From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
1.1-2 (1981): 9-17.
Copyright © 1981, The Cervantes Society of America
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JUAN BAUTISTA AVALLE-ARCE |
A GITANILLA,
como es bien sabido, forma el pórtico de esa colección de doce
novelitas que constituyen las Novelas ejemplares de Cervantes (Madrid:
Juan de la Cuesta, 1613).1 Es preciso indagar
los motivos que pueden haber motivado a Cervantes para ponerla como primera
muestra de un conjunto que le causaba la íntima satisfacción
que rezuman las siguientes palabras del prólogo a la colección:
A esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación, y más que me doy a entender, y es así, que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la imprenta.
A mí no me cabe duda que la tipología literaria de los personajes
y el tipo de argumento que allí se expone fueron los motivos decisivos
para escoger a La gitanilla como primera de la colección,
vale decir, como la trampa más indicada para atrapar al ingenuo lector
en forma tal que éste ya no pueda dejar las Novelas ejemplares
de la mano. Y para explicar esto debo explayarme un poco.
Los gitanos habían llegado a España
en el siglo XV y la primera fulminación contra ellos
data del último año de ese siglo: Real Cédula de los
Reyes Católicos para que los egipcianos no anden vagando por
1 Resumo
en estas páginas algo de la introducción al primer tomo de
mi edición de las Novelas ejemplares que publicará a
la brevedad la Editorial Castalia de Madrid.
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el reino, Madrid 4 marzo, 1499.2 El próximo
golpe contra los gitanos cayó en 1539, en pleno reinado del Emperador
Carlos V, y se trata de un conato de expulsión: Real
Cédula para que los egipcianos tomen oficio y se asienten, o salgan
del reino, Toledo, 24 de mayo 1539. Ya entrado en el siglo
XVII la opinión oficial les es unánimamente
desfavorable. Sancho de Moncada en su Restauración política
de España (Madrid, 1619), el doctor Salazar de Mendoza en el
Memorial de un hecho de los gitanos, para informar el ánimo del
Rey nuestro señor, de lo mucho que contiene al seruicio de Dios y
bien destos Reynos desterrallos de España (Toledo, 1618), Pedro
Fernández Navarrete en su Conservación de monarquías
(Madrid, 1626), y muchos más, claman y truenan contra los gitanos
e invocan contra ellos las más severas medidas. La historia política
de aquellos siglos nos presenta un frente sólido y severo contra los
gitanos.3
La historia literaria, sin embargo, se ofrece
pronta a plasmar en tipo literario al gitano, pero esto es en la primera
mitad del siglo XVI. Gitanos y gitanas aparecen con frecuencia
en el teatro de Gil Vicente, Diego de Negueruela, Lope de Rueda, Juan de
Timoneda, y presentados hasta con cierta
simpatía.4 Pero, tras los rigorismos
étnicos y religiosos que caracterizan el reinado de Felipe
II, para la época de las Novelas ejemplares
la literatura amena ha formado cerrada falange contra la gitanería.
Basta repasar el Marcos de Obregón (Madrid, 1618) de Vicente
Espinel, el Soldado Píndaro (Lisboa, 1626) de don Gonzalo de
Céspedes y Meneses, el Donado hablador de Jerónimo de
Alcalá (Valladolid, 1626), para que surja nítida y unánime
la enemiga que se sentía contra el gitano. La condenación general
del gitano en las primeras décadas del siglo XVII queda
acabadamente ilustrada por esta definición del gran lexicógrafo
Sebastián de Covarrubias Orozco, quien en su Tesoro de la lengua
castellana o española (Madrid, 1611) escribe sobre el nombre
conde de gitanos: El capitán y caudillo desta mala canalla,
que tiene por oficio hurtar en poblado e robar en el campo.
2 Esta
Real Cédula fue publicada íntegra por Timoteo Domingo Palacio,
Documentos del Archivo General de la villa de Madrid, III (Madrid,
1907), 505-10.
3 Hoy en día
comienza a menudear la interpretación histórica de estos
fenómenos. Escojo, y no al azar: J. Moreno Casado, Los gitanos
de España bajo Carlos I, Chronica Nova (Granada), 4 (1969),
181-98; Antonio Domínguez Ortiz, Documentos sobre los gitanos
españoles en el siglo XVII, Homenaje a Julio
Caro Baroja (Madrid, 1978), 319-26. En ambos trabajos se hallará
bibliografía adicional.
4 Ver M.
Romera-Navarro, La andante gitanería, La Lectura,
XVII, 3 (1917), 399-407.
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No puede caber duda de que en la España
de las Novelas ejemplares el gitano vivía en los extrarradios
de la sociedad, que ni siquiera afectaba un gesto de tolerancia hacia él.
Todo esto hace más extraordinaria la actitud que adopta Cervantes
en La gitanilla hacia la gitanería. Hay una simpatía
cordial por parte del autor hacia esta gente que le lleva a acentuar sus
rasgos positivos (como ser, todos los aspectos que caracterizan la vida natural
de ellos), y a atenuar aquellos que más odio les concitaba, muy en
particular sus hurtos y latrocinios. El discurso del viejo gitano, que
actúa como una suerte de columna central a la estructura de la novelita,
es buen ejemplo de la dialéctica cervantina en la
ocasión.5 Como resultado de este limpio
vuelo idealizante de la imaginación de Cervantes el personaje de Preciosa
se nos aparece como la más cautivadora y lograda de sus creaciones
femeninas.
Ahora bien, escribir una novela poblada por
tipos literarios extrarradiados por las letras de la época, y que
actuaban como definitorios de la obra a leer desde el propio título,
todo esto constituía audacia y seguridad creativas. Además,
y esto es muy importante, el hecho de que la protagonista fuese gitana (al
parecer), y que su presencia en la escena siempre provocase aparición
casi simultánea de una comparsa de su propia tribu, todo esto, para
el lector de la época tiene un valor revelatorio. Más aún
si consideramos que las palabras iniciales del relato son: Parece que
los gitanos y las gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones:
nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones,
y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo.
Dadas las proclividades de la novelística de la época un comienzo
semejante, más los conocimientos al alcance de todos acerca de los
gitanos, todo esto sólo podía apuntar la novelita hacia el
género picaresco. Mi sentir es que para el lector del siglo XVII
La gitanilla tiene arranque de novela picaresca. Y todo esto
lo cohonesta la calidad de los personajes (gitanos-ladrones), el ambiente
5 En otras
dos ocasiones vuelve Cervantes a presentar gitanos en su obra, lo que no
deja de ser significativo dado el desprecio general de la época hacia
este tipo humano. En el Coloquio de los perros hay gitanos
episódicos, y con mayor desarrollo vuelven a aparecer en su compleja
comedia Pedro de Urdemalas. De momento sólo quiero anotar que
la importancia que adquiere el gitano en la obra cervantina se destaca aun
más si pensamos que en el mundo dramático de Lope de Vega,
el gitano aparece en menos de media docena de comedias y como personaje muy
de segundo orden: El ganso de oro, El tirano castigado, El
primer rey de Castilla, La madre de la mejor.
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urbano (la picaresca no se puede desempeñar en ambiente rural); fiestas
y refocilaciones.
Pero esto no dura mucho, ya que Cervantes
sólo ha querido encandilar al lector, como en forma análoga,
pero mucho más sostenida, lo hará con la verdadera identidad
de Preciosa. Las repetidas poesías y músicas del comienzo bien
pronto introducen el tema del amor, dado el pitagorismo imperante de la
época, que explicaba que amor y armonía eran las dos caras
de la misma medalla.6 El amor, sin embargo,
el buen amor, es ajeno, más aún, antitético a toda novela
picaresca. Porque el pícaro es el solitario (de ahí, en parte,
la maravilla artística de Rinconete y Cortadillo), el victimario
de sus semejantes, el personaje radicalmente insolidario con la sociedad.
El lector comenzaba a seguir de prisa una pista, cuando Cervantes con
ademán de maestro, le desengaña y le hace ver que la novela
está apuntada a otros nortes.
Una vez que se ha puesto en juego el tema del
amor, éste se presenta sucesivamente bajo diversos aspectos. El primero
es el del paje anónimo (que sólo más tarde será
identificado como Clemente) por Preciosa, que es eminentemente un amor ambiguo
en sus manifestaciones. Después el amor-pasión (buena pasión,
entendamos) de don Juan de Cárcamo (Andrés Caballero) por Preciosa.
Como éste es el buen amor, recibirá la retribución
máxima en el ideario cervantino: el matrimonio
cristiano.7 Y luego el amor lascivo de Juana
Carducha por Andrés Caballero, que siendo mal amor casi provoca
una catástrofe final, de la cual, sin embargo, dada la pureza de las
intenciones de Andrés y Preciosa, la única víctima es
ella, la Carducha. En resumidas cuentas, Cervantes al comienzo de La
gitanilla nos propone una novela picaresca, para muy poco después,
y con elegante esguince, ponernos ante los ojos una acabada novela amorosa,
en la cual resuenan decididos ecos del omnia vincit Amor
virgiliano.8
6 Sobre
este tema es de imprescindible consulta la obra póstuma de Leo Spitzer,
Classical and Christian Ideas of World Harmony (Baltimore, 1963).
7 Debe leerse
el artículo clásico de Marcel Bataillon, Cervantes y
el matrimonio cristiano, Varia lección de
clásicos españoles (Madrid, 1964), 238-55.
8 Sobre la renuncia
cervantina a escribir una novela picaresca he insistido en la introducción,
ya citada, a mi edición de las Novelas ejemplares, al disertarme
con la brevedad del caso, acerca de Rinconete y Cortadillo. Y al
[p. 13] referirme a La gitanilla como
novela amorosa lo hago porque me parece demasiado fuerte usar
anacronismos como novela sentimental o novela romántica para referirme
a ella. Ruth El Saffar, Novel to Romance. A Study of Cervantes's
Novelas ejemplares (Baltimore, 1974), 86-102, acentúa
el carácter pastoril de La gitanilla, en lo que
no le falta razón. Desde otro cuadrante, Julio Rodríguez-Luis
la estudia, junto con La ilustre fregona, como ejemplos de la
virtud entre ladrones y pícaros, en su libro Novedad y ejemplo
de las Novelas ejemplares de Cervantes, I (Madrid, 1980),
107-41.
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Por lo demás, el amor de Andrés
es puesto a severas pruebas, primero por la propia Preciosa, quien le impone
el cambio de nombre de don Juan de Cárcamo a Andrés Caballero,
como consecuencia del cambio de clase social de noble a gitano, y cerca del
final de la novela la más dura prueba a que es puesto el amor de
Andrés es a manos de la Carducha. El amor de don Juan se manifiesta
en Madrid, y allí, antes de ponerse en marcha la tribu ocurre su
metamorfosis a Andrés Caballero. En compañía ahora del
aduar de Preciosa, todos se encaminan hacia Extremadura, pero antes de llegar
a su destino la peregrinante tribu cambia de rumbo y se interna por Castilla
la Nueva, la Mancha, hasta llegar, después de múltiples
perspicacias, a su nuevo destino que es Murcia, donde todo se finiquita con
el matrimonio cristiano. Un amor puesto a continuas pruebas que se manifiestan
a lo largo de una peregrinación más o menos extensa de inmediato
nos debe alertar a un buscado bosquejo de novela bizantina, o de aventuras,
como prefiero llamarla.9 Todo esto se hace
aun más sensible si tenemos en cuenta el muy significativo hecho de
que a lo largo de toda su larga peregrinación amorosa don Juan de
Cárcamo y doña Costanza de Meneses son identificados
únicamente por sus nombres peregrinos gitanescos: Andrés y
Preciosa. Lo mismo ocurre en el Persiles y Sigismunda, donde la pareja
central de peregrinos enamorados son identificados a lo largo de toda la
novela como Periandro y Auristela. Sólo en Roma, previa catequesis,
pueden adoptar sus nombres originales, como prolegómeno a su matrimonio
cristiano.
Creo que basta lo expuesto hasta ahora para
comprender mejor el sistema de prioridades que utilizó Cervantes cuando
decidió poner a la cabeza de su peregrina colección de Novelas
ejemplares a La gitanilla.
9 Mis
supuestos mentales acerca de todo este asunto los puede consultar el curioso
lector en el prólogo a mi edición del Persiles (Madrid,
1969), o del Peregrino en su patria de Lope de Vega (Madrid, 1973),
ambas en la colección de Clásicos Castalia.
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Ésta nos ofrece total singularidad de protagonistas y marco. Éste
es gitanesco en lo humano, y aquéllos son seudo-gitanos. En este tipo
de singularidad de personajes claro está que estas novelitas
rápidamente se remontan a esos dos protagonistas únicos, esos
dos cínicos filósofos que comparten opiniones y relaciones,
esos dos perros, Cipión y Berganza, que son, sin otra apoyatura, el
Coloquio de los perros. Además, La gitanilla, en su
reducido marco de novela corta (aunque sólo el Coloquio la
excede en extensión) apunta a dos posibilidades novelísticas
distintas (picaresca, bizantina), antes de plasmar en una tercera, que es
una imbricación de la vieja sentimental y la nueva novela bizantina,
que he llamado novela amorosa, a falta de mejor denominación. Bien
merecía La gitanilla, a los ojos de su creador y de la posteridad,
abrir la puerta a esa galería de pequeñas maravillas
literarias.
Para alumbrar la belleza de este pórtico
hay un verdadero juego de luminarias de temas, ideas, estructuras, efectos
estilísticos, y sobre todo mucha poesía, ya que bien podría
Andrés haber dicho a Preciosa Poesía eres
tú,10 Pero me resulta imposible,
en la ocasión, ni siquiera asomarme a esos temas. Quede para otro
momento. Pero en buena conciencia debo tocar, siquiera, uno de los temas
de cuyo tratamiento debe haberse ufanado Cervantes, al ceder a La
gitanilla el puesto de honor. Y para ahorrarme mayores filigranas iré
a lo más manido, el uso del folklore. Desde este punto de vista, pronto
se ve que las relaciones entre Andrés y Clemente, ya en marcha la
peregrinación, son un sutil replanteamiento del viejísimo cuento
de los dos amigos, que se remonta a la Disciplina clericalis
de Pedro Alfonso (siglo XI, y que tiene múltiples
reelaboraciones en España hasta la romántica leyenda de José
Zorrilla, Dos hombres generosos. Cervantes ya había sido tentado
por el tema, y ya le había desarrollado con máxima extensión
en dos ocasiones distintas, y con planteamientos radicalmente diferentes.
Me refiero al tratamiento del folklórico cuento en la Galatea
(Timbrio y Silerio), y al sorprendente desarrollo del mismo en el
Quijote de 1605 (Curioso
impertinente).11 En consecuencia, ahora,
en La gitanilla,
10 Aunque
un poco extremoso en sus conclusiones, es de muy interesante lectura sobre
este tema el artículo de Georges Güntert, La gitanilla
y la poética de Cervantes, BRAE, 52 (1972), 107-34.
11 Todo este
asunto de la tradición literaria del cuento de los dos amigos
en España lo he estudiado con el debido espacio en mis Nuevos deslindes
cervantinos (Barcelona, 1975), cap. V, El cuento de los dos amigos.
Cervantes y la tradición literaria, donde estudio detenidamente
el cuento en la Galatea y en Quijote I.
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ya no se siente más la necesidad de abundar en los bien sabidos episodios
del cuento tradicional. La reelaboración del cuento ya no es más
el fin buscado; ahora se trata de desvalijar al cuento folklórico
de aquellos elementos que más económicamente hiciesen resaltar
la pureza de intenciones de Andrés. Por eso, el largo torneo de
sacrificios mutuos entre los dos amigos, que tanto espacio acaparan en la
Galatea, queda reducido a rasgos mínimos, que bastan para hacer
ver que Andrés y Clemente, los dos amigos enamorados de la misma mujer,
tienen muchos parientes, antepasados y descendientes, en la tradición
literaria española.
El secuestro de Preciosa y su anagnórisis
son tan reconocidamente folklóricos que no vale le pena de detenerse
en ellos, al menos hoy. Mucho más interés ofrece el estudio
de la falsa denuncia de Juana Carducha, que apresura el desenlace. Arrebatada
la Carducha por la lascivia, y rechazada por la honestidad de Andrés,
para impedir la partida de éste coloca entre sus prendas unas alhajas,
y de inmediato denuncia el robo, con incalculables consecuencias para todos.
Antes de seguir adelante, conviene llamar la atención al hecho de
que esta falsa denuncia es folklórica, como se verá de inmediato,
pero que lo folklórico aquí está puesto al servicio
de una fina intención artística que estructura las dos partes
de La gitanilla. En la primera mitad los gitanos, desde las primeras
líneas, son identificados con el robo. Cuando don Juan de Cárcamo
se metamorfosea en gitano, para cumplir con los deseos de Preciosa, su noble
sangre considera con alarma los robos a que le obliga su nueva identidad,
e in mente decide no participar en esos latrocinios. En la segunda
mitad, episodio de la Carducha, todos esos robos cuidadosamente evitados
por don Juan, bruscamente le son imputados, de sopetón, a su
alias Andrés, simbolizados en esa denuncia tan falsa como el
robo con que escandaliza la Carducha.
En un breve estudio el llorado maestro Marcel
Bataillon demostró que el episodio de la Carducha, en su meollo,
está íntimamente relacionado con un viejo milagro atribuido
a Santiago, y ocurrido a peregrinas en el camino de Compostela. Desde el
venerable Codex Calixtinus (siglo XII) este milagro
rueda por la tradición dentro y fuera de la Península, y llega
a adquirir dimensiones folklóricas. Aunque no se ha señalado
hasta ahora, el episodio de la Carducha, firmemente arraigado en la
tradición del camino de Santiago, ha sido catalogado con múltiples
ejemplos en el monumental Motif-Index of Folk Literature de Stith
Thompson, H151.4. No puede quedar lugar a duda acerca de la categoría
folklórica de la falsa denuncia de la Carducha, pero como el
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maestro Bataillon no encontró ningún ejemplo impreso, en los siglos XV o XVI, M milagro del peregrino, supuso que Cervantes tuvo que recogerlo de la tradición oral. Y hasta llegó a asociarlo a la tradición italiana, dudoso camino por el que lo ha seguido Celina Sabor de Cortázar.12 Pero no hay necesidad alguna de postular tan hipotética relación. El milagro del peregrino está narrado en un libro español impreso en el siglo XVI, y reimpreso varias veces, lo que hace muy probable el hecho de lo haya leído Cervantes. Se trata de la interesantísima obra del maestro Pedro de Medina, Libro de grandezas y cosas memorables de España (Sevilla, 1548).13 Las concomitancias y diferencias entre el cuento del peregrino, según lo recoge Medina, quien responde con rigor a la tradición narrativa del milagro, y hasta lo localiza en Santo Domingo de la Calzada, y la versión que nos da Cervantes en el episodio de la Carducha, son tan fáciles de explicar como de entender. El maestro Cervantes toma un cuento folklórico (así lo reconozca como tal o no, tanto monta) y lo asimila a una narración suya, donde servirá funciones propias del novelista, y ya no más del folklore. Toda variante que se le imprima al original será para servir los nuevos fines. Y a mí me resulta incomprensible pensar que Cervantes podría imitar (si de esto se trata) de cualquier otra manera. La materia artística
12 Marcel
Bataillon, La denuncia mentirosa en La gitanilla, Varia
lección de clásicos españoles (Madrid, 1964), 256-59.
La asociación que destacó Bataillon era con Representatione
d'un miracolo di tre peregrini che andavano a Santo Jacabo di Gallitia,
de la cual Fernando Colón había comprado un ejemplar en Roma
en 1515. Esta falsa pista italiana la siguió Celina Sabor de
Cortázar, La denuncia mentirosa en Cervantes y en
Ortensio Lando, Estudios de literatura española ofrecidos
a Marcos A. Morínigo (Madrid, 1971), 119-30, quien asoció
el episodio de la Carducha con las Novelle de Lando (1552).
13 Aunque hay
problemas bibliográficos anejos, se puede considerar la edición
de Sevilla, 1549, como segunda, y después se reimprimió en
Alcalá, 1566, y en Alcalá 1590. Todo esto fue corregido y ampliado
por Diego Pérez de Mesa, Primera y segunda parte de las grandezas
y cosas memorables de España (Alcalá, 1595), que parece
tuvo una tirada con fecha adulterada de Alcalá, 1590. Sobre todo esto,
v. Obras de Pedro de Medina, ed. A. González Palencia (Madrid,
1944), xx y xxviii-ix; el milagro aludido está en p. 143. Conviene
tener presente, en este momento, que Medina fue fuente muy frecuentada por
Agustín de Rojas Villandrando, El viaje entretenido (Madrid,
1603), para trazar itinerarios y describir lugares, lo que no se ha tenido
en cuenta hasta ahora, v. mi libro Dintorno de una época dorada
(Madrid, 1978), cap. X, Literatura y vida en El viaje
entretenido. La asimilación que postulo en el texto entre
Cervantes y Medina queda de tal manera cohonestada.
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adquirida sirve de trampolín, es el punto de partida, no el punto de llegada. Y para ilustrar todo esto hay gitanos, secuestros, anagnórisis. No hay duda: La gitanilla es bastante más que la suma de sus partes.
| UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA, |
| CHAPEL HILL |
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