From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
12.2 (1992): 105-15.
Copyright © 1992, The Cervantes Society of America
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JOSÉ RAMÓN FERNÁNDEZ DE CANO Y MARTÍN |
| A don José Antonio Cerezo Aranda, | |
| bibliómano festivo. |
N SU COMPLEJA
ESPECIFICIDAD, el texto dramático no pasa de ser un manual
de instrucciones para su posterior y eventual puesta en
escena.1 Desde esta perspectiva rigurosamente
teórica y, en lo que a mi saber se alcanza, muy poco
acertada, la cópula fugaz que, entre bastidores, sostienen
doña Lorenza y su emboscado galán puede considerarse como uno
de los episodios más audaces entre los urdidos por un dramaturgo barroco,
a pesar de que el decoro cervantino vela para que el rocambolesco
adulterio no entre por los ojos del escandalizado espectador.
Hace ya muchos años que Fitzmaurice-Kelly recordaba el estupor que
el
1 Vid.
Milagros Ezquerro, Manual de análisis textual (Toulouse-Le
Mirail: Université, 1988), p. 216: La especificidad de la escritura
dramática es, por lo tanto, la de constituir un llamado a una eventual
ejecución concreta posterior.
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entremés de El viejo celoso había causado al casto y severo Franz Grillparzer, quien consideraba la obrita como la más desvergonzada que registran los anales del teatro.2 Con el paso del tiempo, la heterogénea crítica cervantina ha ido moderando el talante mojigato de algunas de sus más sonadas aseveraciones, sin dejar por ello de mostrarse unánime a la hora de señalar la sorprendente carga erótica que palpita, entre burlas y veras, en la procaz iniciación de la casada intacta.3 No niego que, durante su representación, este curioso lance pueda parecer algo subido de tono; pero me temo que la desesperación del necio Cañizares, la falsa indignación de Cristinica, el exultante gozo de doña Lorenza y la cómica precocidad del sigiloso galán configuran un cuadro de tal vigor dramático, que el espectador, seducido ante el embrujo de la escena, olvida otros pasajes menos llamativos, pero sin duda mucho más obscenos. Quiero, por ello, invitar a este selecto auditorio a hacer un nuevo recorrido (algo informal, y muy apresurado) por la regocijante prosa del entremés de El viejo celoso, olvidando en la medida de lo posible cualquier imagen visual derivada de su puesta en escena,4 y reparando sólo en la frescura de ciertos vocablos maliciosos que Cervantes pone en boca de sus estrafalarios personajes. Me amparo, desde luego, en la lección que el propio don Miguel brinda a su público en la esclarecedora Adjunta al Parnaso de 1614, un año antes de que viera la luz la primera impresión de las Ocho comedias y ocho entremeses; allí, Cervantes anuncia su intención de publicar estas piezas teatrales para que se vea de espacio lo que pasa apriesa,
2 Eugenio
Asensio, Introducción a su edición de los
Entremeses (Madrid: Castalia, 1984), p. 24.
3 Es
indecentísimo que doña Lorenza se encierre con él [el
mozo] a vista del marido (J. A. Sánchez, prólogo a su
edición de los Entremeses [Cádiz, 1816], p. 25).
Indecente y escandaloso es [. . .] que la esposa
se haga justicia por su mano (Armando Cotarelo y Valledor, El teatro
de Cervantes [Madrid, 1915], p. 528). La esposa de la novela no
llega a consumar el engaño, lo que sí hace la del entremés
y con desenvuelto cinismo, de modo que el público casi resulta testigo
presencial (Francisco Ynduráin, prólogo a su edición
de los Entremeses [Madrid: Espasa-Calpe, 1980], p. 25).
4 Entre lectores,
editores y comentaristas actuales, no son pocos los que olvidan que, en 1615,
los entremeses eran nuevos y nunca representados, según
reza la portada de la editio princeps. No hay noticia de su supuesta
representación a lo largo del siglo XVII; en cambio, se sabe que fueron
muy leídos: vid. José Manuel Blecua, prólogo a su
edición de los Pasos de Lope de Rueda y de los
Entremeses (Zaragoza: Ebro, 1969), p. 43.
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y se disimula o no se entiende cuando las representan.5 Debo añadir, antes de clausurar esta ya fastidiosa captatio benevolentiae, que plumas mucho más autorizadas que la mía ya advirtieron la revoltosa ambigüedad de algunos términos engastados como gemas en los diálogos de El viejo celoso.6 Sin embargo, y frente a la profusión de anotaciones que iluminan otros vocablos de significado patente, es lamentable la parquedad de datos ofrecidos a la hora de aclarar algunos puntos obscuros de innegable dimensión erótica.7
Más allá de esa anecdótica
refriega que tanta curiosidad ha despertado, la mayor parte de las alusiones
eróticas que Cervantes enhebra en el tejido sutil de El viejo
celoso giran en torno a dos núcleos temáticos íntimamente
relacionados y, a la vez, bien diferenciados entre sí. Me refiero,
claro está, a la impotencia del viejo setentón y a la mal
disimulada incontinencia de las mujeres que le rodean.
Es preciso anotar, antes que nada, que con
la redacción de este atrevido juguete teatral Cervantes queda incluido
en la más
5 Viaje
del Parnaso, ed. de Miguel Herrero García (Madrid: CSIC, 1983),
p. 314.
6 Bonilla encuentra
demasiado picantes alusiones no muy frecuentes en Cervantes
(Introducción a su edición de los Entremeses
[Madrid: Asociación de la Librería de España, 1916].
Jean Canavaggio advierte que campea en los ocho entremeses el irónico
triunfo de la palabra (Estudio preliminar de su edición
de los Entremeses [Madrid: Taurus, 1981]). Por su parte, Asensio
añade que Cervantes exhibe una rara maestría en el arte
del diálogo entremesil, dando a los personajes una a modo de segunda
identidad mediante una diestra manipulación de los resortes del
lenguaje (p. 27); y pone el dedo en la llaga cuando afirma que no
poseemos, que yo sepa, ninguna monografía acerca de la lengua y el
diálogo en los entremeses cervantinos (p. 45). El lenguaje
que emplean los personajes es uno de los elementos más valiosos en
los entremeses cervantinos (Arturo Souto, Introducción
a los Entremeses [México: Porrúa, 1970], p. xxii).
7 Si excluimos
el Quijote y algunas novelas ejemplares, las demás obras del
glorioso escritor el teatro y el Persiles, sobre todo
están tan descuidadas como el día en que salieron de las primeras
prensas. Peor aún: los comentaristas las han puesto, muchas veces,
en tan malas condiciones, con correcciones y aclaraciones inoportunas
(¡aquel olvidado consejo de Jacapone: Dov'é piana lettera,
non fare oscura glosa!), que se hace preciso horadar una gruesa capa
de errores añadidos para alumbrar el texto a su pureza original
(Fernando Lázaro Carreter, Notas sobre el texto de dos entremeses
cervantinos, Anales cervantinos, 3 (1953), 340-48.
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pura tradición erótica del Barroco: el esfuerzo estéril
que pone en ridículo al varón en el intento de satisfacer la
concupiscencia de una fogosa hembra, es un lugar común en cualquier
obra picante del Siglo de Oro. No hay, pues, ninguna originalidad en la
elección del tema los celos irrisorios, o la inútil
precaución, según Beaumarchais, ni en su desarrollo
argumental, ni en el motivo folclórico del tapiz cómplice
harto rastreado y bien documentado en obras de mayor
alcance,8 ni tan siquiera en la
utilización de unos términos equívocos que, aunque hoy
en día podrían pasar inadvertidos ante un lector poco avisado,
eran moneda de uso corriente en el universo del discurso erótico del
siglo XVII. De ahí que no me parezca exagerado considerar esta jugosa
obrita como un perfecto paradigma entre otros muchos, desde luego
del espíritu creador barroco, porque la calidad de la pieza no procede
de la novedad de los materiales empleados en su elaboración, sino
que es el resultado de una asombrosa combinación de todos ellos.
En El viejo celoso, el cócktail
explosivo que Cervantes ha preparado queda constreñido en un único
y forzoso cauce de expresión: el
diálogo.9 Aun así o tal
vez gracias a ello, el autor no halla impedimento alguno a la hora
de informar con todo detalle sobre la incapacidad sexual de Cañizares.
Cierto es que el género impone sus condiciones, y que Cervantes no
puede pintar con vivos colores los cómicos efectos que ha obrado la
edad en la potencia viril del viejo esposo; pero, ¿acaso
es necesaria descripción alguna, cuando la propia doña Lorenza
reconoce apenas comenzado el entremés que se encuentra
en medio de la abundancia, con
hambre?10 ¿Acaso no está
todo dicho cuando afirma: soy primeriza, estoy temerosa
(145); o cuando, casi a renglón seguido, Cristinica añade,
apuntando con sorna hacia su joven tía: soy niña y
muchacha, / nunca en tal me vi (145)? Con inigualable maestría,
Cervantes juega gradualmente con la información que transmite, porque
si el estar con hambre induce a pensar que son muy escasos los bienes
del matrimonio que doña Lorenza disfruta, el ser primeriza, niña
y muchacha, y el no haberse visto nunca en tal confirman no sólo
que el viejo ya no satisface,
8 Vid.
Stanislav Zimic, Bandello y El viejo celoso de
Cervantes, Hispanófila, 31 (1967), 29-41.
9 Con la mínima
salvedad de las cancioncillas incluidas.
10 Miguel de
Cervantes, Entremeses, ed. de Adolfo Bonilla y San Martín (Madrid:
Asociación de la Librería de España, 1916), p. 143.
En adelante, todas las citas del texto irán referidas a esta
edición.
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por razones obvias, el apetito sexual de su joven compañera, sino
también que ya desde la noche de bodas carecía de las facultades
precisas para hacerlo. La diferencia, por sutil, no deja de ser decisiva,
sobre todo en la encrucijada de calificar la conducta sexual
¿delito?, ¿pecado?, ¿simple desvergüenza?
de la malmaridada. Sin entrar en farragosas disquisiciones
jurídico-canónicas, presumo que los más sesudos doctores
in utroque del siglo XVII no osarían tildar de adúltera
a doña Lorenza, habida cuenta de los numerosos indicios que, a lo
largo de toda la obra, parecen demostrar la nulidad del desigual
enlace.11
Tradicionalmente, pues, se ha venido haciendo
una lectura muy poco rigurosa del entremés de El viejo celoso,
lo que en cierto modo explica que el escándalo de los lectores
tardíos no se corresponda con la indiferencia de los coétaneos
de Cervantes. Para un receptor y ahora da lo mismo que sea lector,
oyente o espectador del siglo XVII, doña Lorenza es una simple
pecadora (una de tantas) arrastrada al mal por el torrente incontenible de
la carne; su juventud e inexperiencia son elementos atenuantes de su culpa;
y, además, ella no es la única responsable del engaño
con que humilla a Cañizares. La controvertida escena parece, desde
esta perspectiva, bastante menos indecorosa que las severas interpretaciones
que se han hecho de ella.
Cabe objetar, quizá, que las expresiones
primeriza y nunca en tal me vi no aluden a una perfecta
conservación del virgo de doña Lorenza, sino a que la infeliz
muchacha nunca se ha visto en el trance de inscribir a su esposo
en la Cofradía del Cuerno. Pero, una vez más, la exacta
comprensión del vocabulario erótico cervantino viene a confirmar
que la coyunda carnal entre la quinceañera y el septuagenario nunca
se ha visto consumada. La lenguaraz Cristina mujer de rompe y rasga,
a pesar de su corta edad12 asegura
que su tío toda la noche anda
11
Nótese que casi todos los estudiosos de la obra supongo que
con más inocencia que ignorancia hablan del adulterio
de doña Lorenza, cuando tal figura no puede concurrir en el caso de
un matrimonio que, como éste, es nulo. En efecto, el Derecho Matrimonial
Canónico establece que la impotencia constituye un impedimento
dirimente (es decir, que invalida automáticamente el vínculo)
y, a la vez, indispensable, lo cual implica que ni el Sumo Pontífice
Paulo V, illo tempore podría haber aprobado una
remoción de la causa que origina la nulidad del matrimonio entre
Cañizares y doña Lorenza.
12 Para una
mejor comprensión del peculiar carácter de la criadita, vid.
Javier Montesinos, Cristina en El viejo celoso de
Cervantes, Anales cervantinos, 20 (1982), 205-12.
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como trasgo por toda la casa (147), sutilísima
apreciación que difumina la corporeidad de Cañizares para
reducirle, durante la noche, a una mera presencia evanescente. Y, no contenta
con ello, insiste en otro lugar: A fe, señora tía, que
tiene poco ánimo, y que, si yo fuera de su edad, que no me espantaran
hombres armados (151). In absentia, y por
contraposición, el viejo celoso queda públicamente desarmado,
id est, despojado de sus atributos viriles.
Por si todo esto fuera poco, Cervantes va a
poner en boca del propio Cañizares la involuntaria confesión
de su impotencia. La conversación entre el menguado viejo y su compadre
da lugar a una escena antológica, pieza escogida entre los escritos
del Príncipe de los Ingenios. (No hay que olvidar que, cuando redacta
los entremeses, este manco curtido y socarrón anda mucho más
cerca de la vejez de ambos compadres que de la adolescencia de doña
Lorenza.) El cebo erótico de todo el pasaje viene, de nuevo, servido
gradualmente, dosificado con mesura de menos a más. Comienza el viejo
por reconocer que se casó con una muchacha pensando tener en
ella compañía y regalo, y persona que se hallase en mi cabecera,
y me cerrase los ojos al tiempo de mi muerte (149). Admira el peregrino
concepto que, acerca del matrimonio, tiene Cañizares, quien se ha
vestido de novio pensando antes en morir que en engendrar vida. Pero, al
margen de los rasgos pertinentes que definen el tipo entremesil del viejo
esposo, esta sincera confesión entre compadres esconde una habilidosa
maniobra cervantina que trae a colación el espinoso asunto de la
impotencia senil. Obsérvese que, por omisión, el problema de
la relación sexual entre los cónyuges viene a la
mente del receptor antes que cualquier otro contenido del citado mensaje.
Planteado, pues, el tema que va a ser dominante
a lo largo de toda la escena, el proceso constructivo de este magistral
diálogo consiste, básicamente, en aportar nuevos significados
que aclaren, maticen y, a la postre, ridiculicen recuérdese
el carácter lúdicro del género la impotencia de
Cañizares. Para ello, Cervantes va a recurrir a un reducido elenco
de procedimientos retóricos que, a pesar de su probada eficacia, son
muy poco originales insisto en la escasísima novedad de los
materiales empleados. La discutida sentencia con que San Pablo anima
al matrimonio a los corintios (melius est nubere quam
uri13) había sido
13 San
Pablo, I Corintios, VII, 9.
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absorbida por el surtido y permeable Refranero castellano. No puede
extrañar que Cervantes, el mayor prestidigitador peremiológico
de nuestras Letras, ponga en boca del Compadre ese mejor es casarse
que abrasarse (149), a lo que Cañizares, aterrado, replica:
¡Qué no había qué abrasar en mí,
señor compadre, que con la menor llamarada quedara hecho
ceniza! (149).
El uso intencionado de pensamientos célebres
(cultos o populares) viene dando la mano a la socorrida metáfora,
porque es notorio que, detrás de esa violenta llamarada que
tanto espanta al viejo, crepita el juvenil ardor de la fogosa doña
Lorenza. Progresa así, in crescendo, la línea erótica
que constituye el eje central de la escena; y tras una virtuosa perífrasis
cuya doble intención no se le escapa ni a la más párvula
ursulina no pasará mucho tiempo en que no caya Lorencica
en lo que le falta
(150)14, atruena el virulento juego
de palabras que ha causado no poco sonrojo a más de un crítico
pudibundo:15
| COMP. Y con razón se puede tener ese temor; porque las mujeres querrían gozar enteros los frutos del matrimonio. | |
| CAÑ. La mía los goza doblados. | |
| COMP. Ahí está el daño, señor compadre (150). |
La intrépida dilogía de doblados (duplicados, quiere decir Cañizares; fláccidos, interpreta correctamente el compadre) sirve para que, con machacona insistencia, el viejo siga dando pruebas de su manifiesta incapacidad. El proceso de degradación del personaje adquiere un claro sesgo de caricatura,16 muy alejado ya de la complejidad psicológica que enriquece a otros célebres cornudos cervantinos (v. gr., el Anselmo de El curioso impertinente). Antes de despedir al Compadre, Cañizares tendrá una nueva ocasión de repetir que su esposa continúa
14
Adviértase, de paso, que este fundado temor de Cañizares
conforma una clara prolepsis que, como tal, anticipa un suceso posterior
(en este caso, prácticamente inmediato). Con ella, Cervantes refuerza
la conversación que, por debajo de los hilos de la trama,
sostienen emisor y receptor.
15 Así
anota Miguel Herrero García, en su ed. de los Entremeses (Madrid:
Espasa-Calpe, 1945), p. 227, n. 19: Doblados: Palabra de un
doble sentido atroz, que se encarga de subrayar la línea siguiente.
Como ejemplo de crítica gazmoña, este estudio no tiene desperdicio.
16 Este tinte
grotesco facilita, en opinión de Avalle-Arce, el descenso hacia lo
sicalíptico: Y al extremar las líneas caricaturescas,
Cervantes agudiza también las notas obscenas, que singularizan a este
entremés dentro de la producción cervantina
(Introducción a su ed. de las Novelas ejemplares [Madrid: Castalia,
1982], I, 35).
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tan inmaculada como cuando nació: Es más simple Lorencica
que una paloma, y hasta agora no entiende nada desas
filaterías (150).
Cañizares se basta consigo mismo para
ridiculizarse progresivamente en cada una de sus hilarantes intervenciones;
pero la pluma burlona de Cervantes apura la reflexión final del Compadre
para lanzar una última y ruidosa andanada. Con su acostumbrada pericia,
Miguel vuelve a exprimir el Refranero hasta caer en la cuenta de que
Cañizares es de aquellos que traen la soga
arrastrando (151). Resulta paradójico que, en medio de tantas
alusiones, haya pasado inadvertida esta definición tan plástica
y certera de la grave dolencia que afecta al viejo. Quiero pensar que la
imagen metafórica chusca y vulgar, por muy cervantina que sea
de la soga arrastrando no necesita aclaración alguna, porque
cualquier lector actual que haya pasado la pubertad tiene conciencia clara
del referente real al que el Compadre, burlonamente, alude. Ahora bien,
¿qué ocurre cuando estas realidades prohibidas aparecen
cubiertas por ropajes ya pasados de moda? ¿Se descifran en notas los
significados ocultos de las expresiones procaces ya caídas en desuso?
Conviene, para averiguarlo, practicar otra cala en el compacto texto de El
viejo celoso:
| ORT. Si vuestra merced hubiere menester algún pegadillo para la madre, téngolos milagrosos, y si para mal de muelas, sé unas palabras que quitan el dolor como con la mano. | |
| CAÑ. Abrevie, señora Ortigosa; que doña Lorenza, ni tiene madre, ni dolor de muelas; que todas las tiene sanas y enteras, que en su vida se ha sacado muela alguna. | |
| ORT. Ella se las sacará, placiendo al cielo, porque le dará muchos años de vida; y la vejez es la total destruición de la dentadura (155). |
Aparentemente, este pasaje parece haberse preservado de la contaminación erótica que afecta a todo el entremés; sin embargo, es uno de los más obscenos. Lo que ocurre es que ningún castellano-hablante de este siglo identifica la expresión sacarse una muela con lo que los latinos llamaban futuere; en cambio, en el lenguaje coloquial de un español del Siglo de Oro, sacarse una muela era un eufemismo tan manido como inteligible:
| CORNELIO: Ha, ha. ¿No hay en casa alguna dueña que quiera hacer contigo de la duenda? | |
| VIGAMON: Si eso tuviera, medio mal; mas no hay sino una viejezuela, trasparente como lanterna, que gobierna la casa. |
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| CORNELIO: ¿Es tan sin dientes que no se la pueda sacar un par de muelas?17 |
Pues bien: en ninguna de las ediciones que
he tenido ocasión de manejar se anota que, al reconocer el perfecto
estado de la dentadura de su esposa, Cañizares vuelve
a proclamar, involuntariamente, la virginidad de doña Lorenza.
Estoy con hambre, soy
primeriza, nunca en tal me vi, los goza
doblados, trae la soga
arrastrando . . . . Se diría que Cervantes
se regodea en la impotencia del viejo celoso, agotando todas las fórmulas
posibles para referirse al mal sin mencionar su nombre. Pero, a pesar del
derroche exhibido, todavía se guarda Miguel una pareja de
metáforas18 que van a convertir a
Cañizares, por mor de su incapacidad, en un títere grotesco
en manos de las tres astutas mujeres. Repárese en esta nueva cala:
| LOR. Siete puertas hay antes que se llegue a mi aposento, fuera de la puerta de la calle, y todas se cierran con llave; y las llaves no me ha sido posible averiguar dónde las esconde de noche. | |
| CRIST. Tía, la llave de loba creo que se la pone entre las faldas de la camisa. | |
| LOR. No lo creas, sobrina; que yo duermo con él, y jamás le he visto ni sentido que tenga llave alguna (146-47). |
Si se me tolera el burdo donaire, diré que, en lo que a la virginidad de la quinceañera se refiere, la clave está en la llave. La identificación entre este objeto valioso y lo que doña Lorenza no encuentra por las noches era un tropo harto común en la
17 Alonso Velázquez de Velasco, La Lena (Valencia: Prometeo, s.a.), p. 118. Por otra parte, la lírica popular ofrece numerosos ejemplos de esta peculiarísima extracción molar:
| A. | Pues llamemos al barbero que nos saque sendas muelas, y arrimalle las espuelas si no anduviere ligero; y, pues no cuesta dinero, que nos haga una sangría: |
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| B. | Darémonos un buen día. |
Cito por Pierre Alzieu, Robert Jammes
e Yvan Lissorgues, Poesía erótica del Siglo de Oro
(Barcelona: Crítica, 1984), p. 170.
18 Lo
común es que este lenguaje del cuerpo erótico se encubra bajo
la forma de eufemismos, metáforas y símbolos diversos
[. . .]. Cervantes es maestro en el arte de la
matización verbal a la hora de designar el cuerpo erótico
(Javier Huerta Calvo, El cuerpo en escena, Le corps dans la
société espagnole des XVIe et XVIIe
siècles [París: Publications de la Sorbonne, 1990], en
la p. 285).
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época de Cervantes.19 Sin embargo,
lo pasan por alto sus editores modernos, a pesar de que Cirot supo descifrarlo
hace más de sesenta años.20
Su interpretación es, desde luego, demasiado sencilla. Doña
Lorenza, además, insiste en otro pasaje: Encomiendo yo al diablo
sus maestrías y sus llaves (152): de ahí que omitirla
no habría sido nada grave si no fuera porque, animada por el prodigioso
soplo cervantino, la malhadada llave engendra otra metáfora complementaria
que enriquece sustanciosamente la escena de la iniciación de la infeliz
muchacha.
En efecto, el hecho de que doña Lorenza
y su atrevido galán hagan las bellaquerías detrás de
la puerta se explica porque, merced a una brillante asociación de
ideas, esa privilegiada puerta se ha convertido en metáfora
inequívoca y, sobre las tablas, visible de aquella dulce
entrada que Cañizares no acierta a franquear con su deteriorada
llave. Sabido esto, el entremés se puebla de significados dispares,
y su lectura se hace cada vez más sugestiva y amena. Ahora es mucho
más fácil que brote la carcajada cuando, ocultos ya doña
Lorenza y el mozo, la malévola Cristina exclama: Tío,
¿no ve cómo se ha cerrado de golpe? Y creo que va a buscar una
tranca para asegurar la puerta (156-57). O cuando el
viejo ridículo clama: No la despedazaré yo a ella, sino
a la puerta que la encubre; y doña Lorenza, franca y
franqueada, responde: No hay para qué, vela
aquí abierta (158).
Se habrá notado que Cervantes alude a las más escondidas realidades sin necesidad de utilizar ningún término explícitamente erótico. A modo de recapitulación, valga decir que cualquier expresión amoroso-sexual camuflada en el entremés de El viejo celoso puede encuadrarse en uno de estos dos apartados:21
| 19 | Si el jardín de Chipre se te cerrare, da al jardinerodinero, darte ha la llave. (Alzieu, Jammes y Lissorgues, p. 258). |
20 George
Cirot, Gloses sur les maris jaloux de Cervantes,
*Bulletin hispanique, 31 (1929), 1-74, en la p. 28.
21 Para profundizar
en esta clasificación tan sencilla como manejable del
vocabulario erótico, vid. Vicente Reynal, El lenguaje
erótico medieval a través del Arcipreste de Hita (Madrid:
Playor, 1988), p. 43.
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| 1. Palabras que, teniendo un significado común decente, poseen a la vez un sentido connotativo sexual tácitamente compartido por la comunidad lingüística (v. gr., llave, hombres armados, sacar muelas, etc.). | |
| 2. Palabras o expresiones que, sin poseer esta connotación sexual tácita, adquieren, dentro del contexto específico en que son utilizadas, un significado sexual añadido (v. gr., doblados, soga, filaterías, etc.). |
Palabras doctas o jocosas, cultas o vulgares,
castas o lascivas; palabras más o menos rotundas, más o menos
ambiguas, más o menos procaces. Palabras eróticas en el sentir
de la colectividad, o palabras erotizadas por el ingenio zumbón
de Miguel de Cervantes; palabras sean como fueren encargadas
de arrastrar una voluminosa carga erótica de la que, como punta de
iceberg, sólo destaca una pequeña parte: la vertiginosa
cópula propiciada por la astuta Ortigosa. Claro que, después
de haber reparado en la eficacia de estos términos eróticos
cuidadosamente seleccionados, parece evidente que la espectacularidad del
coito oculto ha obrado, ante los ojos del lector moderno, el mismo efecto
opaco que el guadamecí tupido; y que la crítica actual, tal
vez no menos distraída que el necio y trasnochado Cañizares,
se ha dejado embaucar por la tramoya de este escandaloso lance, sin reparar
en la luminosa pirotecnia que refulge en los alegres diálogos
cervantinos.
| UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID |
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
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