From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America 6.2 (1986): 141-90.
Copyright © 1986, The Cervantes Society of America
ARTICLE

La edición definitiva de las obras de Cervantes*


JOSÉ M. CASASAYAS**

I

PARECE COMO SI la prolongada serie de las ediciones de las obras de Cervantes hubiera heredado el infortunio que acosó constantemente la vida del autor. Ello tiene sus orígenes no tanto en las condiciones de la época, en las que se advierte una gran inseguridad en todos los aspectos que pueden ahora interesarnos (idioma no académicamente fijado, normas ortográficas arbitrarias, libertad de los impresores frente al autor, etc.), como, a lo largo ya del tiempo, en la fama del escritor y en la gran importancia de su obra, que impele a editores y a casas editoras1 posteriores a extremar sus cuidados . . . y a prodigar sus caprichos para presentar al público una edición cada vez más fidedigna, al decir de sus

     * Ed.: This essay is one of a series of articles proposing widely differing criteria for editions of Cervantes' works. The series began with R. M. Flores' “The Need for as Scholarly, Modernized Edition of Cervantes' Works,” in Cervantes 2 (1982). At the last meeting of the Executive Council of the Cervantes Society in December, 1985, on the strength of the editorial criteria and sample materials presented by Flores at that time, the Council voted unanimously to endorse and support his old-spelling edition of Don Quijote, an edition which, paradoxically, has never been proposed or described in Cervantes. Notwithstanding this decision, with which I enthusiastically concur, Cervantes will continue to publish proposals involving alternate textual criteria and editorial procedures. Surely the Council decision to endorse the Flores project should not be construed as an indication that the debate is closed.
     ** At the request of the author, Errata for this article appeared in Cervantes 8.1 (1988): 123. This electronic edition incorporates those corrections, indicated by bolding. -F.J.
     1 A falta de otro apelativo más expresivo en castellano, uso aquí el de [p. 142] “editor, editores” no en el sentido que da nuestro Diccionario de la Real Academia Española, que lo aplica al que saca a luz una obra (o sea, que parece que se inclina hacia lo que más comúnmente se entiende por “casa editora”), sino al que ha preparado el texto para ser publicado, tal y como se usa en países de habla inglesa. Pero en otros momentos es inevitable no acudir también a otros términos: “investigador, comentarista, crítico, profesor,” etc.


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portadas e introducciones explicatorias; lo cual, empero, lejos de conseguirse, en el caso de Cervantes no hace más que acentuar la desgracia de este perenne infortunio, que sigue perviviendo aún hasta nuestros días. Ciertamente, los problemas planteados por las primeras ediciones de las obras de Cervantes no distan mucho de los planteados por las de otros autores de su mismo tiempo,2 pero constituye una muy singular historia la de sus reediciones posteriores, a través de cuyo conjunto puede contemplarse un sorprendente panorama: un panorama que nos demuestra cómo los editores, no obstante y a pesar de su aparente buena fe, han empezado por orientar y han persistido orientando sus criterios más hacia el gusto temporal y pasajero, impuesto por la moda o por las corrientes científicas, que a la consecución de una reproducción legítima del texto cervantino y del pensamiento en él reflejado por su autor. Bien: esto, en Cervantes, no constituye ninguna excepción: cada palabra suya, cada frase, cada situación de sus personajes, se convierte en una bola mágica de cristal donde cada cual ve reflejado lo que mejor cuadra a sus intenciones, aunque éstas sean pasajeras, y donde todas las situaciones pueden ser, acaso, posibles. Y la historia de su bibliografía no iba a ser menos, según se halla de salpicada a menudo por comentarios donde el exegeta busca más su lucimiento personal que el interés imparcial por la verdad.
     Mas esto, que en cierto modo puede ser disculpado y hasta es probable que produzca un cierto estímulo atractivo para el investigador vocacional, no es concebible que ocurra ya más a estas alturas, y por ello es preciso que de algún modo se ponga coto a tanto libertinaje editorialesco y se presente al público un texto de las obras de Cervantes ya para siempre definitivo, para que el “curioso” lector pueda seguir curioseando a sus libres expensas sobre una base textual lo más firme y segura posible. He dicho un texto “definitivo” a fin de excluir expresamente el calificativo de “legítimo,” porque, a causa de que carecemos de

     2 Eisenberg, en el artículo que citaré luego, da algunos casos y referencias. La lista podría abarcar casi todas las obras editadas en aquellos tiempos. Las ediciones pulcras, exentas de erratas y descuidos de todo orden, son rarísimas. El afán por ofrecer al público novedades editoriales desbordó las posibilidades de las casas editoras. Y si comparamos las ediciones de Cuesta con algunas piratas del DQ ,aquéllas son un dechado de perfección.


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los manuscritos cervantinos y que parece aceptable la no intervención de Cervantes en la composición tipográfica a impresión de muchas de sus primeras ediciones, mientras no se descubran estos manuscritos jamás podrá conseguirse esta deseada legitimidad. Y, por consiguiente, el término “definitivo” debe quedar siempre sujeto a las innovaciones que sean resultado cierto de descubrimientos posteriores de documentación por ahora desconocida.
     Voy a centrar el tema en el Don Quijote. Un repaso somerísimo a la historia de sus ediciones va a ser muy aleccionante para sacar luego nuestras propias conclusiones. Para ello, bueno será tener presente, antes de pasar adelante, que los esfuerzos de los editores se han orientado al esclarecimiento de tres aspectos o vertientes que de la obra se derivan: 1) el texto propiamente en sí; 2) su interpretación que podríamos llamar anecdótica (personajes citados, alusiones ocultas, referencias geográficas, aspectos autobiográficos, etc.); y 3) su interpretación alegórica, filosófica, humanística, sus fuentes, sus influencias, etc., que ocupan volúmenes y más volúmenes tras la denominación genérica de “miscelánea cervantina.”3 Por razones obvias, y en especial porque el campo de actuación de cada lector es infinito y por tanto son inabarcables los resultados que esta miscelánea cervantina ha dado, me limitaré a los dos aspectos primeros, y aún de ellos no tocaré más que superficialmente sus líneas generales, aquellas que saltan a primera vista sin necesidad de profundizar en minuciosidades textuales ni entrar en detalles. Me serviré de mis propias notas bibliográficas y de las bibliografías generales sobre las obras de Cervantes.4 Y, desde luego, dejaré totalmente de lado las traducciones. Me disculpo ante los eruditos cervantistas por estas tal vez demasiado numerosas observaciones que

     3 Los tres aspectos a menudo se interfieren, y más los dos primeros entre sí. De la posibilidad de una doble lectura en una palabra puede surgir la duda de si se trata de una errata, pero al caer en la cuenta de que esta aparente errata puede no ser tal, sino grafía especialmente intencionada del autor, surge una segunda duda, esta vez en orden al sentido de la frase o a alguna alusión semioculta del autor. Cfr. el ejemplo que daré más adelante sobre una frase final de DQ2.
     4 La lista sería larga. Cfr. José Simón Díaz, Bibliografía de la literatura hispánica, Madrid: CSIC, t. VIII, 1970, pp. 13-5, con repertorio que requiere revisión y ampliación. Si algún lector erudito halla imprecisiones y errores en mis calificaciones, con mucho gusto aceptaré las rectificaciones procedentes. Para el juicio sobre algunas ediciones que no he podido examinar personalmente, me he servido de los diferentes catálogos bibliográficos de las obras de Cervantes, en especial del Catálogo de la Colección cervantina de la Biblioteca Central de Barcelona, 1941 y ss., de Givanel.


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siguen, aunque con carácter sumario, sobre las ediciones del Quijote. No llevo otra intención que la de exponer un cuadro general de antecedentes, y no voy a descubrir, con ello, nada que no sea sabido: pero sí es posible que a algún lector menos informado le sirva de recordatorio. Tras ese cuadro de conjunto podremos llegar luego a conclusiones prácticas, que es lo que hace al caso.5
     Desde sus primeros inicios, la historia de la publicación del Quijote está llena de incidencias. Descartando la supuesta edición de 1604, aparece la que hemos de tener por príncipe, DQ1:M-1605-Cuesta/1ª, con: a) unas composición e impresión descuidadísimas, tanto que incluso hace el efecto de una primera confusión ya en el título (¿del autor?, ¿del impresor?, ¿del encargado de gestionar las licencias?),6 y b) tantas diferencias tipográficas entre los pocos ejemplares que nos han llegado que ha hecho pensar a más de uno si en realidad se trata de ediciones diferentes, aunque es muy probable, o así por lo menos es hoy generalmente admitido, que no hay más que una edición con más de una sola impresión (bien de toda la obra, bien sólo de algunos cuadernillos sueltos), o acaso de correcciones introducidas en las planchas, entre tirada y tirada, a medida que los cajistas notaban alguna errata real cometida por ellos mismos (o por tipos deteriorados), o, quizás, cuando tenían la mejor voluntad en enmendar por su cuenta aquello

     5 Cito cada edición por su título abreviado, lugar, año y casa editora. Las siglas de los títulos de las obras de Cervantes son identificables con facilidad: OC = Obras completas, OEs o OSe = Obras escogidas u Obras selectas, DQ = Don Quijote ambas partes, DQ1 = Don Quijote primera parte (1605), DQ2 = Don Quijote segunda parte (1615), Ga = La Galatea, NE = Novelas ejemplares (y LG = La Gitanilla, AL = El amante liberal, etc.), VP = Viaje del Parnaso, CyE = Comedias y entremeses, PS = Persiles y Sigismunda. Para la indicación de los lugares de impresión, me sirvo de la inicial de la población para las más frecuentes en publicaciones cervantinas (M = Madrid, B = Barcelona, V = Valencia, P = París o Paris, L = Londres o London, NY = Nueva York o New York, etc.), o de una abreviatura (Br = Bruselas o Bruxelles o Brussels, Amb o Anv o Ant = Amberes o Anvers o Antwerpen, Li = Lisboa, Mi = Milán o Milano, Be = Berlín o Berlin, Bur o Bor = Burdeos o Bordeaux, etc.) o del nombre completo cuando se trata de poblaciones menos identificables. Las casas editoriales son citadas por su palabra más significativa. lª o 2ª detrás de cada signatura indica si se trata de la primera edición o de la segunda del mismo impresor y del mismo año.
     6 El de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es reducido a solo El ingenioso hidalgo de la Mancha en la tasa y en el privilegio real. No pueden ser tomadas en consideración otras menciones hechas en el transcurso de la misma obra, como “historia del famoso don Quixote de la Mancha” del prólogo de DQ1 (8ahv/7) o “Historia de don Quixote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli historiador arábigo” del supuesto manuscrito del Alcaná de Toledo (DQ1, cap.9: 32v/12-14).


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que creían haber leído mal en el manuscrito del autor, quién sabe.7 Su composición e impresión en un corto espacio de tiempo, menos de tres meses,8 ha bastado para justificar la mala calidad de la impresión o para suponer que en la composición intervinieron varios equipos de cajistas trabajando simultáneamente, previo el reparto de tareas o destajos compositivos.9 Un error (un error o un olvido de los cajistas o de Cervantes mismo) tan importante como la omisión de los pasajes del robo y de la recuperación del rucio de Sancho merecerá luego el tan conocido comentario del propio Cervantes en la segunda parte de la obra.10
     Apenas sale al público la primera edición de DQ1 y ya se tienen noticias de que se imprimen por lo menos dos ediciones piratas en Lisboa, que serán DQ1:Li-1605-Rodríguez11 y

     7 Si es cierta la teoría de que gran número de ejemplares de la edición príncipe se perdió al ser transportada a América, si bien ello corrobora mis primeras palabras sobre el infortunio que persigue a las obras de Cervantes, no deja de ser un alivio para el investigador actual atendido el hecho de que, al parecer, no hay ejemplar que contenga todas las mismas erratas de los demás. Si con algo más de una quincena de ejemplares no ha sido posible reunirlos para un total cotejo de variantes y aún así y todo se han suscitado tantos problemas, ¿qué no ocurriría si dispusiésemos de un centenar, todos desiguales entre sí?
     8 El privilegio es de 26.9.1604 y la tasa de 20.12.1604 y en la portada consta el año 1605. El privilegio se supone previo a todo trabajo de composición tipográfica y la tasa forzosamente tiene que ser posterior a esta composición y a la impresión incluso del último pliego (pues se da en ella el precio de venta en razón de los pliegos impresos), por lo que el libro tuvo que ser compuesto e impreso entre las indicadas fechas de privilegio y tasa, apenas unos tres meses. Esto es lo que dicen los investigadores, pero carece de total fundamento no sólo para considerar que estos casi tres meses constituían una excepción (y como tal, causante de los descuidos de la impresión), sino incluso para suponer que siempre se respetaban las fechas y las formalidades legales que se hacían constar. Cfr. los ejemplos que doy al tratar de las conclusiones de Flores, más adelante, nota 72-3ª.
     9 Cfr. R. M. Flores, The Compositors . . . , Londres, 1975, que citaré y comentaré luego. Adelanto, empero, que sus conclusiones no pueden ser tomadas todavía como definitivas mientras no se hayan examinado, y sin prejuicios, todos los ejemplares de la edición príncipe de DQ1 de que disponemos.
     10 No puede aceptarse como concluyente la teoría defendida por algunos (creo recordar a Stagg, Riquer y otros) de que el olvido estuviera ya en el supuestamente desordenado manuscrito cervantino. No hay pruebas concretas de ello, y sí sólo suposiciones, incapaces, por su escaso índice de seguridad, de conducirnos a una prueba plena. Caben todas las suposiciones posibles, pero de momento hemos de contentarnos con las propias palabras de Cervantes, en el sentido de que estos errores fueron debidos al impresor. Claro está que también podemos admitir que Cervantes puede ironizar, o exculparse dando la culpa al impresor. Todo es creíble.
     11 Aprobación de 26.2.1605, licencia de 1.3.1605.


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DQ1:Li-1605-Crasbeeck.12 Esto obliga a Cervantes y su editor, Robles, a tomar unas medidas: a) obtener una licencia para imprimir también la obra en Portugal;13 b) decidir querellarse contra los editores piratas de Lisboa;14 c) imprimir inmediatamente una segunda edición, haciendo uso del mismo privilegio que sirvió para la primera más otro para Portugal, y que será la ed. DQ1:M-1605-Cuesta/2ª, sensiblemente parecida a la

     12 Licencias de 27. y 29.3.1605.
     13 La edición príncipe de Cuesta contenía sólo el privilegio para Castilla. El privilegio para Portugal y sucesivas ediciones está otorgado por el rey en Valladolid el 9.2.1605 y consta en los preliminares de DQ1: M-1605-Cuesta/2ª, que enseguida veremos. El privilegio para Aragón nos es desconocido, pero no así uno especial para Valencia otorgado en Valencia ciudad por el marqués de Villamizar, también (¿casualidad?) en la misma fecha de 9.2.1605, a favor de Melchor Valenciano de Mendiolaza, caballero procurador de Cervantes, para imprimir el Quijote “en la present ciutat a regne.” Cfr. “Discurso leído por el Excmo. Sr. D. José E. Serrano y Morales . . . ,” incluido en Memoria de los Festejos celebrados por el Excmo. Ayuntamiento de Valencia para conmemorar el tercer centenario de la publicación del “Quijote,” Valencia: Pascual, 1906, nota en pp. 34-5, donde se dice que el descubrimiento de este documento se debe al archivero del Archivo General del Reino, Manuel Ferrándiz. Sin embargo, Luis Astrana Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid: Reus, 1958-68, en t.V (1954), p. 621, lo atribuye a Francisco Martínez Martínez, Melchor Valenciano de Mendiolaza, Procurador de Miguel de Cervantes Saavedra, Bartolomé y Lupercio Leonardo de Argensola y general de la Duquesa de Villahermosa. Notas biográficas, Valencia, 1917. Siempre ocurre algo parecido con los descubrimientos cervantinos, y, por otra parte, ya se sabe lo poco de fiar que es Astrana Marín.
     14 Se conoce la existencia de dos poderes casi simultáneos: uno en Valladolid, 11.4.1605, otorgado por Cervantes a favor de Francisco de Robles para imprimir y vender el Quijote en los reinos de Portugal, Aragón, Valencia y Cataluña (que no era reino, sino condado), ante el notario Tomás de Baeza (Cfr. Rodríguez Marín, Nuevos documentos cervantinos hasta ahora inéditos (Madrid: 1914, RABM, pp. 228-3); y el otro, también en Valladolid, 12.4.1605, otorgado por Cervantes a favor del mismo Robles, librero del rey, del licenciado Diego de Alfaya, capellán del rey, y de Francisco del Mar, residentes (suponemos que estos dos últimos, porque Robles residía en Madrid) en la ciudad de Lisboa, individualmente e in solidum, para poderse “querellar y acusar criminalmente o en la mejor vía e forma que de derecho haya lugar” contra los editores lisboetas (cfr. Pérez Pastor, Documentos cervantinos hasta ahora inéditos (Madrid: Fortanet, 1897-1902), doc. núm. 39, t.I, pp. 141-4). Es extraño que este poder no dé nombres de los dos editores piratas de Lisboa. ¿Desconocía Cervantes su verdadera identidad? Cfr. también Astrana Marín, o.c., pp. 623-37, con transcripción (a su manera) y fotocopia del segundo de los poderes. Ignoro si se tienen noticias de las gestiones que debieron hacer los apoderados de Cervantes cerca de los editores Rodríguez y Crasbeeck. De todas formas, cuando se otorgaron estos poderes ya habían salido al público las dos ediciones piratas. Y es de hacer constar que el editor Rodríguez en 1617 publicó también el DQ2 con el mismo formato exterior de su edición del DQ1 para que pudieran venderse juntos (y esto puede hacernos pensar que [p. 147] en esta fecha aún le quedaban ejemplares de la primera parte).


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anterior pero con inclusión de los pasajes relativos al asno de Sancho;15 y d) imprimir, también haciendo uso de los mismos privilegios que hemos visto pero sin mencionarlos, una edición en Valencia, DQ1:V-1605-Mey/1ª y 2ª.16
     Todo esto induce a demostrar el interés suscitado desde un principio hacia el Quijote y a hacernos pensar lo que luego resultará patente a poco que se comparen los textos impresos, no ya de las diferentes ediciones de aquel año 1605, sino incluso de los diferentes ejemplares de una misma edición, a saber: a) no sólo una ortografía descuidada, propia de la época, sino manifiestamente falta de pulcritud y pródiga en erratas de imprenta continuas, impropias de toda época; b) una variación constante de las grafías pertenecientes a las mismas palabras, lo que ha abonado la tesis de la intervención de varios cajistas en la composición de las planchas;17 c) un cambio constante de criterios, no sólo ortográficos, sino interpretativos de textos (que luego será norma fielmente seguida por editores posteriores, incluso los más modernos, como veremos), que hace que en cada una de las por lo menos cinco ediciones de 1605 se lean, a veces, palabras y frases de diferentes modos, supresiones y añadidos, etc.18
     Como el éxito de la obra no decae, la manía correctora de los editores irá en aumento. Favorece esta falta de unidad precisamente la falta de seguridad de la edición príncipe, las propias correcciones impuestas por el primer editor y las múltiples ediciones del mismo año. Y si a ello se suma la intervención de los censores eclesiásticos suprimiendo pasajes enteros,19 puede uno hacerse cargo, con sólo semejantes antecedentes, de cómo la pervivencia del texto cervantino nos va llenando de dudas y problemas. Y así las ediciones inmediatamente siguientes a las

     15 Contiene incluso el mismo privilegio de la edición príncipe y sólo añade el privilegio para Portugal, en portugués, de 9.2.1605. También lleva la misma foliación a pesar de la inclusión de los pasajes del robo y de la recuperación del rucio de Sancho omitidos en la edición anterior, para lo cual tuvieron que hacerse reajustes de composición en los folios afectados.
     16 O quizás la misma edición con varias reimpresiones (dos por lo menos, y aún hay quien habla de una tercera). Se trata de una cuestión no definitivamente resuelta por falta de un estudio (o, si existe, lo desconozco) en base a un examen completo de todos los ejemplares que hoy se conservan. Esta edición de Mey sigue el texto de la segunda edición de Cuesta, según se comprueba con sólo ver que contiene los pasajes del rucio.
     17 Cfr. nota 9 y luego al repasar las teorías de Flores, nota 72.
     18 Por descontado que no existe ningún repertorio, ni siquiera sumario, de las diferentes lecturas de todos los pasajes cervantinos: sólo algunos artículos sueltos sobre determinados pasajes. Cfr. nota 79.
     19 Que ya empezaron en la edición de DQ1:Li-1605-Rodríguez.


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de 1605, DQ1:Br-1607-Velpius, DQ1:M-1608-Cuesta,20 DQ1:Mi-1610-Locarni/Bidello,21 DQ1:Br-1611-Velpius/Antonio, DQ1:Br-1617-Antonio,22 a veces arrastran defectos o erratas de sus modelos y a veces, siguiendo la tradición ya iniciada por los mismos editores de 1605 de tomar a Cervantes por terreno propicio para sembrar y recoger a antojo de editores, se introducen enmiendas casi nunca justificadas.
     En 1615 sale a luz la segunda parte, DQ2:M-1615-Cuesta,23 en edición no mejor cuidada que la primera del mismo impresor y no exenta de precipitación en su composición, al decir de los críticos, acaso debido a las prisas por contrarrestar el efecto producido por la aparición del Quijote apócrifo el año anterior. Y aquí es el propio Cervantes quien, como queriendo seguir el juego de sus propios editores, se une a ellos en introducir elementos nuevos en esta segunda parte de la historia de su héroe: elementos que luego se prestarán a aumentar la ya naciente confusión en torno a su texto; a) titula a la obra “Segunda parte” cuando la de 1605 llevaba ya ínsita una “segunda parte” entre las cuatro en que estaba dividida la obra;24 cambia el “hidalgo” por “caballero”;25 y c), sobre todo, parece que debió controlar en cierta medida la

     20 Ambas siguen DQ1:M-1605-Cuesta / 2ª.
     21 Que sigue DQ1:V-1605-Mey.
     22 Debía estar agotada la edición DQ1:Br-1611-Velpius/Antonio, y ésta de 1617 Antonio debió imprimirla para unirla a la segunda parte, DQ2:Br-1616-Antonio, del año anterior.
     23 Privilegio de 30.3.1615 y tasa de 21.10.1615.
     24 La extraña división de cuatro partes tan desiguales, en DQ1 (8, 6, 13 y 25 caps.), es un detalle más que añadir para hacer aumentar la confusión. ¿Debemos pensar que Cervantes, al tener prisa por ver la obra impresa, no cuidó mucho su presentación a partir de su segunda mitad? No es probable, pues ya en los primeros capítulos, según los críticos, se observan descuidos notables, como la falta de concordancia de algunos epígrafes con el contenido respectivo, y esto nos llevaría a situar este pretendido “descuido cervantino” a comienzos ya de la obra. El mismo Persiles, al que casi seguramente Cervantes no pudo acabar de darle forma exterior definitiva, es más regular en su división de partes: sólo el último libro, acaso escrito con precipitación, es algo menor que los restantes tres primeros.
     25 Aparte de la explicación dada por los eruditos al cambio de “hidalgo” a “caballero” (Don Quijote sale de su casa como hidalgo y pronto es armado caballero; oposición a Avellaneda; etc.), bien pudiera ser que Cervantes se alegrara del cambio por ser el vocablo y su significado más adaptable a las otras lenguas europeas a las que pronto se tradujo la obra y en las que no existe equivalente para “hidalgo.” Los ingleses habían recurrido al “knight” y los franceses al “chevalier,” traducciones literales de “caballero.” Los italianos serán los que, luego (1622), podrán rozar más el concepto de “hidalguía” asignándole a nuestro héroe el epíteto de “cittadino,” que, empero e [p. 149] incomprensiblemente, irán abandonado por el de “cavaliere,” el del “gentiluomo” o el mismo de “hidalgo” castellano, en otras ediciones posteriores. Bien: sea de ello lo que fuere, no es mi propósito entrar ahora en este tema.


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composición del texto a fin de que se imprimiera más de acuerdo con sus preferencias, en lugar de las de los cajistas de la 1ª parte.26
     Esta segunda parte acrece el éxito de la primera, y se imprime, separadamente aún, en DQ2:Br-1616-Antonio, DQ2:V-1616-Mey, DQ2:Li-1616-Rodríguez, ésta última seguramente también pirata, hasta que por fin, en DQ:B-1617-Varios, aparece la obra íntegra con una característica que se repetirá a lo largo de toda la historia de las ediciones del Quijote: numerosas variantes incluso en el nombre de los impresores, seguramente para mejor llamar la atención del público respecto al éxito universal de la obra.27
     En una vista panorámica de la situación, el texto de la novela más universalmente famosa, centro y punto de partida de toda la novelística posterior al decir de los críticos, se nos aparece mal presentada por un buen puñado de ediciones (unas 16 en sus primeros años) donde impera el caos más desconcertante en cuanto a variantes textuales, muchas de las cuales, con toda probabilidad, son ajenas a cualquier intervención del autor. Es posible que los usos de la época no obligaran a los lectores a ser más exigentes con los editores. Nos consta de otras obras del Siglo de Oro que han sufrido en parecida proporción iguales o parecidas impertinencias. Eisenberg, en el artículo que luego comentaré, cita varios ejemplos. Pero es el caso que ninguna de estas otras obras ha sido luego tan sistemáticamente deformada por editores posteriores como lo ha sido el Quijote, o, cuando lo han sido, por lo menos les han precedido las correspondientes disculpas. Con Cervantes todos se han creído estar en posesión de la única verdad.
     Tras casi veinte años de absoluto silencio editorial, lo que es muy raro tratándose del Quijote, aparece de nuevo: DQ:M-1637-Martínez, que, con pretensiones ya de querer seguir un cierto plan científico (en el sentido de cómo podía entenderse entonces la corrección de una

     26 Personalmente (pero someto mis apreciaciones al resultado de las investigaciones) estoy por ahora en la creencia de que Cervantes en esta segunda parte exigió en el texto impreso más fidelidad hacia el manuscrito, y acaso lo hiciera precisamente para contrarrestar las impropiedades de los cajistas en la primera parte.
     27 DQ1: Bautista Sorita a costa del Rafael Vives; Bautista a costa de Juan Simón; Sebastián Malevat a costa de Juan Simón. DQ2: Sebastián Malevat a costa de Rafael Vives; Sebastián Malevat a costa de Juan Simón; Sebastián Malevat a secas.


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obra), introduce varias enmiendas en el texto, el cual, así modificado, será imitado en otras ediciones posteriores.28
     Años más tarde surgen otras novedades: DQ:Br-1662-Mommarte cambia el título al añadirle “Vida y hechos del ingenioso caballero . . . ,” con desaparición total del “hidalgo” y además con subdivisiones de DQ2 también en otras tantas cuatro partes, a imitación de DQ1 original. Estos nuevos usos perdurarán muchos años, hasta el siglo XIX, y serán adoptados por ediciones presuntuosamente correctas: de las 60 ediciones que hay entre 1662 y la de DQ:M-1808-Barco López, que creo que es la última con “Vida y hechos,” unas 25 incluyen las dos mencionadas novedades de Mommarte.29
     DQ:B-1704-Gelabert no sólo mantiene la doble división cuatripartita, sino que la hace correlativa, y así DQ2 es presentado como “Quinta parte” pero a la vez contiene la “quinta,” la “sexta,” la “séptima” y la “octava” partes en que se le subdivide.
     En 1738 aparece la primera edición con altos vuelos científicos, muy lujosa además en su presentación y con una vida de Cervantes debida a Mayans: DQ:L-1738-Tonson, en 4 volúmenes. Siguiendo el uso a la moda, titula a la obra “Vida y hechos . . .” y mantiene la subdivisión en 4 + 4 partes; introduce infinidad de correcciones en el texto a base de nuevas lecturas; se aparta totalmente, por lo que se refiere a DQ1, de la edición príncipe de Cuesta para atenerse más a las posteriores del mismo impresor.30 Los numerosos errores cometidos en sus enmiendas fueron tan descarados que, no obstante su primorosa presentación, su texto apenas fue seguido por editores posteriores, que preferían aún el de la edición DQ:M-1637-Martínez, con las modificaciones de DQ:Br-1662-Mommarte y algunas otras de DQ:M-1706-González;31 pero por lo menos sirvieron para levantar en los críticos españoles el

     28 DQ:M-1647-Imp. Real, DQ:M-1655-Sánchez, DQ:M-1662-Imp.Real, DQ:M-1688-Imp.Real, DQ:M-1674-Varios, etc.
     29 Inclusive DQ:L-1738-Tonson, que citaré enseguida, adopta este sistema. Ahorro al lector la lista de estas ediciones por no alargar la procesión.
     30 Resulta casi increíble que cuando se preparó esta edición no se hubiera ya tenido en cuenta la existencia de dos ediciones de Cuesta en 1605. Fue Bowle quien, al parecer, descubrió el hecho en 1776 y lo puso en conocimiento público en su edición de 1781, que pronto veremos. Pero ni así y todo la RAE, cuya 1ª edición salió en 1780, estaba enterada de estas dos ediciones de Cuesta en 1605.
     31 No obstante, algunas ediciones posteriores sí acogieron con gusto la vida de Cervantes por Mayans. Las pocas ediciones que siguieron el texto de Tonson aparecen publicadas en el extranjero: DQ:Haya-1774-Gosse/Moetjens, DQ:Amst/Leipzig-1755-Arkstée/Merkus, y alguna que otras más.


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ánimo y el deseo de publicar una más seria edición, que será la de la Real Academia que pronto veremos.
     DQ:M-1765-Martín/2ª moderniza por primera vez la ortografía de “Quixote,” que pasa a “Quijote.”32
     DQ:M-1771-Ibarra dará a la obra otra ingeniosa novedad; la enumeración correlativa de los 52 + 74 = 126 capítulos; pero pronto decaerá tal uso.33
     En 1780 la Real Academia Española, haciéndose eco de las protestas levantadas por la edición de Tonson, publica su primera edición, DQ:M-1780-Ibarra, monumental, lujosa y una de las más apreciadas por su calidad tipográfica y su papel. Substituye la vida de Cervantes por Mayans por la de Vicente de los Ríos; le añade un análisis del Quijote y un plan cronológico; restituye a la obra su título original de “El ingenioso hidalgo . . .” de DQ1, y lo hace pervivir también en DQ2, para cuyo título no acepta el “caballero”; mantiene la división cuatripartita sólo en DQ1; sigue exclusivamente, en vez del de la edición príncipe, el texto de DQ1:M-1605-Cuesta/2ª;34 y enmienda muchas de las correcciones de Tonson . . . para caer en otras de idéntico o parecido bulto. ¡La propia Real Academia Española! El alguacil alguacilado; y tan alguacilado, que la misma docta entidad, como veremos, tuvo que ir corrigiendo sus propios errores, en especial en su cuarta edición, de 1819.35
     Paralelamente a la Real Academia Española en España, el Rvd. Bowle en Inglaterra trabajaba por su cuenta. Era un investigador de vocación, ajeno al éxito y a los resultados de los demás. Empezó por denunciar la duplicidad de ediciones de Cuesta en 1605 y acabó por

     32 Seguirá la J sólo en algunas otras ediciones del mismo editor, DQ:M-1777-Martín, DQ:M-1777/8-Martín, y se adoptará definitivamente (salvo recientes ediciones con pretensiones de críticas) a partir de DQ:M-1819-Imp.Real, 4ª edición de la RAE, con pocos casos a favor de la X a partir de esta fecha (p. e., DQ:Be-1831-Fincke). Es curioso hacer constar que el mismo editor Martín el mismo año de 1765 había publicado otra edición con la X: DQ:M-1765-Martín/1ª.
     33 Creo recordar que sólo la edición DQ:M-1777-Sánchez le sigue en este particular.
     34 Cfr. nota 30.
     35 No es momento oportuno para inventariar los desaciertos de la RAE, alguno de los cuales causa verdadera pena. A pesar de estos defectos, el prestigio de la RAE fue causa de que muchos editores posteriores adoptaran su texto, total o parcialmente: DQ:M-1797/98-Imp.Real, pero con vida de Cervantes por Quintana y algunas modificaciones textuales; DQ:Leipzig-1800/7-Sommer, con extractos de Bowle sobre variantes; DQ:Bur-1804-Pinard; DQ:L-1808-Varios; DQ:Lyon-1810-Tournachon/Molin; etc.


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publicar la suya propia, DQ:Salisbury/Londres-1781-Easton,36 titulada “Historia del famoso caballero . . . .” Se trata de un intento serio de reproducir el texto cervantino, con notas aclaratorias, lista y examen de variantes, explicación de alusiones e intentos de modernización. Pero tampoco se salva de los graves errores: para DQ1 le tiene más en cuenta la edición de DQ1:M-1608-Cuesta y no siempre acierta en sus lecturas. Debido a su escasa difusión en España entre el público, los editores posteriores no se fijaron mucho en el trabajo de Bowle: la Real Academia Española les había deslumbrado con su lujosa edición y su prestigio de autoridad académica. No obstante, la misma Real Academia Española tuvo que acoger algunas lecturas de Bowle en sus ediciones posteriores, segunda DQ:M-1782-Ibarra, tercera DQ:M-1787-Ibarra, y cuarta DQ:M-1819-Imp.Real, por lo que se refiere al cotejo de variantes entre las ediciones de Cuesta y Mey de 1605, hecho por Bowle.37
     Pero ni la Real Academia Española ni Bowle fueron del gusto de Pellicer, otro gran cervantista reformador de reformadores, que dio a luz su edición, DQ:M-1797/8-Sancha, con el indiscutible mérito de acercar más al lector los comentarios para la buena inteligencia del texto. Muchas de sus observaciones dieron luego pie a posteriores comentaristas, y hoy en día, aún a pesar de haberse superado muchas de sus observaciones, es obra de imprescindible consulta para los eruditos.38
     Pasada la confusión política y bélica española, la Real Academia Española publica su cuarta edición, DQ:M-1819-Imp. Real, que adopta definitivamente la moderna /j/ de “Quijote” y, aceptando la existencia de dos ediciones de Cuesta en 1605 denunciadas por Bowle, introduce varias enmiendas a las lecturas de sus ediciones anteriores. En un quinto volumen, añade la vida de Cervantes por Fernández de Navarrete.

     36 Hay ejemplares con cambios en el nombre del impresor: White, Elmsley, Payne y Robson, y con sólo la mención de Londres en la portada; y con división en 4 o 6 tomos. Pero en realidad se trata siempre de la misma edición.
     37 Confieso que necesito comprobar todavía si realmente acogió la RAE algunas ideas de Bowle en sus ediciones 2ª, 1782, y 3ª, 1787. El prólogo de la 2ª edición parece seguir ignorando la duplicidad de ediciones de Cuesta en 1605, a pesar de haberla demostrado Bowle. El prólogo de la 3ª edición es reproducción casi literal del de la 1ª. Solamente en 1819, 4ª edición, la RAE tuvo la honradez de reconocer el descubrimiento de Bowle y de haberse aprovechado de sus lecturas y de las de Pellicer: “Estos son los auxilios que la Academia ha disfrutado en la presente edición” (t.I, prólogo, p. 9).
     38 También tuvo Pellicer sus seguidores: DQ:Be-1804-Frölich, DQ:Bur-1815-Beaume, etc.


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     A fines del siglo XVIII y principios del XIX el desorden en el texto del Quijote no podía ser mayor: es casi comparable al de nuestros días. El lector disponía, a su sabor, de por lo menos tres grandes ediciones digamos “autorizadas”: Real Academia Española, Bowle y Pellicer (sin contar la ya anticuada de Tonson). Y los editores menores, que no sabían a qué carta atenerse, optaron por cualquiera de las tres indistintamente o por hacer de ellas una mescolanza, sin olvidar incluso resabios de ediciones anteriores. Y, como es natural, surgieron también los espontáneos, como en los sanfermines: el Rvdo. Felipe Fernández publica su DQ:L-1808-Varios, con la vida de Cervantes por Quintana, textos de la Real Academia Española y pretendidas mejoras que atribuye al propio Cervantes;39 García Arrieta, Oes:P-1826-Bosange, elucubra notas fantásticas, suprime las novelas intercaladas, se atreve a las mayores modificaciones;40 Bastús y Carrera presenta su DQ:B-1832-Gorchs anunciando notas que no aparecerán sino dos años más tarde, tomadas de la Real Academia Española, Bowle y Pellicer; y así usque ad nauseas.
     En 1833 Clemencín empieza la publicación de su gran edición, DQ:M-1833/9 Aguado, la que ha tenido más repercusiones hasta la época moderna. Para el texto adopta aquellas lecturas de las primeras ediciones que más favorecen su criterio gramatical, sin perdonarle a Cervantes las imprecisiones propias de su tiempo; y esta crítica excesiva le ha valido a Clemencín las censuras de los comentaristas posteriores Sus comentarios de miscelánea cervantina son realmente valiosos y muchos de ellos fuente todavía para otros posteriores, cuando no se le calca literalmente.
     Clemencín cierra el primer gran período de crítica cervantina. Todos los editores posteriores se ven precisados a seguir sus huellas, sin olvidarse tampoco de otras ediciones: Francisco Sales, DQ:Boston-1836-Varios (“Nueva edición crítica”), seguramente por no contar con las anotaciones completas de Clemencín, se retrotrae a comentaristas anteriores;41 otra edición, DQ:M-1840-Est.Central, tiene la osadía de

     39 Contiene incluso errores de numeración en los capítulos. Le siguieron en algo: DQ:Lyon-1810-Tournachon/Molin, DQ:L-1814-Varios, y alguna que otra edición más.
     40 La portada dice, nada menos: “Nueva edición clásica, arreglada, corregida é ilustrada con notas históricas, gramaticales y criticas.” Es una muestra de las pretensiones que se estilaron en la época romántica, pero que no han dejado de perdurar en muchos editores posteriores de Cervantes.
     41 Síguenle: DQ:Boston-1842-Little & Brown, DQ:M-1847-Gaspar y Roig/1ª, DQ:Boston-1849-Little & Brown, DQ:M-1850-Gaspar y Roig (aumentada con El Buscapié), etc.


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anunciar en la portada “última edición completísima conforme al original primitivo;” otra, DQ:P-1844-Hingray, no es más que un resumen de comentarios mal escogidos de ediciones anteriores;42 Biedermann, DQ:P-1844-Didot, dejó sus comentarios inconclusos; Martínez del Romero, DQ:M-1847-Gaspar y Roig/2ª, añade por su cuenta algunas observaciones a la edición de Sales; Calderón, “Cervantes vindicado en ciento y quince pasajes del texto del ingenioso . . . ,” M-1854-Alegría, sale en defensa de las lecturas príncipes del Quijote; Morán, DQ:M-1862/3-Imp. Nacional, dice ajustarse estrictamente al texto de la edición de la Real Academia Española de 1819, con modernización de la ortografía según las más recientes normas de la misma Academia.
     1863, año de Hartzenbusch, del aparatoso Hartzenbusch con sus OC:Argamasilla-1863-Rivadeneyra: una nueva vida de Cervantes, unas nuevas investigaciones por Cayetano Alberto de la Barrera, profusión de notas aclaratorias y un texto repleto de grandes errores y algún que otro acierto.43 Hoy en día sus comentarios son apenas apreciados, pero tenía más espíritu crítico del que se le supone. La imagen de un Hartzenbusch inmerso en otros quehaceres literarios postrománticos, ha dañado su imagen de crítico. Más tarde completará su labor, por lo que se refiere al Quijote, con la edición DQ:B-1871/9-López Fabra, en 4 volúmenes: dos para la reproducción en facsímil (la primera en el mundo) del Don Quijote en sus dos partes, uno para “Las 1633 notas . . .” al texto, y otro para la “Iconografía del Quijote.”
     Algunos años después Ramón León Máinez saca a luz su edición DQ:Cádiz-1876/9-La Mercantil, también con una vida de Cervantes y un texto injustamente olvidado por los críticos posteriores, pues fue uno de los editores que más empeños puso (pero, claro, siempre también con prejuicios personales) en acercarse al texto primitivo de las ediciones príncipes de ambas partes del Quijote.44
     Díaz de Benjumea, DQ:B-1880-3-Muntaner y Simón, trabajó más en las anotaciones que en el texto. Presentó ideas nuevas e interpretaciones

     42 Síguenle: DQ:B-1845-Pons, DQ:NY-1853-Appleton, DQ:NY-1854-Appleton, DQ:P-1860-Hingray, DQ:P-1860-Fouraut, etc.
     43 Entre los que se cuentan los referentes al más razonable emplazamiento del robo del asno de Sancho, en el cap. 25 de DQ1 en vez del 23. Recientemente, empero, este pasaje ha vuelto a suscitar nuevos quebraderos de cabeza y nuevas teorías sobre la intervención de Cervantes en todo ello. Cfr. nuestra nota 10.
     44 Apenas tuvo partidarios, pero algunas de sus ideas han sido aprobadas por comentaristas posteriores sin indicar la procedencia.


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sugestivas que hicieron pronto escuela, aun dada su fantasía, y consagraron el camino de interpretación esotérica del Quijote.45
     Los últimos veinte años del siglo XIX fueron pródigos en ediciones: alrededor de un centenar46 y para todos los gustos. El Quijote podía leerse en su texto príncipe (ediciones facsímiles) o según los criterios de editores tan dispares como Tonson, la Real Academia Española, Bowle, Pellicer, Hartzenbusch . . . hasta el fantástico Díaz de Benjumea, a los que algunos editores innominados añadían por su cuenta y riesgo pasajes con nuevas lecturas. Thebussem (Pardo de Figueroa), Asensio,47 R. León Máinez citado, Janer y otros más,48 empezaron a levantar, con sus escritos y polémicas, una inmensa polvareda en torno a la urgencia de ediciones autorizadas de las obras de Cervantes, siempre puesta la vista en una mayor gloria de las letras hispanas: pero luego todo ello se

     45 La interpretación esotérica del Quijote tenía un precedente en Puigblanch, Opúsculo gramático-satírico, Londres: Guthrie, 1832-34. Díaz de Benjumea insistió en sus interpretaciones, más que en los comentarios acompañando su edición del Quijote, en sus opúsculos sueltos: Comentarios filosóficos del Quijote, en América, Madrid, nov-dic 1859; La estafeta de Urganda, Londres: Wertheimer, 1861; El correo de Alquife, Barcelona: Alou, 1886; etc. Tuvo otros continuadores: Polinous (Benigno Pallol), Interpretación del Quijote, Madrid: Ríos, 1893; Villegas, Estudio tropológico sobre el don Quijote de la Mancha, Burgos: Correo Burgos, 1899; etc., etc., hasta incluso nuestros días.
     46 Es muy difícil determinar el número exacto dada la falta de precisión entre ediciones, reimpresiones o simplemente cambios de portada con simples variantes; truco, este último, muy empleado por casas editoras poco escrupulosas y que aún hoy en día es corriente.
     47 Asensio, al que por otra parte se le deben algunas aportaciones valiosas sobre Cervantes, se atrevió a publicar su edición, DQ:B-1898-Seix, modificando el orden y la numeración del los caps. de la primera parte, que repartió en 54 en vez de los 52 originales. ¡Y esto a punto de entrar en el siglo XX! Seguramente actuó así para hacer honor a sus propias palabras en el proemio de su edición (t.I, p. viii): “No obstante ser en todas ellas (las ediciones) el mismo el texto, ó muy semejante, cada editor procura enriquecer su libro con nuevos alicientes que despierten la curiosidad de los lectores.” Parece que esta teoría de la libertad del editor de “enriquecer” (lo que es un supuesto muy discutible) el texto editado, y que Asensio proclamó abiertamente, es la que siguen los editores, incluso actuales, al socaire de la libertad que les confieren sus estudios e investigaciones. Cfr. los artículos de Flores, Allen y Eisenberg, que citaré luego, que defienden esta postura. Los resultados nefastos al hacer uso de esta autoatribuida libertad están a la vista. El investigador debe dirigir sus esfuerzos al esclarecimiento de la verdad, y, sobre ella, divagar como mejor le venga en gana; pero no le está permitido alterar los datos objetivos que, en sus investigaciones, se halle al paso.
     48 Prefiero no comentar el engendro de Feliciano Ortego, con su DQ1:Palencia-1884-Ortego, que pretendió hacer pasar los comentarios y las notas marginales como manuscritos del propio Cervantes.


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traducía no más que en proliferación de sociedades cervantinas, amigos de Cervantes, amigos de los amigos de Cervantes, literatura baratesca, nombramientos de caballeros y creación de quijotescas órdenes caballerescas . . . . Las interpretaciones personales sobre el personaje don Quijote y su significación inundaban las librerías, y seguirían inundándolas hasta muy entrado el siglo XX.49
     Ante tantos desmanes, Fitzmaurice-Kelly y Ormsby publicaron su edición, DQ:Edimburgo-1898/9-Constable, con pretensiones de seguir el texto de la edición príncipe, pero así y todo sin poder resistirse a la tentación de enmendar supuestos errores de Cuesta.50 No obstante haber sido muy discutida la presentación del texto en esta edición por parte de los críticos de la época (acaso, cabe creer, movidos más por resentimientos ciertamente inexplicables que por auténtica imparcialidad científica),51 será la que iniciará un nuevo estilo que servirá de modelo para las ediciones del siglo XX.
     En el siglo XX, contrariamente a lo que podía esperarse, no se aclara mucho la situación. En su primera mitad, y actuando de revulsivo la celebración del centenario del Quijote en 1905, aparecen tres grandes comentaristas:52 Cortejón, Rodríguez Marín, y Schevill/Bonilla.

     49 En realidad, seguimos inmersos en una confusa nebulosa creada en torno a Cervantes y en la interpretación de sus obras, y de ello no están libres de culpa autores tan prestigiosos como Unamuno, Ortega y Gasset, Américo Castro, etc. Mas esto es irremediable. Los falsos Avellanedas seguirán repitiéndose incansablemente, para entretenimiento y desesperación, a la vez, del “curioso” investigador. ¡Laus Deo!
     50 Introducción, t.I, p. xv: “En esta edición de Don Quixote hemos procurado presentar el texto limpio de las arbitrarias alteraciones introducidas por nuestros antecesores. Hemos seguido de cerca el plan de The Cambridge Shakespeare, imprimiendo íntegramente el texto de la primera edición, salvo patentes errores de imprenta, añadiendo en las notas las variantes de más importancia y rechazando toda enmienda conjetural cuando nos parece que el texto primitivo expresa mejor las intenciones del autor.” Pero estas palabras suenan más bien a excusa previa para justificar las enmiendas, no siempre correctas, que se permiten. Ciertamente, algo más tarde advierten los mismos editores (p. li) que “Siempre que hay posibilidad razonable para creer que Cervantes escribió lo que aparece impreso en la editio princeps, rechazamos toda enmienda,” para acto seguido anunciar también que “Cuando nos ha parecido indispensable una corrección . . . ,” etc. O sea: que el criterio personal priva antes que el criterio objetivo.
     51 Los mismos que censuraron a Fitzmaurice-Kelly y Ormsby incurrieron luego en iguales o parecidos errores. El texto de Fitzmaurice-Kelly no tuvo mucho éxito en España, pero fue reimpreso varias veces en Edimburgo y creo que también en los Estados Unidos.
     52 Los desmanes cometidos con el Quijote a raíz del centenario son incontables: ediciones conmemorativas, ediciones centenarias, comentarios [p. 157] patrióticos, homenajes, condecoraciones . . . ; pero dentro del cúmulo inmenso de trabajos publicados hubo algunos verdaderamente serios. En el centenario del nacimiento de Cervantes, en 1947, imperaron más la sobriedad y la prudencia.


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     Cortejón (y a su fallecimiento, Givanel/Suñé) preparó y publicó su edición, DQ:M-1905/13-Suárez, con anuncio de tanto aparato crítico como jamás podía sospecharse: cotejo de 26 ediciones diferentes, listas de variantes, notas abundantísimas, etc.,53 y jamás el fracaso fue tan total: a) la animadversión directa hacia Clemencín y otros comentaristas llevó a Cortejón a forzar lecturas realmente sin justificación alguna; b) los comentarios resultan largos y muchas veces extemporáneos; c) la autoatribución de ideas y soluciones resultó no ser siempre original; d) dejó de explicar muchos de los cambios introducidos y de justificar lecturas modernizadas;54 etcétera. Por todas estas razones hoy ha perdido casi todo el crédito que despertó en un principio y la lectura de sus comentarios resulta insoportable.
     Más acertadas fueron las cuatro ediciones de Rodríguez Marín, DQ:M-1911/3-La Lectura55 en 8 volúmenes, DQ:M-1916/7-RABM en 6, DQ:M-1927/8-RABM en 7, y DQ:M-1947/9-Atlas en 10, pues ciertamente han ido arrojando no poca luz sobre muchos aspectos, más que textuales, de explicación de palabras y alusiones cervantinas, pues la transcripción del texto no se distingue precisamente por ser “crítica,” como anunciaban estas ediciones,56 ni por ser siempre acertadas, como

     53 En la portada: “ Primera edición crítica, con variantes, notas, y el diccionario de todas las palabras usadas en la inmortal novela.” Este diccionario no llegó a publicarse. De la introducción no resultan claros los criterios seguidos, pero véase el método empleado, según se explica en t.I, p. clxv: “Veintiséis jóvenes (y en nota, su nombre), sentados en torno de una mesa, repitiendo la lectura de cada capítulo hasta diez y doce veces, anotando las variantes que van saliendo, otro; eligiendo entonces el que esto escribe la lección más razonable, cuando el caso no parece dificultoso, o suspendiendo el juicio hasta nuevo y maduro examen, es espectáculo que consuela el ánimo . . . .” Los resultados no fueron tan consoladores.
     54 Basta el primer detalle que inmediatamente salta a la vista, y que es sintomático de todo el texto; “don Quixote” es transcrito siempre con el “don” abreviado; “D. Quijote.”
     55 Cuya reimpresión casi literal sigue haciéndose, incomprensiblemente, en la colección “Clásicos Castellanos” de la casa editora Espasa-Calpe.
     56 La edición de 1911-13 sólo indicaba en la portada “edición y notas” de Francisco Rodríguez Marín, y tal indicación se ha ido repitiendo en las sucesivas reimpresiones. La edición de 1916-17 se anuncia en su portada como “edición crítica anotada por . . . .” La edición de 1927-28, “nueva edición crítica con el comento refundido y mejorado y más de setecientas nuevas notas dispuestas por . . . .” Y la edición de 1947-49, igual que la anterior pero “y más de mil notas.”


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era de esperar en tan docto cervantista; y por todo ello, y a pesar de sus apreciables aportaciones, dista mucho de ser el modelo a imitar que pretendía ser: de manera que hoy constantemente vemos que muchas de sus lecturas e interpretaciones son puestas en tela de juicio por otros investigadores. Siempre ocurre lo mismo cuando nos creemos en la posesión de la única verdad posible, y esto, en el caso de Cervantes, sabemos por experiencia que nunca puede ser conseguido. La dedicación constante e ininterrumpida en sus investigaciones sobre Cervantes y sobre su obra, llevó a Rodríguez Marín a rehacer muchas de sus lecturas y comentarios, unas veces declarándolo abiertamente y otras sin hacer mención de ello, como si el lector no pudiera percatarse.57
     Con criterios mucho más interesantes desde el punto de vista actual, Schevill/Bonilla prepararon su edición de las OC:M-1914/41-Rodríguez/Artes Gráficas, en 18 volúmenes, cuatro de los cuales, DQ:M-1928/41-Artes Gráficas, corresponden al Quijote. En ella toman por base exclusivamente las ediciones príncipes, y aunque, según sus propósitos anunciados en los prólogos, se pretende ofrecer, por medio de claudators, paréntesis y notas al final, una auténtica lectura del texto primitivo, en numerosos casos este resultado no siempre se consigue, debido en parte a no seguir el mismo criterio estricto en todas las obras y en parte por incurrir en el tradicional sistema de modernizar el

     57 En las citas que siguen los subrayados son míos y delatan a contrario sensu las propias exculpaciones de Rodríguez Marín. Ed. 1911-13, t.I, Al lector, p. xiv: “En lo tocante al texto sigo preferentemente el de la edición príncipe, así de la primera parte (1605) como de la segunda (1615), y sólo me aparto de ellas en contadas ocasiones y por motivos fundados, que casi siempre explico en notas.” Ed. 1916-17, Prólogo, t.I, p.xx, dice ajustarse a la regla que Fitzmaurice-Kelly y Ormsby dieron para su edición de 1898-99: “A esta regla, entre otras, me ajusto con cuidado, no sin lamentar que no lo hiciera invariablemente el mismo que la estableció. Así, aun siendo tan correcta, en sentir de los doctos, la edición de Fitzmaurice-Kelly, el texto que doy difiere no poco del que dio el eximio cervantista inglés, tanto en la presentación, que he vuelto á revisar con esmero, y que da sentido diferente, y siempre claro y natural [???], á muchas cláusulas antes no bien entendidas, como el de establecer la versión original . . .” etc. En la edición 1927-28, Prólogo, t.I, p.xxi, después de referirse a los dos preámbulos de sus ediciones anteriores, añade: “No me limito, pues, a reimprimir la edición anterior; por el contrario, he puesto las miras en mejorarla cuanto me fuere posible, atendiendo cuidadosamente: 1° A revisar el texto, cotejándolo aún otra vez con el de las ediciones más importantes . . .  2°. A refundir, haciéndolas aún más interesantes y demostrativas, casi la mitad de las notas de la edición anterior . . .  3°. A rectificar y corregirme en cuantos lugares he visto o me han enseñado que erré: quizá en más de treinta . . .” etc. Y en la edición 1947/9 se reproduce el mismo prólogo anterior y por nota de la casa editora se advierte que los cambios introducidos se han hecho a base de las fichas que redactó en sus últimos años el señor Rodríguez Marín.


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texto al uso de la moda. Con todo, puede decirse que en cuanto al texto todavía sigue siendo la más apreciable de todas las ediciones modernas debido a su mayor proximidad a las ediciones príncipes y a no incurrir en lecturas disparatadas.58 Esto no obstante, veremos luego cómo el excesivo desprecio de Schevill/Bonilla hacia lo que debían considerar meras erratas tipográficas, no les salva de errores.
     Las reacciones de los investigadores modernos no se hicieron esperar, y en verdad han dado buenos resultados en ediciones recientes, recientísimas algunas, demasiadas en variedad y en número. No es mi propósito enjuiciarlas una a una: alargaría demasiado este artículo y, además, no me siento capaz para una crítica severa de investigadores tan eminentes como Allen, Avalle Arce, Casalduero, Murillo, Riquer, Sabor de Cortázar/Lerner, o Alberto Sánchez. Pero sí creo necesario siquiera resumir las tendencias y los resultados de las nuevas corrientes editoras y aducir unos ejemplos muy ilustrativos.
     Del examen de las casi cuarenta ediciones59 más o menos eruditas (cuidado del texto, anotaciones aclaratorias, comentarios, etc.) de los últimos sesenta años, se desprende: 1°: La pretensión, cada día más extremada, de querer ajustarse al texto de las ediciones príncipes: 2°: Pero también la persistencia en la ya larga tradición secular de transcribir y puntuar el primitivo texto según el criterio particular de cada editor: 3°: La modernización de la escritura, a veces radical a veces a medias, también según el criterio individualista de cada editor o las últimas corrientes en la materia: y 4°: La falta de profundidad en el examen y en la subsiguiente transcripción del texto, de manera que ni siquiera los críticos más concienzudos se ven libres de yerros, olvidos, lecturas incompletas, faltas de aclaración, etc. Cualquiera de estas modernas ediciones a que me refiero puede cumplir a la perfección, casi, los requisitos exigidos moderadamente por un lector de cultura media (unas con más detalles, otras con simples llamadas de atención), pero ninguna de ellas puede satisfacer al que maneje una de estas ediciones con miras a una investigación, y no hablemos del caso del erudito para quien nada debe quedar oculto ni pasado por el tamiz de otro.

     58 No se explica que, habiéndose agotado hace tiempo en el mercado, no se haya reeditado.
     59 El número de cuarenta se refiere a los comentaristas, cada uno de los cuales representa, además, de dos a diez ediciones. No he tenido en cuenta las ediciones vulgares sin más pretensiones que las de publicar el texto sin explicación alguna, ni tampoco las que sirven de marco o acompañamiento a ilustraciones de todo tipo y para todos los gustos.


160 JOSÉ M. CASASAYAS Cervantes

     Voy a dar dos claros ejemplos demostrativos de la ligereza con que el Quijote se ha editado a través de los siglos y sigue editándose todavía. Uno hace referencia a la necesidad de una nota aclaratoria; el otro afecta a la lectura perfecta del texto. He tenido presentes, en estos dos ejemplos, todas las ediciones más o menos críticas que he mencionado hasta ahora más casi todas las que se han producido en los últimos sesenta años.60

     60 De las ediciones citadas en este artículo y anteriores a 1925 (más las posteriores de Rodríguez Marín), he consultado las que pueden llevar cierto aparato crítico y han sido tenidas en algún momento por autorizadas. De las posteriores a 1925 y cuyo análisis individual he renunciado a hacer, he consultado las de todos los críticos comentaristas de cierta importancia, y he aquí la lista, por orden alfabético:

Las reediciones de estos textos, salvo cuando se indica, no suelen sufrir alteraciones de importancia. No me ha sido posible consultar, por no tenerlas a mano en mi biblioteca, algunas otras eds. tales como DQ1:Halle-1925-Niemeyer (con comentarios y variantes por Adalbert Hämel), DQ:BaAs-1951-Ballesta (ed. de Clementino Sanz), DQ:P-1951-Bouret (ed. de Jaime Delgado), y otras que algún lector encontrará a faltar. Por último, deseo advertir también, en evitación de malas interpretaciones, que, por referirse el presente trabajo a “ediciones” de las obras de Cervantes, y en especial el Quijote, he dejado de lado las obras y artículos sueltos de algunos profesores y eruditos aparecidos en publicaciones especializadas. No tengo por qué negar que la ingente bibliografía cervantina limita mis posibilidades de investigación, como limita las de cualquier mortal aunque no sea tan franco en confesarlo.


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     Primer caso6l (Don QuijoteI, cap. 20:fo86v/16-20). En la tenebrosa noche de los batanes,

Sancho, para persuadir a don Quijote a que espere la luz del día para acometer su aventura, le dice que a lo que a mi me muestra la ciencia q~ aprendi quá-/do era pastor, no deue de auer de aqui al Alua / tres horas: porque la boca de la bozina està enci-/ma de la cabeça, y hace la media noche en la/ linea del braço yzquierdo.

     Pues bien: casi todos los cervantistas se ven precisados a poner una nota aclaratoria para explicar que Sancho hace uso de un sistema pastoril para averiguación de la hora durante la noche, o para decir qué cosa es bocina, o ambas cosas a la vez; y alguno añade lo que luego se lee en el mismo texto: que Sancho no podía guiarse por las estrellas porque el cielo estaba nublado, etc. Pero ninguno de los comentaristas ha puesto atención de manera cierta en comprobar si, usando este reloj pastoril,

     61 Vicente Gaos me hizo el honor de recoger mis observaciones sobre este particular para su edición del Quijote que estaba preparando. Fue en 1979. El inesperado fallecimiento de Gaos ha retrasado la publicación de su edición, que tenía cuidadosamente preparada, según pude comprobar personalmente.


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los datos facilitados por Sancho Panza (la boca de la bocina encima de la cabeza y sería la medianoche si estuviese en la línea del brazo izquierdo) dan realmente una hora equivalente a tres antes del alba. Veámoslo despacio.
     Antes de 1925, de la larga lista de comentaristas solamente Bowle, Pellicer, Clemencín y Rodríguez Marín toman cartas en el asunto.62 Bowle (1781) se limita a dar una definición de la bocina. Pellicer (1797/8), haciendo un cálculo somero (y erróneo, como veremos) de este método pastoril, apunta hacia la realidad del cálculo de Sancho equiparando un cuadrante del círculo a tres horas para el alba. Clemencín (1833/9) describe mejor el método y precisa con más exactitud que del 24 a 25 de agosto (fecha probable de la aventura de los batanes) la medianoche se hace “un tércio del cuadrante más abajo de lo que aquí se expresa,” pero prudentemente no se atreve a echar cálculo alguno sobre las horas que faltan para el alba en los supuestos de Sancho. Rodríguez Marín (1911/13) critica a Pellicer y Clemencín porque sólo “medio expresan . . . á lo menos, no lo expresan claramente” esta regla práctica, sin que, empero, él mismo la explique a su vez: y en su edición segunda (1916/7) amplía su primer comentario con otro con inclusión de una cita de Martín Cortés, de 1551, sobre descripción de este reloj nocturno-pastoril (y que, dicho de paso, es astronómicamente erróneo) y sigue, empero, manteniendo el silencio acerca de si Sancho Panza acierta o no en sus cálculos.
     Solamente el P. Rufo Mendizábal, en “Más notas sobre el Quijote,” aparecido primero en RFE, 12 (1925), 180-84, y luego inserto en sus ediciones del Quijote (1926?, 1945, 1953, 1966), intenta dar una explicación del hecho para acabar diciendo que “Fingiendo Sancho en la aventura de las batanes (I, 20) que la boca de la Bocina estaba en la cabeza de la cruz, deducía que eran las tres de la madrugada —porque en aquel mes (agosto) la boca de la bocina tenía que estar a las doce en la línea del brazo izquierdo—, y que por tanto para el alba no faltarían tres horas.” Pero resulta que no sólo es tan confuso como los anteriores comentaristas citados,63 sino que tampoco cae en la cuenta (como no

     62 Los demás comentaristas que aluden al tema copian cualquiera de los indicados comentarios.
     63 P. e., parece situar al observador de espaldas a la Polar, cuando la práctica pastoril es (era: ya no hay quien se sirva de este método) situarse en posición frontal. Puedo asegurarlo porque en mis años mozos pasé no pocas noches en compañía de los pastores de mi tierra y aprendí de ellos, bien que muy rudimentariamente, a saber la hora por la posición de las estrellas y teniendo siempre en cuenta el día.


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cayó Pellicer) que un cuarto de círculo (de las 9 a las 12 del reloj de bolsillo de su figura) no equivale a tres horas, sino a seis, según se deduce de dividir las veinticuatro horas de la rotación por cuatro (un cuadrante).64 De manera que, según su cálculo, faltarían seis horas para el alba. Pero tampoco esto es cierto, pues la realidad es que el 24/25 de agosto, fecha posible del caso de los batanes, la bocina hace la medianoche sobre una línea ligeramente más baja que la posición horizontal del brazo izquierdo, y que, debido al sentido levógiro de la rotación desde el punto de vista del observador, la situación de la bocina sobre la cabeza indicaría que en aquel momento preciso en que habla Sancho son o bien las seis de la tarde del día 24 o las seis de la tarde del día 25. En dicha fecha el sol sale, en la Mancha, alrededor de las cinco de la mañana (hora solar, claro), por lo que a las tres horas del alba pronosticadas por Sancho la bocina se halla en una línea situada a casi un tercio del cuadrante por debajo del brazo izquierdo, no sobre la cabeza. De ahí que las únicas conclusiones que pueden deducirse de todo esto (aparte de la impertinencia de Sancho a causa de las nubes de aquella noche) sean o que Sancho Panza no tenía idea de este sistema pastoril para averiguar la hora durante la noche, o que el espantoso estruendo de los aún no sospechados batanes había enturbiado sus facultades, o que se burla descaradamente de su amo . . . y que la única explicación que encontramos entre todos los eruditos cervantistas sobre el cálculo de Sancho no es acertada.
     Pero a pesar de esto último, las ediciones posteriores al artículo citado y a la primera edición comentada de Mendizábal, o bien siguen sin comentar este pasaje, o bien advierten muy brevemente qué sea la bocina o que Sancho usa un sistema pastoril para las horas nocturnas, o bien los comentaristas que quieren extremar sus respetos hacia el

     64 En realidad no deben contarse las 24 horas del día solar, sino unos cuantos minutos menos aproximadamente, que es lo que corresponde al día estelar. Por virtud de la conjugación de los movimientos de translación y rotación terrestres, una vuelta entera de la Tierra sobre su eje tomando como referencia, no el Sol, sino la Polar, es, no de 24 horas, sino de 23 horas 56 minutos 4 segundos y 91 milésimas de segundo, según los astrónomos. Esto hace que haya una diferencia de un día entre el año solar y el año estelar y que, en consecuencia, el punto de la medianoche vaya desplazándose diariamente casi cuatro minutos, o, lo que es lo mismo, que al punto de medianoche todo el firmamento estelar vaya avanzando a razón de un cuarto de cuadrante cada tres meses: a principios de agosto estará en el brazo izquierdo, a principios de noviembre a los pies, a principios de febrero en el brazo derecho y, finalmente, a principios de mayo sobre la cabeza del observador. Sabiendo esto y que a cada cuadrante le corresponden una seis horas, podemos averiguar qué hora es en cualquier noche del año . . . siempre que el cielo esté despejado, claro.


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lector se remiten a la solución de Mendizábal, sin parar mientes en si es recomendable o no.65
     Segundo caso66 (Don Quijote2, cap 74:fo279v/29-31). La pluma de Cide Hamete debe decir a los presuntuosos y malandrines historiadores: “Tate tate, follonzicos, de ninguno sea / tocada, porque estâ impressa buen Rey, para mi estaua / guardada.”
     Pues bien: ninguno de los editores posteriores a Cervantes ha caído en la cuenta que esta frase, tal como está grafiada y puntuada en la edición príncipe y en más de una de las primitivas ediciones, puede tener dos sentidos: Uno, estrictamente literal según su grafía, que sería, modernizada, “porque (la historia de don Quijote) está (ya) impresa, buen rey: para mí estaba guardada”; y otra, según el sentido, no de la grafía original, sino del romance que la frase remeda, y que sería, también modernizada, “porque esta empresa, buen rey, para mí estaba guardada.”
     Ninguna, repito, de las casi cien ediciones que he creído que valía la pena de consultar advierte la posibilidad de esta doble lectura; posibilidad ciertamente muy característica de la ironía de Cervantes. Todos se acogen únicamente a la segunda lectura, a excepción de Bowle (1781), que transcribe: “está impresa,” y en las anotaciones hace referencia al romance, que puede leerse en la “Historia de las Guerras Civiles de Granada.”67 A todo lo más a que llegan los restantes editores es a consignar que en la edición príncipe se lee “impresa,” como queriendo significar que se trata de una forma arcaica de “empresa”; con lo cual, y al dejar de registrar la lectura príncipe de “está” acentuado, desechan una acepción en el sentido de la frase que bien pudiera ser la pretendida por Cervantes.68

     65 Solamente se remiten a la interpretación de Mendizábal: Alcina, Givanel, Murillo, Riquer y Rodríguez Marín (ediciones de 1927/8 y 1947/9). También Schevill/Bonilla pero sin mencionar el nombre de Mendizábal.
     66 Debo la observación de este caso a la profunda perspicacia de la Dra. Helena Percas de Ponseti.
     67 Al dar la lectura de variantes, Bowle transcribe la de la edición príncipe, porque dice que allí se lee “esta impresa,” sin el acento en “estâ” y con una sola S en “impressa.”
     68 Registran por nota el arcaísmo “impresa” de la edición príncipe por “empresa” moderno (además de aludir al romance): Onís (pero no Onís/García Solalinde), Cortejón, Schevill/Bonilla, Rodríguez Marín (pero sólo en sus ediciones de 1927/8 y 1947/9), Gaos, y S. de Cortázar/Lerner. Y Riquer, que merece un aparte. Riquer, en sus primeras ediciones (cfr. las que he citado en la nota 61) moderniza la palabra directamente sobre el texto y transcribe “empresa,” sin mencionar siquiera por nota la original grafía de “impressa” (así en ediciones de 1944, 1958), pero después, según compruebo, alterna este [p. 165] mismo sistema (ediciones de 1964, 1974, 1975 col. “Para Todos”) con otro, más crítico, de conservar en el texto la grafía “impresa” y advertir por nota que este “impresa” (pero no recuerda siquiera que la edición príncipe dice “impressa,” con doble SS) equivale al actual “empresa” (ediciones 1962, 1967, 1973, 1975 Clásicos Planeta, 1980). Se verá la importancia de este cambio dubitativo de Riquer al tratar de las concordancias. Cfr. nota 86.


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     Y: a) si la frase “está impresa” resulta realmente estar impresa tan a la vista en la edición príncipe; y b) si, además, la lectura “está impresa” juega y choca a la vez con la de “esta empresa” del conocido romance, produciendo la duplicidad de sentido que tan del gusto era de Cervantes; y c) si, en definitiva, ambos sentidos, “está impresa” y “esta empresa,” son perfectamente admisibles, ¿por qué, entonces, todas estas ediciones, que se dicen críticas, que proclaman haber seguido fielmente el texto príncipe, etc., no tienen que transcribir la escritura original dejando a la vez constancia por nota de la posibilidad de una segunda lectura sugerida por el recuerdo del romance? No se comprende.
     Los casos podrían multiplicarse hasta la saciedad y acabarían por confirmar lo que los dos que he expuesto anticipan: que falta aún mucho por recorrer, a pesar de la ingente bibliografía de obras que se anuncian como autorizadas, en la solución de problemas tan patentes y a la vez tan necesitados de atención como es la simple lectura material del texto.69


II

     Si me he atrevido, en la primera parte de este artículo, a exponer datos y casos que quizás a más de un lector erudito le suenen a vulgaridades y harto sabidas o a nimios detalles propios de otra ocasión, no ha sido más que para hacer resaltar, con los antecedentes resumidamente expuestos, lo que en realidad ya está en el ánimo de todos los cervantistas:

     69 Recomiendo al lector no especializado en bibliografía cervantina que eche una ojeada sobre los últimos estudios de crítica parcial o de detalle sobre el texto. Para botones de muestra, yo aconsejaría, entre los últimos trabajos de que tengo noticia, dos muy significativos: a) José M. Solá Solé, “El Tirant i el Quixot,” en Estudis Universitaris Catalans, 23, (“Estudis . . . oferts a R. Aramon i Serra . . . ,” I), pp. 343-52, no sólo para conocer la solución que el autor propone para “el pasaje más obscuro del Quijote,” sino para constatar que la lista de una treintena de opiniones que recoge no comprende ni con mucho todas aquellas que podía haber recogido; y b) Margherita Morreale, “Tropiezos en la lectura del Quijote,” en Estudios sobre Literatura y Arte dedicados al profesor Emilio Orozco Díaz (Granada: Fil. y Letras, 1979, t. II, 485-94, donde la autora, a pesar de declararse no cervantista, da unos cuantos ejemplos de lecturas que han sido mal interpretadas por los cervantistas.


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que no obstante 1) la importancia de Cervantes como escritor, y 2 ) los afanes de multitud de editores eruditos y concienzudos, y 3) el tiempo transcurrido en tantos y tan variados intentos editoriales, hoy en día no existe, como no ha existido jamás, ninguna edición de sus obras capaz de satisfacer la curiosidad de los realmente interesados en conocer todo lo que sea posible conocer de sus obras. Peor aún: no sólo no existe esta edición, diríamos perfecta, integral en todos sus aspectos, de las obras de Cervantes, sino que desgraciadamente existen tantas imperfectas, parciales en sus interpretaciones, lecturas y comentarios, que a la fuerza tienen que despistar al lector antes que servirle de ayuda o colaboración, y menos de fuente, para sus investigaciones. Tamaña situación es, para nosotros y examinada fríamente, incomprensible, por más que nos detengamos en imaginar que el espíritu burlón de Cervantes desde el otro mundo esté gozando lo indecible con ella. Se impone, pues (y en esto creo que todos estarán de acuerdo), que se lleve a cabo una edición de las obras de Cervantes que, pudiendo ser considerada como definitiva hasta donde abarquen los actuales alcances de la ciencia,70 colme las necesidades de los lectores.
     El problema es difícil y surgen las dificultades desde todos los puntos cardinales: desaparición de los manuscritos cervantinos, poca fiabilidad de las primeras ediciones, poca seguridad en si Cervantes tuvo o no tuvo posibilidad de corregir pruebas y si o no las corrigió, abundancia (mejor: diarrea) de criterios individualistas, distintos niveles culturales de los lectores . . . y hasta el propio genio tantas veces plurivalente de Cervantes, capaz de desorientar, cuatro siglos después, a los investigadores más sagaces. Es difícil, digo, el problema, pero no insoluble si nos limitamos a los elementos con que contamos, de cuyas lindes, por muchos esfuerzos imaginativos que hagamos, jamás debemos salirnos.
     Viene todo esto a cuento con motivo del propósito resucitado ahora en el seno de la “Cervantes Society of America7l y que ha dado ocasión

     70 Si nuevos descubrimientos sobre Cervantes o sobre sus escritos, o nuevos avances científicos, nos obligasen el día de mañana a las consiguientes rectificaciones, paciencia. Paciencia y volver a barajar: a fin de cuentas resulta consolador pensar que jamás se agotarán los temas de investigación.
     7l Según Allen, que citaré, la propuesta viene de Avalle Arce; pero creo recordar que ya antes se había tratado del tema en el I Congreso Internacional sobre Cervantes, de Madrid, 1978, que nombró una comisión para el estudio, y subsiguiente puesta en práctica, de una edición de las obras de Cervantes, de la que los mismos Allen y Avalle Arce formaban parte. Bien, sea como fuera, no tiene la cosa más que interés puramente anecdótico. (Redactado este artículo a principios de 1984, he sabido luego, por conducto del propio Allen, que el proyecto de editar convenientemente las obras de Cervantes ha sido abandonado [p. 167] por parte de la “Cervantes Society of America.” ¡Lástima! Aunque por esta circunstancia mi artículo pierda, para el lector previamente enterado de ello, actualidad, no me ha parecido oportuno enfocarlo bajo otro punto de vista, con nueva redacción, porque creo honestamente que contiene elementos aprovechables para cuando se decida, en mejores momentos, hacer revivir el proyecto.)


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para que en “CERVANTES,” boletín de esta entidad, hayan aparecido tres artículos debidos a otros tantos prestigiosos cervantistas actuales. Me refiero en concreto a R. M. FLORES, “The Need for a Scholarly, Modernized Edition of Cervantes' Works” (2, [1982], 69-87), JOHN J. ALLEN, “A More Modest Proposal for an Obras Completas Edition” (2, [1982, 181-84), y DANIEL EISENBERG, “On Editing Don Quixote” (3, [1983], 3-24 y 160): todos ellos inquietados por el mismo problema y, a pesar de la profundidad de sus juicios, con soluciones que desde un punto de vista absolutamente objetivo, no pueden ser aceptadas para una edición definitiva de las obras de Cervantes.
     FLORES propone en resumen, si no he leído ni entendido mal su artículo, que para una edición erudita el editor debe, después de un profundo estudio de los usos ortográficos y tipográficos de la época, intentar reconstruir la ortografía original de Cervantes, salvando así el texto de los errores, alteraciones y caprichos de los cajistas de las ediciones príncipes que han llegado a nosotros; y que para una edición de uso más general es aconsejable modernizar toda la ortografía e incluso el lenguaje. Ambas soluciones me parecen una fantasía, y hallo muy acertados los reparos de Allen y Eisenberg, a cuyos artículos citados me remito y aún por mi cuenta me atrevo a añadir algunos más.
     En primer lugar, la tarea de restituir la escritura y el lenguaje que usaba Cervantes es una tarea no ya difícil, ardua, etc., sino que incluso yo la calificaría de imposible en tanto en cuanto no se tengan a la vista sus manuscritos originales. Si está visto y comprobado que, sin adentrarse siquiera en meras suposiciones ortográficas, sólo con la posibilidad de que una frase cambie de sentido al leerla puntuada de una manera o de otra (siendo ambas puntuaciones posibles), ha habido, y seguramente seguirá habiendo, tantos puntos de vista diferentes cuantos han sido los críticos que han opinado, ¿qué no ocurriría si nos atreviésemos ahora a querer sentar cátedra con respecto a los usos particulares que pudiera haber practicado Cervantes en su escritura? Otrosí: y presupuesto que atinásemos plenamente al descubrir las preferencias ortográficas de Cervantes, si Cervantes con la edad, el avance de su técnica, etc., cambió de preferencias y aún así pudiésemos localizarlas con toda precisión, ¿con cuáles de estas preferencias nos quedaríamos:


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con las de las fechas de las primeras redacciones (suponiendo que también las averiguásemos) o con las de publicación de las obras acaso realizadas sin su intervención? ¡Santo cielo: y qué de soluciones todas válidas pero diferentes, después de creer haber salvado lo prácticamente insalvable! Ítem más: si, no ya los usos vulgares, sino incluso los científicos de la época de Cervantes, en cuanto a normas ortográficas, eran tan inseguros y vacilantes, hecho que es atendido por todos los filólogos actuales, ¿cómo pretender, desde aquí y ahora, crear una normativa para regularizar la escritura de un determinado autor? Flores se mueve, a lo que imagino, incitado por sus detenidos estudios sobre cómo los cajistas debieron desgraciar el manuscrito cervantino del Quijote 1, y atribuye la desigualdad tipográfica de la obra al hecho de que estos cajistas, que dice que estaban repartidos en cuatro equipos diferentes, cada cual con sus criterios ortográficos propios y diferentes de los demás, introdujeron en las partes que en el reparto de la obra les cupo en destajo sus preferencias ortográficas, y ello explicaría, siempre a juicio de Flores, la falta de uniformidad en toda la composición de la edición príncipe del Quijote.72 Todo el esfuerzo realizado por Flores es,

     72 Cfr. R. M. Flores, The Compositors of the First and Second Madrid Editions of Don Quixote Part I, London: MHRA, 1975. No han llegado a mis manos los otros trabajos que el autor anuncia en la nota 1 de la p. ix. La labor de Flores es digna de admiración, pero exagerada en sus resultados. No es momento oportuno para entrar a discutir cada una de sus afirmaciones; mas sí creo conveniente, dado que Flores parece querer vincular sus conclusiones sobre los métodos compositivos del DQ1 a las ideas que tiene sobre una moderna edición de la obra, manifestar que, si bien puede llegar a admitirse la pluralidad de cajistas en la composición manual de la edición príncipe del DQ1, por el momento no queda comprobado de manera concluyente que el reparto de tareas o destajos se hubiera hecho según los resultados a que llega Flores. Es decir, que nos faltan todavía muchos elementos de juicio para poder afirmar lo que asegura Flores: que los cuadernillos se repartieron entre cuatro equipos de cajistas y de la forma en que él los distribuye; que estos cuatro equipos trabajaron simultáneamente; que Cuesta (Madrigal/Cuesta, si se prefiere) se sirvió de otro impresor; que acaso todo ello obedecía a las prisas que se tenía por imprimir la obra; etc., etc. Aún a costa de alargar esta nota más de lo debido (y pido perdón por ello) voy a sugerir a las conclusiones de Flores algunas observaciones:
     1ª. No es acertado recurrir a variantes gráficas de una palabra de frecuencia poco corriente en el texto (alcayde/Alcayde, alua/Alua, jaula/xaula, etc.) para sacar un exponente de las tendencias ortográficas de cualquier cajista de los ss. XVI-XVII, pues si en una misma página hallamos versiones gráficas diferentes de una misma palabra y se supone que toda la página la compuso el mismo cajista, ¿de qué puede servirnos hallar sólo escasísimos modelos de dos grafías diferentes en lugares muy apartados de la misma obra? Cfr. también lo que dice Eisenberg en su artículo citado. Si en vez de los 41 casos que ha escogido Flores para confeccionar su Tabla 1 y deducir de ella un reparto de destajos compositivos [p. 169] entre cuatro equipos de cajistas, confeccionamos nosotros otra tabla parecida a base de palabras de uso más frecuente en el texto, los resultados serán muy diferentes de los de Flores. Tomemos, p. e., los frecuentísimos casos de AHORA (232: 5 para ahora, 51 para agora, 176 para aora; hay un caso de ahoro, f295v/31, que incluyo entre los cinco de ahora), ASI (654 casos: 78 para ansi, 575 para assi, y 1 para la frase ya si nauego, f262ª/13, que probablemente deba leerse “y así navego”) y MISMO (350 casos: 123 para mismo, 226 para mesmo, y 1 para mismissimo). Despreciando los casos únicos de Ya si nauego y mismissimo y los poco frecuentes de ahora, y examinando las demás grafías de estos tres términos, observamos que, a pesar de que numéricamente una de las formas se impone a la otra (aora” 77.53% sobre agora 22.47%; assi 88.05% sobre ansi 11.95%; mesmo 64.75 sobre mismo 35.25%), tal desfase total entre unas y otras formas no puede ser debido a preferencias de uno o varios equipos de cajistas frente a los otros, porque este desfase está más o menos regularmente distribuido por un igual entre casi todos los cuadernillos, pues a la norma general que rige estas indicadas proporciones o porcentajes (con más o menos regularidad) se oponen únicamente: Para AHORA: 2 casos de igualdad: ¶¶ (2 a 2) y Kk (2 a 2); y 6 casos en que agora es más frecuente que aora: R (4 a 1), Ii (2 a 0), Mm (2 a o), Nn (S a 1), Qq (4 a 0) y * (1 a 0). Para ASI: ningún caso de igualdad y ningún caso en que se rompa la proporción: siempre assi domina sobre ansi. Para MISMO: 2 casos de igualdad: Y (1 a 1) y Oo (3 a 3): y 8 casos en que mismo predomina sobre mesmo: ¶¶ (4 a 2), M (3 a 2), Z (9 a 2), Ee (12 a 3), Hh (8 a 3), Ii (4 a 2), Ll (7 a 0) y Qq (11 a 0). Y este resultado no cuadra precisamente con la distribución de los cuadernillos entre cuatro equipos de cajistas en la forma que indica Flores. Ya que ASI no da ninguna pauta a seguir, limitémosnos a AHORA y MISMO. AHORA: Los cuadernillos con más agora que aora estarían localizados, si seguimos el reparto de Flores, 3 en el equipo C (Ii, Mm, Qq), y 3 en el equipo E (Nn, R, *). MISMO: Los cuadernillos con más mismo que mesmo idem idem idem 4 en equipo C (Z, Ee, Ii, Qq), 1 en el equipo D (Hh), 2 en el equipo E (¶¶, M) y 1 en el equipo F (Ll). Esto por sí solo puede desmontar toda la teoría de Flores sobre la forma de reparto de los cuadernillos según él propone; o para dudar de los métodos que ha seguido (¿inspirados en Bowers y Hinman?). Pero el caso aún es más grave, porque si se toman otros ejemplos los resultados son aún más desconcertantes. Veamos. La expresión ASIMISMO se repite en 51 ocasiones repartidas en las siguientes posibles formas (tras las que indico, entre paréntesis, su distribución entre los cajistas que indica Flores): 0 assimismo, 1 assi/mismo (1, 0,0,0), 10 assi mismo (7,2,1,0), 3 assimesmo (0,0,2,1), 0 assi/mesmo, 17 assi mesmo (2,4,4,7), 0 ansimismo, 0 ansi/mismo, 5 ansi mismo (0,2,3,0), 2 ansimesmo (0,0,1,1), 3 ansi/mesmo (1,0,1,1) y 10 ansi mesmo (3,0,2,5). Y si el recuento se hace por los componentes de esta expresión, resulta que se reparten así: assi (10,6,7,8), ansi (4,2,2,7), mismo (8,4,4,0) y mesmo (6,4,10,15). Lo único chocante son los 15 mesmo frente a 0 mismo del equipo F; pero téngase también presente que tampoco contienen ni un solo caso de mismo (frente a varios de mesmo) otros cuadernillos pertenecientes (siempre según Flores) a otros equipos de cajistas: del equipo D: cuad. E (6 mesmo), cuad. H (6 mesmo); del equipo E: cuad. Kk (7 mesmo), cuad. Nn (7 mesmo) y cuad. * (2 mesmo). ¿Deberían estos cuadernillos pasar todos al equipo F? De ninguna manera, porque si bien su mayor abundancia de mesmo sobre mismo puede presagiar [p. 170] una cierta afinidad con los cuadernillos del equipo F (que en total llevan 82 mesmo frente a 17 mismo), en cambio su agora parecido a aora (4/6, 1/8, 2/2, 5/1, 4/0 respectivamente, en total: 16 agora por 17 aora) desdice extraordinariamente de la proporción que se halla en el equipo F (2 agora por 67 casos de aora). Como puede verse, no es tan sencillo sacar conclusiones, a finales del s.XX, de la anárquica conducta en materia de ortografía de los ss. XVI-XVII.
     2ª. Si realmente el manuscrito de Cervantes fue repartido entre cuatro cajistas para que simultáneamente compusieran cada cual el lote asignado de manera que cupiera en el número exacto de ocho folios (o 16 páginas, igual a dos pliegos por ambas caras) de un cuadernillo, ello se reflejaría a la fuerza en la última página de cada cuadernillo por causa de los ajustes necesarios para adaptar la escritura manuscrita a una determinada longitud requerida por la escritura impresa. Es muy difícil, y aún a base de mucha práctica, calcular qué cantidad de páginas manuscritas equivalen a un número prefijado de páginas impresas, salvo que previamente se cuenten todas las letras y espacios libres del manuscrito. Hágase la prueba y se verá el resultado. Pues bien: bien examinadas las últimas páginas (cada folio 8 vuelto de cada cuadernillo) de los cuadernillos D, H, K, L, N, P, R, T, V, X, Z, Aa, Bb, Cc, Dd, Ee, Ff, Hh, Ii, Kk, Ll, Mm, Nn, Oo, Pp, Qq, es decir, aquellas páginas, donde, según Flores, finalizaba algún destajo de alguno de los cuatro equipos de cajistas, resulta que contienen (a más de una regular igualdad de renglones) un porcentaje de abreviaturas con un promedio de 7.28 abreviaturas por página, que es muy similar al promedio de las páginas iniciales y centrales de todos los cuadernillos (folios 1 anverso, 4 vuelto y 5 anverso), donde se supone que no hay interferencias por cambio de cajista, que es del orden de 6.25 por página. Y si en las páginas finales que hemos indicado hallamos un desconcertante desnivel en el número de abreviaturas (de O hasta 27), en las páginas iniciales y centrales hallamos también las mismas extrañas diferencias. Creo que el método de composición sugerido por Flores (varios cajistas componiendo simultáneamente varias partes de la obra) sólo daría resultado uniforme en la presentación final de la obra (en una de larga extensión, como es el DQ1), si para su composición los cajistas hubieran tenido a la vista o bien un manuscrito cuidadosamente programado (con renglones y letras contadas y predispuestas de antemano) o bien otra edición ya impresa sobre la que calcar la nueva edición. ¿Podría ser ésta la supuesta de 1604? Mientras no tengamos otras pruebas más seguras, no podemos admitirlo.
     . El privilegio de 26.9.1604 y la tasa de 20.12.1604 (cfr. nota 8) suponen un período máximo de apenas tres meses para la composición del DQ1, y ha dado motivo para que algunos críticos atribuyeran a esta premura de tiempo la descuidada composición de la obra. Pero no hay tal, pues esto no debía constituir ninguna excepción en aquella época y este tiempo sería el normal para que un impresor pudiera componer e imprimir una obra. Las fechas de los privilegios y tasas de las demás ediciones príncipes de las restantes obras de Cervantes son (de mayor a menor diferencia entre privilegio y tasa: Ga 2.2.1584 y 13.3.1585 (unos trece meses), NE 22.11.1612 y 12.8.1613 (casi nueve meses), DQ2 30.3.1615 y 21.10.1615 (casi siete meses), PS 24.9.1616 y 23.12.1616 (casi tres meses) CyE 25.7.1615 y 22.9.1615 (casi dos meses), VP 18.10.1614 y 17.11.1614 (casi un mes). Y he aquí otros ejemplos de otros autores: Espinel, [p. 171] Marcos de Obregón, Madrid-1618-Cuesta, 13.11.1617 y 12.12.1617 (casi un mes); y varias de Lope de Vega: Arcadia, Madrid-1598-Sánchez 15.8.1598 y 27.11.1598 (algo más de tres meses), Rimas sacras, Madrid-1614-Martín, 30.6.1614 y 24.9.1614 (casi tres meses), El peregrino en su patria, Sevilla-1604-Hidalgo, 6.12.1603 y 27.2.1604 (menos de tres meses), y La Dorotea, Madrid-1632-Imp.Reyno, 14.9.1632 y 14.9.1632 (¡el mismo día! ¡Y la fe de erratas es de siete días antes, 7.9.1632! ¿Realizada sobre un ejemplar anterior?). No tenemos un conocimiento cabal de las técnicas ni prácticas compositivas, ni de la planificación del trabajo, en los ss. XVI-XVII, para sacar de ello ninguna conclusión positiva sobre la celeridad en la composición y luego impresión de un libro, ni sobre la autenticidad de las fechas que constan en privilegios y tasas, pero podemos suponer, a la vista de la informalidad que aún en el s. XX encontramos en muchos usos librescos, que hace tres o cuatro siglos no serían más regulares los trámites y los datos aparentes con respecto a los reales.
     4ª. Otras apreciaciones de Flores carecen de toda consistencia, como, p. e., la explicación que da de que a partir del cuad. C. las páginas tengan una línea menos (32 en vez de las 33 de los cuads. A y B), que sería debido, según Flores, al interés del editor para obtener unos cuadernillos más y con ello un aumento en el precio de venta del libro. El hecho admite varias explicaciones, todas posibles, inclusive la de que las planchas con cajas para unos limitados renglones estuvieran ocupadas en aquel momento en la composición de otras obras y se echara mano de las disponibles, etc. Son totalmente gratuitas también las conclusiones sobre el uso de diferentes tipos de la letra Q, que aparecen en la edición príncipe con una irregularidad que lo único que hace suponer es que andaban entremezclados estos tipos diferentes y los cajistas no reparaban en coger uno u otro. Como también son inconsistentes las conclusiones sobre el cambio de tipos en los titulillos a partir del cuad. E. También se usan en estos titulillos dos o tres tipos de M en la palabra Mancha, y dada su anormal distribución (cfr., p. e., folios 197ª, 203ª, 207ª, 219ª 223ª, 226ª, etc., y 241ª, 244ª, 246ª 247ª, etc.), cabe deducir también que los tres tipos andaban entremezclados.
     [P. 172] No considero oportuno alargar más esta nota sobre un tema que requiere, en realidad, otra ocasión y más detenimiento. Si me he entretenido algo en justificar por qué no puedo aceptar las tesis de Flores, es porque él parece vincular su idea de una edición de las obras de Cervantes a sus particulares conclusiones sobre unas sugestiones que propone al tratar de cómo cree el propio Flores que debió componerse el DQ1. Debo finalizar, para que no se me interprete mal, que yo no niego la posibilidad de que intervinieran varios cajistas en la composición de DQ1, no: creo que es muy posible que allí metieran mano muchos operarios, acaso más de los que supone Flores y acaso en forma mucho más anárquica; pero me parece aventurado admitir como seguro que hubo una distribución previa de trabajo con composición simu