From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
12.2 (1992): 91-104.
Copyright © 1992, The Cervantes Society of America
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ANTONIO CRUZ CASADO |
os últimos
capítulos del Persiles ofrecen un ritmo precipitado en la
narración de los sucesos que tienen lugar en la ciudad de Roma; tal
como se ha indicado en diversas ocasiones, este hecho pudo deberse a la
inminencia del final del escritor, puesto
1 El primer
título de este trabajo, Auristela hechizada: un caso de
brujería en el Persiles, implicaba cierta equiparación
entre hechicería y brujería que los tratadistas del tema no
suelen contemplar, antes al contrario se dice que hay que distinguir
entre hechicería y brujería . . . la primera es un
fenómeno atemporal y mundial, mientras que la segunda se limitó
a unos tres siglos, entre 1450 y 1750, y a la Europa Occidental cristiana
(además del estallido de Salem). La hechicería es un intento
de dominar la naturaleza para producir resultados benéficos o
maléficos, por lo general con la ayuda de espíritus del mal.
Por otra parte, la brujería engloba a la hechicería, pero va
más lejos, pues la bruja firma un pacto con el Diablo para realizar
actos mágicos con el fin de negar, repudiar y afrentar al Dios
cristiano, Rossell Hope Robbins, Enciclopedia de la brujería
y demonología, trad. Flora Casas (Barcelona, Debate/Círculo
de Lectores, 1988), 298. Otros estudiosos establecen que la hechicería
es un fenómeno típicamente urbano, en tanto que la brujería
se desarrolla en medios rurales. De acuerdo con esto, optamos por sustituir
brujería por maleficia, puesto que Julia, la causante
del maleficio, es una hechicera romana, sin que Cervantes ofrezca muchas
noticias acerca de la misma, y teniendo en cuenta que maleficia es
un término latino que ofrece un carácter englobador más
amplio, que puede entenderse también como un efecto dañino,
provocador de enfermedades, cosa que le ocurre a Auristela; R. H. Robbins,
Enciclopedia de la brujería y demonología, 379 y ss.
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ya el pie en el estribo, / con las ansias de la
muerte,2 en afirmación del propio
Cervantes. Sin embargo, en contra de la precipitación señalada
y de algunos episodios truncados y mal
interpretados,3 el relato del hechizo de Auristela
presenta un desarrollo más demorado y coherente, indicio claro, a
nuestro parecer, de la importancia que quiso otorgarle su autor en el contexto
general de la obra.
Tras numerosas peripecias la pareja protagonista
y sus acompañantes han llegado a la ciudad eterna, en una
peregrinación de carácter religioso y simbólico; aquí
siguen sucediéndoles variadas aventuras, motivadas normalmente por
la belleza de Periandro y Auristela, nombres que encubren los auténticos
de Persiles y Sigismunda. Uno de estos episodios es el intento de seducción
de Periandro por parte de Hipólita, que remite en su desarrollo a
modelos clásicos, como el bíblico de José y la mujer
de Putifar o el del jardín de Falerina. La hermosa cortesana
Hipólita se enamora de Periandro y, sospechando que la relación
existente entre los jóvenes, que se hacen pasar por hermanos, es distinta
a la señalada, pide al judío Zabulón, cuya mujer es
una reputada hechicera, que ésta provoque una enfermedad en Auristela;
así ocurre, aunque no por ello Periandro cede a los deseos de
Hipólita, sino que va igualmente desmejorándose y, ante el
temor de la muerte, la cortesana ordena a la judía que temple el rigor
de los hechizos e incluso los retire, con lo cual la protagonista se restablece.
La actitud de Cervantes ante el hechizo coincide
en líneas generales con la creencia más generalizada: la enfermedad
puede provocarla la hechicera no por su propio poder, sino mediante la
permisión de Dios; por otra parte, en el personaje de la hechicera
se encuentra también cierto elemento diabólico. Así
se manifiesta en las palabras del narrador al indicar que Dios,
obligándole, si así se puede decir, por nuestros mismos pecados,
para castigo dellos, permite que pueda quitar la salud ajena esta que llaman
hechicería, con que lo hacen las hechiceras; sin duda él ha
permitido, usando mezclas y venenos, que con tiempo limitado quiten la vida
a las personas que quieren (pp. 457-58), en tanto que, en otro lugar,
señala que Hipólita sabe el lugar
2 Miguel
de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. Juan Bautista
Avalle-Arce (Madrid: Castalia, 1969), p. 45. Las referencias restantes a
páginas de esta edición se indican en el cuerpo de la
comunicación.
3 Véase
al respecto Antonio Cruz Casado, Una revisión del desenlace
del Persiles, Actas del Segundo Coloquio Internacional de la
Asociación de Cervantistas (Barcelona: Anthropos, 1991), pp.
719-26.
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donde se encuentra Auristela guiada por el conocimiento mágico de
la mujer de Zabulón el judío, bien como aquella que
tenía amistad con quien no la tiene con nadie (pp. 470-71),
en perceptible alusión al demonio.
En el contexto general de la época,
el pensamiento cervantino, tal como se refleja en este episodio, no resulta
avanzado, al contrario que cuando muestra su escepticismo al enjuiciar el
caso de la licantropía o manía
lupina.4 La credulidad generalizada
en la cuestión del hechizo se manifiesta en otros autores del Siglo
de Oro, por ejemplo, en Pedro Ciruelo, debelador sin embargo de tantas otras
supersticiones, para quien algunos perversos hombres y mujeres hacen
[hechicerías] para dañar y hacer mal a otros sus
próximos,5 aunque deja claro
que no se hacen por virtud divina, sino que los hace el diablo por
complacer a sus amigos y servidores los nigrománticos y hechiceros
(p. 119), pensamiento que ofrece cierta relación con el que más
tarde mantiene Cervantes. Añade Ciruelo que estos maleficios y aojamientos
alteran o corrompen los humores y causan enfermedad en la carne y en
los nervios, de tal manera que los sabios médicos apenas saben conocer
qué mal es y cómo se ha de curar (p. 120). También
la medicina oficial admitía estos hechos de carácter mágico,
como puede verse en el Diálogo del perfecto médico (1562),
donde se indica que la mágica es una malvada hija del arte de
la medicina, so cuyo color curan unos de ensalmo, y otros bendicen y desojan;
y no sólo hombres, mas
mujeres;6 como se sabe,
históricamente, el periodo de Carlos II supuso un auge de este tipo
de hechos.7 El reflejo literario de esta creencia
persistente se encuentra en los lugares más variados, así aparece
4 Pero
todo esto se ha de tener por mentira, y si algo hay, pasa en la
imaginación, y no realmente.
No sé dijo Rutilio;
lo que sé es que maté la loba y hallé muerta a mis pies
la hechicera.
Todo esto puede ser replicó
Mauricio; porque la fuerza de los hechizos de los maléficos
y encantadores, que los hay, nos hace ver una cosa por otra; y quede desde
aquí asentado, que no hay gente alguna que mude en otra su primer
naturaleza. (pp. 134-35).
5 Pedro Ciruelo,
Reprobación de las supersticiones y hechicerías [1539]
(Barcelona: Glosa, 1977), p. 119; las restantes referencias a páginas
de esta obra en el cuerpo del texto.
6 Alfonso de
Miranda, Diálogo del perfecto médico (Madrid: Nacional,
1983), p. 160, grafía actualizada.
7 Véase
al respecto Carmelo Lisón Tolosana, Demonios y exorcismos en los
Siglos de Oro (Madrid: Akal, 1990), capítulo V, Exorcismos
en el alcázar, pp. 143-219.
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en el Discurso sobre la magia y reprobación de las supersticiones que forma parte del libro Para algunos (1640), de Matías de los Reyes, donde uno de los personajes intenta probar que hay magia demoniaca y prestigiosa,8 tras dejar sentado que todas las [cosas] que dudáis poder obrarse por medio de los encantos y supersticiones mágicas que llaman demoníacas se obran sin duda (precediendo primero la divina permisión, como vos lo entendéis católicamente) (f. 32v) Su razonamiento se basa en el argumento de autoridad: la Sagrada Teologia . . . universalmente afirma que el maleficio o hechizo es cosa cierta y no imaginada, como la han creido algunos tocados de la herejía y aun otros criados con la leche de la iglesia (f. 34v), además hay que tener en cuenta el origen angélico del demonio: los ángeles cayeron del cielo, pero ya demonios tienen potestad sobre los cuerpos de los hombres cuando Dios se les permite (ff. 34v-35r) Con todo, al igual que Cervantes, Matías de los Reyes no cree que se produzcan en la realidad aquellos cambios que implican una alteración de los elementos sustanciales: no se ha de entender que estas transformaciones hechas por el demonio son reales y naturales, sino prestigiosas,9 porque lo contrario es error herético, que el transformar una cosa substancial y realmente es lo mismo que criarla o resucitarla. Cuya potestad es solamente de Dios y con consecuencia es negada a los demonios y a sus magos, como afirman los doctores (f. 36v). El fundamento de estas creencias se encuentra, como señala el propio autor, en el Malleus maleficarum, en los escritos del Padre Martín del Río y en los de Francisco Torreblanca; de esta manera, encontramos en su comedia El agravio agradecido las referencias del personaje Fabio acerca de la magia, el cual termina diciendo:
| Pero si quieres ver mucho desto, te remito al Maleus [sic] maleficarum y al Padre Martín el Río [sic] en su Magia a Torreblanca y ahora nuevamente al mismo |
8 Matías
de los Reyes, Para algunos (Madrid: Viuda de Juan Sánchez,
1640), f. 33v, grafía actualizada. Las restantes referencias
a folios de esta obra en el texto.
9
Prestigiosas en el texto es un derivado de prestigio en el
sentido de El engaño, ilusión o apariencia, con que los
prestigiadores emboban al pueblo, Real Academia Española,
Diccionario de autoridades, [1726] (Madrid: Gredos, 1963, ed. facs.)
V, 368 b.
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| en su Jure spirituali donde hay mucho desto escrito (f. 16v) |
Más que en textos de carácter
literario, como es previsible, la creencia en la magia y los hechizos se
manifiesta en los escritos de conocidos demonólogos, como es el caso
del cordobés Francisco Torreblanca que en su Defensa de los libros
católicos de magia (hacia 1613) deja sentado que la magia
es ciencia divina, la ciencia de las ciencias, aunque el
diablo la ha ido contaminando, mezclando en su lugar la vanidad y
superstición;10 además
indica que siendo la magia cosa tan cierta (f. 10 v. a) los delitos
no son imaginados, sino que el demonio puede efectivamente causar enfermedad:
pues cuando quiera [el demonio] usar de causas naturales podrá
mejor que todos los chímicos sacar sin alambiques las quintas esencias
de todas las hierbas y plantas venenosas y aplicarlas al paciente, harto
mejor que ningún físico y así causarles muerte o enfermedad
y sino inficionar el aire, como en tiempo de peste (f. 12 v. b). Como
apoyo de sus afirmaciones Torreblanca traduce la Bula de Sixto V, de 1586,
en la que se afirma la intervención del demonio en este tipo de
cuestiones: hay también prestigiatores, se dice en este
texto y de ordinario unas mujercillas dadas a superstición que
en unas tazas o vasos de vidrio llenos de agua o en espejo encendidas velas
benditas en nombre de aquel santo y blanco adorando humildes al sembrador
de todos los males, al diablo, en las uñas, o en la palma de las manos
huntadas también con aceite, al mismo fabricador de los engaños
hacen oracion (f. 14 v. b).
Con todo, y a lo largo de la misma época
que los textos señalados, van apareciendo tímidamente algunos
personajes relevantes que ponen en tela de juicio las afirmaciones sustentadas
en torno al poder de la magia, del demonio y de los hechizos, como el inquisidor
Alonso de Salazar y Frías o el humanista Pedro de
Valencia,11 a los que se puede añadir
el anónimo opositor
10 Francisco
Torreblanca Villalpando, Defensa en favor de los libros católicos
de magia, s. l., s. a. [pero un grabado que figura en el principio de
la obra está fechado en 1613], f. 6 r. a-b*; grafía actualizada.
Las restantes referencias en el texto.
11 Los textos
de ambos pueden verse en Manuel Fernández Nieto, Proceso a la
brujería (Madrid: Tecnos, 1989), pp. 73-94 para Salazar y Frías
y 95-140 para Pedro de Valencia. La carta de Pedro de Valencia se halla
también en Magia y ocultismo fin de siglo. Sophia, 1893-1917
(Madrid: Jesús Tablate, 1988), pp. 113-23.
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de Torreblanca que en el libro señalado más arriba afirma
taxativamente: la disputa de la magia es inútil, porque todos
cuantos delictos hay o se fingen della son todos sueños e ilusiones
del demonio, sin que en ellos haya consistencia de verdad (f. 3 r.
a); igual opina de los hechizos: y lo mesmo se puede decir de las
enfermedades y muerte de los hombres que se les imputa a las hechiceras por
el pacto con el demonio, siendo cierto que la salud o enfermedad consiste
en la conveniencia de humores del cuerpo, y así sólo las causas
naturales puede mover . . . y el pacto, aunque puede obligar al
demonio a que concurra, no a que cause la enfermedad ni muerte, porque ésta
sólo pende de la mano de Dios, y no de la magia (f. 3 v. a-b).
No llega Cervantes a este grado de escepticismo,
como vimos, sino que se mantiene en una postura prudente y ortodoxa de
aceptación del hecho mágico, dejando en alguna ocasión
por encima del mismo el libre albedrío del hombre; de esta forma se
había expresado don Quijote en el episodio de los galeotes: Aunque
bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar
la voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedrío
y no hay yerba ni encanto que le fuerce. Lo que suelen hacer algunas mujercillas
simples y algunos embusteros bellacos es algunas misturas y venenos, con
que vuelven locos a los hombres, dando a entender que tienen fuerza para
hacer querer bien, siendo como digo, cosa imposible forzar la
voluntad.12 Sin embargo, el hechizo
de Auristela parece un hecho incontrovertible de carácter mágico
puesto que actúa a distancia, sin que exista relación alguna
entre la hechicera judía y la princesa nórdica.
El escritor deja, sin embargo, en la sombra
gran parte de los elementos del episodio; ignoramos el tipo de hechizo empleado
y, por lo tanto, la manera de actuación del mismo, aunque sí
son visibles sus efectos en la salud de Auristela. Tampoco son explícitos
en descripciones los textos literarios de la época en lo que se refiere
a hechizos que provocan enfermedad o muerte, de tal manera que es necesario
recurrir a determinados libros de magia para conocer cómo se llevaban
a cabo los ritos señalados. En uno de ellos, El libro de San
Cipriano, encontramos la técnica a seguir para construir el llamado
hechizo de odio: Se plasma una figura, modelándola
preferentemente con cera virgen, o bien arcilla
12 Miguel
de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. Martín de Riquer
(Barcelona: Planeta, 1975), p. 224.
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o cualquier otro tipo de pasta blanda y fácilmente moldeable, y se
personifica en ella a la persona a la que se quiere perjudicar o hacer odiosa
a los ojos de un tercero. Una vez hecha la imagen, se baña en agua
del pozo y se la espolvorea con polvo de asa fétida y de azufre,
después de lo cual se hace una incisión sobre el pecho y sobre
el cuerpo, utilizando para ello la lanceta del arte, inscribiendo
las siguientes palabras: Untor, Dilapidador, Tentador, Soñador,
Devorador, Concitador y
Seductor.13 A esto sigue una larga
invocación a los espíritus malignos e infernales.
Al contrario, sí son abundantes los
textos referentes a los hechizos que se ejecutan para conseguir el amor de
una persona, los que suelen llamarse ligamentos o
philocaptio,14 seguramente porque
fueron los más utilizados en los servicios que solicitaban los clientes
de las brujas o hechiceras. De esta forma tenemos conjuros que realizaban
las brujas de Montilla15 y muchos más
conservados en los archivos de la Inquisición. Uno de los más
curiosos es el llamado Sortilegio de las torcidas que consiste
en lo siguiente: Hacen unas torcidas del lienzo donde ha caído
el semen del hombre y las conjuran así:
| Conjúrote con tres libros misales y tres iglesias parroquiales. |
Se ponen dichas torcidas a arder en un candil, una cada noche, y se rezan un Paternoster y Avemaria a Santa Marta para llamar a los hombres a actos torpes, y con la dicha Santa y nueve habas, tres granos de sal, tres carbones, una vela de cera, nueve torcidas alrededor de un candil y nueve chinas y hancando un cerco, juntan las manos y pasan las dichas cosas de una a otro y las arrojan todas en dicho cerco y las vuelven a coger y arrojar de nuevo por tres veces, y señalan dos hachas16 con los dientes, que significan dos personas, y las habas quedan juntas en el cerco y
13 El
libro de San Cipriano y otros Rituales de Potencia (Madrid: Edaf, 1987),
p. 54.
14 Es el conocido
hechizo que realiza Celestina en la obra de Fernando de Rojas; véase
Peter E. Russell, La magia, tema integral de La Celestina,
Temas de La Celestina (Barcelona: Ariel, 1978), pp. 241-76.
15 José
Cobos Ruiz de Adana, La hechicería en Montilla a finales del
siglo XVI y principios del siglo XVII. Una aproximación
etnohistórica, Montilla, aportaciones para su historia
(Montilla: Excmo. Ayuntamiento, 1982), pp. 121-58.
16 Es posible
que exista un error de transcripción por habas. Lo mismo en
el término hancando, quizás por traçando.
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dicen ser señal que la persona ausente ha de venir y que ama mucho.
Otras hechiceras conjuran así las torcidas:
| Vida de la vida, de la carne de la sangre de N. que me ames, que me estimes, que me regales, que me des cuanto tuvieres, y me digas lo que supieres, que te conjuro, N., con Barrabás, que así como estas torcidas arden en este candil, así me quieras.17 |
Del mismo tipo son el sortilegio del cedazo,
el sortilegio de la ánima sola, con un impresionante conjuro, el
sortilegio de la carta que toca, o las oraciones a Santa Marta, llenas de
sensualidad.
Los efectos que provoca el hechizo en Auristela
corresponden a un maleficio o hechizo de odio. La enfermedad, escribe Cervantes,
la acometió por las espaldas, dándole en ella unos
calofríos, al amanecer, que no la dejaron levantar aquel día;
luego, luego, se le quitó la gana de comer, comenzó la viveza
de sus ojos a amortiguarse, y el desmayo, que con el tiempo suele llegar
a los enfermos (pp. 453-54). Más tarde va perdiendo su belleza:
No había dos horas que estaba enferma, y ya se le parecían
cárdenas sus mejillas, verde el carmín de sus labios, y topacios
las perlas de sus dientes; hasta los cabellos le pareció que habían
mudado color, estrecháronse las manos y casi mudado el asiento y encaje
natural del rostro (p. 454).
Estos síntomas se parecen un poco a
los que ofrecen los aojados, tal como señala el Marqués de
Villena en su Tratado del aojamiento, en el que se indica que para
conocer la fascinación a simple vista se deben observar en el enfermo
determinados aspectos: la catadura del enfermo, que la tiene turbada,
y a mantener los ojos baxos, y estar echado, y non sentirse fuerça,
y estar pensoso y sospirar de bagar, y tener cuidado sin saber de que, y
sentir quexo en el coraçón y escuresçimiento, y dolerse
en el cuerpo como en non querer comer, ni tener señales de especial
acostunbrada dolençia, nin saber causa nonbrada prestarle
17 Antonio
Paz y Meliá, Papeles de la Inquisición. Catálogo
y extractos (Madrid: Patronato del Archivo Histórico Nacional,
1947), p. 240.
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poco las comunes melezinas. E aun fallanle a las bezes frio, y subito se muda en calor, y alterandose por vezes trocadas y sudores que le bienen non rrazonables, y luego lo dexan, y aprieta las manos y absconde los pulgares, y bosteza a menudo, y tiene el oyr mas agudo que de antes y estriñese de vientre.18 Por su parte, Benito Remigio Noydens, en su Práctica de exorcistas (1660), ofrece igualmente algunos rasgos del hechizado: Es señal conocida que uno está hechizado cuando al enfermo se le ha trocado el color natural en pardo y color de cedro y tiene los ojos apretados, los humores secos y al parecer todos sus miembros ligados, etc.19 A continuación detalla los síntomas del que, además de estar hechizado, está poseído por el demonio: Mas las señales ordinarias de que uno está juntamente poseido del demonio son un apretón del corazón y boca del estómago, pareciéndole que tienen sobre él una bola. Otros tienen unas picaduras como de aguja en el corazón y suele ser tan grande el tormento que parece se le comen a bocados y lo mismo sucede con otras partes del cuerpo. A otro le [sic] parece que a la garganta se le sube una bola y algunas veces no pueden retener nada en el estómago de lo que beben o comen para sustentar la vida (p. 97). Aconseja luego Noydens que se pruebe la curación con medicinas, pero en el caso de que no le aprovechen, se dedique a oír misa y a practicar rezos y además continúa mande que le muden toda la ropa que tiene en la cama y deshagan los colchones y almohadas, limpien la lana, etc., porque suelen en ellos por arte del demonio estar escondidos los maleficios y instrumentos de los hechizos, agujas, frutas, figuras de cera, plomo, etc (p. 98). El exorcista enumera a continuación los elementos que emplea luego en su tarea y que son diversos y curiosos, como el oro molido, el incienso, la mirra, la sal, la oliva, la cera y la ruda, que colocará en cada esquina de la cama, en tanto que el afectado por el hechizo tendrá una vela encendida en la mano y dos estolas en forma de cruz sobre la espalda; la aspersión del agua bendita, las oraciones en latín, las letanías y los salmos
18 Enrique
de Villena, Tratado del aojamiento, en Francisco Almagro y José
Fernández Carpintero, Heurísticas a Villena y los tres
tratados (Madrid: Nacional, 1977), p. 46.
19 Benito Remigio
Noydens, Práctica de exorcistas y ministros de la Iglesia, en que
con mucha erudición y singular claridad se trata de la instrucción
de los exorcismos para lanzar y ahuyentar los demonios y curar espiritualmente
todo género de maleficios y hechizos (Madrid: Andrés
García de la Iglesia, 1678 [las licencias son de 1660]), 5ª
impresión, p. 97, grafía actualizada.
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completan la ceremonia, en tanto que el escritor aconseja expresamente que
no se pida a otro hechicero que deshaga el primer hechizo.
Nada de esto se tiene en cuenta a lo largo
de la enfermedad descrita en la obra cervantina, puesto que Hipólita,
al ver que Periandro enferma también, de ver la pésima
situación de su amada, ordena a la hechicera que temple el rigor de
los hechizos y en consecuencia Auristela mejora: volvieron a despuntar
las rosas en sus mejillas y la alegría en sus ojos; ajuntáronse
las sombras de su melancolía; volvió a enterarse el órgano
suave de la voz; afinóse el carmín de sus labios;
convirtió20 con el marfil la blancura
de sus dientes, que volvieron a ser perlas, como antes lo eran (p.
458), escribe Cervantes.
Algunos aspectos del episodio ofrecen cierto
interés, como es el hecho de que se recurra a una hechicera judía
en Roma. Como se sabe, los judíos no sintieron especial predilección
por la hechicería, pocos fueron los procesados por
brujería,21 por lo que resulta curiosa
la aparición de la judía Julia como encargada de realizar el
hechizo de la protagonista. Posiblemente el hecho proceda de una fuente
literaria; tal como señaló Américo
Castro,22 en uno de los Ragionamenti
de Aretino hay referencia a las Giudee maliarde et
incantatrici,23 pero el hecho ofrece
escasa relevancia en el contexto general de los diálogos y además
ignoramos si Cervantes conocía la obra mencionada. Tampoco en La
lozana andaluza, cuyo autor parece conocer bien el ambiente de
20 El
texto cervantino es poco comprensible en ocasiones, tal como señala
Avalle-Arce; en este caso parece mejor leer compitió en lugar
de convirtió, alejáronse en lugar de
ajuntáronse y entonarse en lugar de enterarse,
afirmóse en lugar de afinóse; de esta manera
tendría quizá más sentido el párrafo:
alejáronse las sombras de la melancolía; volvió
a entonarse el órgano suave de su voz; afirmóse el carmín
de sus labios; compitió con el marfil la blancura de sus dientes,
que volvieron a ser perlas, como antes lo eran. Los que compusieron
el texto destrozaron el sentido de muchas frases, posiblemente debido a la
mala grafía del último manuscrito cervantino, sin que tengamos
que creer al licenciado Murcia de la Llana que afirma, en la fe de erratas,
que el libro . . . [se] corresponde con su original.
21 Véase
R. H. Robbins, Enciclopedia de la brujería y demonología,
artículo Brujería judía, pp. 159-161.
22 Américo
Castro, El pensamiento de Cervantes, ed. Julio
Rodríguez-Puértolas (Barcelona: Noguer, 1980), p. 98 y nota
91.
23 He visto
la edición La prima parte de Ragionamenti di M. Pietro Aretino,
s.l., 1584; la cita pertenece a un diálogo que se suele omitir en
las traducciones españolas que he consultado, titulado Il piacevol
Ragionamente de l'Aretino nel quale il Zoppino fatto trate, e Ludovico putaniere,
trattano de la vita e de la genealogia di tutte le Cortigiane di Roma,
p. 306.
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prostitución de la ciudad, encontramos especial tratamiento de las
hechiceras judías, aunque se pueden rastrear en el libro algunas
referencias al tema de la magia hechiceril, como se narra en el relato de
Rampín acerca de la mujer lombarda, cuyo amigo no viene a verla, y
para averiguar la ausencia Lozana recurre, entre otras cosas, al plomo derretido
y a la observación de la clara de un huevo en un orinal, y
allí se dice le demostró cómo él
estaba abrazado con otra que tenía una vestidura azul. Y hecímosle
matar la gallina y lingar el gallo con su estringa, y así le dimos
a entender que la otra presto moriría y que él quedaba ligado
con ella y no con la otra, y que presto
vernía.24 Claro que con todo
esto sólo tienen la intención de aprovecharse de la credulidad
de la abandonada y no toman en serio los ritos señalados. Tampoco
se mantiene la creencia en el aojamiento (p. 177), aunque su curación
se encuentra entre las cualidades que Lozana tiene: Yo sé ensalmar
y encomendar y santiguar cuando alguno está aojado, que una vieja
me vezó, que era saludadera y buena como yo (p. 176). Finalmente
se puede señalar en este sentido que aunque en el catálogo
de prostitutas romanas se encuentran las putas que guardan el sábado
hasta que han jabonado (p. 101), que puede ser una referencia a las
judías, y en el mismo lugar también se mencionan las
estrionas [?] de Tesalia, quizás las hechiceras de Tesalia,
no aparece una referencia explícita a las hechiceras judías.
Sin embargo, ofrece connotaciones demoníacas
el nombre del judío Zabulón, esposo de la hechicera. Covarrubias
señala que algunos escritores eclesiásticos le toman
por el diablo, como en el hymno Tibi Christe conterentem Zabulon, hoc
est Diabolum,25 hecho que encontramos
diversamente documentado, por ejemplo, en el tratado De Cognitione
Baptismi, compuesto hacia el 657-667 por San Ildefonso de Toledo, cuando
indica que al exorcizar a los catecúmenos se priva al diablo de su
poder: exorcizatur autem, id est, increpatur potestas
zabuli.26 Para Martín del Río
con este
24 Francisco
Delicado, La lozana andaluza, ed. Bruno Damiani (Madrid: Castalia,
1969), p. 90. Otras referencias en el texto.
25 Sebastián
de Cobarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española (1611;
reimp. Madrid: Turner, 1979), p. 1017a.
26 San Ildefonso
de Toledo, De Cognitione Baptismi, en Santos padres
españoles (Madrid: Católica, 1971), p. 264. Otros ejemplos:
Quod post resurrectionem impleto iudicio permanebunt singulae civitates
in angelis et hominibus: Christi in gloriam aeternam, Zabuli in damnationem
perpetuam, p. 320; Quod homo a Deo bene sit conditus, a Zabulo
male deceptus, p. 241.
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nombre se designa en ocasiones a uno de los inventores de la magia: alii
quendam Zabulum (quem ego non alium existimo ab ipso cacodaemone, cui D.
Cyprianus et alii Patres hoc nomen tribuunt) deinde magistrum
laudant.27 En realidad, tal nombre
puede tener una explicación etimológica, como se encuentra
en Ernout, al indicar que zabulus, i es la forme populaire
de diabolus, transcription du grec diabolos, avec passage de dy- a
z-.28
Por último hay que señalar la
frecuencia de aparicición de elementos que podríamos denominar
mágicos o fantásticos en este tipo de obras, es decir, en los
libros españoles de aventuras peregrinas, entre los que se incluye
el Persiles, y en sus antecedentes griegos. De esta forma encontramos
un episodio de magia en la Historia etiópica de Heliodoro,
y es el propio Martín del Río, gran admirador del narrador
griego, según su discípulo Tamayo de Vargas, admiración
también compartida por
Cervantes,29 quien pone de relieve este hecho
al mencionar ese lugar del escritor griego e incluirlo entre las numerosas
autoridades de sus Disquisitionum magicarum libri
sex.30 Otra mención de
27 Martino
Del-Rio, Disquisitionum magicarum libri sex (Venetiis: Vincentium
Florinum, 1616), p. 86b. La traducción reciente de este texto: Para
otros [el inventor de esta magia prohibida o demoníaca] fue un tal
Zábulo (que para mí no es otro que el mismo cacodemonio, al
que así llaman San Cipriano y otros padres) (Martín del
Río, La magia demoníaca, trad. y ed. Jesús Moya
[Madrid: Hiperión, 1991], p. 180). Esta traducción del Libro
II de las Disquisitionum magicarum resulta de consulta imprescindible
para estos temas y pone a nuestro alcance un texto fundamental con acertada
anotación y numerosas noticias sobre el fenómeno
mágico.
28 A. Ernout
et A. Meillet, Dictionnaire étimologique de la langue latine
(París: Klincksieck, 1967), p. 759.
29 De sobra
conocida es la admiración de Cervantes por Heliodoro. De la afición
de Martín del Río por el escritor griego da noticia su
discípulo Tamayo de Vargas, al referirse a su
traducción de las Etiópicas: Yo le
desee restituir en mi niñez y aprobó mi deseo el doctísimo
Martín Antonio del Río, mi maestro, que estimaba a este autor,
como en quien se conserva la pureza e ingeniosidad de los griegos,
Garcilaso de la Vega, Garcilaso de la Vega y sus comentaristas, ed.
Antonio Gallego Morell (Madrid: Gredos, 1972), p. 628; Tamayo no escatima
elogios a Del Río: El P. Martín del Río que todo
lo vio y con felicidad se aprovechó de ello, p. 658.
30 Mutuctus
reliqua a Plutarcho hoc preclare et suculenter satis explicat Heliodorus,
Aethiopicae Histo. Lib. I. interprete Scoto: Sic se res habet, Martino
Del-Rio, Disquisitionum magicarum, p. 336. La referencia al libro
primero de las Etiópicas no parece acertada, si está
tratando del hechizo de odio o De maleficio hostili, puesto que
en esa parte no aparece apenas nada relativo a la cuestión; en cambio
sí es abundante al final del libro VI.
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| 12.2 (1992) | Auristela hechizada | 103 |
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Heliodoro en Del Río se encuentra al tratar la cuestión de
la fascinación (p. 341).
Parecidos elementos y referencias se encuentran
en Leucipa y Clitofonte de Aquiles Tacio: la fogosa Mélite
pide a Leucipa, a la que cree una maga
tesalia31 un hechizo para poder atraerse
la voluntad de Clitofonte; Leucipa le promete el filtro de amor y le dice
que pasará la noche en el campo para recoger hierbas a la luz
de la luna (p. 311) con las que preparará el hechizo, cosa que
no hace porque Clitofonte es su propio enamorado. Algo de esto queda
todavía en Clareo y Florisea, de Núñez de Reinoso,
donde Isea cree que la enamorada Florisea es
maga,32 en tanto que el Persiles no
parece deudor en este caso concreto de las obras mencionadas, aunque marcan
profundamente otros aspectos de la misma.
En cuanto al sentido del episodio cervantino
en el contexto del Persiles, hay que señalar que, al igual
que ocurre en La española inglesa con el envenenamiento
de Isabela, puede interpretarse como una prueba de amor a la que se somete
el enamorado y de la que sale victorioso, en competición con otros
pretendientes, puesto que Periandro no está enamorado únicamente
del aspecto externo de la amada, sino de su mundo interior, de sus cualidades
espirituales. Perdida la belleza de Auristela no por esto le parecía
[a Periandro] menos hermosa, porque no la miraba en el lecho que yacía,
sino en el alma, donde la tenía retratada (p. 454), escribe
Cervantes, en tanto que el duque de Nemurs, enamorado sólo del aspecto
externo de la dama, va perdiendo progresivamente su interés en la
misma; como el amor que tenía en el pecho se había engendrado
de la hermosura de Auristela, así como la tal hermosura iba faltando
en ella, iba en él faltando el amor, el cual muchas raíces
ha de haber echado en el alma, para tener fuerzas de llegar hasta el margen
de la sepultura con la cosa amada (p. 454).
La conclusión sirve para enaltecer aún
más el modelo de virtudes que encarna el enamorado Periandro, que
ha vencido numerosos obstáculos para encontrarse con su dama en una
situación de cierta quietud y que, a pesar de la fealdad que le ha
sobrevenido, la sigue amando con la misma intensidad de
31 Aquiles
Tacio, Leucipa y Clitofonte, trad. Máximo Brioso Sánchez
(Madrid: Gredos, 1982), p. 304.
32 Alonso
Núñez de Reinoso, Clareo y Florisea, Novelistas
anteriores a Cervantes, ed. Buenaventura Carlos Aribau, BAE, 3 (1846;
reimpr. Madrid: Atlas, 1963), p. 452a.
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| 104 | ANTONIO CRUZ CASADO | Cervantes |
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siempre. Feísima es la muerte continúa diciendo Cervantes y quien más a ella se llega es la dolencia; y amar las cosas feas, parece cosa sobrenatural y digna de tenerse por milagro (p. 454). De esta manera la ejemplaridad moral del enamorado alcanza cotas difíciles de superar en la narrativa idealista del Siglo de Oro.
| I.B. MARQUÉS DE
COMARES. LUCENA (CÓRDOBA) |
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://www.h-net.org/~cervantes/csa/articf92/cruzcasa.htm | ||