From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
12.2 (1992): 33-62.
Copyright © 1992, The Cervantes Society of America
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JOSÉ-IGNACIO
DÍEZ FERNÁNDEZ LUISA-FERNANDA AGUIRRE DE CÁRCER |
| yo creo ahora que basta con poner a Cervantes de acuerdo con su tiempo, e intentar ver las cosas un poco como él podía verlas (Américo Castro) |
esde que Menéndez
Pelayo manifestara su ya célebre opinión sobre la riqueza de
supersticiones en la última novela de
Cervantes,1 distinguidos críticos se
han esforzado por justificar y dar sentido a tan
1 Y, sin embargo, cuando en su vejez hizo un libro de aventuras, especie de novela bizantina, imitación de Heliodoro, tejida de casos maravillosos, no dudó, sin duda por debilidad senil, en acudir a los prestigios algo pueriles de la magia, y colocó en las regiones del Norte, por él libremente fantaseadas, hechiceras y licántropos que mudan de forma mediante la efusión de sangre., Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, 4ª ed. (Madrid: BAC, 1987), II, p. 278. Julio Caro Baroja Vidas mágicas e inquisición (Madrid: Taurus, 1967), I, p. 120 también encuentra otro tono en los comentarios cervantinos sobre hechicería en el Persiles y lo atribuye a un real cambio de carácter y de gusto, a una especie de [p. 34] regresión senil (. . .), la regresión de un hombre con temperamento idealista pero con ojos terriblemente perspicaces para ver la realidad, de la que al final quiere apartarse, como en un ensueño (véanse también las pp. 177-81).
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amplia presencia de la magia en el Persiles2. Nuestro interés ha sido mucho más modesto, pero no exento de numerosos problemas, y se ha centrado en la interpretación y valoración de la hechicería o brujería (términos equívocos, como se verá) tanto desde la perspectiva histórica como desde el tratamiento literario, analizando las posibles implicaciones de la vinculación de la hechicería con las minorías raciales y religiosas de los moriscos y los judíos. Dada la necesariamente limitada extensión de este trabajo, las referencias a otros textos cervantinos se han reducido al mínimo.3
2 Lo
único que al autor le preocupa es obtener efectos que suspendan el
ánimo, dando previamente al lector una base cualquiera para que surja
en su fantasía la impresión de maravilla. Recordemos que Cervantes
ha dicho esto muy claramente en el Quijote, I, 47 (. . .)
¿Por qué, pues, hablar en estos casos de senilidad, de
reaccionarismo, de credulidad vulgarísima en Cervantes?
(Américo Castro, El pensamiento de Cervantes, nueva ed. ampliada
y con notas del autor y de Julio Rodríguez-Puértolas (Madrid:
Noguer, 1980), pp. 97-8). Compartimos la idea del uso literario del tema,
en la que Castro insiste (probablemente para eximir a Cervantes de creencias
poco aptas para los admiradores modernos del escritor), pero no tratamos
del problema de la creencia, que parece ser sumamente importante para algunos
investigadores, que es muy difícil de aquilatar y que se suele conectar
con el deseo de mostrar un Cervantes no tan supersticioso como sus
contemporáneos. Véase también Alberto Sánchez,
El Persiles como repertorio de moralidades, Anales
Cervantinos, 4 (1954), pp. 199-223, esp. 219, y Agustín González
de Amezúa, Cervantes, creador de la novela corta española
(Madrid: CSIC, 1956-8), II, pp. 450-91, que manifiesta, sobre esta
cuestión, una opinión ponderada.
3 Menéndez
Pelayo recoge otras obras en donde Cervantes se muestra escéptico
o burlón sobre la brujería y la magia. Sólo encuentra
en el Persiles un uso diferente que achaca a debilidad senil,
como ya se ha indicado. Sin duda hay que revisar mejor las opiniones de Cervantes
en cada uno de los casos del Persiles y no dejarse despistar por la
presencia amplia de la magia y la superstición en una novela que se
desarrolla, en su primera mitad, en tierras bárbaras con escaso
conocimiento de la verdad católica. Una amplia muestra de textos
cervantinos que traten de supersticiones se encuentra en Ricardo del Arco,
Cervantes y las supersticiones, BBMP, 26 (1950), pp. 338-361,
en Agustín González de Amezúa, pp. 462-6, y en Francisco
Garrote Pérez, Universo supersticioso cervantino: su
materialización y función poética, en Cervantes,
su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes,
dirección de Manuel Criado de Val (Madrid: Edi-6, 1978), pp. 59-74,
quien defiende la condena cervantina de las supersticiones y la función
poética y didáctica de estas escenas. Véase también
la nota 74.
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En el Persiles aparecen tres episodios, de amplia extensión, sobre brujas o hechiceras4. El primero de ellos lo cuenta Rutilio en el libro I (8, pp. 89-92) dentro de la narración de su vida. Se trata de una hechicera que practica una suerte de medicina extraoficial para desesperados, en la que tanto las yerbas como las palabras componen un método del que Cervantes, por boca de Rutilio, no hace valoraciones al no indicar si realmente es útil para curar a la hija de la alcaldesa. En una situación extrema Rutilio, para salvar su vida, accede al matrimonio con la hechicera, a quien, con ironía característica, se califica de ángel. La liberación de la cárcel es sin duda milagrosa y de una extraordinaria sencillez (basta con agarrar, durante la noche, la punta de una caña) y es seguida por un vuelo en el manto de la hechicera, quien consigue que se eleve gracias a unas palabras que no se nos transmiten (en el Persiles Cervantes no recoge ningún conjuro y, en general, se muestra parco en detalles sobre los métodos brujo-hechiceriles). Rutilio insiste en lo desesperado de su situación y, en consecuencia, en la necesidad de una solución también excepcional. El narrador opone claramente el poder de Dios (al que paradójicamente Rutilio también acude en ese momento, por miedo) y el poder de los diablos, que sostiene el manto. Después de cuatro horas, aproximadamente, los dos personajes se encuentran en una tierra nueva y lejana, en Noruega (como se dirá después), en donde la hechicera inmediatamente intenta satisfacer sus deseos no muy honestamente. El resto de la narración se centra en la transformación lupina de la mujer y su muerte. En el relato no se indica cuál es el nombre de la hechicera, y nada se dice sobre su raza o nación. El narrador trata de ella como hechicera o encantadora, aunque predomina el primer término.5 Sin embargo su caracterización (el vuelo, la transformación y la referencia a los diablos) se asociaría
4 Otras
referencias, menos importantes (por su brevedad o su carácter fingido),
se hallan en III, 15 (p. 378), donde se alude, dentro de la historia de Claricia,
a una esclava que estaba en opinión de maga, con un apoyo
explícito en la Deyanira clásica; y en III, 20-21, donde Isabela
Castrucho se finge endemoniada por un asunto amoroso. Todas las citas proceden
de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, edición,
introducción y notas de Juan Bautista Avalle-Arce (Madrid: Castalia,
1970).
5 La historia
se retoma en I, 18 (pp. 133 y ss.) y Rutilio vuelve a utilizar
hechicera antes de que Mauricio se engolfe en una disquisición,
con valor docente, sobre la licantropía.
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más bien con la denominación de
bruja6. Desde el desarrollo de
la narración esta historia es secundaria, no afecta a los protagonistas,
sino que es narrada por uno de los personajes que Periandro y Auristela
encuentran en su peregrinación.
La segunda historia es más importante,
tanto por su extensión cuanto por su proximidad a los protagonistas.
La morisca7
6 Véanse
más abajo las consideraciones en torno a los problemas de nomenclatura.
Si se admite que las brujas sólo buscan su propia satisfacción
resulta extraña la alusión a la enfermedad del niño
que se debe sanar (aunque en la narración no se comenta cuál
es el resultado). Tampoco hay alusiones al aquelarre. Sin embargo el vuelo
y la transformación en loba parecen escapar de la caracterización
de la hechicera. Nada parecido sucede con Cenotia o Julia. Véase la
nota 42.
7 Cenotia nunca
es calificada de morisca, ni por sus propias palabras ni por
el narrador. Ella misma se identifica como de estirpe agarena,
término que, según María Moliner (Diccionario de
uso . . . , s.v. agareno), alude al musulmán
que vivió en la península durante la Edad Media. Al no haber
ninguna declaración en contrario sobre su religión a lo largo
de la obra, nos parece que lo más adecuado sería interpretar
que Cenotia es o una musulmana o al menos una cripto-musulmana (y, por tanto,
morisca). Cenotia es de Granada, una de las zonas de mayor raigambre musulmana.
Aunque la cronología del Persiles es imprecisa, la salida de
Cenotia recuerda otras históricas, sirvan como ejemplo la de 1500-1510
en la que salieron los musulmanes que no quisieron convertirse, o las de
1608 que pretendían evitar los inconvenientes de una salida obligada
y que afectó a moriscos (cripto-musulmanes o no) que debieron salir
por el Norte, pues era un delito hacerlo hacia países musulmanes
Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent, Historia de los
moriscos. Vida y tragedia de una minoría [1978] (Madrid: Alianza,
1984), pp. 21 y 177. En el caso de Cenotia la indeterminación de la
causa de su huida se acentúa por su condición de hechicera.
Sin embargo, parece que Cervantes construye el personaje de Cenotia sin
inspirarse ni en una situación ni en un modelo concretos. El silencio
del narrador podría deberse a varias razones: 1) quizá el nombre
es muy elocuente (predomina Cenotia y la Cenotia
sobre otras formas con adjetivos); 2) es posible que lata en el fondo el
problema de la integración o no de los moriscos en la comunidad cristiana
y el de la validez de los bautismos en masa (sobre esto, véase, entre
otros, Ricardo García Cárcel, Herejía y sociedad
en el siglo XVI. La Inquisición en Valencia, 1530-1609 (Barcelona:
Península, 1980), esp. pp. 25 ss., 52 ss, 110 y ss, passim).
Resulta significativo que el personaje que desencadenará varios desastres
no quede vinculado al cristianismo, a pesar del reconocimiento de su origen
español; 3) el uso del término agareno puede obedecer
a los prejuicios de Cenotia contra la palabra morisco, que no
era del agrado de todos ellos (Francisco Márquez Villanueva, El
morisco Ricote o la hispana razón de Estado, Personajes y
temas del Quijote (Madrid: Taurus, 1975), p. 259), aunque
en el Persiles reaparece en III, 11 en clara alusión a los
moriscos y puede considerarse como un término poético o literario
para señalarlos. No obstante, es pertinente [p.
37] recordar que el término agareno, en los primeros
usos que de él se hizo en la península, responde a un
intento por crear una imagen colectiva de los musulmanes negativa,
tal como ha puesto de relieve Ron Barkai en Cristianos y musulmanes en
la España medieval. (El enemigo en el espejo) [1984] (Madrid:
Rialp, 1991), pp. 34 y ss.
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Cenotia se presenta a sí misma con un amplio autoelogio basado en una supuesta diferencia entre magas y hechiceras (II, 8 y ss.). Es propiamente, por su actuación posterior, una hechicera y no una bruja: no vuela, sino que fabrica ungüentos y hierbas, causa enfermedad o sana. Se trata de una morisca que nació y vivió en España y huyó de Granada por miedo a la Inquisición, hace cuatro años8. Su comportamiento queda, si no disculpado, al menos explicado por estar enamorada de Antonio, el bárbaro. Su actuación busca el beneficio propio y no procede de un encargo o relación comercial. Más allá de Antonio las maneras de Cenotia influyen en la narración principal al intentar retrasar la salida de Periandro y Auristela del reino de Policarpo.
8 En el
texto se subrayan algunos rasgos españoles: el vestido, el habla,
la consideración de España como su patria. Adelantamos aquí
que estos temas y otros aparecen constantemente como puntos sometidos a debate
en la polémica que se desató en torno a la cuestión
morisca. Creemos que para entender mejor la postura de Cervantes, una rigurosa
y sistemática confrontación de sus palabras y del tratamiento
literario que él da a estos temas, con las diferentes posturas que
se barajaron y que reflejan numerosos textos de la época (informes,
actas, cartas, tratados apologéticos de un lado y del otro, etc.),
puede ofrecer resultados interesantes. Este no es el objetivo, complejo y
laborioso, de este trabajo, sin embargo queremos ponerlo de relieve y para
ello traeremos a colación un pasaje que invita a pensar en un tratamiento
paródico de algunas de estas ideas por parte de Cervantes. Éste
en particular parece haber sido vuelto del revés en el episodio de
Cenotia con el bárbaro Antonio. Pertenece al texto de
P. Aznar Cardona, Expulsión justificada de los moriscos y suma
de las excelencias christianas de nuestro rey Don Felipe III deste nombre,
(Huesca: 1612), recogido por Mercedes García-Arenal, Los
moriscos, (Madrid: 1975): eran torpes en sus razones, bestiales
en su discurso, bárbaros en su lenguaje, ridículos en su traje,
yendo vestidos por la mayor parte, con gregüesquillos ligeros de
lienço, o de otra cosa valadí, al modo de marineros, y con
ropillas de poco valor, y mal compuestos adrede, y las mugeres de la misma
suerte (p. 230). Esta imagen, desde luego, no corresponde a Cenotia,
aunque no hay que apresurarse en las conclusiones, pues en la época,
mientras para unos la aceptación del traje español (y lo mismo
cabe decir de la lengua) era síntoma de sinceridad en su conversión
y su integración, para otros sólo lo era de su contumaz
hipocresía y capacidad de disimulo (compárese con las opiniones
expresadas por el obispo de Segorbe [Mercedes García-Arenal, Los
moriscos, pp. 163, 169]). La cuestión en el caso de Cenotia se
complica por encontrarse fuera de España, además de otros asuntos
en los que no entramos.
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La última historia hechiceril se narra en IV, 8 (y ss.), y posee, no sólo por la colocación, una cierta simetría con la historia de Cenotia9, aunque en la gradación de dificultades su importancia es mayor, y también es mayor su proximidad a los protagonistas que ahora se ven afectados muy directamente por los manejos de la judía Julia. En las dos narraciones se ha hecho explícito el nombre de la hechicera10, en ambas se indican claramente sus respectivas etnias (muy conocidas en la península), en las dos hay una historia amorosa que los hechizos buscan transformar11, y, por último, en ambas se trata propiamente de hechicería y no de brujería. Pero el paralelismo se quiebra con la presentación exclusivamente negativa de Julia: su actuación obedece únicamente a una motivación crematística que se relaciona con la imagen tópica de la avaricia del judío12. De hecho, Cenotia también menciona el dinero aunque con un valor opuesto: ella lo ofrece, mientras Julia actúa sólo para recibirlo. Los datos sobre Julia misma y sobre sus métodos son escasos y poco concretos13.
9 La probable
simetría de ambos episodios concuerda con la estructura simétrica
de la novela, dividida en dos partes (libros I y II para las tierras del
Norte, y libros III y IV para las del Sur). Como se verá después
parece plausible pensar que la caracterización racial y religiosa
de Julia haya podido ser atraída por la de Cenotia. Al mismo tiempo,
por su posición en esa división bipartita, Julia es presentada
de modo más negativo, al actuar dentro del ámbito católico
y específicamente en la ciudad santa de Roma.
Es interesante notar que los tres relatos
brujo-hechiceriles se han copiado de modo simétrico en el capítulo
8 de los libros I, II y IV. Parecería que el sistema simétrico
y opositivo ha funcionado oponiendo primero una bruja y una hechicera (libros
I y II), y después la hechicería morisca y judía sobre
casos más unidos a la narración principal.
10 El nombre
de Julia ya aparece en IV, 8, a pesar de la lectura de Avalle-Arce (véase
Carlos Romero, Para la edición crítica del
Persiles (Bibliografía, aparato y notas) (Milano:
Cisalpino-Goliardica, 1977), p. 215).
11 En las tres
historias la magia y el amor aparecen vinculados, y concretamente la magia
y el amor deshonesto (e inmediato en las dos primeras, donde las hechiceras
actúan por cuenta propia). Por necesidades de espacio no vamos a
desarrollar un tema tan fructífero como las implicaciones eróticas
de la actuación hechiceril.
12 Y a
un judío dádivas o amenazas le hacen prometer y aun hacer
imposibles (IV, 8, p. 450).
13 Y otro
día por la mañana comenzaron a obrar en Auristela los hechizos,
los venenos, los encantos y la malicia de la judía, mujer de
Zabulón (IV, 8, p. 453). Más adelante se habla de
veneno y maleficios (IV, 10, p. 457). Cervantes ya había
indicado, a propósito de la verosimilitud, que tanto la mentira
es mejor cuanto más parece verdadera, y tanto más agrada cuanto
tiene más de lo dudoso y lo posible (Quijote, I, 47).
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A nadie que se haya asomado al muy nutrido cuerpo de la bibliografía que trata sobre los moriscos puede escapársele la complejidad del tema. Por ello, y porque nos parece que tal complejidad atañe también al tratamiento que Cervantes hace del tema morisco14, queremos sobre todo incidir en ello y destacar que, lejos de ser una cuestión cerrada, todavía hoy (a pesar de la perspectiva histórica que no poseía Cervantes que el paso de los siglos nos ofrece y que debiera haber favorecido una mayor claridad) es una cuestión que suscita opiniones en ocasiones encontradas, y en cualquier caso carentes todavía de estudios más específicos que ayuden a aquilatar más científicamente estas apreciaciones15. En lo que toca a la comunidad judía, es preciso señalar, en el caso que nos ocupa, algunos aspectos que determinarán la línea de nuestra exposición y argumentación. Esto es que el tratamiento en el Persiles del personaje judío (Julia) respecto al personaje morisco (Cenotia) no coincide exactamente (distanciamiento que, por otro lado, se da también en la realidad del momento). Julia es llamada de forma expresa judía, mientras que a Cenotia no se le aplica ningún adjetivo de este tipo, de forma directa, y el texto sólo nos da a conocer su estirpe en palabras de la propia Cenotia que la califica de agarena, apreciación que aparece una sola vez y cuyas implicaciones ya hemos visto más arriba (nota 7). Es decir, el personaje judío aparece claramente marcado como tal, y vive en Roma sin que se expresen las razones de ello, mientras que en Cenotia se cruzan su estirpe agarena con su origen español y su salida de España a causa de la Inquisición (tal vez por ser cripto-musulmana, tal vez por ser hechicera, tal vez por las dos cosas). Por tanto en el personaje judío hay un mayor distanciamiento religioso y geográfico, y aunque éste último se da también en el personaje morisco (se encuentra en algún lugar indeterminado del Norte), el hecho de mencionar su salida de España y su sentimiento de española produce un acercamiento (aunque sea en boca de la propia
14 Francisco
Márquez Villanueva ya ha señalado la desorientación
de la crítica al interpretar, por ejemplo, el problema de la
expulsión de los moriscos en Cervantes, tratado de forma diversa en
el Quijote, el Persiles y el Coloquio de los perros.
El morisco Ricote o la hispana razón de Estado, pp. 232-33,
nota 4. Indica también que el tema en Cervantes es como una
verdadera obsesión de sus años de plena madurez (p.
232).
15 Véase
Francisco Márquez Villanueva, El problema historiográfico
de los moriscos, en El problema morisco (desde otras laderas)
(Madrid: Libertarias, 1991), pp. 98-195.
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Cenotia, calificada como embaidora y tratada en el texto como
tal), que conecta a Cenotia con la realidad del problema morisco, mientras
que en el caso de Julia no hay ninguna alusión que produzca un
acercamiento a la realidad española del momento. Así pues,
a pesar de cierto paralelo en el contexto peninsular, entre ambas comunidades
hay algunos puntos que las diferencian. En primer lugar la distancia temporal
de un siglo: el problema morisco es contemporáneo a Cervantes, el
judío no (al menos en los mismos términos que el morisco).
En segundo lugar, la conversión de algunos judíos en el siglo
XV dividió a esta comunidad entre los que siguieron fieles a su credo
y los que, judaizantes o no, se convirtieron al cristianismo, cosa que no
ocurrió entre los musulmanes que se vieron obligados a cambiar su
estatuto de mudéjares (en vigor durante la Edad Media) al de
moriscos16, lo que originó unos
complicados problemas teológicos y jurídicos, siendo que el
problema judío se planteó, en términos
generales, de forma diferente17. En la misma
obra hay una clara referencia, en otros contextos, a la cuestión morisca
(III, 11), lo que no ocurre tampoco con la judía. Como consecuencia
directa de ello, la cuestión morisca plantea una mayor vinculación
con España, mientras que la cuestión judía no, a la
vez que la primera presenta un tratamiento más complejo, en contraste
con la judía que está planteada en términos más
tópicos, quedando Julia vinculada fundamentalmente a la avaricia.
Ya algunos investigadores han puesto de relieve
el interés que el problema morisco suscita en
Cervantes18. En realidad,
16 A
partir de 1526, en teoría, ya no había ningún musulmán
en la península. Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent,
p. 25.
17 A pesar de
un aparente paralelo entre ambas comunidades, como minorías no cristianas,
dentro de un estado cristiano, existen diferencias tanto en su problemática
como en el trato que cada una de ellas recibió. Sobre ello véase
Francisco Márquez Villanueva, El morisco Ricote o la hispana
razón de Estado, pp. 266-77. Véase también Antonio
Domínguez Ortiz, La clase social de los conversos en Castilla en
la Edad Moderna (Granada: Archivum, 1991), esp. capítulos 1 y
2; Luis Suárez, La expulsión de los judíos de
España (Madrid: Mapfre, 1991). El artículo de Nicolás
López Martínez ( El peligro de los conversos. Notas para
la introducción al estudio de la Inquisición española,
Hispania Sacra, 3 (1950), pp. 3-64), a pesar de que nos parece que
hace un planteamiento partidista de esta cuestión, ofrece algunos
datos (además de una estimable bibliografía) que vistos desde
un punto de vista imparcial pueden ser interesantes.
18 Márquez
Villanueva, por ejemplo, ha dedicado un amplio estudio a la figura del morisco
Ricote del Quijote (El morisco Ricote o la hispana razón
de Estado ), señalando el trasfondo vivamente histórico
(inusual en esta [p. 41] obra) de dicho relato,
además de profundamente humano, lo que sitúa al problema morisco
por encima del mero trasunto literario. Para Márquez Villanueva no
sorprende que [Cervantes] llegue a entenderlo [el laberinto morisco] mejor
que nadie. No hay (. . .) acontecimiento alguno que ni aun de lejos
le haya preocupado en tal medida (p. 286). Véase también
Ángel González Palencia, Cervantes y los moriscos,
BRAE, 27 (1947-48), pp. 107-22; y Antonio Domínguez Ortiz y
Bernard Vincent, pp. 199, 252 ss.
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cualquier lector atento de sus obras, medianamente informado sobre el siglo XVI, descubre enseguida que Cervantes alude a aspectos que afectaron realmente a esta comunidad. Un ejemplo de ello es la cuestión de la salida de los moriscos19. En el Quijote es tratada a través de Ricote (morisco castellano). En el Persiles se alude a ella en dos ocasiones, en la historia de Cenotia (granadina), quien huye de la Inquisición, y, de forma más significativa, en III, 11 (moriscos valencianos), donde el jadraque habla de la necesaria transmigración de la estirpe agarena, trayendo a colación, entre los peligros que esta estirpe supone, el de su proliferación20 y citando como ejemplo ilustrativo del peligro el caso de los hebreos en Egipto. No hay que olvidar que los diferentes grados de islamización de las zonas de donde proceden
19 Si
complejo es este tema en Cervantes, como ya hemos indicado, también
lo es en la misma realidad, aunque nuestro interés no ha sido profundizar
en este asunto. Baste recordar que la expulsión fue planteada, por
primera vez, de forma oficial, el año 1582 y que durante largos años
fue relegada, a veces a muy segundo plano, y se ejecutó 27 años
después, en 1609, un año después de que fuera adoptada
tal medida por unanimidad y de forma totalmente imprevista en
Consejo de Estado (30.2.1608), sin que todavía hoy se conozcan las
causas últimas que la motivaron, aunque éstas parecen inclinarse
hacia razones políticas más que religiosas. No podemos olvidar
tampoco la abundante literatura apologética posterior a la expulsión
que pretendía, según apunta Francisco Márquez Villanueva,
transformar el estado de opinión general desfavorable en principio
a tal medida y conmocionada por la tragedia humana que supuso (El problema
historiográfico de los moriscos en El problema morisco desde
otras laderas, pp. 118 ss.), que incluso afectó a los partidarios
de la expulsión. Una vez más, hay que apuntar el peligro de
las generalizaciones pues, como recuerdan Antonio Domínguez Ortiz
y Bernard Vincent, las reacciones de piedad que la expulsión
suscitó en Castilla y Andalucía no se produjeron en Valencia
si nos atenemos a los numerosos testimonios documentales y literarios que
nos quedan de aquel trascendental suceso (Antonio Domínguez
Ortiz y Bernard Vincent, pp. 69-72 y 159-75, 181).
20 No deja de
sorprender el paralelismo entre las palabras del jadraque y las
del polígrafo extremeño Pedro de Valencia, en un informe
todavía inédito y cuyas proposiciones esenciales son resumidas
por Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent, quienes las identifican
con la actitud moderada del momento (pp. 168-69).
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cada uno de estos personajes puede incidir directamente en el tratamiento
literario cervantino.21
Antonio Domínguez Ortiz ya indicó
hace años, a propósito del problema morisco como problema
típico de minorías, lo siguiente: En la Edad Moderna
es cuando al surgir los estados modernos con pretensiones de homogeneidad
se plantea la cuestión de las minorías, a veces con extraordionaria
gravedad, y la soluciones oscilan en torno dos polos: asimilación
y segregación (. . .) el Estado Moderno creado por los Reyes
Católicos en su aspiración a una unidad confesional
con fines a la vez políticos y religiosos y por medio de
métodos muy discutibles crea la figura híbrida del morisco,
construida sobre la ficción y la insinceridad, supuesto cristiano
y obligado a cumplir los deberes de
tal22. Este planteamiento no es ajeno
al de la hechicería y otras prácticas similares, tal como
también ha señalado al respecto Julio Caro Baroja: Los
que conservan vestigios de cultos idolátricos y de creencias paganas
son servidores del Demonio: entre ellos los hechiceros y las hechiceras.
Mientras el Paganismo aún tuvo fuerza social, mientras se pretendió
convertir a la fe a pueblos que no conocían el Cristianismo o se
resistían a él, el hombre de Iglesia dialogó,
argumentó a favor de sus creencias. Cuando la Cristianización
fue absoluta y la autoridad eclesiástica tuvo el poder a su servicio,
la postura cambió. Lo
21 La
población morisca de Castilla (enfrentada a la disyuntiva del bautismo
o la expulsión en 1502), frente a la de Granada y la zona levantina,
presenta una mayor asimilación a la sociedad cristiana debido al largo
período de convivencia de las comunidades musulmana como
mudéjares y cristiana. Mercedes García-Arenal subraya
el impacto que la expulsión de los moriscos de Granada tuvo en la
comunidad morisca castellana, y frente a la opinión que mantienen
otros sobre lo inasimilable de los moriscos, sostiene que, al menos en lo
que a Castilla se refiere, la expulsión de 1609 vino a cortar
de raíz un proceso avanzado de integración
(Inquisición y moriscos. Los procesos del Tribunal de Cuenca
(Madrid: 1978) esp. pp. 29,78, 115-17). Antonio Domínguez Ortiz y
Bernard Vincent, ponen de relieve las diferencias: es aventurado hablar
del morisco en términos generales, olvidando que había
considerables diferencias, no sólo entre individuos sino entre grupos.
Había una enorme distancia entre los antiguos granadinos desarraigados
y los viejos grupos de mudéjares castellanos; entre los murcianos
casi asimilados y los valencianos irreductibles; entre los que habían
olvidado su lengua y los que la conservaban (p. 164). Sobre la
inasimilación de los moriscos valencianos véase:
Antonio Domínguez Ortiz, Notas para una sociología de
los moriscos españoles, MEAH, 11 (1962), pp. 40-54.
22 Notas
para una sociología de los moriscos españoles, p. 44.
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que antes se había mantenido separado con arreglo a una división
vertical, quedó separado con arreglo a una división
horizontal. Ya no solamente había creencias rectas y creencias
siniestras, torcidas: había creencias superiores y creencias
inferiores.23 No es nuestro deseo (a
pesar de la importancia que nos merecen estas apreciaciones, que entendemos
como válidas para cualquier época), desarrollar aquí
todas las implicaciones de tales premisas, sino subrayar, en las coordenadas
del siglo XVI español, la compleja realidad en la que la hechicería
y los moriscos caen dentro de un mismo saco: el de minorías que
obstaculizan la uniformidad querida por el poder, quedando marginadas en
la dialéctica de este poder frente a los elementos sociales y culturales,
que aunque existentes en tiempos anteriores, se ven ahora como obstáculos
a los fines de homogeneidad. Esta perspectiva no debe olvidarse como fondo
de la vinculación en el Persiles de la hechicería con
las comunidades morisca y judía.
Si la sociedad cristiana se afianza, se fortalece,
y su poder político y religioso se hace cada vez mayor y conduce de
forma más eficaz al pueblo, en la comunidad morisca (de raigambre
cultural islámica) ocurre el fenómeno inverso, y así,
pese a un deseo de afirmación24 de
su bagaje cultural frente al que se le impone, su modelo cultural se va
debilitando y los elementos creenciales y supersticiosos van ganando
terreno.25 El campo de
23 Las
brujas y su mundo [1961] (Madrid: Alianza, 1966), p. 98.
24 En este deseo
de diferenciarse de los cristianos se dio el fenómeno curioso de
prácticas sincréticas, a causa de las cuales más de
un morisco es acusado de judaizante. Véase Mercedes García-Arenal,
Inquisición y moriscos . . ., p. 113.
25 Nos referimos
muy concretamente al campo de la medicina que, en un proceso de debilitamiento
de su sistema de transmisión, ve aumentar en sus practicantes elementos
que corresponden a este nivel, extraños a los conceptos médicos
del galenismo arabizado, sin que por otro lado caigamos en una
simplificación asimilando el hecho médico en la Edad Media
con el actual. Conviene advertir sin embargo que en el mundo de la
hechicería y la magia este hecho no basta para explicar la presencia
de la hechicería entre los moriscos, tal como ha señalado Ana
Labarta para quien resulta un expediente muy cómodo relacionar
superstición y declive cultural para justificar la presencia de la
hechicería y la magia entre los moriscos (. . .) Es decir,
que los moriscos, sin dirección religiosa, no eran
cuantitativamente más supersticiosos que los cristianos viejos. Más
aún, si comparamos la categoría social de los hechiceros, resulta
que entre los moriscos hallamos gentes sencillas, muchos de ellos analfabetos;
entre los cristianos viejos encontramos dos sacerdotes, dos frailes, un
estudiante, un escribano, un notario, un platicante de notario. La
superstición es una constante, que [p. 44]
aparece en cualquier época, independiente de factores religiosos y
culturales (Supersticiones moriscas,
,
5-6 [1982], p. 165). Sobre la difusión en los siglos XVI y XVII de
prácticas supersticiosas en Europa y en España véase
Luis S. Granjel, Aspectos médicos de la literatura antisupersticiosa
española de los siglos XVI y XVII (Salamanca: Universidad, 1953)
pp. 117-73; S. Cirac Estopañán, Los procesos de hechicería
en la Inquisición de Castilla la Nueva (Tribunales de Toledo y
Cuenca) (Madrid: 1942); Mercedes García-Arenal, Inquisición
y moriscos . . ., pp. 110 y ss.
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la medicina ofrece un ejemplo muy ilustrativo de este proceso.26 Los moriscos, herederos de lo que ha venido en llamarse el galenismo arabizado, herencia cultural en la que también desempeñaron un papel muy importante los judíos,27 se ven desplazados por el intento de asimilación de la sociedad cristiana, y por otras razones, del ejercicio legal de la medicina, lo que acarrea el debilitamiento de su modelo cultural28 y la marginación. Esta situación deja la puerta abierta a la entrada de elementos supersticiosos y creenciales y les convierte en objeto y víctima, en ocasiones, de las pesquisas del Tribunal de la Inquisición. 29 Éste es un hecho que trascendió a la literatura como lo prueba el caso de Román Ramírez30 y por ello la pertinencia de traerlo a colación. No nos interesa ahora cómo es tratado literariamente
26 Este
asunto ha sido ampliamente analizado por Luis García Ballester en
Los moriscos y la medicina. Un capítulo de la medicina y la ciencia
marginadas en la España del siglo XVI. (Barcelona: Labor, 1984).
27 Los judíos
además fueron un importante puente de transmsión de los textos
médicos árabes hacia la sociedad cristiana. Sobre su labor
de traducción véase: Moritz Steinschneider, Die
hebraïschen Übersetzungen des Mittelalters und die Juden als
Dolmetscher [1893] (Graz: Akad. Druckund Verlagsantalt, 1956), 2 vols.,
y del mismo autor Die europäischen Übersetzungen aus dem arabischen
bis Mitte des 17.Jahrhunderts, [1904] (Graz: Akad. Druck- U. Verlagsanstalt,
1956). Sobre su proceso de desintegración, anterior al morisco,
véase Luis García Ballester, La desintegración
de la medicina de la minoría judía en la Valencia
bajomedieval en Actas del III Congreso Nacional de Historia de la
Medicina (Valencia: 1969), II, pp. 31-5.
28 Un factor
decisivo para ello es la prohibición de tener libros escritos en
árabe, siéndolo también el que la comunidad pierda sus
líderes religiosos. Mercedes García-Arenal, Inquisición
y moriscos . . ., p. 115; Luis García Ballester, Los
moriscos y la medicina . . . , pp. 19-42, 206.
29 Luis García
Ballester, Los moriscos y la medicina . . ., pp. 105, 106.
30 García
Ballester ha analizado este personaje muy pormenorizadamente: Los moriscos
y la medicina . . ., pp. 126, 128, 130, 132, 142, 148, 151
y ss., 160 y ss., 204, passim, así como otros semejantes:
Jerónimo Pachet, Fco. de Córdoba, Gaspar Capdal, etc.,
passim. Ángel González Palencia, Las fuentes de
la comedia Quien mal anda en mal acaba, de don Juan Ruiz de
Alarcón, BRAE, 16 (1929), pp. 199-222; 17 (1930), pp.
247-74; Julio Caro Baroja, Vidas mágicas e Inquisición,
I, pp. 309-29.
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por Juan Ruiz Alarcón en la comedia Quien mal anda en mal acaba,
sino el personaje real que se esconde detrás y la realidad social
en la que está inmerso. Para ello examinaremos a vuelapluma algunos
aspectos del proceso inquisitorial que
sufrió31.
Acusado Román Ramírez de haber
endemoniado a una mujer de Tajagüerce, su versión ante el tribunal
fue la siguiente: que dicha mujer estaba enferma de unos desmayos
reçios que le provenían de ser muy hermosa y brava
de condición y que el hombre con quien la habían casado
era de mal talle, pequeñuelo y que por ello estaba descontenta
y de los corajes y enojos que tomó desto, se engendró
abundançia de humor melancólico, y se le llegaba al
coraçón y le daba unas palpitaçiones de coraçón
y reçias que la sacaban de sí. Que a él le
parecía que dicha mujer no estaba endemoniada, aunque él no
entendía de ese tema.32 Que su madre,
María de Luna, había sido una mujer muy entendida en cosas
de medicina y conocimientos de hierbas y que era muy buena
comadre33; que todo ello lo había
aprendido con su padre el médico Juan de Luna. Que ella le había
enseñado que para los desmayos reçios de corazón,
como no fuese gota local (sic ¿por coral?), le diese
los dichos sahumerios (consistentes en estoraque líquido, asafétida,
aceite de enebro y azufre molido) que tenían la virtud de apartar
del coraçón los vapores y humos procedentes
de las melancolías. Román Ramírez en el
proceso alegó que él podía curar llagas viejas de piernas
y brazos, perlesía, humor frío, epistaxis, opilaciones del
bazo y de la madre, problemas de fertilidad, mal
31 No
conviene olvidar el trasfondo de esta historia, ya que a Román
Ramírez, que ya había tenido algún otro litigio con
algún médico, lo encarcelaron por una cuestión de
rivalidades entre dos señores que se lo disputaban para que los
entretuviera. Véase la nota anterior.
32 No obstante,
conviene recordar que, tal como pone de manifiesto Luis García Ballester
(Los moriscos y la medicina . . ., p. 130), Román
Ramírez incluye en su declaración algún aspecto de tipo
creencial curiosamente de carácter cristiano y no musulmán
pues no sabiendo encontrar explicación a todos los síntomas
de la mujer aconsejó a su suegro que la llevase a los novenarios
. . . a Nuestra Señora, y le dixesen los evangelios.
Véanse otros en el proceso, recogido por Ángel González
Palencia, Las fuentes de la comedia . . .,
passim.
33 Recuérdese
que a las moriscas se les había prohibido ejercer como tales. Véase
Luis García Ballester, Los moriscos y la medicina
. . ., p. 116. Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent,
p. 101. No es infrecuente el ataque a las parteras y curanderas, y en otros
lugares de Europa algunas de ellas fueron acusadas de brujería (Julio
Caro Baroja, Las brujas y su mundo, p. 166 y ss.).
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de corazón y desmayos, enfermedades de ojos y otras. Tales explicaciones
pueden entenderse dentro de una tradición galénica, ya muy
debilitada, transmitida en el seno de la sociedad islámica según
un sistema abierto fundamentalmente en el ámbito familiar
como él mismo dice. 34
En contraste, la declaración de los
acusados puede resumirse así: que Román Ramírez, a fin
de conseguir dinero, tiene un pacto con el demonio para poder curar a las
gentes. Que por ello había hechizado a una mujer en su noche de bodas
provocándole fluxo de sangre y bascas de angustia
y melancolía y gran aborrecimiento de su marido. Que mantuvo
a dicha mujer en ese estado durante un año hasta que los padres,
conociendo que él curaba esas enfermedades, lo mandaron llamar. Que
para curarla le había administrado un sahumerio de aceite de enebro
y ciertos polvos en un huevo (práctica hechicera). Que
como no le habían dado en aquella ocasión el dinero que él
les pidió, retrasó la curación de la enferma que con
los sahumerios que él envió que parecían hechos
de suelas de çapatos, abarcas o çostras de virotes de insoportable
hedor, con algunos granos que pareçían de çebada
empeoró, y que durante las sucesivas curaciones hablaba con el demonio.
Todo ello aderezado con apariciones de demonios con los que conversaba el
reo, y otras cosas similares con las que Román pretendía una
mayor ganancia por la curación. Como se ve, son los acusadores los
que mencionan al demonio y prácticas hechiceriles en contradicción
con las alegaciones de Román Ramírez. No es desdeñable
la cuestión del dinero, que pone de relieve la conflictividad social
latente en este caso.
Por otro lado, el bachiller Ortigosa, cura
de Madruédano, que fue llamado por los padres de la enferma, reconoce
que efectuó un exorcismo a ambos que hizo expulsar al marido por la
boca un cuartillo (que su mujer había dado al demonio
la noche de bodas), una agujeta y el clavete de una
agujeta, y que tras un fuerte grito los demonios le abandonaron. A
la mujer no consiguieron exorcizarla.
34 Uno
de los factores que desempeñaron un papel fundamental en este proceso
de marginación del médico morisco fue precisamente el caracter
abierto, al margen de instituciones, de su transmisión de conocimientos.
No obstante, los cristianos viejos en muchas ocasiones prefirieron, o
sencillamente necesitaron, la asistencia de los médicos moriscos.
Este fue el caso del rey Felipe III, que en su infancia, cuando los médicos
titulados le desahuciaron, fue curado por el médico morisco Jerónimo
Pachet. Luis García Ballester, Los moriscos y la medicina
. . ., pp. 108, 110, 142.
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De las contradicciones entre las alegaciones del reo y las de los acusadores se desprende el complejo mundo de relaciones entre cristianos viejos y moriscos, 35 la inclinación mayor de los primeros a un mundo creencial extra-científico, la acusación de pactos con el demonio36 (entendido en los términos de la ortodoxia cristiano-escolástica) como descalificación de su método curativo (basado como hemos visto en un diagnóstico de carácter psicológico: el disgusto que le producía casarse con un hombre que no quería, por parte del acusado), al parecer incomprensible para los acusadores. Por este proceso podemos ver al médico/curandero morisco (tanto hombre como mujer37) confundido con un hechicero que tiene pactos con el diablo. Julio Caro Baroja ya ha hablado de la instrumentalización de la acusación de brujería. ¿Significa esto, no obstante, que no existía una hechicería entre los moriscos al margen de la medicina? No, el ejemplo traído quiere tan solo desvelar un aspecto poco conocido en su trasfondo, pero que pasó a la literatura, a la vez que reforzar la idea de la tremenda complejidad del problema morisco en su convivencia con los cristianos viejos. Además de estas interferencias entre el mundo creencial y los conocimientos científicos propios del galenismo arabizado que se daba en los médicos/curanderos moriscos, se habla también de una hechicería morisca relacionada con averiguar cosas ocultas, búsqueda de tesoros,
35 Reflejo
de estas tensiones es, entre otros casos, la acusación extrema de
unos cristianos contra un médico morisco en el sentido de que éste
usaba venenos para matar a los cristianos viejos, según recogen las
Actas de las Cortes de Castilla (13-IX-1607). (Mercedes
García-Arenal, Los moriscos [Madrid: 1975], pp. 220-221).
36 Luis García
Ballester ( Los moriscos y la medicina . . . pp. 71 y ss.,
101, 120-21, 136, 143, 159-60, passim) ha puesto de manifiesto que
en este siglo chocaron frontalmente la concepción que del demonio
tenía la Inquisición (basada en una ortodoxia
cristiano-escolástica) y la que era propia de los curanderos moriscos
vinculada al componente aleatorio y misterioso de la enfermedad ante la cual
recurren a un rico arsenal creencial, en el que cabe destacar el dinamismo
vitalista según el cual hay un demonio detrás de
cada acción. Véase también Julio Caro Baroja, Las
brujas y su mundo, pp. 98 y ss, 103. Sobre las vinculaciones entre la
astrología y los diagnósticos de las enfermedades, véase
Luis García Ballester, Los moriscos y la medicina
. . ., pp. 92 y ss. y el artículo de Ana Labarta Ecos
de la tradición mágica del Picatrix en textos
moriscos, en Juan Vernet (ed.), Textos y estudios sobre astronomía
española en el siglo XIII, (Barcelona: 1981), pp. 101-9.
37 El caso de
las comadronas. Para las relaciones de la mujer y la magia véase Julio
Caro Baroja, Vidas mágicas e Inquisición, I, pp. 187-93,
y Luis S. Granjel, Aspectos médicos de la literatura antisupersticiosa
española de los siglos XVI y XVII, pp. 30-31.
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inducir amores, etc.,sin embargo, según los casos que se conocen de
ella por los procesos inquisitoriales, su escaso porcentaje desmiente el
tópico acuñado en la época (y repetido reiteradamente
después), dándose la contingencia de que los casos de
hechicería cristiana eran más numerosos. Sin embargo se trata
de un campo de múltiples interferencias y la investigación
debe establecer todavía si es posible tipificar por separado una
hechicería morisca y una hechicería
cristiana38.
El hecho de que Cervantes haya elegido a una
hechicera morisca y a una judía en relación con episodios que
afectan directamente a la narración principal puede obedecer a causas
literarias e ideológicas más que al reflejo de la realidad.
Es fácil poner en contacto a judíos y moriscos con la
hechicería: si ésta se basa, en gran parte, en un pacto con
el Diablo (explícito o no), si aquéllos son enemigos de la
religión verdadera, lo son, por transitividad, de Dios y, en consecuencia,
se hallan en el bando contrario. Este silogismo podría estar en la
base de Cervantes quien lo omite tanto por su claridad como por su sobrada
aceptación39, y lo usa en una novela
donde la religión posee gran importancia. Por otro lado lo que resulta
significativo del Persiles, en este asunto, no es tanto que una de
las hechiceras sea morisca, pues, aunque no hay pruebas de que hubiera un
número elevado de hechiceros
38 A
este respecto y como observación relevante al caso de Cervantes, la
investigación sí ha establecido una diferencia entre un tipo
de brujería/hechicería propia del Norte (en España sirve
de ejemplo el País Vasco) en el que son frecuentes los vuelos, las
metamorfosis, el rito colectivo en los sabbats, aquelarres, etc.) y un tipo
de hechicería de tipo meridional, de carácter más individual
y centrado en cuestiones relacionadas con el amor, la salud, la búsqueda
de tesoros, etc. Por lo que toca a la hechicería judía, ésta
está vinculada con la morisca y la cristiana. Julio Caro Baroja,
Las brujas y su mundo, pp. 113, 135 y ss., 148; Ana Labarta,
Supersticiones moriscas
,
5-6 (1982), pp. 161-190; Ricardo García Cárcel
Brujería y hechicería: marginación y exclusión
funcionales en Les problèmes de l'exclusion en Espagne
(XVIe.-XVIIe. siècles). Idéologie et discours. Colloque
International (Sorbonne, 13, 14, et 15 mai 1982), (Paris: La Sorbonne,
1983), ed. Agustin Redondo, pp. 95-103; Julio Caro Baroja, Los moriscos
de Granada, [1957] (Madrid: Istmo, 1976), p. 127. Julio Caro Baroja,
Vidas mágicas e Inquisición, I, pp. 52-4, establece
una jerarquía dentro de las minorías tradicionalmente unidas
a la magia: 1) judíos, 2) moros, 3) gitanos.
39 ¿Por
qué no se especifica la etnia u origen de la hechicera de Rutilio?
¿Por ser un relato secundario que es narrado a los personajes principales,
a diferencia de los otros dos casos? ¿Por una búsqueda, consciente
o no, de la simetría como principio estructurador de la novela? Este
silencio puede resultar elocuente y sirve para evaluar la precisa
adscripción de Cenotia y Julia.
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moriscos, como hemos visto, la condición de hechiceros solía
atribuirse a los moriscos, lo que también constituye un estereotipo
literario40 con alguna base real, sino que
1) las dos hechiceras importantes del relato sean una morisca y una judía,
2) una gran parte de un capítulo (III, 11) esté dedicado a
la presentación negativa de los moriscos de un pueblo valenciano y
un personaje hable de la necesidad de su expulsión, y 3) que sólo
en se haya desarrollado el caso de Cenotia, la hechicera morisca, y no el
de Julia. Estas tres consideraciones desechan la idea de que Cervantes no
estuviera tan influido por la cuestión morisca (y la expulsión)
como podría parecer y que sus personajes obedecieran más a
un lejano y profundo arquetipo41.
Resumidas ya las tres narraciones, al principio
de este trabajo, y después de enunciar la anterior hipótesis,
sobre la que volveremos, es el momento de examinar primero los métodos
y poderes que en el texto se confieren a las hechiceras, y después
las funciones literarias y los valores ideológicos que se desprenden
de los episodios. Pero, de modo previo, habrá que revisar los problemas
de nomenclatura.
Aunque en un principio parecería que
las diferencias de nombre se pueden asimilar a la pareja
bruja/hechicera42 que se
40
Menéndez Pelayo, p. 266. La vinculación de los moros y los
moriscos con las artes mágicas constituye un lugar común y
forma parte de la caracterización del tipo literario del morisco.
Miguel Herrero García, Ideas de los españoles del s. XVII
[1927] (Madrid: Gredos, 1966), pp. 584-7; Julio Caro Baroja, Vidas
mágicas e inquisición (I, pp. 49-52). El tópico
lo trata Cervantes, por ejemplo, en El licenciado Vidriera donde aparece
fugazmente una hechicera morisca, personaje que carece de desarrollo narrativo
y que sólo subraya la fama de hechiceros de los moriscos (Novelas
ejemplares, ed. de Juan Bautista Avalle-Arce [Madrid: Castalia, 1982],
II, 116). Es interesante observar que frente a las vaguedades del
Persiles la postura cervantina en El licenciado Vidriera es
muy clara: el hechizo es simplemente veneno.
41 Aunque hay
graves problemas para fechar con precisión la redacción del
Persiles, Avalle-Arce propone, en su edición, que los libros
I-II pudieron escribirse entre 1599 y 1605, mientras la segunda parte (libros
III-IV) entre 1612-1616. Parece claro que la expulsión ya había
acontecido cuando Cervantes escribe III, 11, capítulo que incluye
una profecía ex eventu. Este texto no presenta la expulsión
como realizada precisamente a causa de su carácter fictiaciamente
profético (véase, como contraste, Rafael Osuna, La
expulsión de los moriscos en el Persiles, NRFH,
19 (1970), pp. 388-93).
42 Antonio de
Torquemada en su Jardín de Flores Curiosas (ed. de Giovanni
Allegra [Madrid: Castalia, 1982], pp. 305-21) distingue entre encantadores
y hechiceros primero, y más adelante menciona a los brujos. En los
tres parece haber pacto con el demonio, expreso o no, y una relación
de inclusión que se resume en que todas las brujas son hechiceras,
aunque [p. 50] éstas ocupan el peldaño
más bajo y son ignorantes (lo que concuerda con la distinción
de Cenotia). Sebastián de Covarrubias (Tesoro de la lengua castellana
o española [1611], ed. de Martín de Riquer [Barcelona:
Alta Fulla, 1987]) prestigia la palabra mago, que se asocia con
sabio en los Evangelios, y aunque tiene otro significado menos santo (se
llaman magos los que por arte mágica, ayudados del demonio,
permitiéndolo Dios, hazen algunas cosas que parecen exceder a la ordinario
(sic) de la naturaleza) remite a un escalón superior
al ocupado por brujas y hechiceras, que suelen ser mujeres. En la literatura
antisupersticiosa se unen a menudo, como sinónimos, magos y hechiceros
(Luis S. Granjel, passim). Agustín González de Amezúa
distingue entre hechicera y bruja utilizando las siguientes parejas opuestas:
busca engañar y el interés/placer del demonio; honrada por
el vulgo/perseguida; supersticiones naturales/diabólicas; hace el
mal o el bien/sólo el mal; uso de ungüentos y oraciones/magia
negra. Resulta significativo que a pesar de la amplia documentación
y gran riqueza de datos que maneja Amezúa no haga referencia a moriscos
y judíos. Señala, además, que uno de los más
típicos caracteres de la hechicería castellana (. . .)
[es] la mezcolanza extraña y lastimosa que sus adeptas hacían
de la religión y cosas devotas con lo supersticioso (p. 631,
n. 281). Miguel de Cervantes, El casamiento engañoso y el Coloquio
de los perros, ed. de Agustín González de Amezúa
(Madrid: Bailly, 1912), véase especialmente el capítulo VI:
Fuentes del episodio de las Camachas, así como la nota
253 del Coloquio. Otro ejemplo de la complejidad del asunto se encuentra
en la Pícara Justina: siempre yo entendí de ella
que era bruja, y no me engañaba, porque ella hacía unos
ungüentos y unos ensalmos que no era posible ser otra cosa (cito
por Miguel Herrero García, p. 587). Amezúa indica que las brujas
son poco abundantes en los procesos en España, no así las
hechiceras (Cervantes, creador de la novela corta, II, pp. 462 y ss.).
Véase también José María de Pereda, Las
brujas, en Tipos y paisajes [1871] (Madrid: Jaime Ratés
Martín, 1920), pp. 147-99.
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apoya, básicamente, en la distinción magia negra/blanca, en los textos cervantinos los nombres para quienes se dedican a las artes mágicas poseen una mayor riqueza que, además, no coincide con la división clara y pedagógica que hemos mencionado. En la historia de Rutilio se utilizan los términos de hechicera, encantadora y maléficos (véase también I, 18). Domina hechicera. El sinónimo encantadora entra en contradicción con las palabras que Cenotia dedicará después a establecer una distinción dentro del ámbito de los poderes mágicos. La hechicera de Rutilio es, probablemente, una bruja, pero Cervantes no usa esa palabra43. Cenotia, en su autoelogio con el que quiere seducir a Antonio, distingue entre hechicera, por un lado, y encantadora y maga, por otro, siendo el primero el término negativo
43 No
debe olvidarse que toda la narración está en boca de Rutilio
y si hay incongruencias éstas cargan en su espalda o en la de sus
interlocutores, que admiten que el Norte está lleno destas
maléficas hechiceras (p. 92).
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mientras los segundos constituyen el positivo, que se asocia con lo natural y que se llegará a calificar de ciencia44. Así pues, si Rutilio hace sinónimos hechicera y encantadora, Cenotia enfrenta ambos términos y aproxima encantadora a maga. Pero no conviene olvidar que esta diferenciación es de Cenotia, y no del narrador, que es probablemente engañosa, que pretende ayudar a prestigiar el papel y poderes de Cenotia. El narrador califica a Cenotia, en contra de las palabras del propio personaje, de hechicera45 (también lo hace Antonio, el padre) y de embaidora (no tanto por la falta de efectividad de sus modos como porque malaconseja a Policarpo). El narrador adopta una postura irónica sobre las palabras de Cenotia cuando concluye el encuentro de la hechicera y Antonio46, lo que refuerza la idea de lo engañoso de su autoelogio que busca seducir. En el tercer caso el narrador se muestra remiso a utilizar un término, y prefiere judía y un adjetivo negativo, pero por IV, 10 a Julia se le podría aplicar el término hechicera, de hecho de eso tiene fama en Roma (IV, 8, p. 450). Lo significativo es, por un lado, la falta de una denominación precisa y el interés cervantino en establecer divisiones que no son asimilables entre sí47. El intento de delimitación es más complejo que magia negra o blanca, o que magia verdadera o falsa, y no es coherente en el Persiles, aunque no siempre corresponde al narrador principal48.
44 Cenotia
quiere incluirse en la magia natural, que no está condenada
por no quedar vinculada al poder demoníaco: La primera es [la
nigromancia] natural; que se puede obrar con cosas que naturalmente tienen
virtud y propiedad de hacer y obrar aquello que se pretende, así por
virtud de hierbas y plantas y piedras y otras cosas, como por constelaciones
e influencias celestiales; y ésta es lícita y se puede muy
bien usar y sin escrúpulo ninguno por las personas que alcanzaren
y supieren los secretos que a otros son encubiertos (Antonio de Torquemada,
Jardín de Flores Curiosas, p. 286). Véase Luis S. Granjel,
Aspectos médicos de la literatura antisupersticiosa
(. . .), pp. 9-10.
45 No es necesario
creer con Américo Castro (p. 97) que Cervantes olvida estas palabras
o cambia de parecer, pues Cenotia bien puede mentir.
46
Volvió la Cenotia la cabeza, vio el mortal golpe que había
hecho la flecha, temió la segunda, y sin aprovecharse de lo mucho
que con su ciencia se prometía, llena de confusión y de miedo,
tropezando aquí y cayendo allí, salió del aposento,
con intención de vengarse del cruel y desamorado mozo (II, 8,
pp. 203-4).
47 En el
Coloquio de los perros la pareja que maneja la Cañizares es
bruja/hechicera.
48 Frente a
la clasificación de Amezúa, Cenotia insinúa una
relación con el demonio en las hechiceras (aunque, quizá, no
consciente), pero sobre todo éstas son ignorantes, y admite que las
magas pueden ejercer su poder para el bien o el mal, lo que Amezúa
ha atribuido a las hechiceras.
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| 52 | DÍEZ AND AGUIRRE DE CÁRCER | Cervantes |
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Los datos que se proporcionan sobre la hechicería son escasos. Es un saber heredado: Cenotia recuerda que hay una dinastía con ese nombre, de modo similar a las Camachas del Coloquio, como anota Avalle-Arce49. Se trataría de un saber tradicional y, probablemente, transmitido de forma oral. En conexión con este rasgo Cenotia manifiesta un gran dominio de la expresión hablada: su discurso, querido persuasivo, alcanza correspondencia con el larguísimo parlamento de la Cañizares en el Coloquio, aunque aquí hay una razón narrativa (la imposibilidad de hablar en Berganza, al menos en ese momento). El poder de Cenotia, como el lector comprueba después, es más una pirueta verbal que otra cosa50. No está exenta de poderes, pero son más limitados que los que ella dice poseer; sin embargo su poder verbal es manifiesto, aunque fracase ante el bárbaro Antonio. También pueden las hechiceras causar enfermedad, colocando encantamientos en el quicio de una puerta, como Cenotia, o por otros medios no lo suficientemente explícitos, como Julia51, y
49 Es
interesante constatar que a pesar de la vinculación que establece
la Camacha, en el proceso, con la hechicería morisca, y
también con la cristiana, Cervantes en su novela no realiza ninguna
indicación sobre moriscos o judíos, bien porque la hechicera
de Montilla es cristiana vieja, como ella misma confiesa en el proceso, bien
porque ya hay un episodio, posterior, que recoge las críticas comunes
a los moriscos. En cualquier caso resulta significativo que el texto cervantino
que se inspira en hechos reales olvide la conexión morisca. Sin duda
hay que tener en cuenta que las intenciones de Cervantes son distintas en
el Coloquio y en el Persiles. Álvaro Huerga, El
proceso inquisitorial contra la Camacha, en Cervantes, su
obra y su mundo, pp. 453-62.
50 Su gran poder
(oscurecer el día, temblar la tierra, pelear los vientos, alterarse
el mar, encontrarse los montes, bramar las fieras, p. 201) todo es
palabrería para acelerar el goce carnal. Sus métodos realmente
ejercidos son de baja calidad.
51 Cervantes
alude a un procedimiento habitual (v. Menéndez Pelayo, p. 255). Pedro
Ciruelo habla de estas hechiceras en su Reprouacion de las supersticiones
y hechizerias introducción y edición de Alva V. Ebersole
(Valencia: Albatros Hispanófila, 1978), III, 5, De los aojamientos
y de otros maleficios, pp. 94 y 96. Sus hechicerías sirven,
entre otras cosas: para tollir o baldar a otro de algun braço
o pierna, y avn de todo vn lado o de todo el cuerpo: o para le hazer caer
en alguna grande enfermedad (. . .) Todos estos maleficios allende
que son pecados contra la charidad: que los hombres se deuen amar vnos a
otros: son contra la ley de natura: que dize: que no deue el hombre hazer
contra su proximo lo que no querria que el otro hiziesse contra el: son tambien
pecados de manifiestas supersticiones y obras diabolicas. Porque las cosas
que estos hazen no tienen virtud natural para causar aquellos daños
en los hombres: ni los hazen por virtud diuina: queda luego que los haze
el diablo por complazer a sus amigos y seruidores [p.
53] los nigromanticos y hechizeros. Haze el demonio aquellos males
trayendo inuisiblemente cosas ponçoñosas y contrarias a la
complexion de aquel a quien quiere dañar: que con solo el olor o vapor
dellas altera y corrompe los humores: y causa enfermedad en la carne y en
los neruios de tal manera que los sabios medicos apenas saben conocer que
mal es y como se ha de curar. Desta manera leemos que el diablo con permision
de Dios daño y llago inuisiblemente al santo Job en todo su cuerpo
(. . .) Y quando con estas hechizerias sanan los hombres, o las
bestias: es por secreta operacion del diablo que quita de alli las cosas
ponçoñosas con que le hizo adolecer. Véase
también Luis S. Granjel, Aspectos médicos de la literatura
antisupersticiosa (. . .), especialmente pp. 7-20.
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pueden devolver la salud52. En cualquier
caso los poderes de las hechiceras del Persiles están relacionados
con la medicina y con las hierbas: están al margen de la medicina
oficial, y aunque el narrador no se pronuncia sobre el poder real de
curación el prestigio es
elevado53. Tanto la hechicera de Rutilio
como Cenotia actúan como supermédicas, y no resulta
improcedente recordar aquí el ejercicio extralegal del médico
morisco. Tanto Cenotia como Julia muestran su poder causando enfermedad,
por venganza en el primer caso y para modificar una conducta en el segundo.
Pero sólo en Cenotia, la morisca, se expone también un gran
poder político, como consejera del rey Policarpo: su caso es único,
en el contexto de la hechicería en el Persiles, en cuanto repercute
en una colectividad, lo que, de nuevo, se puede conectar con la cuestión
morisca de los Siglos de Oro54.
Se distinguen al menos cuatro funciones que
desempeñan las brujas y hechiceras en el Persiles: 1) forman
parte del catálogo de obstáculos opuestos a la peregrinación
de Periandro y
52 Pedro
Antonio Iofren, comentarista de Pedro Ciruelo, recoge en su clasificación
a las bruxas que hazen mal, y le curan, como las
dos hechiceras del Persiles, aunque otras dañan y hazen
mal, y no pueden sanar el mal que causan (citamos por Luis S. Granjel,
p. 31, n.75).
53 Una vez que
Antonio cae enfermo Policarpo acude a su consejera Cenotia, y le rogó
procurase algún remedio a la enfermedad de Antonio, la cual por no
conocerla los médicos, ellos no sabían hallarle. Ella le dio
buenas esperanzas (. . .) (II, 9, p. 206).
54 Incluso en
este papel de consejera y archivo de tus secretos, como le dice
a Policarpo, parece ejercer de hechicera, como sugiere el narrador, jugando
con los hechizos y los celos: Estaba escuchando Policarpo
atentísimamente a la maliciosa Cenotia, que con cada palabra que le
decía le atravesaba como si fuera con agudos clavos el
corazón (II, 11, p. 220). En toda la historia queda patente
el poder verbal y elocuente de Cenotia sobre Policarpo. Cenotia es primero
hechicera y luego consejera política. En los dos casos se trata de
su persuasión, y también de su prestigio, pero el narrador
no se extiende en éste y subraya la mala influencia que ejerce sobre
el rey y el país.
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Auristela y su cortejo. 2) Se integran dentro de la crítica del mal (en una obra que exalta el catolicismo) y del Diablo. 3) Ambientan las tierras septentrionales no suficientemente cristianizadas. 4) Se encuadran dentro del simbolismo-alegorismo del texto: Cenotia y Julia pueden funcionar como una esencialización de la descalificación básicamente religiosa de las dos minorías, en una obra comprometida con la ideología tridentina. La importancia que el narrador concede a Cenotia y su historia, así como la casi exclusiva atención de un capítulo al retrato negativo de la minoría morisca asentada en Valencia (III, 11), frente a los pocos detalles que el lector conoce de Julia, permiten suponer que la cuestión morisca atraiga el tema de los judíos. Sin embargo, Julia y los judíos ocupan un peldaño muy bajo en la valoración de la novela. En Roma los peregrinos deben superar distintos peligros: Periandro se enfrenta primero a los encantos de la cortesana, que vence, y luego a la intensificación a través de la hechicería judaica, que también acaba en triunfo. Los dos obstáculos, que están unidos a través de un vínculo explícito, parecen revestir dos enemigos del católico: la carne y el demonio. La insistencia en la descalificación de la hechicería obedece, narrativamente, a la intensificación del final. Julia, la hechicera, cumple también el papel de implicar a los dos amantes en la solución, en despejar el camino de otros posibles amadores, en preparar (por contraste) la prueba del aparente rechazo de Periandro, etc. La intensidad queda reforzada por la minuciosidad en la descripción de los efectos del encantamiento y de la recuperación. Además ahora los peregrinos no se hallan en las tierras bárbaras, sino en el centro del catolicismo, y su experiencia con Julia prueba la dificultad de la lucha de Dios o la luz frente al Diablo o la oscuridad. Aunque Cervantes ha recogido y desarrollado al menos tres casos de brujería y hechicería, no entra en los pormenores que se han conservado en los tratadistas o en los procesos inquisitoriales; no conocemos en qué lengua se hacen los hechizos, ni las palabras, ni los instrumentos . . . Más que retratos realistas o costumbristas parecen responder a funciones narrativas. Tampoco recoge Cervantes alusiones a otras prácticas oscuras: sodomía, homicidio, sacrilegio, infanticidio . . . Se alude al pacto con el demonio en la historia de Julia, de manera elusiva; también se alude al demonio, como era de esperar, en la historia narrada por Rutilio. Esta falta de detalles (sólo conocemos algunos datos de Cenotia: su edad, lugar de nacimiento, etc) y de referencias a otras actividades de las hechiceras, la ausencia de conjuros, etc.,
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demuestra que no hay una voluntad primordial de refejo realista de la hechicería55. Pero Cervantes se sitúa dentro de la verosimilitud56. Por eso dominan las hechiceras, fenómeno meridional y urbano, frente a la brujería, rural y norteña, en líneas generales, y por eso utiliza Cervantes los saberes sobre brujería y hechicería, adoptando a veces la visión más racionalista u ortodoxa, si se quiere, y haciendo protestas de ortodoxia que vislumbran los peligros que confirma la parcial censura portuguesa57. Y, además, las reflexiones morales o de ortodoxia se colocan más tarde para permitir el juego narrativo. A veces, incluso, hay contradicción entre narración y ortodoxia, como ocurre en la historia de Rutilio58, pero el narrador la asume. En
55 Las
apreciaciones de Cenotia en su autoelogio tienen un carácter muy general.
La visión no realista de la brujería concuerda con el tono
idealista del Persiles, propio del género al que pertenece
el libro.
56 Para el uso
verosímil de la magia véase Edward C. Riley, Teoría
de la novela en Cervantes [1962] (Madrid: Taurus, 1989), esp. pp. 278-307,
quien relaciona hechicería y brujería con la teoría
épica y su exigencia de lo maravilloso. Sus explicaciones son más
amplias (abarcan la magia en general) y, según creemos, no excluyen
nuestra interpretación.
57 Véase
Carlos Romero, Para la edición crítica del
Persiles (. . .). La Inquisición portuguesa,
cuyo rigor no coincidía con el de la castellana, suprimió en
la edición de Lisboa, de Jorge Rodríguez, de 1617, lo relacionado
con la bruja de Rutilio y el autoelogio de Cenotia, y otros pasajes. No así
la parte en que aparece Julia. Para Carlos Romero la explicación se
halla tanto en aspectos teológicos como en literarios que es difícil
creer que afectaran al censor: Todo se explica, sin embargo, no bien
se recuerde que Cervantes, en cierta página del capítulo X,
se expresa en términos que parecen calcados de una de las tantas
formulaciones oficiales de la doctrina católica acerca
de tales fenómenos hablando en primera persona, como narrador,
no ya descargando en sus personajes la responsabilidad de lo dicho, como
hace en cambio en las restantes ocasiones, siguiendo un consejo de los
tratadistas del poema heroico y, muy probablemente, también de su
propia prudencia. No conviene olvidar, junto a lo que se acaba de decir,
el hecho evidente de que la judía de Roma es menos
fácilmente extrapolable que la bruja toscana del lib.I o que el autoelogio
de la maga Zenotia, en el lib.II, ya que se trata de un personaje que incide
decisivamente en la fábula, mientras que los otros dos se agotan
por completo en las peripecias (pp. 19-20). El narrador
también descalifica él mismo el comportamiento de Cenotia.
Por otro lado la historia de Cenotia afecta a Periandro y Auristela de modo
mucho más próximo que el relato de Rutilio.
58 Luego
conocí que quería llevarme por los aires, y aunque como cristiano
bien enseñado tenía por burla todas estas hechicerías
como es razón que se tengan, todavía el peligro
de la muerte . . . (I, 8, p. 90). La ortodoxia, en pasado
y reiterada en presente, se enfrenta al propio relato de modo contradictorio:
¿voló realmente y entonces el cristianismo se equivoca al juzgar
las hechicerías o bien no voló y el relato es una patraña?
La [p. 56] misma disociación se da en
el interlocutor de Rutilio (p. 92) al tratar de las transformaciones, pero
allí sí se ofrece una solución: son ilusiones
del demonio. Más adelante (I, 18) se retoma la cuestión
y de nuevo se racionaliza la imposible transformación de hombre en
lobo, pero nada se dice sobre el vuelo.
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la tercera historia la explicación es necesaria para justificar cómo
puede reponerse Auristela con permiso de la hechicera; sin embargo debe
observarse que necesita más explicaciones la recuperación (porque
incide en el problema teológico del poder divino) que la hechicería
misma59.
La visión negativa de los moriscos (III,
11) y la elección de una hechicera morisca y otra judía
podrían apuntar hacia una justificación de la política
de los Austrias con estas dos minorías, ser un mero reflejo de ella
o proceder de determinados condicionantes literarios en los que ha pesado
la actualidad de la cuestión morisca. Márquez Villanueva ha
señalado las contradicciones e ironías que pueblan el encendido
discurso del jadraque y la adscripción de Cervantes a la posición
moderada en la cuestión morisca60.
Es muy probable que no se pueda tachar a Cervantes de antimorisco, pero
también es cierto que el episodio de la salida de los moriscos valencianos
es negativo en la narración, y esto aunque los argumentos que apoyan
la supuestamente futura expulsión se cuestionen. Sin embargo la aventura
es peligrosa para los protagonistas, Persiles y Segismunda, y sus
acompañantes: arriesgan su libertad o su vida. Y, al mismo tiempo,
la generación agarena, que menciona el jadraque, recuerda
el también negativo episodio de Cenotia, que supuso una amenaza para
su libertad. Por ello, el recurso de la ironía en la consideración
de los problemas reales de la expulsión no impide la caracterización
negativa de los moriscos en la narración (con la excepción
de Rafala y, en cierto modo, del jadraque), puesto que se debe distinguir
entre los hechos literarios que componen la narración y las opiniones
sobre asuntos extraliterarios (la expulsión de los moriscos iniciada
en 1609). Esta negatividad se puede relacionar con tres consideraciones:
1) los moriscos del Persiles proceden de las zonas menos cristianizadas
de la península, en contraste con Ricote (Quijote, II, 54):
¿por qué ha elegido Cervantes una morisca granadina y unos moriscos
valencianos? Sin
59 Sobre
los límites de la magia y la libertad humana véase Juan Bautista
Avalle-Arce, Deslindes cervantinos (Madrid: Edhigar, 1961), n. 35,
pp. 50-1. Para la enfermedad de Antonio, provocada por Cenotia, no se incluyen
tantos detalles. Hay otros intereses, también de tipo narrativo.
60 El
morisco Ricote o la hispana razón de Estado, esp. pp. 285 y
ss.
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duda para componer unos personajes literarios que por su escasa cristianización puedan funcionar como obstáculos-enemigos de Persiles y Segismunda. 2) El género y el tono del Persiles, es decir la épica y la seriedad que esquematizan, en gran parte, la visión de la realidad. Dentro de una característica visión dual los personajes se suelen dividir en héroes y villanos, y dentro de estos últimos encuentran su sitio los moriscos de la novela. Es cierto, como apunta Márquez Villanueva, que la novela está presidida por un tono conservador característico de la Contrarreforma, pero ese mismo tono se extiende también a Cenotia61. 3) El Persiles es una obra inacabada, y no parece posible extraer conclusiones demasiado categóricas sobre la última narración cervantina o, a partir de ella, aplicables al resto de la obra de Cervantes. Sin embargo tampoco conviene olvidar que el género impone unas determinadas condiciones: en un texto de épica tridentina los enemigos están muy marcados, narrativamente; y estos condicionantes no implican una elección inocente del género. Creemos que al deslindar lo literario de lo extraliterario es posible valorar adecuadamente otros factores del relato: el negativismo simbólico de las palabras con las que Periandro (el héroe) manifiesta sus dudas sobre la santidad de todos los moriscos que, previamente, había expresado de modo ingenuo Antonio; el engaño y la traición del padre de Rafala, encubiertos bajo la hipocresía de la hospitalidad y agasajos cristianos; el hecho de que el primer problema, al tratar de los moriscos el jadraque, sea de orden religioso62; la amenaza de la libertad o incluso la vida; en la narración la tierra queda de hecho despoblada tras la huida de estos moriscos a tierras musulmanas y esto se hace
61 Si
en las tierras del Norte abundan las supersticiones, ¿por qué
trasladar allí a una morisca? ¿por qué enfrentarla con
un español (o dos) precisamente? ¿por qué aproximarla
al poder? ¿y por qué hacer tan explícito su castigo?
62 Es posible
que los argumentos que maneja el jadraque sean demagógicos al estar
dictados por el más que probable odio que el morisco cristiano experimenta
hacia sus convecinos cripto-musulmanes. Tampoco es estrictamente necesario
creer que el jadraque y su sobrina deberían ir incluidos en el decreto
de expulsión que anticipa la profecía: ambos son cristianos
y quizá se recuerde la posibilidad de acogerse a una medida
de gracia (Márquez Villanueva, p. 334, n. 248). Por otro lado, es
muy significativo que ninguno de los peregrinos diga nada más allá
de los comentarios iniciales de duda; las opiniones son las del jadraque.
A pesar de todo, es también posible que los dos discursos del jadraque
sean parodias de los argumentos más antimoriscos.
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con verdadero peligro de los cristianos que se refugian en la iglesia-fortaleza. En la historia de Cenotia se perfilan los peligros políticos de una consejera-hechicera morisca. Lo que ha ocurrido ha demostrado plenamente la mala disposición de Cenotia, incluso su peligro para una comunidad63. La situación en España sería imposible: Cenotia no habría alcanzado esa posición y no habría provocado tal caos, pues la Inquisición vela por el adecuado orden. El resultado ha sido desastroso: el palacio quemado64, el rey depuesto65, el pueblo con miedo. El final de la historia reencuentra el orden perdido, es un fin moral de restitución y castigo66. Podría pensarse que el terrible final de Cenotia es más consecuencia de sus manejos hechiceriles que de otras consideraciones, pero resulta significativo que el narrador no se ocupe en proporcionar un similar castigo aleccionador a Julia. Cabe suponer que Cervantes está influido por el contexto histórico en el que se desenvuelve. Hay un peso y un aprovechamiento de la visión negativa sobre algunos moriscos. Cervantes, por verosimilitud y por poseer una problemática diferente, sólo escoge a los moriscos menos cristianizados y, por ello y por la visión irónica de algunos argumentos manejados en la expulsión, Cervantes no descalifica a todos los moriscos, a los moriscos como grupo. En la novela se vale de ellos para componer obstáculos ante la peregrinación de los héroes, aunque no son los únicos personajes negativos del Persiles. No se trata, por
63 ¿Por
qué aparece Cenotia vinculada a un rey? ¿Por qué sus actos
se extenderán fuera de la esfera personal para llegar a implicar a
toda una comunidad? Es posible que todo se deba al tono elevado que impone
la épica y que exige la presencia de personajes de alto rango así
como hechos de gran trascendencia. Véase la nota 68.
64 Quizá
no habría que descartar la connotación demoníaca del
fuego en la solución que pondrá en práctica
Policarpo bajo la influencia de Cenotia.
65 Si fuera
posible extraer alguna lección del episodio de Cenotia
es probable que una de ellas fuera un aviso a la monarquía de que
el peligro de algunos moriscos podría alcanzar las consecuencias más
nefastas. Sin embargo, a pesar de que el episodio es verosímil, sobre
todo por su alejada localización, su desarrollo sería poco
menos que impensable en la España del s. XVII.
66
Mordíase las manos Cenotia, y maldecía su engañadora
ciencia y las promesas de sus malditos maestros (II, 17, p. 250). La
descalificación del narrador va más allá de lo individual.
La disculpa amorosa de Policarpo no la hace extensiva a Cenotia (p. 252),
quien tendría el mismo derecho a recibirla.
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tanto, de satirizar o ridiculizar a los
moriscos67, sino de asimilar parte de la
historia española reciente en una ficción que exalta el
cristianismo68.
Por otro lado, parece claro que el problema
de los moriscos preocupa a Cervantes por encima de las cuestiones relacionadas
con los judíos69, pues, al margen
de presentar una problemática teológica distinta, como ya se
ha indicado, la cronología marca una distancia o un acercamiento diversos.
Cabe pensar que la presencia de la hechicera judía está
atraída por la de Cenotia y por el manifiesto interés de Cervantes
en la candente cuestión morisca. Es cierto que el morisco y el judío
aparecen en la literatura tratados como tipos y que Cervantes recoge dos
rasgos de la tipificación de cada uno de ellos (la hechicería
morisca, la avaricia judía)70, sin
embargo lo significativo es la confluencia de los dos tipos, de la morisca
y la judía, en dos papeles simétricos en
67 A
diferencia de algunos tipos de morisco del romancero o el teatro, Cenotia
habla un español correctísimo. La crítica de Cervantes
va más allá de la sátira, en una obra de estilo elevado.
68 Sin duda
sería tentador intentar ver más allá del mero retrato
literario negativo y concluir con una descalificación global de los
moriscos, aunque no conviene olvidar la presión genérica, la
cautas críticas a la expulsión y la selección de unos
moriscos, además de la unión de hechicería a la
condición morisca de Cenotia, a quien se critica por la falsedad de
sus creencias, sus manejos engañosos y su proximidad al poder. A los
moriscos valencianos se les presenta como traidores, al menos a la comitiva
de Periandro y Auristela, y cripto-musulmanes, aunque, en el otro lado de
balanza, sólo hay dos cristianos viejos en el pueblo y el proceso
de cristianización no puede aspirar a elevadas metas.
69 Las
poco numerosas alusiones a los israelitas son desfavorables para ellos. Cervantes
los presenta como raza muy inferior, por bajo de los musulmanes de África,
y ni por asomo les hace hablar como a los moriscos españoles
(. . .) Cervantes aparece como lo que hoy llamaríamos un
antisemita. De cualquier forma la cuestión es meramente incidental
dentro de su obra (Américo Castro, p. 291). Conviene recordar
que Castro retocaría y modificaría las opiniones que expuso
en 1925, pero esta idea parece adecuarse, en parte, al tratamiento que Cervantes
utiliza con los judíos en el Persiles: tanto Zabulón
como su mujer, Julia, aparecen caracterizados negativamente, y siempre se
insiste en su condición de judíos. Más que de antisemitismo
habría que hablar de rechazo generalizado (véase la nota
siguiente).
70 Miguel Herrero
García, Ideas de los españoles del s. XVII, especialmente
pp. 563-640. Si bien era un estereotipo literario la vinculación de
moros y moriscos con la magia, en el caso de los judíos se trataba
de un rechazo general en España, por lo que se les hace participar
de todo tipo de vicios. Es revelador que Cervantes haya escogido la
brujería dentro de la parquedad de datos que sobre Julia se proporcionan.
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gran parte, la relación con la masiva salida de moriscos valencianos,
cuando se profetiza, ex eventu, la
expulsión71 y la extensión
sintomática de sólo uno de los dos episodios, el de la morisca
Cenotia (que es española), y que además afecta a un rey y su
país. Más allá de la influencia literaria Cervantes
aparece motivado por un contexto histórico a la hora de perfilar a
algunos de los personajes negativos del Persiles. Pero para extraer
consecuencias sobre la ideología subyacente quizá convenga
retomar la dualidad entre episodios verosímiles pero ficticios
(literarios) y comentarios irónicos sobre la
realidad72.
En conclusión, es posible afirmar que
la presencia de la hechicería en el Persiles responde a motivos
y funciones literarias73, aunque la
elección de las dos hechiceras, morisca y judía, puede tener
otras raíces extraliterarias. En el texto se marca el origen de Cenotia
y especialmente el de Julia (quedando indeterminada la de la bruja de la
primera narración). Las dos historias hechiceriles principales poseen
un papel literario secundario: constituyen un obstáculo más
a la peregrinación de Periandro y Auristela, por arduo que sea (como
el episodio de Julia). Pero no son el centro del relato, a diferencia del
papel de la bruja-hechicera del Coloquio de los
perros74. No hay, por ello, demasiados
detalles
71 Miguel
Herrero García, pp. 568 y ss. Para otras profecías de los dos
lados véase Antonio Domíguez Ortiz y Bernard Vincent, pp. 57
y ss.; Mercedes García Arenal, Inquisición y moriscos,
pp. 81-2, 89-90.
72 Véase
la nota 67.
73 Así
lo recoge Américo Castro (p. 98) aunque distingue bien otros impulsos
en la astrología. Estamos de acuerdo en la motivación literaria
del uso de la brujería, pero creemos que hay también una
motivación histórica en la elección de Cervantes de
unas hechiceras morisca y judía respectivamente.
74 Entre el
Coloquio y el Persiles se observan ciertas concomitancias.
En las dos obras se narra un viaje, aunque en el Coloquio está
contado desde la llegada y la relación entre narrador y narratario
no es la misma en las dos obras. Los peligros ahora se convierten en un paseo
por los bajos fondos de la sociedad (ladrones, gitanos, estudiantes, criados,
moriscos, etc). En ambas novelas Cervantes experimenta con los límites
de la verosimilitud. En las dos obras los moriscos aparecen como personajes
negativos. Por otro lado las diferencias son evidentes. Quizá una
de las más obvias sea la diferencia de tono, que en la novela ejemplar
es de burla e ironía, como se manifiesta ya desde la selección
de unos interlocutores muy determinados.
Sin embargo la extensión y la importancia
del episodio de la Cañizares es superior a la presencia de la
brujería y hechicería en el Persiles. El episodio es
el plato fuerte del relato de los perros (es el más extenso, aparece
[p. 61] anunciado, es el que podría
justificar, en cierto modo, la recuperación del habla). Como en el
Persiles también hay una larga explicación teológica,
no exenta de ironía al estar en boca de una bruja. El final rezuma
ironía, pues la confusión del perro con un demonio permite
comprobar la falta de límite en la credulidad de las gentes que ven
en Berganza un demonio por su saber y por la rapidez de su huida. Es interesante
resaltar que no haya referencias a la limpieza de sangre de las brujas,
quizá porque en el catálogo que es el texto se deja un apartado
para los moriscos, tras los gitanos. Sobre las intenciones y logros cervantinos
véase Edward C. Riley, La profecía de la bruja. (El
Coloquio de los perros), Actas del I Coloquio Internacional
de la Asociación de Cervantistas. Alcalá de Henares, 29/30
de noviembre y 1/2 de diciembre 1988 (Barcelona: Anthropos, 1990), pp.
83-94.
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sobre sus métodos y poderes. El interés de ambas historias procede de su papel literario y de de sus valores ideológicos en la narración. Dentro de la necesidad, o mejor, de la conveniencia de una religión distinta para las hechiceras (reforzada enormemente con su adscripción a las otras dos religiones enemigas conocidas en España), y dentro del espíritu contrarreformista de la obra (y dentro, quizá, de la religiosidad de un Cervantes próximo a morir), se incluyen críticas a esos comportamientos. Lo significativo es la confluencia de los tres factores ya mencionados y la selección de los rasgos, especialmente en el caso de Julia. Frente a otros textos (como El licenciado Vidriera) ahora hay un mayor desarrollo del personaje morisco y hechicero con lo que la mera alusión tópica se puede perder o matizar. Cervantes no afirma que todos los moriscos sean así, pero se sirve de tipos literarios y de un contexto histórico adverso a los moriscos para perfilar varios personajes negativos. El retrato realista queda muy amortiguado en el texto no sólo por el miedo a incurrir en declaraciones o presentaciones heterodoxas, sino, sobre todo, por su impertinencia en la novela: las brujas y hechiceras no son un fin en sí mismo. Habría que recordar aquí el carácter experimental del Persiles en relación con los límites de la verosimilitud, y no con los del realismo. Frente a las corrientes que ven en Cervantes no sólo la gran modernidad de un adelantado en literatura, sino un racionalista también moderno, tolerante y adornado de múltiples virtudes posteriores al XVII, cabe sospechar una más que probable influencia si no de los prejuicios sí de las preocupaciones de época, especialmente en un tema tan obsesionante para la sociedad del momento como el problema morisco, sin que ello signifique ningún desdoro para un escritor de la talla de Cervantes. Por último, y como siempre que se estudia el
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| 62 | DÍEZ AND AGUIRRE DE CÁRCER | Cervantes |
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Persiles, hay que concluir recordando el carácter que de texto
inacabado posee la novela75, por lo que el
hecho de encontrar un Cervantes que pueda diferir del autor de otras obras
puede explicarse por las exigencias genéricas, pero también
por evolución de su pensamiento o bien por la ausencia de una última
mano que retocara y matizara algunas declaraciones. Pero la tarea de decidir
sobre esta cuestión aparece hoy como imposible.
| UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID |
75 Véase Rafael Osuna, Vacilaciones y olvidos de Cervantes en el Persiles, Anales Cervantinos, 11 (1972), 69-85.
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://www.h-net.org/~cervantes/csa/articf92/diez.htm | ||