), 493.


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Podemos palpar el tono de mofa, la tendencia al encomio exagerado, la ironía fina y jocosa de Sócrates. Para disminuir la importancia de Agatón en la ceremonia simposiástica, Sócrates le zahiere con su burla.
     Creo que mis comentarios sobre el simposio aclaran el carácter del cuentecillo burlesco de Sancho. La graciosa intervención del escudero es un topos literario, por medio del cual se consigue más paridad entre los comensales.
     En otra parte de su reseña, Kartchner señala que he cambiado el significado del término anácrisis; veamos su comentario:

I am slightly perplexed, however, with the presentation of anacrisis. Rodríguez cites Bakhtin to define anacrisis: “a means for eliciting and provoking the words of one's interlocutor, forcing him to express the opinion and express it thoroughly. Socrates was a great master of the anacrisis” (74). A key part of the definition states that “anacrisis is the provocation of the word by the word” (74). With one exception, Rodríguez's examples seem not to reflect the rigors of Socratic questioning; they appear to be more demonstrative of anamnesis, the recollection of ideas, people, or events (116-17).

Y, más adelante, Kartchner llega a la siguiente conclusión:

In his examples, Rodríguez changes the meaning of anacrisis from a noun that reflects active action to one that reflects passive action; he changes it from an act of forcing others through dialogue to recognize the error of their preconceptions to the mere recall of a past memory which reveals the inner thoughts of a character (117).

Para empezar, a las ideas de mi colega debo oponer dos reparos importantes. El primero es que Kartchner limita las posibilidades de la anácrisis a una sola forma literaria, la del interrogatorio socrático; es decir, Kartchner circunscribe la función de la anácrisis a las preguntas que realizaba Sócrates, por medio de las cuales el ilustre filósofo sonsacaba a sus interlocutores para procurar que la persona manifestara las ideas que guardaba en su conciencia. Me parece que Kartchner ciñe demasiado el concepto de anácrisis a una forma literaria. El segundo reparo es que yo no he cambiado el significado del término anácrisis; en mi libro, siempre me he atenido a las ideas de Bakhtin, las cuales incluyen a la memoria como un elemento importante de la anácrisis.


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     En su libro Problems of Dostoevsky's Poetics, Bakhtin señala que la anácrisis tiene una función importante en el diálogo socrático, y ofrece la siguiente definición de este término:

Anacrisis was understood as a means for eliciting and provoking the words of one's interlocutor, forcing him to express his opinion and express it thoroughly. Socrates was a great master of the anacrisis: he knew how to force people to speak, to clothe in discourse their dim but stubbornly preconceived opinions, to illuminate them by the word and in this way to expose their falseness or incompleteness; he knew how to drag the going truths out into the light of day. Anacrisis is the provocation of the word by the word . . .5

En esta cita, tal parece que Bakhtin se refiere al interrogatorio socrático, porque menciona diversas características típicas de esta forma literaria, y también el nombre del eminente filósofo. No obstante, mi primera observación es que Bakhtin no declara nunca que la anácrisis sea un elemento único o exclusivo del interrogatorio socrático. Además, debo decir que Bakhtin define anácrisis de una manera algo general, pues sus palabras podrían aplicarse tanto al interrogatorio socrático como a otras formas de diálogo. Por ejemplo, en un debate, con frecuencia, las declaraciones del orador pueden provocar una réplica de parte del oyente: bien sea una respuesta incompleta y falsa o una revelación profunda. También podemos apreciar que, a veces, en un pacífico coloquio, la actitud amigable y franca de un hablante puede inducir o motivar al interlocutor a desahogarse por medio de confesiones que descubren algunos aspectos de su íntima realidad. Pienso que la intención de Bakhtin no es limitar la anácrisis tan sólo al interrogatorio socrático; mas bien lo que quiere es presentar este recurso en un contexto amplio que pueda abarcar varios géneros y formas.
     Así pues, creo que Bakhtin concibe la anácrisis como un recurso de gran extensión. A medida que Bakhtin profundiza en sus características, comienza a matizar diversas posibilidades de la anácrisis. Por ejemplo, Bakhtin señala que, en algunas ocasiones, “In the Socratic dialogue, the plot situation of the dialogue is sometimes utilized alongside anacrisis, or the provocation of the word by the word . . .” (111). Y, después de establecer esta conexión, nos ofrece el siguiente ejemplo:

     5 Mikhail Bakhtin, Problems of Dostoevsky's Poetics, ed. y trad. por Caryl Emerson, (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1984), 110-11. En adelante, citaré por esta edición y pondré el número de la página en paréntesis.


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In Plato's Apology the situation of the trial and expected death sentence determines the special character of Socrates' mode of speaking; it is the summing up and conclusion of a man standing on the threshold. (Lo subrayado es del propio Bakhtin) (111).

La circunstancia del juicio incita al filósofo a revelar las firmes creencias que guiaron su vida. Ahora bien, en la Apología, casi no existe el interrogatorio socrático como tal; sin embargo, según Bakhtin, existe la anácrisis. Quienquiera que haya leído la Apología, recordará su tendencia monológica, pues se trata, principalmente, del discurso que Sócrates ofrece a un tribunal de magistrados durante su juicio. Es decir, empezamos a ver que la anácrisis no se limita al interrogatorio socrático, sino que puede aparecer dentro de muy diversas formas (en este caso, el extenso monólogo de Sócrates). También creo que viene muy a propósito la siguiente observación: en la Apología, Sócrates defiende el valor y la integridad de su vida, pues presenta las ideas, las emociones, las convicciones, en fin, el acervo de experiencias que acumuló a lo largo de su existencia. En otras palabras, su discurso se relaciona íntimamente con la memoria.
     Tal como hemos visto en el ejemplo anterior, Bakhtin señala que la anácrisis también puede configurarse por medio de lo que él llama “plot situation”: o sea, los sucesos o circunstancias que se perfilan en la trama pueden tener suficiente fuerza dramática para inducir a un personaje a revelar ciertas ideas que guarda en su mente, o a desahogar contenidos que han permanecido encerrados por largo tiempo en su conciencia. Según Bakhtin, los sucesos de la trama (“plot situation”) son muy importantes en la creación de la anácrisis. Por ejemplo, al estudiar la literatura cristiana en Problems of Dostoevsky's Poetics, Bakhtin comenta que “The corresponding anacrises are also developed (that is, provocation through discourse or plot situation)” (135). En otra parte de su libro, al referirse al antiguo género de la sátira menipea, el crítico ruso declara: “To be sure, this definition singles out only one aspect of the menippea —the creation of an extraordinary plot situation, that is, a provocative anacrisis . . .” (144). Al estudiar un cuento de Dostoevsky llamado A Meek One, menciona “. . . the sharp plot-line anacrisis characteristic for the genre . . .” (154). En otras palabras, la trama plantea sucesos, situaciones y circunstancias, cuya tensión impulsa a los personajes a revelar lo que abriga el intelecto o la conciencia.
     En el Quijote, la anácrisis no surge por medio del interrogatorio socrático, porque éste no existe en las conversaciones de los


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personajes; la anácrisis aparece en los sucesos de la trama, cuando la tensión, el dinamismo, o el impulso que adquiere el coloquio lleva a un personaje hasta un punto en que no puede aguantar más, y revela en plena conversación el secreto o confidencia que había guardado hasta ese momento en su interior. Así pues, en II, 8 y II, 9, cuando la pareja andantesca rememora los incidentes de la primera visita del escudero al Toboso (I, 31), los vaivenes de la conversación van adquiriendo cierta fuerza y vehemencia hasta que Sancho no puede contenerse, y descubre que él nunca visitó el palacio de Dulcinea. En este diálogo, podemos apreciar que la anácrisis se perfila como resultado de una situación o circunstancia de la trama. En I, 42, el cura apela a los tristes recuerdos del oidor para que vislumbre en su conciencia la figura del hermano ausente; en un momento de gran intensidad, el oidor, cuando ya no puede reprimir sus emociones, confirma que el cura hablaba de su hermano, al que creía perdido. En este caso, también la circunstancia de la trama provoca la emotiva revelación. En II, 14, el derrotado Caballero de los Espejos, con la espada de Don Quijote amenazante sobre su rostro, tiene que confesar que nunca venció al hidalgo, y que Dulcinea vale más que Casildea. Podemos apreciar que la anácrisis en el Quijote, tal como expuse en mi libro, se configura por medio de las circunstancias y sucesos de la trama.
     Quizás la anácrisis del interrogatorio socrático, por su tendencia a plasmar en pleno diálogo lo intelectual e ideológico, no tenga una estrecha relación con el recuerdo. Sin embargo, no ocurre así con la anácrisis cervantina, la cual expresa casi siempre un recuerdo que late intensamente en las profundidades de la memoria. La asociación de la anácrisis y el recuerdo no es algo inusitado. En Problems of Dostoevsky's Poetics, Bakhtin explica este vínculo en algunas obras del gran novelista ruso. Por ejemplo, en Bobok, un cuento que plantea una situación fantástica, los personajes están muertos; pero sus facultades vitales se mantienen activas, lo que facilita la expresión de los recuerdos: o sea, las querencias y las preocupaciones que tuvieron los difuntos durante sus vidas. Bakhtin llama a esta situación dramática “. . . an anacrisis of extraordinary power . . .” (140). En el Quijote, la anácrisis presenta un pasado candente, que vibra en la memoria de los personajes, y que se exterioriza, por lo general, con gran fuerza e ímpetu. Así pues, el oidor manifiesta emocionado que el cura hablaba de su hermano ausente (I, 42); Sancho, que ha guardado por cierto tiempo en su memoria el secreto de que nunca visitó a Dulcinea, confiesa sorpresivamente la verdad en plena conversación (II, 9); y, aun el mismo Andrés, que ha sido apaleado en


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dos ocasiones por Juan Haldudo, le dice sarcásticamente a Don Quijote que no le ayude más, porque de las palizas ha quedado maltrecho para toda la vida (I, 31). Podemos ver que éstos no son recuerdos ordinarios y comunes, ya que los personajes rememoran sucesos importantes de sus vidas. No tenemos aquí, tal como señala el profesor Kartchner, “. . . the mere recall of a past memory . . .” (117); el pasado descubre algo mucho más hondo, que involucra todo el espíritu del personaje.
     Aunque no estoy de acuerdo con las opiniones y los juicios de Kartchner, no dejo de estimar y apreciar sus ideas. En su reseña, Kartchner ha mostrado un buen conocimiento del Quijote y también de diversas teorías literarias.


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Prepared with the help of Sue Dirrim
Fred Jehle jehle@ipfw.edu Publications of the CSA HCervantes
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