From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America 12.2 (1992): 79-89.
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Una lectura erótica del Quijote


ALFREDO BARAS ESCOLÁ


LEYENDO CON ATENCIÓN a Cervantes, se descubre que el pleno valor alusivo de su obra sólo es posible apreciarlo gracias al equívoco usado como recurso. Ya Keith Whinnom1 y Ian Macpherson2 han analizado la amphibologia obscena en poemas de amor cortés, cuya ambigüedad solía pasar inadvertida. Dado el carácter, no ya pernicioso o sensual, sino incluso pornográfico, del libro de caballerías, en opinión de Eisenberg3, nada tendría de especial que esta clave estuviera presente en un relato que participa de ambos subgéneros, a su vez tan directamente emparentados. Así pues, en el propio modelo paródico habría encontrado Cervantes una pauta inigualable para delinear buena parte de su humor, y quizá la más representativa por ser la originaria. Pero no se piense en episodios de obvio cariz erótico, tales como el de Rocinante y las yeguas galicianas —por cierto, nadie recuerda el verbo galiciar4—, o el de Don Quijote y la asturiana Maritornes,

     1 La poesía amatoria de la época de los Reyes Católicos (Durham University, 1981), pp. 59-62 y 63-72.
     2 “Secret Language in the Cancioneros: Some Courtly Codes,” Bulletin of Hispanic Studies, 62 (1985), 51-63.
     3 A Study of Don Quixote (Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1987), p. 28, nota 69.
     4 Rodrigo de Reinosa, Poesías de germanías, ed. de Mª Inés Chamorro Fernández (Madrid: Visor, 1988), “Vocabulario de Germanía,” p. 107: esto es, ‘realizar el acto sexual.’ No tienen por qué ser aludidos los figones, en su mayoría italianos o gallegos.

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con tantos puntos comunes; ni en las travesuras de Dorotea o de Altisidora. Estas raras indiscreciones del autor, por su evidencia, han podido ser omitidas, o cuando menos suavizadas, por los adaptadores5. Sin embargo, el tipo de exégesis propuesto, más acorde con el practicado por Mauricio Molho, implica un doble sentido ambiguo, nunca del todo aparente, que emana de la esencia misma del relato, de sus raíces primigenias; tratar de suprimirlo equivaldría a anular la historia.
     Sirvan de ejemplo los diversos nombres de Don Quijote y su oficio de caballero andante, así como el retrato inicial de Sancho Panza.

     Dos de la posibles variantes onomásticas del protagonista (Quijada y Quesada), en cuanto sinónimos6 que designan su rasgo externo más visible, bien podrían connotar una alusión a mentula7 por asociación fisiognómica. En Quij-ano, por contra, tardío y, al parecer, auténtico nombre de Don Quijote, el sufijo comporta otra sugerencia a lo bajo corporal, diversa aunque complementaria8. Este mismo doble sentido reaparece en el nombre ficticio. Por más que Astrana Marín asegure haber encontrado el apellido coetáneo Quijote9, la voz indica “parte superior de las ancas de la caballería” además de “parte del arnés

     5 De ediciones juveniles o escolares, comentadas por José Simón Díaz, Bibliografía de la Literatura Hispánica (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1950- ), VIII, nº 486-530.
     6 Quijada era “antiguamente quexada y quexar,” explican Joan Corominas - José A. Pascual, Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico (Madrid: Gredos, 1980-1991, s. v.), no sin comentar la duda de “que el nombre de lugar y apellido andaluz Quesada tenga que ver con queso,” antes que con la voz en cuestión.
     7 J. N. Adams, “Mentula and its Synonyms,” The Latin Sexual Vocabulary (Londres: Duckworth, 1982), pp. 9-79: “mentula was the original word for the penis and the direct term par excellence” (p. 9), cuyo origen podría encontrarse en mentum (p. 10, nota 3). Cela, en su Diccionario secreto (Madrid: Alianza-Alfaguara, 1975-1987), II, 182-83, incluye Mentula, Méntula; así también, Carlos Quinto entra en Madrid le parece antonomasia “por personificación” (II, 227).
     8 Sin recurrir a las teorías de Bajtin ni al sicoanálisis, recuérdese a Quevedo, “Gracias y desgracias del ojo del culo,” en Obras completas, 6ª ed. de Felicidad Buendía (Madrid: Aguilar, 1974), p. 106b: “anda siempre, en hombres y mujeres, vecino de los miembros genitales y así se prueba que es bueno, según aquel refrán: Dime con quien andas, te diré quien eres.”
     9 Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra (Madrid: Reus, 1948-58), V, 248.

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dedicada a cubrir el muslo”: se sugiere una irónica ambivalencia que, sólo por esto, y sin entrar en más consideraciones, “ya debió de venir a los propósitos de Cervantes como anillo al dedo.”10
     Constantino Láscaris Commeno11 insistía en el simbolismo obsceno de la pieza de la armadura, y Dominique Reyre12 prosigue tal exégesis. Acaso convenga subrayar cómo, desde el Antiguo Testamento al Renacimiento, se ha aludido siempre en el muslo del varón, por metonimia, a la potencia reproductora, cuando no al mismo sexo. Más en concreto, los autores del Siglo de Oro suelen remontar a fuentes bíblicas un episodio hagiográfico reciente: así es como la cojera de San Ignacio de Loyola será asociada con la de Jacob tras su lucha con un ángel (Gén. 32, 24-32) que, al herirle en el tendón del muslo izquierdo, habría castigado su sensualidad13; ofrece el tópico mayor relevancia por cuanto la figura del caballero andante a lo divino, imbuido de un espíritu tan afín al de Don Quijote, pudo asimismo originar ciertos pasajes del relato de Cervantes14.

     10 Elie L. G. den Dooren de Jong, “Quixote, nombre significativo,” Universidad. Revista de cultura y vida universitaria (Zaragoza), 43 (1966), 89-96, en pp. 89-90.
     11 “El nombre de Don Quijote,” Anales Cervantinos, 2 (1952), 361-64.
     12 Dictionnaire des noms des personnages du Don Quichotte de Cervantès, suivi d'une analyse structurale et linguistique (París: Éditions Hispaniques, 1980), p. 125.
     13 Juan de Ávila, Obras completas, ed. de Luis Sala Balust (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1953), II, 212: “Cuando sale cojo de un muslo, cosqueará con los vicios de la carne,” pues quien “no sabe orar no sabrá ser casto”; y p. 465: “No fué menester que dijese que no fuesen lujuriosos, sino, dándoles la Ley, quedó mortificada la carne, como el ángel que hirió el muslo a Jacob.” Pedro de Ribadeneyra, “Vida de San Ignacio de Loyola,” en Historias de la Contrarreforma, ed. de Eusebio Rey (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1945), p. 45: “tendido en una cama herido de Dios, que por esta vía le quería sanar, y cojo como otro Jacob”; Lope de Vega, “Del beato Ignacio de Loyola, cuando colgó la espada en Monserrate,” Obras poéticas, ed. de José Manuel Blecua (Barcelona: Planeta, 1989), p. 508, v. 46: “el Jacob, a quien servís.”
     14 Pedro de Ribadeneyra (“Vida de San Ignacio,” pp. 54-55) y Pedro Leturia, El gentilhombre Íñigo López de Loyola (Barcelona: Labor, 1941), pp. 131-60 y 240-59 recalcan las facetas caballerescas del biografiado. Pero es Unamuno, en su “Vida de Don Quijote y Sancho,” Obras completas (Madrid: Afrodisio Aguado, 1951-63), IV, 127, quien relaciona la vela de armas de Don Quijote con la de Ignacio de Loyola en Monserrat, del 24 al 25 de Marzo de 1522, a imitación de Esplandián (Amadís de Gaula, Libro IV, Cap. 133). José Mª Pemán, “La ‘armazón de cauallería’ de Don Quijote: Apuntes sobre el capítulo III de la Primera Parte,” Boletín de la Real Academia Española, 27 (1947-48), 7-19.

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     Añádase a esta doble influencia otra intermedia, proporcionada por el Cuento del Graal. Señala Joan Ramón Resina que la herida “entre ambos muslos” del Rey Tullido, aun si no fuera “expresión suficientemente gráfica,” indicaría, mediante la voz hanches, “el conjunto de órganos que reposan en la pelvis, o que lindan con esa zona.”15 Por culpa de un grave pecado, el reino se ha convertido en la Tierra Yerma o Baldía, que sólo volverá a hacer fecunda la mediación de un héroe casto: la incapacidad del monarca repercute en la aridez de sus dominios. Ahora bien, el toponímico de la Mancha designa, en primer término, una región desértica16; otros valores alusivos deben posponerse a la infertilidad añadida, igual que un calificativo, al sentido erótico del nombre Quijote. Desde el “Prólogo” quedará asociado este rasgo del héroe manchego con una supuesta falta de capacidad creadora de su autor: “¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío sino la historia de un hijo seco [. . .], bien como quien se engendró en una cárcel [. . .]?”; los escenarios naturales amenos y apacibles son propicios, en cambio, “para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y contento.”17

     Otros dos signos redundantes acabarán por certificar el defecto orgánico, sin que ahora se deba a ningún castigo del protagonista por sus excesos, sino a una parodia con sentido inverso.
     Respecto al apreciativo -ote, registra Cela sinónimos del miembro viril como Chafalote, Chafarote, Cipote, Ciriote, Garrote y Virote (pp. 187-488, s. v.), éste último frecuente en tiempos de Cervantes18. No hay que olvidar personificaciones igualmente

     15 La búsqueda del Grial (Barcelona: Anthropos, 1988), pp. 186-189; véase “La Tierra Yerma,” pp. 206-228.
     16 Federico Sánchez Escribano, “Del posible sentido paródico de La Mancha en el Quijote,” Anales Cervantinos, 8 (1959-60), 365-66: “frente a una insinuante, florida y floreciente vista en los libros de caballerías, se levanta la aridez de La Mancha en el Quijote, en función de parodia” (p. 366). Sobre el “origen del nombre de la región de La Mancha,” Corominas aduce que ya en el siglo XIV “se empleaba Manxa como nombre propio y que era conocida por su sequedad” (Diccionario, s. v. Mancha, nota 3).
     17 Obras completas, I. ‘Don Quijote de la Mancha’, seguido del ‘Quijote’ de Avellaneda, ed. de Martín de Riquer (Barcelona: Planeta, 1968), I, 11-12. En adelante, todas las citas del Quijote remitirán a esta edición.
     18 Poesía erótica del Siglo de Oro, ed. de Pierre Alzieu, Robert Jammes e Yvan Lissorgues (Barcelona: Crítica, 1984), p. 351.

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coetáneas: así, Don Majote (con las variantes Maçote, Mazote o Maxote), tal vez con raíz en majo, donde Corominas observa, pese a sus dudas sobre el derivado, “una creación del lenguaje erótico” incontestable; y Pijote (o Pichote, Pischote)19, que un solo rasgo fonológico distingue de Quijote. Ambos nombres propios, asociados por su acepción de tontería o necedad, más el título burlesco Don, común a varias de estas voces anteriores y a otras similares (Don Carajo, Don Carlos, Don Ciruelo), sugieren interpretar de igual modo el apelativo caballeresco; éste, que ya se prestaba, como queda expuesto, a tal sentido, también lo connota alusivamente con toda claridad, a la manera de un eufemismo por metonimia.
     Luis Andrés Murillo20 ha visto en el romance viejo de Lanzarote y su rocino, por tres veces parafraseado en la novela cervantina, el modelo directo de Don Quijote y Rocinante. No es preciso, en tal hipótesis, más que acentuar la parodia, porque ya aquel texto, que inducía a una lectura de suave pero evidente comicidad, la anticipa con ironía: en el hecho de que las damas nobles cuiden el rocín21 del caballero se aprecia una intención cómica, pero —cabría puntualizar— de tipo obsceno. Recuérdese, junto con la personificación del sexo en Juan Lanzarote o Preste Juan Lanzarote22, la imagen del héroe bretón como seductor caballero andante, lo que le impide participar en la búsqueda del Grial. Debe añadirse que en los apelativos Lanzarote y Don Quijote, aparte del sufijo, se da la coincidencia de un presunto étimo lanza23, y de que ésta —sin contar su uso equívoco— es apoyada por el caballero en cierta bolsa de cuero anexa al quijote de su

     19 Cela (Diccionario, II, 60-94, s. v.) atestigua una clara etimología.
     20Lanzarote and Don Quixote,” Studies in the Literatures of Spain. Sixteenth and Seventeenth Centuries, ed. de Michael J. Ruggerio, en Folio. Papers on Foreign Languages and Literatures, 10 (September 1977), 55-68.
     21 “Paréceme, señora Catalina, / que buscar este virgo es escusado, / que mi pobre rocín, de muy cansado, / menos le halla cuanto más camina” (Poesía erótica, nº 119, vv. 1-4, p. 236); en “Vocabulario,” p. 348, equivale a penis.
     22 Cela (III, 324). Ángel Iglesias Ovejero, “Eponimia: motivación y personificación en el español hablado,” Boletín de la Real Academia Española, 61 (1981), 297-348, en p. 337; “Figuración proverbial y nivelación en los nombres propios del refranero antiguo: figuras vulgarizadas del registro culto,” Criticón, 28 (1984), 5-95, p. 69.
     23 “Antonio de Nebrija creyó que Lanzarote es una corrupción de Lanza-rota” (Joseph de Viera y Clavijo, Noticias de la Historia General de las Islas de Canaria, Madrid, 1772-83, I, 54), aun refiriéndose al topónimo. Poesía erótica: “su lanza entera y sana” (nº 3, v. 38); “aflojó la lanza y doblegóse” (nº 122, v. 11); y Cela, III, 329-30.

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arnés: de ahí la expresión llevar (o poner) la lanza en cuja24 —esto es, en posición de descanso—, frente a ponerla en ristre cuando acomete; no hace falta recalcar lo sugestivo de esta imagen. Acaso fueran razones eufemísticas las que aconsejaran una triple omisión del nombre del protagonista en la Licencia real y en la Tasa de un libro citado como El ingenioso hidalgo de la Mancha. Cuando llama Dorotea a Don Quijote, “si mal no me acuerdo, don Azote, o don Gigote25 (I, 30, 328), no hace sino confirmarlo.
     En definitiva, -ote apunta este doble valor: por una parte, aumentativo (gran tamaño o longitud); por otra, despectivo (necedad, ignorancia o vacío): no hay correspondencia entre apariencia virtual y contenido, como en tantos otros ejemplos (amigote, caballerote). Ni que decir tiene que, con el toponímico de la Mancha y la ironía del tratamiento Don, el sufijo logra matizar negativamente el sentido erótico de Quijote, pese a que el término estuviera ya lexicalizado y tenga, en realidad, diversa etimología.

     Alguien con tan notable carencia como Don Quijote de la Mancha precisa de cura o aprendizaje, esto es, de ser iniciado sexualmente. Quizá no sea ocioso recordar la interpretación sicoanalítica de Carroll B. Johnson26 acerca de la crisis de la cincuentena, puesto que el protagonista frisaba con esa edad. Cuando un pícaro doñeador y dos damas del partido arman caballero andante al huésped, le están invistiendo cofrade de la única orden que son capaces de representar en uso figurado: el ventero, “en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo, buscando sus aventuras”; entre varios otros entuertos, lo demostró “recuestando muchas viudas” y “deshaciendo algunas doncellas,” hasta acabar recogiendo en su castillo “a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fueren, sólo por la mucha afición que les tenía” (I, 3, 49). Un mismo sentido es insinuado por Sancho Panza al reconocer en Aldonza Lorenzo

     24 Según Corominas-Pascual (Diccionario, s. v. Cuja), procede de cuxa ‘muslo’ y apenas se aplica sino “a una pieza de la armadura”; está en el origen de Quijote.
     25 Raymond Foulché-Delbosc, “Poésies attribuées à Góngora,” Revue Hispanique, 14 (1906), 71-114, p. 107, nº 42, vv. 67-70: “en su messa viciosa / ay gigote de señores, / pepitoria de priores / y picadillo de auades.”
     26 Madness and Lust: A Psychoanalytical Approach to Don Quixote (California University Press, 1983).

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a la moza “que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante, o por andar, que la tuviere por señora,” siendo así que “no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana” (I, 25, 265-66); el propio escudero llamará a su amo “el matador de las doncellas” (II, 72, 1123). Es preciso suponer una acepción de caballero andante por ‘noble ocioso’ —como sugiere el Diccionario de Autoridades27— o, más bien, por ‘pícaro’ en general, sin excluir el matiz erótico, pues un experto “de los de la playa de Sanlúcar” (I, 2, 45) sólo podría conferir tal grado. En efecto, tanto las voces caballo, caballero y cabalgar como andar están dotadas, en los textos eróticos coetáneos, de un valor alusivo equivalente al de futuere.
     De igual modo, en el Entremés famoso de los invencibles hechos de Don Quijote de la Mancha, donde Francisco de Ávila recrea el episodio cervantino, su protagonista recibe figuradamente “el sacro título / de caballero noble”; de acuerdo con Sancho, “el noble caballero / que se tiene por tal” queda obligado: “A no pagar jamás lo que debiere, / a gastar mal gastado el mayorazgo, / a jugar, a putear, a darse a vicios, / y no emplearse nunca en buenas obras.”28 Bajo la censura social continúa apreciándose un uso degradado de expresiones honrosas.
     Entendemos ahora que piense Don Quijote, antes de salir de su aldea, en “buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma” (I, 1, 38): en el doble sentido de las palabras clave (dama, enamorarse, amores) reaparece la ambigüedad del estilo cortés, para volver a nuestro punto de partida.
     Al regresar a casa el caballero, tras su primera escapada, Ama y Sobrina muestran bien a las claras sus celos de otras mujeres: aquélla, oyendo nombrar a Urganda, replica que, “sin que venga esa hurgada, le sabremos aquí curar” (I, 5, 68); y la segunda aún es más explícita: “¿No será mejor estarse pacífico en su casa y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar que muchos van por lana y vuelven tresquilados?” (I, 7, 84). Sobre la acepción genérica ‘buscar algo difícil o imposible

     27 “Por traslación se llama también el hombre de buen nacimiento, que no tiene ocupación alguna, y anda todo el dia de una parte à otra, gastando el tiempo inutilmente: y assi se dice Fulano es un Caballéro andante, está hecho un Caballéro andante. Lat. Vagus atque otiosus eques” (ed. facsímil, Madrid: Gredos, 1984, s. v.).
     28 Ed. de Luciano García Lorenzo, Anales Cervantinos, 17 (1978), 259-73, vv. 277-78 y 286-91.

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sin necesidad’ —que extrae Corominas de esta frase hecha29—, se impone otra erótica, desde Berceo y el Arcipreste de Hita a Sebastián de Horozco30: quien ya tiene mujer no debe buscar amores fuera de casa, por los riesgos que esto acarreará al galán. En el doméstico pan de trigo apenas se encubre a la Sobrina. Un enlace avuncular, aceptable para conservar el patrimonio a falta de herederos, y por entonces dispensado, subyace en la alusión; o bien, un sucedáneo más inocuo, el desempeño de las funciones de esposa desprovistas de toda carga sexual. Sea como fuere, es patente la tendencia acaparadora del hogar, en sentido opuesto al defendido por Johnson. Acaso Don Quijote saliera en busca de aventuras huyendo de la opresión agobiante de dos mujeres.

     Por contra, el más joven Sancho Panza, casado y con dos hijos, representa la fuerza generadora, en oposición a su casto y maduro amo. Tratando Bajtin sobre la dualidad complementaria de ambos personajes, los ve como “una pareja carnavalesca” con remotos ascendientes. Entre su progenie, recuerda a cierto guerrero y su escudero, pintados en un vaso griego, casi idénticos a los de Cervantes salvo en el hecho de portar “un falo gigante”31. Quienes han proseguido esta vía interpretativa, señalan

     29 Libro de Buen Amor, ed. crítica de Joan Corominas (Madrid: Gredos, 1967), p. 370, nota. Viene a coincidir con Francisco Rodríguez Marín, ed. de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (Madrid: Atlas, 1947-49), I, 236, nota 3.
     30 En “La boda y la Virgen,” ésta se muestra celosa de su devoto: “Assaz eras varón bien casado comigo: / mucho te queria como a buen amigo; / Mas tu andas buscando meior de pan de trigo,” Gonzalo de Berceo, Milagros de Nuestra Señora, ed. de Antonio G. Solalinde (Madrid: Espasa-Calpe, 1972), estrofa 341, p. 85. “Provar todas las cosas el apóstolo manda: / fue yo provar la sierra e fiz loca demanda, / perdí luego la mula, non fallava vïanda: / quien mas de pan de trigo busca, sin seso anda” (Libro de Buen Amor, ed. cit., estrofa 950, p. 373), refiriendo el Arcipreste su aventura con las serranas. “El hombre que tiene trigo / no deve buscar trast[r]igo. Quando ya el hombre es casado / y tiene y puede tener / su muger de noche al lado / [¿]para que es enamorado / ni busca ya otra muger[?] / es dino de gran castigo / pues en casa ay provision / que el hombre que tiene trigo / no debe buscar trastrigo / ni andar ya hecho garçon,” Horozco, Teatro universal de proverbios, ed. de José Luis Alonso Hernández (Universidades de Groningen-Salamanca, 1986), nº 921, p. 229; en el “Glosario” se recalca el “mensaje erótico que Horozco atribuye a este refrán” (p. 873). Celebrando Sancho Panza a su esposa —afirma—, “vengo a descubrir mis castos deseos, pues no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas” (Don Quijote, II, 67, 1094).
     31 La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento (Barcelona: Barral Editores, 1974), p. 181 y nota 2.

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en el arquetipo del Saint Pançart de Rabelais o Zampanzar vasco la etimología de Sancho Panza32; como expresión de lo bajo corporal, reúne en su carácter la desmesura en comida, bebida, sueño y —aunque no tan claramente— en actividad sexual, pues no en vano era celebrada durante el Carnaval la fiesta de Panza, a quien llamaban los estudiantes “sancto de hartura”33. Tal vez no haya mejor descripción del criado que aquella en que se le presenta “sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota” (I, 7, 86), símbolos sexuales ambos bien conocidos: recuérdense los cincuenta frailes que, en una equívoca seguidilla obscena, salen de Sevilla “con bordones de a palmo / y alforjas grandes,” mientras de Toledo parten otras tantas monjas “a buscar los frailes / y sus alforjas34; o a Juan de Salinas, cuando evoca el doble sentido de “una reverenda alforja / con sus botazas y espuelas”35. Estas alforjas nunca dejarán de caracterizar a Sancho, desde el momento en que Don Quijote le encarga que las porte, al planear la segunda salida. También por metonimia, la panza evoca su extremo o bajo vientre, cuya fecunda brevedad y anchura viene a contrastar con la longitud de un estéril quijote, en aparente paradoja.
     Mientras que Don Quijote es incapaz de aprovechar las ocasiones, su escudero lamenta que a él no se le presenten: “¡Desdichado de mí y de la madre que me parió, que ni soy caballero andante, ni lo pienso ser jamás, y de todas las malandanzas me cabe la mayor parte!” (I, 17, 165), exclama cuando su amo le refiere supuestos lances amorosos con una doncella; “Pues ¡monta que es mala la reina! ¡Así se me vuelvan las pulgas de la cama!” (I, 30, 329), comenta acerca de Dorotea; aconseja a Don Quijote

     32 Francisco Márquez Villanueva, “Génesis literaria de Sancho Panza,” Fuentes literarias cervantinas (Madrid: Gredos, 1973), p. 31, nota 26; Augustin Redondo, “Tradición carnavalesca y tradición literaria: Del personaje de Sancho Panza al episodio de la ínsula Barataria en el Quijote,” Bulletin Hispanique, 80 (1978), 39-70, en pp. 44-45.
     33 En la siempre citada Tragicomedia de Lisandro y Roselia (1542), de Sancho de Muñón. Ya Menéndez y Pelayo, Orígenes de la novela, ed. de Enrique Sánchez Reyes en Obras completas, XIII-XVI (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1961), IV, 98-99, opina de la fiesta que “acaso no fué ajena al nombre que dió Cervantes a su escudero.”
     34 Poesía erótica, nº 131, 2 y 3. Alforja: “Testículo,” o en plural “escroto,” Real Academia Española, Diccionario Histórico de la Lengua Española (Madrid, 1965- ), s. v., acepción 3ª.
     35 Poesías humanas, ed. de Henry Bonneville (Madrid: Castalia, 1987), nº 16, vv. 65-68 y nota 76, pp. 132-33.

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que se case con Micomicona antes de volver con Dulcinea, puesto que “reyes debe de haber habido en el mundo que hayan sido amancebados” (p. 332); su mujer “no es tan buena como yo quisiera,” por hablar mal de Sancho, “especialmente cuando está celosa” (II, 22, 744); y sobre la indiferencia del caballero ante la desenvuelta Altisidora, reconoce: “Yo de mí sé decir que me rindiera y avasallara la más mínima razón amorosa suya” (II, 58, 1020). Aun cuando la desmesura erótica de Sancho no se cumpla en hechos reales y concretos —ténganse presentes las advertencias de Bajtin respecto al carácter residual del espíritu carnavalesco en el Quijote--, bastan las alusiones para sugerir valores connotativos.

     De lo ya expuesto se desprende la conclusión de que, en virtud del uso recursivo del equívoco, es posible que todo cuanto se propuso insinuar el autor sea pasado por alto. Cabe no entender sino literalmente el relato, como aconsejan notables cervantistas. Pero, en tal caso, además de empobrecerlo, estaría defendiéndose, de modo implícito, su carácter de excepción entre las demás obras coetáneas, basadas en la comicidad del doble sentido; incluso los Ocho entremeses, con buena parte de las Comedias y Novelas ejemplares, ofrecen idéntico tipo de humor. Resultaría impensable que Cervantes hubiera compuesto su mayor obra cómica en otra clave, sin una sola referencia no directa. Aceptar la lectura propuesta exige antes dejar sentados con precisión incuestionables principios de exégesis.
     A diferencia de los textos eróticos más comunes del Siglo de Oro, es cierto que el Quijote se presta a ser interpretado como una parodia de inocente lectura. Esto mismo ocurre con algunas obras cuyo alto grado de obscenidad requiere no menores precauciones: en especial, las adivinanzas o enigmas. Según han indicado Alzieu, Jammes y Lissorgues (p. 303, nº 143, nota), se trata de un juego en que la más simple literalidad va unida al equívoco, siendo ambos sentidos en cierto modo independientes; cuando el ingenuo lector atisba la malicia, queda sorprendido por una inocente solución no prevista, de tal suerte que acaba intercambiando con el autor los respectivos papeles. Otro tanto se observa en los poemas editados por Donald McGrady36. Similar ambigüedad, aunque a la inversa, es la que muestra un

     36 “Notas sobre el enigma erótico, con especial referencia a los Cuarenta enigmas en lengua española,” Criticón, 27 (1984), 71-108.

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Quijote en apariencia tan honesto como el amor cortés de los Cancioneros. Puesto que el novelista hace uso de unos signos lingüísticos ya especializados mucho antes, y en forma de recurso, como alusivos, cuesta esfuerzo suponer que aparezcan desprovistos de cualquier otro sentido que no sea el recto; en tal hipótesis, debería haber sido prevista esta lectura, tanto más cuanto que no escasean las expresiones ambiguas, y que están insertas en un texto eminentemente cómico. Mediante oportunos y continuos guiños al lector, Cervantes nos descubre la clave de sus intenciones, nada casuales sino conscientes y deliberadas.
     Por consiguiente, y a modo de inducciones provisionales, he aquí dos ideas directrices. Todo episodio abiertamente obsceno del Quijote tiene por objeto encubrir sentidos menos evidentes, en estos y otros contextos. Si ha sido necesario recurrir a una clase de equívoco marcada por una autocensura extrema, sus alusiones quizá tengan, consideradas en conjunto, más amplio alcance y relevancia que las hasta aquí expuestas.
ALFREDO BARAS ESCOLÁ



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